Relato

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera parte del relato.

 

(continuación)

 

Paseaba de un lado a otro de la habitación de su hijo como una fiera encerrada. De vez en cuando se sentaba en la cama y miraba a su alrededor. Todo estaba como lo dejó Héctor antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Probablemente ya solo volvería cuando tuviera vacaciones, había encontrado un buen trabajo incluso antes de terminar la carrera; pero Marta era incapaz de usar aquel cuarto a su antojo, no por nostalgia, era más bien por su profundo sentido del respeto hacia lo ajeno. Amaba de ella cada centímetro de su piel, hasta las arrugas y manchas que contaban sus años de lucha; amaba su mirada templada incluso en las situaciones más adversas; amaba sus manos, verlas en movimiento era una absoluta inspiración; amaba su manera de vestir, tan personal y envidiada por sus amigas; amaba su exótica belleza, tan imperfecta como seductora; amaba sus palabras, sobre todo sus palabras, tan amables y acertadas en cada momento. Desde que la conoció no había dejado de amarla ni un solo instante, pero aquella semana se olvidó de que estaba apostándolo todo a una sola carta, o quiso olvidar y cedió a la maldita tentación.

Marta tenía razón: aunque hubiese vivido con el remordimiento el resto de su vida, pensaba guardarse para él aquella estúpida aventura. No por él, sino por ella, ¿qué sentido tenía hacerla sufrir? Pero cuando Elena le dijo que estaba embarazada y que se desharía del bebé si no compartía su vida con ella sintió que el secreto ya pesaba demasiado como para llevarlo dentro sin reventar. Era una cuestión de honor. Marta y él habían conversado tantas veces sobre el tema del aborto… Ella nunca lo dudó, decía que desde el comienzo del embarazo la mujer se convierte en la portadora de una vida que no le pertenece. «Nadie tiene derecho a decidir quién vive o muere ––defendía con vehemencia––, todo aquel que traspase esa línea atenta contra su propia especie».
Aunque ambos tenían una manera de pensar muy parecida, en este tema nunca se pusieron de acuerdo. Por su trabajo, Agustín había conocido muchos casos en los que el aborto le pareció la opción más inteligente; tal vez en el caso de Elena también. Pero él era el padre y la mujer que había compartido su vida con él tenía derecho a saberlo para consensuar juntos el mejor camino a seguir a partir de ese momento.

Ninguno de los dos durmió aquella noche, si acaso echaron alguna cabezada, ya vencidos, de madrugada. Poco antes de las ocho de la mañana coincidieron en la cocina buscando un café bien cargado.

––Buenos días ––susurró Agustín.
––Buenos días ––contestó ella en un tono más inaudible que el de su marido.

Marta se sentó a la mesa con el café entre las manos y le pidió que la acompañara.

––Te quiero, Agu. Creo que nada ni nadie ha aportado a mi vida tanta sabiduría como lo has hecho tú. A través de ti conocí el verdadero amor y creo que los dos nos convertimos en mejores personas con el tiempo. Verte criar y educar a nuestros hijos fue la confirmación de que compartir mi vida contigo no era comparable a la mejor de las aventuras. Has sido el mejor compañero y el mejor padre.
––Yo…
––No me interrumpas, por favor.
––No voy a juzgarte por haber cometido un error, no sería justo valorarte por una infidelidad y olvidar tantos años de lealtad. Todos nos equivocamos. Por supuesto, estás perdonado, sé que en este momento tú eres tu mayor castigo y que estás más que arrepentido. La cuestión es cómo y cuándo superaremos todo esto y si conseguiremos ser los mismos. Yo confío en que así sea. Pero ahora lo importante es que nos enfrentamos a un dilema, especialmente yo. Lo he meditado toda la noche: de ninguna manera podemos permitir que esa chica aborte, es tu hijo y esta es su casa. Deberías proponerle que lleve a término su embarazo y que te ceda la custodia. Ella no tendrá que ocuparse de nada, lo haremos tú y yo. Sé que no será fácil, pero tienes que convencerla. Después la decisión será solo suya, la ley la ampara y no podremos hacer nada.
––No, no será fácil ––le contestó Agustín visiblemente emocionado y convencido de que más que difícil lo que proponía Marta era un imposible––. Gracias, Marta, gracias.

