Reflexiones

ESCRITORES, REDES, CHISMES Y CHUPIPANDIS

 

Hace tiempo que el comportamiento de los escritores en las redes me está haciendo reflexionar. Ojo, yo también me incluyo, hablo en general. Supongo que nuestro gremio no es muy distinto de cualquier otro. La necesidad de sobrevivir, la competitividad, el preguntarnos día a día por qué aquel vende no sé cuántos miles y yo no… nos lleva a veces a la desesperación. Creo que a esa masa de lectores que sigue nuestras páginas no se le escapa cómo en muchas ocasiones llegamos a hacer el más absoluto ridículo solo por significarnos con respecto al resto.

A menudo recibo mensajes y correos electrónicos de autores que comienzan y me preguntan qué pasos deben seguir para que su obra no muera en el submundo de las plataformas digitales. Es difícil aconsejar en este tema, al final todo depende de la personalidad del escritor en ciernes, del tiempo que tenga, de cuánto esté dispuesto a apostar por su literatura… Y sobre todo de la calidad de la obra y de si es buen momento para el tema que ofrece.

Sea cual fuere el número de lectores a los que te dirijas, uno o un millón, pienso que al final lo importante es que tu historia cale hondo y deje huella. Si es así, comenzarán a hablar bien de ti y se iniciará esa mágica e invisible corriente positiva que va de boca a oreja por los rincones. Aunque es verdad que especialmente cuando estás en los comienzos esto no es suficiente, el pistoletazo de salida requiere una energía extra: la engorrosa publicidad, de la que ya he escrito en varias ocasiones.

Pero hoy no quería hablaros de los escritores que comienzan llenos de dudas y dando traspiés sobre un camino plagado de obstáculos, sino de los que ya tenemos un bagaje y miles de lectores que nos siguen y confían en nuestras obras. Ya hemos aprendido algunas lecciones en esto de la publicidad y cómo proyectarnos en las redes, sabemos que si queremos ser leídos lo primero es no defraudar. Hay que escribir buenas historias y escribirlas bien. Después habrá que hacer una campaña de marketing para el lanzamiento (de acuerdo, de esto se libran unos pocos privilegiados), pero la mayoría del trabajo ya lo hicimos años atrás, ahora hay que continuar aprendiendo.

Bien, tenemos una buena lista de medios de comunicación, blogueros y lectores en nuestra página de MailChimp, a los que mandaremos una nota de prensa para informar de nuestro nuevo libro; tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Google Plus…. a los que también iremos avisando con una publicidad cuidada y profesional. ¡Porque ya hemos aprendido que esto es lo que realmente valoran los auténticos lectores! Ellos quieren BUENAS NOVELAS y tener información sobre ellas, no encontrarse en nuestras páginas chismes, quejas, la imagen de nuestras últimas lentejas, otra más de nuestra mascota o fotografías de autores en mil poses.

Los que pasan por nuestros muros buscando cotilleo no interesan a nuestra carrera y, aunque nos lean, son pocos e inestables. Son personas cuyo interés por el chismorreo está muy por encima de la literatura. Lo he comprobado, estoy muy segura de lo que os cuento, para ellos el amiguismo con el autor es lo más importante. Y sí, te pondrán cinco estrellas y maravillosos comentarios en todas las plataformas de ventas y en sus blogs mientras seas su amigo. Pero si un día los decepcionas, se te olvida darles los buenos días o no preguntas por la salud, para ellos tus obras han pasado de ser magníficas a lo peor del panorama. Entonces empezarán a quitarte estrellas y a denostarte con la misma facilidad que antes te halagaban.

No, no escribimos solo para los compañeros, amigos o conocidos, lo hacemos sobre todo para los verdaderos lectores. Personas para las que la literatura es un pilar importante en sus vidas, que prefieren mil veces un buen libro a un corrillo de cotillas tipo Sálvame. Serán sinceras e imparciales y se plantarán ante nuestra obra esperando disfrutar, sin importarles si el autor fue el viernes a la peluquería, el domingo comió paella o es amiguísimo o enemiguísimo de no sé cuantos compañeros o blogueros.

