Relato

ATRAPADA EN LA RED

Queridos seguidores, amigos y lectores, este fin de semana hará un frío polar y he pensado que estaréis muchas horas ociosos encerrados en casa. ¿Qué tal si nos concedemos unos minutos para leer un relato y reflexionar sobre el tema de fondo?

Apenas había abierto los ojos y, todavía en la cama, cogió su móvil y dio un repaso a las visitas de sus redes. Ya estaba ansiosa y ni siquiera había puesto los pies en el suelo. Entre Twitter, Facebook e Instagram, ¡casi doscientos me gusta, quince comentarios y nueve veces compartida su última fotografía! No estaba nada mal, parecía que su popularidad iba en aumento. No al ritmo del cretino de Raúl, pero poco a poco iba creciendo su presencia en el ciberespacio.

«Bien, bien, Maika», se dijo muy satisfecha, y volvió a pasar su dedo por la pantalla para asegurarse de la información. ¡Incluso tenía un me gusta de uno de sus cantantes favoritos!

Por supuesto, se duchó, desayunó y se vistió sin quitarle el ojo al único amigo que tenía desde hacía tiempo: su móvil.

Mientras caminaba iba atenta al paisaje, con el teléfono en la mano, claro; siempre preparado para ese selfie que haría las delicias de sus seguidores. Antes de entrar en el supermercado donde trabajaba como cajera se hizo la primera fotografía del día: un cielo azulísimo y unas buganvillas de fondo, el sol iluminando su larga melena y su mejor sonrisa. ¡Perfecta! De inmediato la compartió en sus páginas, con tal inquietud que ni siquiera advirtió el saludo de David, uno de sus compañeros de trabajo, un chico contratado para todo, tímido, agradable y educado pero insulso y, lo peor de todo, sin perfil en las redes. Para Maika carecía de todo interés, le parecía una criatura de otro siglo.

Casi todos los empleados del supermercado eran jóvenes, con los que apenas tenía trato. A ella le parecían vulgares, cuando visitaba sus perfiles siempre encontraba información pedestre e imágenes insustanciales, carentes de glamur e interés. Y si solicitaban su amistad directamente los ignoraba. Menos a Hugo, un guapísimo cajero que estaba a punto de dar el salto a la interpretación, y al jefe de personal, don Julián, un tipo con muy buen aspecto que cuidaba bien sus redes y que estaba segura de que jamás revelaría que ella era una simple cajera. Si sus contactos se enteraran de que pasaba el día frente a una caja con aquella espantosa bata verde se moriría de vergüenza.

Al dirigirse al cuarto de las taquillas se cruzó con don Julián, cogió su móvil y visitó su página de Instagram, donde encontró una fotografía magnífica en la que aparecía en el gimnasio luciendo sus brillantes y depilados músculos y dando los buenos días. No eran las diez de la mañana, ¡y ya tenía trescientos me gusta! Por supuesto, le regaló el suyo y le devolvió el saludo: «Buenos días, Julián». Saludo que nunca se habían cruzado en el trabajo. Él era el jefe y ella una simple cajera, en la vida real no tenían nada en común. ¡Gracias a las redes que les habían dado la oportunidad de conocerse de verdad!

Llegaba tarde a su caja, así que rápidamente se quitó su chaqueta y su bolso de marca, los metió de un golpe en la taquilla y se puso la bata. Por un momento, al mirar el bolso, pensó en cómo iba a llegar a fin de mes después de gastarse en ropa y complementos casi todo el sueldo, pero se lo quitó de la cabeza de un plumazo, valía la pena. ¡Todo por aumentar su número de seguidores!

Estaba atareada en pasar códigos de barra por el escáner, con la mente en su vida paralela. Solo pensaba en salir de allí y entrar en Internet para ver cómo había transcurrido su otra existencia, la que de verdad le daba satisfacciones y le ofrecía la posibilidad del éxito. De pronto, observó que desde la caja de la derecha Hugo dirigía la cámara de su móvil hacia ella. Como un resorte, se levantó de su silla y se encaminó hacia él con ira.

––¿Qué estás haciendo? ¡Sabes que los móviles están prohibidos en las horas de trabajo! ¡Eres idiota o qué!

––Hoy es mi último día aquí, conseguí un interesante trabajo como modelo, así que me importa poco que me echen. Además, ¿a ti qué más te da? Solo quería llevarme un recuerdo.