Agustín deslizó su mano por la mesa para alcanzar la de su esposa, pero ella la retiró como en un acto reflejo. Lo había perdonado, pero estaba herida y demasiado confusa como para favorecer cualquier tipo de acercamiento carnal. De inmediato, se sintió mal y pensó que en verdad aún no lo había perdonado, o tal vez estaba siendo tan banal como esas mujeres que aprovechaban cualquier desliz de su pareja para vengarse y chantajearla sentimentalmente el resto de su vida. Lo cierto es que en aquel momento tenía a Agustín en sus manos y haría cualquier cosa para complacerla. Pero ella sabía que haciéndole pagar su pecado aprovechándose de su situación de debilidad la convertiría en una pérfida becaria como Elena. No, no, ella lo amaba con todo su corazón y, en cierto modo, en aquellos momentos sentía compasión por él. Solo necesitaba un poco de soledad para recuperarse del impacto.

Pensó en hablar por teléfono con Elena esa misma mañana, pero después comprendió que su proposición era demasiado importante y se hacía imprescindible una cita. La llamó, pero para invitarla a almorzar después del trabajo. En el servicio del hospital se cruzaron un par de veces por los pasillos, pero ninguno hizo el menor gesto de complicidad.

Frente al menú hospitalario de los lunes comenzaron la delicada conversación.

––No voy a volver contigo, Elena. De hecho, tu chantaje me parece un despropósito. Pero quiero criar a nuestro hijo ––la palabra «nuestro» se le atragantó en la garganta, pero decir «mi hijo» habría sido una provocación y quería dialogar lo más pacíficamente posible.

Agustín pensó que su propuesta era más descabellada aún que la de Elena; una cosa era comentarla con Marta y otra muy distinta planteársela a la becaria. Estuvo a punto de guardársela para sí y olvidarse de todo aquello de una vez. Si Elena quería abortar era cosa suya.

––De acuerdo, en ese caso concertaré una cita con mi ginecóloga lo antes posible. Es una lástima…
––No tienes por qué abortar, hay otras opciones. Deja que mi mujer y yo lo criemos, solo tienes que aguantar unos meses.
––Ja, ja, ja… Eres único. No sé por qué, pero me esperaba algo así ––dijo ella con sarcasmo mientras pinchaba la ensalada––. Seguro que ha sido cosa de tu mujer, son bastante conocidos algunos de los casos que ha perdido intentando apoyar a los hombres que se niegan a que su pareja aborte. Lo de nosotras parimos nosotras decidimos no parece discutible hoy día. Tu propuesta demuestra que es una mujer luchadora y coherente, además de generosa, pero no sé… ¿qué edad tiene? Creo que es algo mayor que tú ¿no? La veo más como abuela que como madre.
––Dime una cosa, durante aquella semana ¿de verdad pensaste en algún momento que nuestra aventura iría más allá de cinco noches de sexo? Quiero a mi mujer y a mis hijos por encima de todo y no voy a abandonar mi casa…
––Te entiendo. Bien, pues ya está todo hablado ––lo interrumpió ella mientras rebuscaba en su plato con el tenedor––. Se me ha quitado el hambre, cada vez ponen peor de comer aquí. Me voy a echarme un rato, tengo el estómago revuelto. Hasta mañana, Agustín.

Cogió su bolso y se fue sin más, como si acabara de hablar con una amiga de cuestiones sin importancia. Él notó que lo recorría un escalofrío, pero a la vez sintió un gran alivio. Parecía que la pesadilla estaba a punto de terminar, Elena abortaría y con un poco de suerte él recuperaría el cariño de Marta y su tranquila vida.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: serpersona.info
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Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: incorrectas.com
María, la historia de una heroína anónima

María, la historia de una heroína anónima

Hace unos días tuve el honor y la oportunidad de escuchar a María relatar su duro pasado, la historia de una heroína anónima. Al recordar sus palabras todavía se me pone el vello en pie. Ella cuenta con ochenta y muchos años; casi nueve décadas amasando sabiduría gracias a una simple máxima que se autoimpuso desde que tuvo uso de razón: «primero los demás y después yo».