Pero vayamos a los datos objetivos que explican con claridad todo lo anterior. En mi caso, con 13.500 seguidores en Twitter, 4.800 en mi perfil de Facebook y otros 4900 en el profesional, 500 en mi blog y más de mil en LinkedIn, Instagram y Google, os aseguro que solo habré interaccionado con unos 300 y tal vez haya llegado a conocer un poco a 150 de ellos. Con la mayoría solo virtualmente, personalmente puede que conozca a unos 75. El resto, pongamos unos 20.000, me siguen por dos razones fundamentales: porque son compañeros (no más del 5%) o porque alguna vez leyeron una de mis obras y se hicieron seguidores para estar al corriente de mis lanzamientos. Nada más, no soy de las que siguen para que me sigan.

¿Qué quiero decir con esto? Sencillo, no debemos utilizar nuestros muros para mostrar lo amigos que somos de tal o pascual y enemigos de fulano y mengano. Esta no es la manera de significarse como profesional, muy al contrario, con este comportamiento es probable que espantemos a los verdaderos lectores.

A lo largo de los años he hecho amigos en las redes, como la mayoría, amistades que se han quedado en mi vida y que me ayudan personal y profesionalmente. Pregunto: si son mis amigos, con los que hablo por teléfono o por privado y quedo siempre que puedo, ¿alguien me puede explicar qué necesidad hay de estar todo el puñetero día poniendo en mi muro frases a medias, dirigidas directamente a dichos amigos, para demostrar la complicidad que tenemos entre nosotros y que somos una piña frente a los enemigos? Se escapa a mi comprensión este infantil comportamiento.

Al final las redes, especialmente Facebook, están resultando un simple patio de colegio para los escritores. Un espacio de ocio al que salimos en las horas de recreo (los hay que disfrutan de recreos bien largos) para hacer corrillos con la única intención de demostrar lo supercolegas que somos unos pocos, unidos frente a un universo que conspira contra nosotros (entiéndase “universo” como el resto de autores que no nos baila el agua). Esa manía de vomitar públicamente mensajes en clave que, se supone, solo pueden descifrar los amigos de mi chupipandi ¿no parece más bien cosa de niños de diez años? Aclaro, lo de mensajes clave es mucho decir, para esto hay que ser más inteligente. ¿Es que a pesar de ser tan amiguísimos aún no nos hemos dado el número de móvil y por eso lanzamos señales de humo como los indios? ¿Es que no tenemos el coraje de quejarnos abiertamente a quien debemos y utilizamos estas tonterías para, solapadamente, levantar ampollas y envidias en el resto de colegas, que seguro se mueren por formar parte de tan prestigioso y elitista club? ¿O es que en realidad no hemos aprendido a escribir y por eso en vez de argumentar y comunicarnos con claridad enchorizamos cuatro palabras inconclusas y que lo entienda quien pueda?

En resumen, según mi experiencia, si queremos tener una proyección profesional debemos comportarnos como tal públicamente. Es importante utilizar nuestras páginas para dar noticias literarias, publicitarnos con habilidad y contestar amablemente a nuestros lectores, y dejarnos de dimes y diretes y de lanzar puyas al enemigo orquestadas en privado con nuestros íntimos. Si tenemos quejas, estamos resentidos por algún motivo o queremos opinar sobre cualquier asunto que nos inquiete, lo lógico en un escritor es argumentar y defender nuestra postura o inquietud en un buen artículo de opinión, que para eso tenemos nuestros blogs y el don de la palabra escrita. Digo yo.

Vamos, hablando en plata, si quieres decir algo a alguien, búscalo y díselo. Si no quieres que se entere, cállate y deja de enredar en las redes y confundir a tus lectores. Y si quieres que se enteren todos tus seguidores y por ende los seguidores de tus seguidores, puñetas, habla claro.

EGOCENTRISMO DE LOS ESCRITORES

EL EGOCENTRISMO DE LOS ESCRITORES, MÁS PRESENTE AÚN GRACIAS A AMAZON

 

Mucho se ha hablado y se hablará del dichoso egocentrismo de los escritores, incluso creo que yo dejé por aquí una publicación sobre el tema, me parece que negando esta afirmación, siempre tema de debate entre autores y lectores. Pues el tiempo ha pasado desde entonces y ya no pienso lo mismo. He tenido oportunidad en los últimos años de conocer a muchos compañeros, y también un poco más a mí misma. Sí, por desgracia es cierto: narcisismo, egolatría, egocentrismo, egoísmo, individualismo, vanidad… ¡SOY LO MÁS Y LEVITO POR ENCIMA DEL RESTO DE LOS MORTALES!, son adjetivos atribuibles especialmente a los artistas.

