Relatos cortos

María, la historia de una heroína anónima

María, la historia de una heroína anónima

Hace unos días tuve el honor y la oportunidad de escuchar a María relatar su duro pasado, la historia de una heroína anónima. Al recordar sus palabras todavía se me pone el vello en pie. Ella cuenta con ochenta y muchos años; casi nueve décadas amasando sabiduría gracias a una simple máxima que se autoimpuso desde que tuvo uso de razón: «primero los demás y después yo».

María quiso ser monja, tal vez movida por su inexpugnable fe o porque era el único camino que le habría permitido salir de su mundo sin cargo de conciencia. Lo cierto es que fue monja; aunque no profesó sus votos en un convento, por amor a los suyos fue pobre, obediente y casta. Pobre porque siempre había alguien que necesitaba más que ella lo poco que tenía; casta porque tuvo que convertirse en madre de sus sobrinos y no tuvo tiempo de mocear, y obediente porque jamás se reveló ni renegó de lo que le pidió su destino.

También fue enfermera y ayudó a morir a todos los suyos. Y costurera, tejedora, cocinera, lavandera… La mejor en cada cosa que hacía, porque ella trabajaba pensando en los demás, en darles lo mejor de sí misma. Y todo en las condiciones más adversas y hostiles que podamos imaginar.

Me contaba que en el escarpado pueblo donde vive no hubo agua corriente hasta hace unos años, de manera que tenía que caminar a diario varios kilómetros para ir a lavar y coger agua para casa. En su pueblo el frío del invierno y el calor del verano mantienen un pulso año tras año, y decía: «Bueno, bajar con el balde vacío era un paseo, pero llegar, romper el hielo para lavar y luego subir las empinadas e interminables cuestas con la tina llena de ropa mojada, eso sí que era un trabajo. A veces, los caminos estaban helados y resbalaba cuesta abajo con barreño y todo. Y vuelta a empezar. ¡Y en verano era ya la bomba!», me relataba, como asombrada de sí misma. Casi le parecían mentira las duras y constantes batallas que había librado para su supervivencia y especialmente la de la gente que tanto amaba.

Me decía la buena de María que el médico más cercano vivía a treinta kilómetros de su casa y que cuando tenía que visitarlo, casi siempre para conseguir medicinas para sus enfermos, su padre le dejaba la bestia, una mula que vivía con ellos y que cuidaban como un Ferrari. Y allá que iba ella antes del amanecer, montada en su bestia por caminos negros, abruptos y solitarios; ella sola y sus pensamientos: los enfermos que dejaba desatendidos y la tarea que había quedado pendiente para mañana; más todavía.

Su padre y su hermana murieron en sus brazos, después de una larga agonía. Mientras su hermana se despedía lentamente del mundo, ella la velaba, dando una cabezadita de vez en cuando, para luego ponerse en marcha al amanecer y atender a sus sobrinos y a su cuñado, sin lavadora, sin luz, sin agua, sin supermercados… solo ella y su coraje para afrontar la adversidad.

Ahora camina ayudada por un andador y teje una mantita para una niña que la tiene ilusionada. Desde que murió su hermana ha vivido rodeada de machos, como ella dice: su cuñado, sus sobrinos ––que son como sus hijos––, los hijos de sus sobrinos ––que son como sus nietos––, sus hermanos… Todos varones. Había perdido la esperanza de ver crecer a una niña que le recordara su inmenso mundo femenino; pero el destino le tenía preparada una sorpresa y pronto llegará a su vida Emilia. Así que ahí está ella, dándolo todo por una niña que llevará el nombre de su querida hermana, la que la hizo madre de dos niños pequeños de la noche a la mañana.

Yo me creía valiente, y seguramente lo fui en su momento, cuando saqué adelante a mis tres hijos con escasos haberes y mucha soledad, pero ante ella me sentí diminuta. Siempre hay alguien que te enseña humildad y te recuerda que el mundo está plagado de héroes anónimos con muchos más méritos que tú; gente que lo dio absolutamente todo con la única intención de que las circunstancias fueran un poco más amables para todos.

A pesar de las duras vivencias que me contó, me despedí de ella renovada, con la sensación de que el mundo era mucho más hermoso de lo que pensaba y de que hay más bondad de la que nos cuentan; lo que ocurre es que la gente que vive al servicio de los demás no tiene tiempo de revindicar ni vociferar. Su lucha es silenciosa, pero en realidad es la que mantiene el mundo en pie.

¿Sabéis lo mejor? Que sin haberse querido a sí misma nunca, María es una anciana realmente bella y feliz. Es para reflexionar, ¿a que sí?

Espero que la historia de una heroína anónima como María os haya gustado tanto como a mí. Desde este sencillo rincón hoy quiero homenajear a todos los hombres y mujeres cuyo paso por este planeta no ha dejado más que amor y sacrificio. ¡Gracias!

 

Anuncios
Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.