María quiso ser monja, tal vez movida por su inexpugnable fe o porque era el único camino que le habría permitido salir de su mundo sin cargo de conciencia. Lo cierto es que fue monja; aunque no profesó sus votos en un convento, por amor a los suyos fue pobre, obediente y casta. Pobre porque siempre había alguien que necesitaba más que ella lo poco que tenía; casta porque tuvo que convertirse en madre de sus sobrinos y no tuvo tiempo de mocear, y obediente porque jamás se reveló ni renegó de lo que le pidió su destino.

También fue enfermera y ayudó a morir a todos los suyos. Y costurera, tejedora, cocinera, lavandera… La mejor en cada cosa que hacía, porque ella trabajaba pensando en los demás, en darles lo mejor de sí misma. Y todo en las condiciones más adversas y hostiles que podamos imaginar.

Me contaba que en el escarpado pueblo donde vive no hubo agua corriente hasta hace unos años, de manera que tenía que caminar a diario varios kilómetros para ir a lavar y coger agua para casa. En su pueblo el frío del invierno y el calor del verano mantienen un pulso año tras año, y decía: «Bueno, bajar con el balde vacío era un paseo, pero llegar, romper el hielo para lavar y luego subir las empinadas e interminables cuestas con la tina llena de ropa mojada, eso sí que era un trabajo. A veces, los caminos estaban helados y resbalaba cuesta abajo con barreño y todo. Y vuelta a empezar. ¡Y en verano era ya la bomba!», me relataba, como asombrada de sí misma. Casi le parecían mentira las duras y constantes batallas que había librado para su supervivencia y especialmente la de la gente que tanto amaba.

Me decía la buena de María que el médico más cercano vivía a treinta kilómetros de su casa y que cuando tenía que visitarlo, casi siempre para conseguir medicinas para sus enfermos, su padre le dejaba la bestia, una mula que vivía con ellos y que cuidaban como un Ferrari. Y allá que iba ella antes del amanecer, montada en su bestia por caminos negros, abruptos y solitarios; ella sola y sus pensamientos: los enfermos que dejaba desatendidos y la tarea que había quedado pendiente para mañana; más todavía.

Su padre y su hermana murieron en sus brazos, después de una larga agonía. Mientras su hermana se despedía lentamente del mundo, ella la velaba, dando una cabezadita de vez en cuando, para luego ponerse en marcha al amanecer y atender a sus sobrinos y a su cuñado, sin lavadora, sin luz, sin agua, sin supermercados… solo ella y su coraje para afrontar la adversidad.

Ahora camina ayudada por un andador y teje una mantita para una niña que la tiene ilusionada. Desde que murió su hermana ha vivido rodeada de machos, como ella dice: su cuñado, sus sobrinos ––que son como sus hijos––, los hijos de sus sobrinos ––que son como sus nietos––, sus hermanos… Todos varones. Había perdido la esperanza de ver crecer a una niña que le recordara su inmenso mundo femenino; pero el destino le tenía preparada una sorpresa y pronto llegará a su vida Emilia. Así que ahí está ella, dándolo todo por una niña que llevará el nombre de su querida hermana, la que la hizo madre de dos niños pequeños de la noche a la mañana.

Yo me creía valiente, y seguramente lo fui en su momento, cuando saqué adelante a mis tres hijos con escasos haberes y mucha soledad, pero ante ella me sentí diminuta. Siempre hay alguien que te enseña humildad y te recuerda que el mundo está plagado de héroes anónimos con muchos más méritos que tú; gente que lo dio absolutamente todo con la única intención de que las circunstancias fueran un poco más amables para todos.

A pesar de las duras vivencias que me contó, me despedí de ella renovada, con la sensación de que el mundo era mucho más hermoso de lo que pensaba y de que hay más bondad de la que nos cuentan; lo que ocurre es que la gente que vive al servicio de los demás no tiene tiempo de revindicar ni vociferar. Su lucha es silenciosa, pero en realidad es la que mantiene el mundo en pie.