Últimamente he leído y escuchado frases como estas o casi idénticas, os aseguro que no expongo nada que no sea verídico:

«Acabo de escribir una novela buenísima, va a ser un éxito».

Ea, porque tú lo dices, después llegarán los lectores y para qué van a expresarse, tu novela es buenísima de la muerte digan lo que digan.

«Los lectores son tontos».

¿Por qué?, muy sencillo, porque tú escribes mucho mejor que el resto de tus compañeros y vendes mucho menos. Oye, tontos de capirote, pero todos, eh. Que no salvas ni a los pocos que te leen.

«Yo no escribo para los lectores, escribo para mí».

¡Toma castaña! Vamos, que estás en las redes todo el puñetero día dando la tabarra con tus portadas porque te aburres mucho, pero que no se le ocurra a nadie comprar tus obras, que no hace falta.

«He terminado de corregir mi novela y es buena, muy buena. Os va a gustar, estoy seguro/a».

Pues ya está, ¡me la compro ya!, quién mejor que tú, el autor, va a saber que la obra es ‘muy buena’.

«Lo escritores (que se posicionan en las listas de Amazon) son unos chupaculos y malos compañeros».

Claro, claro, cuando mis novelas suben en las listas es mérito propio, por la excelencia de mi prosa, pero si suben otros… eso no puede ser por otro motivo que porque están todo el día tomando café con la cúpula de Amazon.

«(Mensaje recibido por privado) Saludos, Mercedes. Te invito a conocer mi primera novela, es realmente buena, pero necesito que me ayudes a darla a conocer. Me vendría genial que la leyeras y la reseñaras en tus páginas. No te arrepentirás. Te envío el link de compra».

Desde luego este autor/a tiene muchas posibilidades de entrar en el Top, pero no de los autores más leídos, acaba de publicar y ya encabeza las listas de los escritores más ególatras de la historia.

«Escribo por necesidad (refiriéndose a la necesidad de dar rienda a su pasión por la escritura, claro), sin esperar nada».

Bien, eso te honra, el problema es que tus obras no están gratis por la red, sino en plataformas de ventas y con precios no siempre asequibles al lector medio.

«No vendo porque hay más escritores que lectores, no porque mi obra no sea merecedora».

Ya… entonces… a ver si lo he entendido, por esta regla de tres, por poner un ejemplo, ¿de los 65.000 millones de lectores de El alquimista al menos 33 son escritores? No, no. Es verdad que personas que han escrito un libro o dos hay muchas, pero escritores que dedican su vida a la literatura no son ni el cinco por ciento de los que alguna vez publican. No hay tanta competencia, ojalá, eso sería maravilloso para la cultura, y si la hubiera, no es excusa.

«Yo no escribo para lectores de medio pelo».

Esto está muy bien, ya te has quitado de un plumazo a todos los lectores que no tienen el pelo largo ¿no? Pues es un marketing muy original: ‘Atención a todos los que tengan el cabello por la cintura, acabo de escribir una novela exclusivamente para vosotros’.

«Este lector me ha puesto 4 estrellas porque no tiene ni puñetera idea de lo que es la literatura».

Inmediatamente, el humilde lector le pide perdón por no haberse leído todas las obras de la literatura universal antes que la suya y por haberse guardado una estrella porque no le ha parecido el libro de su vida. ¡Olé! El lector que no me pone 5 estrellas es un inculto profundo, porque yo soy el/la divo/a de las letras.

«Si quieres ser una buena persona lee mis novelas, mis personajes son todo un ejemplo».

Vaya, vaya, vaya… sin comentarios, para qué.

Podría seguir hasta aburriros, pero creo que estas muestras ya dicen mucho de la falta de humildad que, sin pudor, publicamos los escritores en los medios.