––¡Borra esa foto ahora mismo!

––Ni de coña ––le contestó el joven muerto de la risa––. Ja, ja, ja… Tienes miedo de que la suba a Internet y tus exquisitos seguidores se enteren de que eres una simple cajera, es eso, ¿verdad? Qué vida más triste la tuya, vives atrapada en las redes.

El tímido chico para todo observaba la discusión mientras reponía paquetes de papel higiénico en un estand.

––¡Bórrala te digo!

––¿Después de ver cómo te has puesto por una simple foto? Vas lista. Subida y etiquetada. Cuando te veas te vas a morir del susto. Ja, ja, ja…

La señora que esperaba en la cola con la compra a medio pasar por el escáner no salía de su asombro.

Alertado por la situación, David se acercó a Maika para tranquilizarla.

––Déjalo, no te preocupes, es un cretino, no vale la pena discutir con él porque suba una foto tuya a la red.

––¿Qué sabrás tú de redes si ni siquiera tienes un mísero perfil? ––le preguntó Maika con gesto entre de sorpresa y desprecio––. Ese idiota va a echar por alto años de trabajo…

Maika paró de explicarse, enseguida comprendió que aquel muchacho nunca entendería lo grave de la situación, era obvio que David vivía en otro siglo.

––Perdona, tienes razón, ni siquiera tengo Internet en el móvil. Lo siento ––se disculpó el chico al ver que ella estaba a punto de echarse a llorar.

Maika regresó a su puesto de trabajo intentando recuperar el control, mientras escuchaba las carcajadas de varios de sus compañeros.

Cuando terminó la jornada, con verdadera ansiedad y antes incluso de quitarse la bata, frente a su taquilla abierta buscó el móvil en su bolso. No lo encontró a la primera, algo extraño ya que ella lo ponía siempre en el mismo bolsillo y era una operación que realizaba cien veces al día. Buscó y rebuscó y nada, así que decidió volcar el contenido en el mismo casillero. Ni rastro de su teléfono, su vida, su posibilidad de tener éxito, su compañero, el aparato que contenía su mundo afectivo… Notó que comenzaba a hiperventilar y que le temblaban las piernas y el pulso.

Estaba segura, había sido el imbécil de Hugo con la complicidad de los compañeros de trabajo. Al contrario que ella, Hugo no solo era popular en las redes, también lo apreciaban y respetaban en la empresa. Era un líder nato.

Cogió su bolso y casi sin aliento se dirigió a la salida donde estaba segura que encontraría a parte de los empleados fumándose un cigarrillo antes de partir para sus destinos; después de horas de abstinencia solían reunirse unos minutos para tomar su dosis de nicotina, incluido Hugo.

––¡Devuélveme el móvil! ––le gritó cuando lo encontró echando humo y hablando con una de las empleadas.

––¿Que te dé qué? ––le preguntó Hugo con la sorpresa en los ojos.

––Mi teléfono. ¡Dámelo!

––Perdona, chica, pero tú estás muy mal. ¿Por qué iba yo a tener tu móvil?

––Tú lo has cogido de la taquilla… Estáis todos compinchados contra mí. ¡Sois unos envidiosos que no soportáis que alguien tenga más éxito que vosotros!

––Perdona, Ma-ri Car-men, porque tú en la vida real de Maika tienes poco, pero más que envidia nos das pena ––terminó mientras apagaba su cigarrillo y se daba la vuelta, otros cuatro jóvenes que asistían perplejos a la escena lo siguieron, dejándola sola y enferma de ira.

El móvil era su única posibilidad de conectarse, hacía más de un año que se le averió el ordenador y no se molestó en arreglarlo, todo lo hacía por teléfono y prefirió comprarse uno de última generación. Pensó en quién podía auxiliarla en aquellos trágicos momentos, no podía acostarse sin saber qué pasaba en las redes. Pero no tenía amigos reales, todos eran virtuales, si es que se podían llamar amigos; incluso estaba enfadada con su única hermana porque hacía unos meses cometió la osadía de subir a Facebook una foto con su sobrino mientras hacía de canguro. Cuando su hermana la vio montó en cólera; pero ya estaba hecho. Salían tan monos en la foto… A sus seguidores les encantó. «De cangu con mi sobri», fue la frase que acompañó a la instantánea, para dejar claro que ella estaba libre, sin compromiso y sin hijos.