¿Sabéis lo mejor? Que sin haberse querido a sí misma nunca, María es una anciana realmente bella y feliz. Es para reflexionar, ¿a que sí?

Espero que la historia de una heroína anónima como María os haya gustado tanto como a mí. Desde este sencillo rincón hoy quiero homenajear a todos los hombres y mujeres cuyo paso por este planeta no ha dejado más que amor y sacrificio. ¡Gracias!

 

Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.

ATRAPADA EN LA RED

Queridos seguidores, amigos y lectores, este fin de semana hará un frío polar y he pensado que estaréis muchas horas ociosos encerrados en casa. ¿Qué tal si nos concedemos unos minutos para leer un relato y reflexionar sobre el tema de fondo?

Apenas había abierto los ojos y, todavía en la cama, cogió su móvil y dio un repaso a las visitas de sus redes. Ya estaba ansiosa y ni siquiera había puesto los pies en el suelo. Entre Twitter, Facebook e Instagram, ¡casi doscientos me gusta, quince comentarios y nueve veces compartida su última fotografía! No estaba nada mal, parecía que su popularidad iba en aumento. No al ritmo del cretino de Raúl, pero poco a poco iba creciendo su presencia en el ciberespacio.

«Bien, bien, Maika», se dijo muy satisfecha, y volvió a pasar su dedo por la pantalla para asegurarse de la información. ¡Incluso tenía un me gusta de uno de sus cantantes favoritos!

Por supuesto, se duchó, desayunó y se vistió sin quitarle el ojo al único amigo que tenía desde hacía tiempo: su móvil.

Mientras caminaba iba atenta al paisaje, con el teléfono en la mano, claro; siempre preparado para ese selfie que haría las delicias de sus seguidores. Antes de entrar en el supermercado donde trabajaba como cajera se hizo la primera fotografía del día: un cielo azulísimo y unas buganvillas de fondo, el sol iluminando su larga melena y su mejor sonrisa. ¡Perfecta! De inmediato la compartió en sus páginas, con tal inquietud que ni siquiera advirtió el saludo de David, uno de sus compañeros de trabajo, un chico contratado para todo, tímido, agradable y educado pero insulso y, lo peor de todo, sin perfil en las redes. Para Maika carecía de todo interés, le parecía una criatura de otro siglo.

Casi todos los empleados del supermercado eran jóvenes, con los que apenas tenía trato. A ella le parecían vulgares, cuando visitaba sus perfiles siempre encontraba información pedestre e imágenes insustanciales, carentes de glamur e interés. Y si solicitaban su amistad directamente los ignoraba. Menos a Hugo, un guapísimo cajero que estaba a punto de dar el salto a la interpretación, y al jefe de personal, don Julián, un tipo con muy buen aspecto que cuidaba bien sus redes y que estaba segura de que jamás revelaría que ella era una simple cajera. Si sus contactos se enteraran de que pasaba el día frente a una caja con aquella espantosa bata verde se moriría de vergüenza.

Al dirigirse al cuarto de las taquillas se cruzó con don Julián, cogió su móvil y visitó su página de Instagram, donde encontró una fotografía magnífica en la que aparecía en el gimnasio luciendo sus brillantes y depilados músculos y dando los buenos días. No eran las diez de la mañana, ¡y ya tenía trescientos me gusta! Por supuesto, le regaló el suyo y le devolvió el saludo: «Buenos días, Julián». Saludo que nunca se habían cruzado en el trabajo. Él era el jefe y ella una simple cajera, en la vida real no tenían nada en común. ¡Gracias a las redes que les habían dado la oportunidad de conocerse de verdad!

Llegaba tarde a su caja, así que rápidamente se quitó su chaqueta y su bolso de marca, los metió de un golpe en la taquilla y se puso la bata. Por un momento, al mirar el bolso, pensó en cómo iba a llegar a fin de mes después de gastarse en ropa y complementos casi todo el sueldo, pero se lo quitó de la cabeza de un plumazo, valía la pena. ¡Todo por aumentar su número de seguidores!

