Relatos cortos sobre nietos y abuelos

Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.

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