Desolada, se sentó en un banco que había a tres metros y se derrumbó. Las lágrimas le brotaban en cascadas, de ira, de rabia, de impotencia, de… soledad.

––¿Te encuentras bien? ––le preguntó David, el anodino chico para todo, al encontrarla tan abatida.

––No, no estoy bien, jamás me he encontrado tan mal ––le contestó ella con la cabeza entre las manos, sin molestarse en dirigirle la mirada, como instándolo a marcharse.

Pero él se sentó a su lado y guardó silencio; era un caballero y no podía dejar a una dama en semejante estado; ya era noche cerrada y no le parecía prudente que una chica tan joven y bonita se quedara sola, aquel no era el mejor de los barrios de la ciudad y estaba demasiado expuesta.

Desde hacía un año, David estaba enamorado de Mari Carmen, como él la conocía según ponía en su uniforme. De hecho, ya había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y había conseguido un trabajo por el que le pagaban mucho más que en el supermercado; conservaba aquel empleo y acudía tres veces por semana solo por verla y estar cerca de ella, no perdía la esperanza de que algún día se fijara en él.

––Estoy harta de este trabajo y de todos ellos ––dijo Maika levantando al fin la mirada––, me odian. Este no es sitio para mí, yo…

––No creo que te odien, qué tontería. ¿Quién podría odiar a una criatura como tú? ––la interrumpió, mirándola embelesado.

Desde el primer día que la vio, más allá de su caminar altivo y su gesto engreído, David vio a una muchacha frágil y falta de afecto, además de que le parecía la chica más bonita que había conocido. Tal vez era cómo se ajustaba la bata a sus caderas, o el movimiento de su brillante melena, o sus ojos almendrados, o la sonrisa que escondían sus labios y que él estaba seguro de poder arrancar… Solo sabía que estaba dispuesto a todo por una chica que llevaba un año negándole el saludo.

––Han cogido mi móvil de la taquilla, seguro que ha sido el idiota de Hugo. No puedo vivir sin mi móvil ––aseguró antes de suspirar profundamente.

––Claro que puedes, qué tontería es esa ––afirmó David mirándola con complacencia––. Mírame a mí. Bueno, tengo teléfono, pero ya sabes que solo para llamadas.

––Tú eres distinto, pero yo tengo toda mi vida dentro de ese aparato.

Maika percibió algo en la mirada de David que jamás había advertido. No era solo que hasta ese momento no se había dado cuenta de que tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo de una mañana primaveral, era su brillo, su franqueza y su capacidad de mirar fijamente largo rato sin perder la frescura del primer instante. Así, tan de cerca, el chico para todo resultaba mucho más atractivo. Hasta el tono de su voz le pareció especialmente agradable, y su aliento olía a menta recién cortada.

––Te propongo algo… ¿Tienes algún compromiso esta noche?

––Sin Internet no tengo planes.

––¿Qué tal si te vienes a tomar unas cervezas con unos amigos y el lunes prometo conseguirte tu teléfono?

––No sé si es buena idea…, no es mi mejor día.

––Todo sea por conseguir tu móvil. Venga, solo un par de horas y te dejaré libre, hoy es sábado, mañana no tendremos que madrugar. ¿Qué me dices si te recojo donde tú me digas sobre las once?

––De acuerdo. Pero recuerda tu promesa, el lunes tendré mi móvil.

No podía creérselo; allí estaba, en el pequeño baño de su apartamento compartido con dos compañeras, arreglándose para una cita con un chico que hasta ese día había sido el último de su lista de conocidos. Por alguna extraña razón, en su interior sentía cierta ilusión.

Cuando salió del portal de casa él ya estaba esperándola. Sin la ropa de trabajo, recién duchado y con aquella sonrisa le pareció muy distinto al David del supermercado.

Fue la mejor noche de su vida, compartió la velada con jóvenes de lo más interesantes y agradables, entre los que se mostró tal y como era, sin pensar en qué momento hacer un selfie para subirlo a sus redes y conseguir un puñado de me gusta. Supo que David era ingeniero aeronáutico y que acababa de conseguir un empleo en una gran empresa. También se enteró de su pasión por la música y la lectura, y sobre todo de cuánto lo apreciaban sus amigos. En unas horas, David había despertado en ella su lado más sensible y humano.

El local era encantador, la gente sonreía y compartía anécdotas, la música era una delicia; algunos se animaban a bailar, incluso David, que no lo hacía nada mal. Maika supo sin temor a equivocarse que a sus veinticuatro años no había vivido momentos tan placenteros.