Estaba atareada en pasar códigos de barra por el escáner, con la mente en su vida paralela. Solo pensaba en salir de allí y entrar en Internet para ver cómo había transcurrido su otra existencia, la que de verdad le daba satisfacciones y le ofrecía la posibilidad del éxito. De pronto, observó que desde la caja de la derecha Hugo dirigía la cámara de su móvil hacia ella. Como un resorte, se levantó de su silla y se encaminó hacia él con ira.

––¿Qué estás haciendo? ¡Sabes que los móviles están prohibidos en las horas de trabajo! ¡Eres idiota o qué!

––Hoy es mi último día aquí, conseguí un interesante trabajo como modelo, así que me importa poco que me echen. Además, ¿a ti qué más te da? Solo quería llevarme un recuerdo.

––¡Borra esa foto ahora mismo!

––Ni de coña ––le contestó el joven muerto de la risa––. Ja, ja, ja… Tienes miedo de que la suba a Internet y tus exquisitos seguidores se enteren de que eres una simple cajera, es eso, ¿verdad? Qué vida más triste la tuya, vives atrapada en las redes.

El tímido chico para todo observaba la discusión mientras reponía paquetes de papel higiénico en un estand.

––¡Bórrala te digo!

––¿Después de ver cómo te has puesto por una simple foto? Vas lista. Subida y etiquetada. Cuando te veas te vas a morir del susto. Ja, ja, ja…

La señora que esperaba en la cola con la compra a medio pasar por el escáner no salía de su asombro.

Alertado por la situación, David se acercó a Maika para tranquilizarla.

––Déjalo, no te preocupes, es un cretino, no vale la pena discutir con él porque suba una foto tuya a la red.

––¿Qué sabrás tú de redes si ni siquiera tienes un mísero perfil? ––le preguntó Maika con gesto entre de sorpresa y desprecio––. Ese idiota va a echar por alto años de trabajo…

Maika paró de explicarse, enseguida comprendió que aquel muchacho nunca entendería lo grave de la situación, era obvio que David vivía en otro siglo.

––Perdona, tienes razón, ni siquiera tengo Internet en el móvil. Lo siento ––se disculpó el chico al ver que ella estaba a punto de echarse a llorar.

Maika regresó a su puesto de trabajo intentando recuperar el control, mientras escuchaba las carcajadas de varios de sus compañeros.

Cuando terminó la jornada, con verdadera ansiedad y antes incluso de quitarse la bata, frente a su taquilla abierta buscó el móvil en su bolso. No lo encontró a la primera, algo extraño ya que ella lo ponía siempre en el mismo bolsillo y era una operación que realizaba cien veces al día. Buscó y rebuscó y nada, así que decidió volcar el contenido en el mismo casillero. Ni rastro de su teléfono, su vida, su posibilidad de tener éxito, su compañero, el aparato que contenía su mundo afectivo… Notó que comenzaba a hiperventilar y que le temblaban las piernas y el pulso.

Estaba segura, había sido el imbécil de Hugo con la complicidad de los compañeros de trabajo. Al contrario que ella, Hugo no solo era popular en las redes, también lo apreciaban y respetaban en la empresa. Era un líder nato.

Cogió su bolso y casi sin aliento se dirigió a la salida donde estaba segura que encontraría a parte de los empleados fumándose un cigarrillo antes de partir para sus destinos; después de horas de abstinencia solían reunirse unos minutos para tomar su dosis de nicotina, incluido Hugo.

––¡Devuélveme el móvil! ––le gritó cuando lo encontró echando humo y hablando con una de las empleadas.

––¿Que te dé qué? ––le preguntó Hugo con la sorpresa en los ojos.

––Mi teléfono. ¡Dámelo!

––Perdona, chica, pero tú estás muy mal. ¿Por qué iba yo a tener tu móvil?

––Tú lo has cogido de la taquilla… Estáis todos compinchados contra mí. ¡Sois unos envidiosos que no soportáis que alguien tenga más éxito que vosotros!