He vivido y vivo en carne propia los ataques de compañeros por el hecho de tener obras largo tiempo entre las más vendidas, no podéis imaginaros hasta qué punto los colegas (algunos considerados amigos) sacan los cuchillos en cuanto una de tus obras destaca, es de una desvergüenza pasmosa.

Por no hablar de la cantidad de falacias y ofensas que llegan a volcar en las redes ante la desesperación de no poder vivir de su trabajo. Sí, el número de profesionales de las letras que es incapaz de hacer autocrítica creo que supera al de otros colectivos (con todo, sigue siendo una minoría, quede claro).

Tanto es así, que cuando uno de estos autores recibe una crítica, ni siquiera negativa, sino que no encaja con el concepto que tiene de sí mismo, monta unos ciscos en sus páginas que tiembla la red, y es capaz de escribir al mismo Trump para que elimine el falaz comentario. Lo cual tiene un efecto colateral: difícilmente un lector va a hacer público lo que realmente piensa de su obra, si no le gusta, se calla, y se le gusta pero… pone cinco estrellas como soles y se guarda el pero.

Así el magnífico autor podrá decir sin que se le mueva un pelo que sus novelas son las más valoradas, lo que demuestra su excelsitud, y que no vende porque la mayoría de los lectores tiene un paladar tan pedestre que prefiere un bocadillo de mortadela con aceitunas al jamón ibérico.

¡No, no, no y no! El escritor que no empatiza con los lectores no es porque su sensibilidad y creatividad sean más elevadas que las del resto de los mortales, es sencillamente que le falta el número de neuronas espejo mínimo y necesario para respetar al prójimo y meterse en sus zapatos, y la sabiduría e inteligencia para traspasar su piel.

¿No es tan listo, maravilloso, culto, sabio…? Pues también sus letras deben tener la habilidad de saber dejar ese legado en los lectores, ¡que es su principal misión como artista!, porque no conozco un alma más dispuesta a ser sorprendida y educada que la de un lector. Por supuesto que cada cual puede tener su propio concepto del mundo y el arte y escribir para sí mismo, para su madre, para su gato o para un campo de lechugas, ahora bien, de ahí a arremeter constantemente contra los que no le bailan el agua…

Comprendí mucho antes de empezar a publicar que no escribía para mí, lo hacía para comunicarme, para buscar complicidad, para dar salida a mi imaginación y mi manera de percibir el mundo con la esperanza de ser entendida, para dejar un legado, para crear, ganarme la vida con lo que me apasiona, para… Eso sí, si nada de esto se hubiese cumplido, seguiría escribiendo, porque la razón principal de tantas horas frente a mis libretas es que nada me hace disfrutar más. Escribir es como estar enamorado, podrás dar mil razones, pero ninguna de ellas lo explicaría.

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)

los libros que cambiaron mi vida

LOS LIBROS QUE CAMBIARON MI VIDA

Por supuesto hay muchos libros que cambiaron mi vida y que se quedaron para compartir conmigo mi existencia. Recuerdo que cuando era pequeña mi abuelo, que era un lector empedernido de novelas del oeste, me mandaba casi a diario a un quiosco del barrio para cambiar sus novelas, leía tanto que no podía permitirse comprar todas las que demandaba su ansia lectora. Fue entonces cuando comencé a aficionarme a la lectura y a cambiar también yo mis cuentos en el quiosco de la Marga.

Claro, eran historias sencillas, cortas, como las versiones breves de los cuentos de Hans Christian Andersen. Yo tendría seis o siete años, y creo que ahí comenzó mi pasión por la lectura. Mi abuelo leía sus novelas del viejo Oeste y yo mis cuentos, y así pasábamos las tardes de invierno después de hacer los deberes. Lástima que no conserve una instantánea de esos momentos.

 

Libros que cambiaron mi vida en la infancia

De manera que fueron La princesa del guisante, La sirenita o El patito feo los primeros libros que me cambiaron la vida, entre otros muchos cuentos con grandes dibujos y poco texto.