Él cumplió su promesa, a las dos horas pagó la cuenta y le propuso llevarla a casa. Maika se hubiese quedado eternamente, pero una timidez inusitada en ella le impidió negarse.

El domingo pasó para Maika como en una suave nube, sumida en las dos horas vividas la noche anterior, y el lunes se dirigió a su trabajo ilusionada. Cuando entró en el supermercado ojeó con ansiedad a su alrededor buscando los ojos de David. Ya en la taquilla, Hugo se acercó a ella.

––Aquí tienes tu móvil. Te devuelvo tu vida, Ma-ri Car-men. Da las gracias a David, vio cómo lo sacaba de tu taquilla y me chantajeó con contárselo al jefe de personal. No es que me importe demasiado, he venido a firmar mi despido, pero… ¿Nos hacemos un selfie para inmortalizar el momento?

––¿Dónde está David? Tengo que darle las gracias.

––Huy, huy, Maika dando las gracias. Pues va a ser que no, se fue hace un rato después de despedirse. Me dijo que había conseguido un trabajo más interesante. Qué tipo más raro. Bueno, ya tienes tu móvil, nos veremos por la red.

Maika no pudo disimular la humedad de sus ojos, no era posible que hubiese despertado de súbito del mejor de sus sueños. Sin mirarlo, metió su teléfono en el bolso y se puso la bata, como enajenada. De repente se sentía dolorosamente vacía, y estaba convencida de que entrar en las redes no llenaría el profundo hueco que había dejado David.

Esa semana estaba en el turno de mañana y a las cuatro de la tarde salía del trabajo. A unos metros, en su coche, David la observaba sin ser visto, solo quería comprobar si aquella hermosa muchacha seguía siendo la misma. No, ya no era @maika, ya no salía del trabajo con el móvil en la mano, mirando ansiosa la pantalla. Cuando pasó por su lado salió del vehículo y le habló.

––¿Puedo llevarte a casa?

––Me encantaría ––le contestó ella con la voz entrecortada de la emoción––. Pensé que no volvería a verte y… Debo parecerte tan boba… Por cierto, ya tengo el móvil. Gracias.

––No sé si alegrarme ––le contestó él con una sonrisa que a Maika la derritió.

––No te preocupes. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero de repente siento que en mi teléfono no hay nada comparado a lo que he sentido en los últimos días.

––Me alegra que hayas regresado al mundo real y poder realizar contigo este sueño.

Sus rostros estaban a unos centímetros y ella aspiraba su aliento como quien bebe el elixir de amor eterno. David supo que era el momento de besarla, había esperado todo un año; aquella historia debía empezar en ese instante.

 

 

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EL CHACHO DE LOS ÁVILA

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Él era el Chacho, el comodín de la familia, había estado toda la vida a la sombra de su hermano y su cuñada. Treinta años cuidándoles el jardín, llevando a los niños al colegio, encargándose de los recibos, de las reparaciones de la mansión… Se llamaba Lucas, pero nadie lo sabía o lo habían olvidado, porque para todo el mundo él era el bueno del chacho de los Ávila. A veces se preguntaba si alguien recordaba que en realidad era el hermano pequeño de don José María, el oftalmólogo más cotizado y respetado de toda Galicia.

Lucas era un hombre discreto, callado y trabajador. Se levantaba al amanecer, siempre había algo que sembrar o podar, encargos pendientes en la ciudad para su hermano, su cuñada o los chicos: entregar un documento en la universidad, comprar cartuchos para la impresora, pasar la ITV de algún vehículo, descambiar unas deportivas… El resto del día lo empleaba en las chapuzas propias de una casa tan grande: arreglando pestillos, limpiando la piscina, pintando portones… Con los años parecía estar consumiéndose y replegándose sobre sí mismo, como si estuviera en una eterna genuflexión a los Ávila, sus ojos no parecían ver más allá del suelo día a día.

Todos sabían que en algún bolsillo llevaba esa carta que nadie podría leer hasta después de su muerte. Ignacio, que siempre había sido un niño muy atrevido, intentó robársela en alguna ocasión mientras dormía, pero el chacho tenía el sueño muy ligero; el resto de la familia, su hermano, su cuñada Marina y su sobrina Alba, nunca mostraron curiosidad por saber lo que decían aquellas letras. De hecho, ninguno mostraba interés alguno por el Chacho más allá de las muchas veces que lo necesitaban.