––Perdona, Ma-ri Car-men, porque tú en la vida real de Maika tienes poco, pero más que envidia nos das pena ––terminó mientras apagaba su cigarrillo y se daba la vuelta, otros cuatro jóvenes que asistían perplejos a la escena lo siguieron, dejándola sola y enferma de ira.

El móvil era su única posibilidad de conectarse, hacía más de un año que se le averió el ordenador y no se molestó en arreglarlo, todo lo hacía por teléfono y prefirió comprarse uno de última generación. Pensó en quién podía auxiliarla en aquellos trágicos momentos, no podía acostarse sin saber qué pasaba en las redes. Pero no tenía amigos reales, todos eran virtuales, si es que se podían llamar amigos; incluso estaba enfadada con su única hermana porque hacía unos meses cometió la osadía de subir a Facebook una foto con su sobrino mientras hacía de canguro. Cuando su hermana la vio montó en cólera; pero ya estaba hecho. Salían tan monos en la foto… A sus seguidores les encantó. «De cangu con mi sobri», fue la frase que acompañó a la instantánea, para dejar claro que ella estaba libre, sin compromiso y sin hijos.

Desolada, se sentó en un banco que había a tres metros y se derrumbó. Las lágrimas le brotaban en cascadas, de ira, de rabia, de impotencia, de… soledad.

––¿Te encuentras bien? ––le preguntó David, el anodino chico para todo, al encontrarla tan abatida.

––No, no estoy bien, jamás me he encontrado tan mal ––le contestó ella con la cabeza entre las manos, sin molestarse en dirigirle la mirada, como instándolo a marcharse.

Pero él se sentó a su lado y guardó silencio; era un caballero y no podía dejar a una dama en semejante estado; ya era noche cerrada y no le parecía prudente que una chica tan joven y bonita se quedara sola, aquel no era el mejor de los barrios de la ciudad y estaba demasiado expuesta.

Desde hacía un año, David estaba enamorado de Mari Carmen, como él la conocía según ponía en su uniforme. De hecho, ya había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y había conseguido un trabajo por el que le pagaban mucho más que en el supermercado; conservaba aquel empleo y acudía tres veces por semana solo por verla y estar cerca de ella, no perdía la esperanza de que algún día se fijara en él.

––Estoy harta de este trabajo y de todos ellos ––dijo Maika levantando al fin la mirada––, me odian. Este no es sitio para mí, yo…

––No creo que te odien, qué tontería. ¿Quién podría odiar a una criatura como tú? ––la interrumpió, mirándola embelesado.

Desde el primer día que la vio, más allá de su caminar altivo y su gesto engreído, David vio a una muchacha frágil y falta de afecto, además de que le parecía la chica más bonita que había conocido. Tal vez era cómo se ajustaba la bata a sus caderas, o el movimiento de su brillante melena, o sus ojos almendrados, o la sonrisa que escondían sus labios y que él estaba seguro de poder arrancar… Solo sabía que estaba dispuesto a todo por una chica que llevaba un año negándole el saludo.

––Han cogido mi móvil de la taquilla, seguro que ha sido el idiota de Hugo. No puedo vivir sin mi móvil ––aseguró antes de suspirar profundamente.

––Claro que puedes, qué tontería es esa ––afirmó David mirándola con complacencia––. Mírame a mí. Bueno, tengo teléfono, pero ya sabes que solo para llamadas.

––Tú eres distinto, pero yo tengo toda mi vida dentro de ese aparato.

Maika percibió algo en la mirada de David que jamás había advertido. No era solo que hasta ese momento no se había dado cuenta de que tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo de una mañana primaveral, era su brillo, su franqueza y su capacidad de mirar fijamente largo rato sin perder la frescura del primer instante. Así, tan de cerca, el chico para todo resultaba mucho más atractivo. Hasta el tono de su voz le pareció especialmente agradable, y su aliento olía a menta recién cortada.

––Te propongo algo… ¿Tienes algún compromiso esta noche?

––Sin Internet no tengo planes.

––¿Qué tal si te vienes a tomar unas cervezas con unos amigos y el lunes prometo conseguirte tu teléfono?

––No sé si es buena idea…, no es mi mejor día.