Después me aficioné a los libros de Los cinco, de Enid Blyton, es posible que me los leyera todos, aunque creo que sus protagonistas no consiguieron contagiarme su espíritu aventurero, o sí, según se mire, porque lo cierto es que ahora vivo de aventura en aventura, sobre el papel he sido princesa, guerrera, viajera, jefe de tribus africanas, judío errante…

Recuerdo con especial nostalgia un libro de Mary Poppins, de Pamela Lyndon, que me regaló mi padre a los nueve años para consolarme porque tendría que pasar unos días en cama. No sé cuántas veces lo saboreé, me pareció la historia más mágica que había leído hasta el momento y tuve la seguridad de que quería dedicar mi vida a escribir novelas así.

Más tarde me aficioné a la poesía de Bécquer y a sus leyendas, gané todas sus obras en un concurso literario a los 11 años. Luego llegaron muchos más, pero creo que de todos los libros que he leído podría destacar:

 

Libros que cambiaron mi vida

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

Yo diría que este libro fue con el primero que tomé conciencia de que además de contar una buena historia para invitar a disfrutar, se podía hacer reflexionar en profundidad a los lectores, ese debate implícito que encierra sobre la belleza y la ética me parece llevado con mucha maestría. Y también aprendí con él la importancia del estilo y la personalidad del autor.

Las ratas y El camino de Miguel Delibes

Me enseñaron hasta qué punto los personajes pueden plantarse en carne y hueso ante el lector, pienso que el Nini es uno de los mejores protagonistas de novelas creados por un escritor, por destacar alguno de este gran autor. Y también comprendí hasta qué punto la ambientación llega a levantarse sobre el papel y hacer que la historia se convierta en una realidad paralela.

Orgullo y prejuicio de Janes Austen

Destaca entre mis preferidos también por esa manera tan sutil, exacta y viva de crear la ambientación y los escenarios de una historia y la capacidad de Austen de reflejar con palabras cómo era la sociedad inglesa del siglo XVIII.

Siddhartha de Hermann Hesse

Un libro lleno de diálogos maravillosos entre el protagonista con Govinda y Vasudeva, cargados de sabiduría y valores que nos recuerdan las sencillez de la vida. De alto nivel espiritual, que invita a la meditación sobre el sentido de nuestra existencia.

Y La montaña mágica de Thomas Mann

El que yo llamo mi libro de cabecera, porque encuentro en él todo lo que debe tener una novela: elegancia, maestría, buen argumento, cargada de filosofía y mensajes, magníficos personajes, genial estilo… Los diálogos que sus protagonistas mantienen mientras residen en el Sanatorio de Davos sobre la enfermedad, la muerte y especialmente el paso del tiempo son una maravilla, no sé cuántas veces he abierto este libro para leer algunas de las charlas que mantenían Castorp, Settembrini o Naphta, a veces como mero estudio para abordar las de mis propias novelas. Es una novela excelente, considerada filosófica, pero yo diría que además encierra toda una lección de literatura. Bajo mi punto de vista debería leerla todo aspirante a escritor.

 

Ahora estoy en un momento en el que solo busco disfrutar cuando leo, que la historia y los personajes me lleguen y me trasladen a otra dimensión, sin más aspiraciones, leo a mis contemporáneos, algunos de ellos conocidos, simplemente disfruto, y me he dado cuenta que esto que parece tan sencillo, hacer disfrutar al lector, no es más que el resultado de años de trabajo por parte del autor y del equipo editor. No hay nada más difícil que hacer sencillo lo complicado.

Creo que justamente en este orden me han ido formando como escritora a lo largo de mi vida lectora. Hay muchos, muchos más, pero estos tal vez sean los que más me enseñaron.

Estoy convencida de que aquellos primeros libros que tanto me hicieron disfrutar en mi infancia fueron los culpables de mi adicción a la lectura y a la escritura, pero los que llegaron después formaron mi carrera y me ayudaron a crear mi propio estilo. Aunque ya quisiera tener la maestría de esos grandes autores.

 

¡Feliz Navidad y próspero 2017, queridos lectores y seguidores!