Aquella tarde José María lo echó de menos al volver a casa. Desde las ventanas de la planta baja revisó con la mirada el jardín. El cobertizo estaba cerrado y reinaba un extraño y frio silencio. Salió para inspeccionar el terreno y lo encontró tirado en el suelo junto a los rosales. Enseguida sospecho que estaba sufriendo un infarto. Rápidamente buscó su móvil, pero Lucas se lo impidió agarrándole la mano con una fuerza inusitada para un moribundo.

Desde su roto corazón, sacó las fuerzas suficientes para hablarle:

―Hermano ―Jadeó exhalando la misma muerte y siguió―, dale esta cartas a Ignacio… ―continuó, poniendo sobre la mano de su hermano un sobre ambarino―, él tiene que saber por qué me resigné a vivir a vuestra sombra; debe saber que es mi hijo y que callar era la única manera de verlo crecer… Siento que hayas vivido tantos años esta mentira… Marina estaba tan sola, tú viajabas constantemente… Espero que sepas perdonarme.

―Lo sé, Lucas, siempre lo he sabido, al principio de nuestro matrimonio deseábamos tanto tener hijos que nos sometimos a toda clase de pruebas y… soy estéril.

―Entonces… Alba también es…

―Sí. Vete tranquilo, no solo te perdono, sino que te agradezco que me hayas regalado dos hijos maravillosos. Te prometo hablar con ellos y contarles la verdad.

―No… no… deja todo tal y como está…

Fue lo último que dijo Lucas antes de que su hermano le cerrara los ojos para siempre. Luego José María dejó la carta en el suelo y arrimó la llama de su mechero. Verdaderamente, a nadie le importaba que los Ávila hubiesen conseguido ser felices gracias a la generosidad del Chacho.

LA ESCAPARATISTA

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No se lo podía creer, ahí estaba, sobre su mesa, toda suya. Después de años viéndola a través de un escaparate, soñando con ella despierto y dormido, lo había conseguido. Hubo momentos en los que casi estuvo a punto de cometer una locura y probar esa técnica que usaban algunos ladrones llamada alunizaje. Pero no, a él le habían enseñado que las cosas se consiguen con esfuerzo; que los atajos siempre pasan la factura. Finalmente supo aguardar su momento. Cierto, haber sido capaz de esperar y ganársela con el sudor de su frente ya era en sí una gran satisfacción.

Era preciosa, no se cansaba de mirarla, casi no se atrevía a tocarla, no fuera que despertara y le robaran su sueño una vez más. Imaginó cómo sonaría entre sus manos… pero no, todavía no. La desprendió del suave paño que la envolvía como fascinado, con toda la delicadeza que se merecía.

Después se atrevió y deslizó la mano suavemente por el pulido ébano, sus curvas le recordaron la mala imitación Fender que colgaba de su dormitorio. Nada que ver, esta era auténtica.

Antes de hacerla suya, se deleitó un poco más, recordando cómo mañana tras mañana, año tras año, de camino a su trabajo, la había deseado al otro lado del cristal. Llegó a envidar cada instrumento que la rodeaba y hasta la luz que la bañaba en las mañanas de invierno, cuando los días se desperezaban más lentos que la ciudad.

La alzó sobre la mesa y el agua acudió a sus ojos mientras contemplaba su desnudez, estaba estremecido. Había llegado el momento ansiado: la rodeó con sus brazos y comenzó a tocarla ansioso por escuchar sus susurros. Pero ella tuvo un mal despertar y las notas se tornaron gritos y lamentos que llegaron a los confines de su barrio. La ira se apoderó de él. Iracundo, la apretó con fuerza contra sí en un vano intento de ahogar el sonido equivocado.

De súbito la puerta de su casa se abrió:

―¡Policía! ¡Suéltala!

―¡Es mía! ¡Es mía! ―gritaba una y otra vez mientras, como poseído, le comprimía el cuello entre sus manos.

Un certero disparo del agente atravesó su frente y todo terminó. La bonita sudafricana que arreglaba cada mañana el escaparate de la tienda de música quedó libre al fin, ya nunca más tendría que esconderse tras la guitarra Fender cada vez que aquel hombre se parara al otro lado del vidrio para mirarla con ojos lascivos.