––Todo sea por conseguir tu móvil. Venga, solo un par de horas y te dejaré libre, hoy es sábado, mañana no tendremos que madrugar. ¿Qué me dices si te recojo donde tú me digas sobre las once?

––De acuerdo. Pero recuerda tu promesa, el lunes tendré mi móvil.

No podía creérselo; allí estaba, en el pequeño baño de su apartamento compartido con dos compañeras, arreglándose para una cita con un chico que hasta ese día había sido el último de su lista de conocidos. Por alguna extraña razón, en su interior sentía cierta ilusión.

Cuando salió del portal de casa él ya estaba esperándola. Sin la ropa de trabajo, recién duchado y con aquella sonrisa le pareció muy distinto al David del supermercado.

Fue la mejor noche de su vida, compartió la velada con jóvenes de lo más interesantes y agradables, entre los que se mostró tal y como era, sin pensar en qué momento hacer un selfie para subirlo a sus redes y conseguir un puñado de me gusta. Supo que David era ingeniero aeronáutico y que acababa de conseguir un empleo en una gran empresa. También se enteró de su pasión por la música y la lectura, y sobre todo de cuánto lo apreciaban sus amigos. En unas horas, David había despertado en ella su lado más sensible y humano.

El local era encantador, la gente sonreía y compartía anécdotas, la música era una delicia; algunos se animaban a bailar, incluso David, que no lo hacía nada mal. Maika supo sin temor a equivocarse que a sus veinticuatro años no había vivido momentos tan placenteros.

Él cumplió su promesa, a las dos horas pagó la cuenta y le propuso llevarla a casa. Maika se hubiese quedado eternamente, pero una timidez inusitada en ella le impidió negarse.

El domingo pasó para Maika como en una suave nube, sumida en las dos horas vividas la noche anterior, y el lunes se dirigió a su trabajo ilusionada. Cuando entró en el supermercado ojeó con ansiedad a su alrededor buscando los ojos de David. Ya en la taquilla, Hugo se acercó a ella.

––Aquí tienes tu móvil. Te devuelvo tu vida, Ma-ri Car-men. Da las gracias a David, vio cómo lo sacaba de tu taquilla y me chantajeó con contárselo al jefe de personal. No es que me importe demasiado, he venido a firmar mi despido, pero… ¿Nos hacemos un selfie para inmortalizar el momento?

––¿Dónde está David? Tengo que darle las gracias.

––Huy, huy, Maika dando las gracias. Pues va a ser que no, se fue hace un rato después de despedirse. Me dijo que había conseguido un trabajo más interesante. Qué tipo más raro. Bueno, ya tienes tu móvil, nos veremos por la red.

Maika no pudo disimular la humedad de sus ojos, no era posible que hubiese despertado de súbito del mejor de sus sueños. Sin mirarlo, metió su teléfono en el bolso y se puso la bata, como enajenada. De repente se sentía dolorosamente vacía, y estaba convencida de que entrar en las redes no llenaría el profundo hueco que había dejado David.

Esa semana estaba en el turno de mañana y a las cuatro de la tarde salía del trabajo. A unos metros, en su coche, David la observaba sin ser visto, solo quería comprobar si aquella hermosa muchacha seguía siendo la misma. No, ya no era @maika, ya no salía del trabajo con el móvil en la mano, mirando ansiosa la pantalla. Cuando pasó por su lado salió del vehículo y le habló.

––¿Puedo llevarte a casa?

––Me encantaría ––le contestó ella con la voz entrecortada de la emoción––. Pensé que no volvería a verte y… Debo parecerte tan boba… Por cierto, ya tengo el móvil. Gracias.

––No sé si alegrarme ––le contestó él con una sonrisa que a Maika la derritió.

––No te preocupes. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero de repente siento que en mi teléfono no hay nada comparado a lo que he sentido en los últimos días.

––Me alegra que hayas regresado al mundo real y poder realizar contigo este sueño.

Sus rostros estaban a unos centímetros y ella aspiraba su aliento como quien bebe el elixir de amor eterno. David supo que era el momento de besarla, había esperado todo un año; aquella historia debía empezar en ese instante.