 

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)

Ingratitud

FOTO 3Antes de tomar la decisión de publicar mis libros en la red mi vida se reducía a la familia, leer y escribir, y hablar de vez en cuando con dos viejas amigas con las que nunca perdí el contacto. Publicar mis textos me ha dado la oportunidad de conocer a muchas personas, que después de leerme se pusieron en contacto conmigo para conocerme. Con estos lectores comencé una nueva etapa llena de satisfacciones. Fueron ellos los que pusieron en marcha la magia del “boca-oreja”; jamás imaginé que mis historias tuvieran más valor que la propia satisfacción de parirlas. Soy consciente de que nadie recorre el camino solo, de que todos necesitamos ayuda. Soy muy consciente, y por ello paso gran parte de mi tiempo dando las gracias. Aun así, hay quien piensa que soy una ingrata. Esto me ha hecho reflexionar, escudriñar en mi interior y analizar cuánto de culpa sobre esta grave acusación me pertenece. Es tal el dolor que me produce saber que no he sabido corresponder a tanta generosidad, que por momentos siento la tentación de volver atrás, a esos días que se reducían a la familia, leer, escribir y conversar con mis viejas amigas. Pero vivir es siempre un camino hacia adelante, para bien o para mal, nadie puede volver sobre sus pasos.

Sí, claro que soy culpable, siempre hay algo de verdad tras la censura de quien te aprecia. Y descubres que te aprecia porque, a pesar de todo, sigue ahí. El resto, probablemente, solo buscaban que les devolvieras el “regalo”. Me cuesta entender esto, yo misma, casi a diario, hago un esfuerzo para responder a personas que me escriben pidiéndome apoyo: que lea sus libros y los comente, que les conceda una entrevista, que les ayude a promocionar sus novelas… Nunca les he pedido nada a cambio; entiendo que en las leyes del universo nada es personal, todo fluye en beneficio de todos y no necesariamente recibirás la ayuda de aquel a quien tú ayudaste. Tengo que decir en mi defensa, si es que la ingratitud tiene defensa alguna, que en mi vida resta poco tiempo para el esparcimiento, y así lo entienden los que se han preocupado de conocerme. Y tal vez por ello caigo en falta en tantas cosas; tal vez por ello solo conservo estas dos viejas y grandes amigas, Ana y Elisa. Además de algunos amigos de oficio a los que aprecio y admiro muy especialmente, y ellos lo saben.

De cualquier manera, asumo mi culpa y pido perdón desde lo más profundo de mi corazón, porque de ninguna manera quisiera que nadie sufriera por mi causa, bien sé cuánto se padece cuando te sientes incomprendido, infravalorado, ignorado o despreciado. Y por su supuesto, hago saber a todos los que me acompañaron a tramos en el camino, que nunca olvidaré su generosidad, aunque no les diera las gracias lo suficiente. Me siento afortunada por haberos encontrado y haber disfrutado de vuestra compañía y generosidad el tiempo que duró.

Un fuerte abrazo todos y cada uno de los que os pasáis por aquí, aunque no comentéis, siento vuestra mirada en mis letras. Os deseo a todos lo mejor, sobre todo que, como yo, nunca os falte compañía y apoyo en el camino.

EL ESCRITOR Y EL TIEMPO

reloj

No creo que necesariamente un escritor deba estar muy viajado, o haber disfrutado de un sinfín de aventuras descabelladas; no, no lo creo. Es más, he podido comprobar que hay quien después de haber tenido un pasado intenso, no tiene mucho que compartir.

Lo que se hace imprescindible para el buen comunicador es el tiempo; tiempo para observar; tiempo para pensar; tiempo para ordenar sus ideas; tiempo para dejarse invadir por su mundo y digerir ¡tanto! Y, sobre todo, tiempo para escribirlo después. El escritor es un ser empático hasta el hartazgo. Encerrado en una pequeña habitación vacía encontrará una mosca revoloteando y le construirá un escenario único y maravilloso donde ella será la reina de los insectos, con una vida apasionante.

No sé si es cierto aquello de que solo escribe grandes historias aquel que tiene una gran imaginación, diría que todo el mundo tiene la suficiente como para soñar con paraísos. Más bien pudiera ser que cuenta maravillas quién comprendió cuán frágil es la línea que divide la realidad de la fantasía y qué genial manera de superar esta tortuosa vida es la de agarrarse a los sueños.

Sí, creo que un buen escritor surge con el tiempo; con el tiempo vivido, observando.

Este reloj de arena representando el tiempo y encierra mis historias es gentileza de la sensible Mari Carmen. Es la imagen que ha inspirado mi pequeña reflexión.