MATILDE LA CONFESORA

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Era la dueña de una pequeña tienda de comestibles del barrio. Ya ni recordaba desde cuándo vivía tras aquel ajado mostrador. Levantaba la persiana antes del amanecer para que ni uno de sus vecinos se fuese al trabajo sin el bocadillo de pan recién hecho. Matilde era mucho más que la tendera que siempre tenía el ingrediente que le había faltado a la del cuarto para el arroz del domingo o la que se quedaba con las llaves de la Frasquita para cuando llegara su hijo del colegio. Solo cerraba las puertas el Jueves Santo y el día de Navidad, durante el resto del año, nadie dijo haber encontrado jamás la tienda de la Matilde cerrada. Era un icono en la vecindad, servicial, generosa, atenta, alegre y, con los años, se había convertido en la confesora y el paño de lágrimas de todas la mujeres que le compraban el pan a diario. Se sabía las miserias, secretos, verdades y mentiras de los alrededores. A veces se la veía echada en el mostrador, intentando aliviar en algo el peso de sus pies y las horas de trabajo, mientras escuchaba los pecados y pesares de fulana o mengana.

El día anterior Paco el butanero amaneció muerto en la cama. Su mujer había pasado la noche cuidando a la madre en el hospital y durmió solo. La gente decía que se suicidó con lo que siempre le había dado de comer: dejó la bombona de la estufa abierta y cerró la puerta. La policía pareció darlo por hecho: había sido un suicidio.

Desde el mostrador Matilde veía el trajín, el ir y venir de ambulancias y coches patrulla, mientras los vecinos entraban y salían para mantenerla al tanto del último cuchicheo. «La policía lo tiene claro, se ha suicidado, hija mía ―le contaba Dolores muy apesadumbrada―. A saber lo que se le pasó por la cabeza al pobre hombre. Ya ves tú, joven, con trabajo, con la Maite embarazada… ¡Qué cosas! Las cabezas que no están buenas en estos tiempos y ya está…». Matilde aguantaba la retahíla, cansada del duro día, mientras recordaba cómo la joven Maite le decía la tarde anterior que ya no aguantaba más, que casi pierde el niño de la última paliza y que antes de coger el autobús para el hospital se pasó de nuevo por la tienda y le dijo: «Se acabó, esta noche ha sido la última vez que me pone una mano encima. Se ha quedado dormido, más borracho que nunca, con la estufa puesta… y sé que no va a despertar. Me voy, es tarde. Mañana guárdame solo una barra de pan, para mí tengo de sobra».

Cuando el agente de policía entró en la tienda para hacerle algunas preguntas, ella solo dijo que la conocía de venderle a diario dos barras de pan, nada más. Porque, a ver, quién era ella para revelar un secreto de confesión.

MIL MANERAS DE AMAR

946059_391356014332830_1137366207_n - copia «Por supuesto, días antes del enlace, Juan le explicó a Luisa las condiciones en las que se casaba. A ella no le importó, lo único que quería era salir de la casa de sus tíos.

Pasaron la luna de miel a orillas del Cantábrico, en una pequeña casita propiedad de don Mauricio, en la que entraron dos absolutos desconocidos, que en apenas quinces días llegaron a entenderse como almas gemelas. Fueron dos semanas de encierro, suficientes para compensar el noviazgo que debió preceder al enlace. Un gran ventanal, que mantuvieron de par en par noche y día, les permitía contemplar desde la vasta cama cómo arremetía a golpes el océano contra el acantilado, en un incesante intento de llegar hasta su lecho. Sólo salían al atardecer. Caminaban hasta la playa vecina, la paseaban de lado a lado, una y otra vez, bajo sus atardeceres de Julio, y regresaban abrazados como amantes clandestinos. Luisa descubrió cuánto amor y habilidad encerraban los dedos de su recién estrenado esposo, y él comprendió el gozo de dar placer. Estuvo tan cerca de ser un hombre completo que casi lo fue.

Cuando los esposos volvieron, Teresa encontró en los ojos de su hijo una seguridad desconocida. Juan saludó a su madre con un gesto muy parecido a la alegría, le dio un beso en la frente, casi cálido, y después la miró agradecido, sin evitar el curioso examen al que lo estaba sometiendo. Contémplame a placer, parecía decirle Juan a su madre, esta vez no voy a huir de tu mirada, no me avergüenzo  de nada, porque hoy hay una mujer prendida de mi brazo que sonríe, y creo que es gracias a mí».

De «Maldita»