Reflexiones

La ultima vuelta del scaife

«La última vuelta del scaife», la mejor obra de una pésima escritora

Creo que empecé a escribir esta novela hace unos veinte años. Entonces escribía por mero placer ––ahora también, pero soy más consciente de que mis escritos son leídos y de que realizo un trabajo––. Tardé dos años en ponerle el punto final. En el transcurso de ese tiempo disfruté y aprendí a parte iguales. Me documenté sin prisas, tomé apuntes de las más diversas fuentes, leí a los grandes del género, viajé a casi todos los lugares que aparecen en la historia, perfilé los personajes hasta que me convencieron de su existencia y, sobre todo, conseguí plasmar un sentimiento que he abrigado desde que tengo conciencia: «Por mucho que consigas en la vida, si perdiste el amor, finalmente no dejarás nada en este mundo y tu existencia será baldía».

Pero yo quería escribir una novela, no un tratado filosófico sobre cuestión alguna; deseaba imitar de alguna manera a esos escritores que con sus obras habían sido capaces de trasladarme en el tiempo y en el espacio hasta el punto de hacerme olvidar completamente mi realidad. El médico; Sinuhé, el egipcio; Tras la huella del hombre rojo; El último judío; El clan del oso cavernario… y muchas más fueron mi inspiración.

Cuando la acabé, me sentía tan orgullosa de mi obra que decidí luchar por su publicación.

Una prestigiosa agencia literaria emitió su primer informe de lectura. Fue descorazonador, un duro golpe a la confianza que entonces le tenía al mundo editorial. Me explico: no es que estuviera en desacuerdo con la crítica del lector profesional; es que, obviamente, no se había leído el libro o, siendo muy generosa, no había pasado de la página cincuenta. Pero lo que más me dolió no fueron sus comentarios incoherentes y sin correspondencia alguna con el contenido de mi novela; lo peor fue que no reparó en sus auténticos errores, imperdonables en una historia que por su contenido se hubiese merecido un escritor más versado en el arte de novelar que yo, que en aquella época no era más que una aficionada a juntar letras. Mala estructura, abundancia de descripciones y textos innecesarios, imperfecta sintaxis, exceso de faltas de ortografía… Sobre esto debió hacer hincapié el lector profesional y no opinar con tanta desfachatez de lo que no había llegado a conocer. Repito: creo que la historia es buena, la mejor que he escrito, pero la escritora era pésima ––espero haber aprendido algo durante estos años––. Aquellos que la habéis leído sabéis que digo la verdad; no pocos me habéis comentado que es de los mejores libros que han caído en vuestras manos, y también me habéis dicho que es una lástima que no esté pulida como se merece.

Lo peor de todo es que conseguí que me la publicaran: tres editoriales de mayor o menor calado se han encargado de explotar esta obra desde hace quince años y ninguna de ellas se ha molestado en corregirla. ¡Qué impotencia!

Bien, queda poco más de un año para recuperar los derechos de La última vuelta del scaife y es tal mi necesidad de asearla como es debido que desde hace tiempo está en manos de la correctora que se merece: Ágata Vehí de la Paz. Si estáis pensando en corregir vuestro libro, os la recomiendo sin dudar.

Así que, en cuanto vuelva a ser mía, la publicaré como es debido y como os merecéis todos.

Si alguien tiene interés en comprobar si es cierto lo que hoy os cuento, podéis conseguirla aquí y en todas las plataformas digitales. Está publicada por Ediciones B, actualmente Penguin Random House.

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la paradoja nórdica

La paradoja nórdica: verdades y mentiras de nuestro tiempo

Hoy quiero reflexionar sobre algunas de las verdades y mentiras de nuestro tiempo: el hecho conocido como la paradoja nórdica, es decir, países con los altos grados de igualdad de género (como los nórdicos, de ahí el nombre) que también tienen altas tasas de violencia de pareja. ¿Os apetece reflexionar conmigo sobre este hecho?

Debe ser cosa del azar que en estos últimos meses he recibido varios mensajes-ataque por parte de miembros de grupos que se denominan feministas, liberales y antisistema. De verdad que ha debido ser casualidad, me han llamado muchas cosas, pero mantenida, lavacalzoncillos, conformista, gallina ponedora y pleistocénica son adjetivos con los que nunca me habían calificado y que me han hecho reflexionar. No en su significado en sí mismo, creo que está clarísimo, sino en cómo a ciertos grupos radicales no les duelen prendas en etiquetar a todo aquel que no encaje en sus estrictos moldes progresistas y no practique sus decálogos.

No sé si os lo he dicho alguna vez, pero me defiendo muy mal en las disputas. Es curioso, me tiemblan las piernas, me amedrento y me siento violenta ante los gritos y las descalificaciones. Así que aquí estoy, para dar mi parecer sin que nadie me interrumpa.

A mi modo de ver la igualdad entre los sexos sencillamente es una entelequia, por ahora, es posible que en un futuro con la evolución de las especies cambie la cosa. Un momento, no montéis en cólera, me explico: es sencillo, hay dos sexos porque son diferentes entre sí, de lo contrario habría solo uno.

Ahora bien, ojo, algo muy distinto es la igualdad ante la ley y que tanto hombres como mujeres ––de la tendencia sexual que sean–– tengan exactamente los mismos derechos y deberes. Faltaría más. Lo que creo que en el mundo occidental ya está superado. No así en otras culturas, tristemente.

Pero voy al meollo de la cuestión: no podemos elegir nuestro género, es la naturaleza quien lo hace por nosotros, como decide tantas otras cosas: altura, belleza, facultades físicas o psíquicas… Reconocer las diferencias, capacidades, limitaciones o características que nos definen a nosotros o a los demás me parece un signo de inteligencia y responsabilidad, además de la mejor manera de entender, ayudar y respetar al prójimo.

Pongamos ejemplos: de la misma manera que una persona que dispone de una sola mano tendría serios problemas para ser microneurocirujano, un hombre los tendría para dar de mamar a su recién nacido o una mujer para levantar una piedra de cien kilos. No, no somos iguales en nuestras capacidades.

Que una pareja decida traer hijos al mundo implica responsabilidades para los dos: es decir, ambos deberán recolocar su orden de prioridades: desde ese momento lo más importante son los hijos, deben dar lo mejor de sí mismos y adaptar sus vidas a la situación de la forma más natural posible. Y sí, la gallina ponedora es la mujer. Es lo que hay.

La madre los llevará en su vientre nueve meses y necesitará cuidarse, el padre como mucho atenderá sus necesidades. La madre dará a luz, lo que implicará un riesgo para ella y el niño, el padre no sufre peligro alguno, solo puede apoyarla y esperar lo mejor. La madre necesitará un tiempo de recuperación, el padre no. La madre tendrá que darle el pecho al bebé durante unos meses ––si así lo decide y es posible––, el padre como mucho podrá contemplarlos y compartir las malas noches y las tareas que sean necesarias, como debe de ser.

El vínculo entre la madre y el niño desde el momento de la concepción no es algo ilusorio, es real. La energía emocional y física que ella pone en los hijos es desde el principio ostensiblemente mayor que la que da el padre. Y es este hecho, causado por la diferencia hormonal, lo que inevitablemente nos hace distintos. Ojo, por ahora, no sabemos a dónde nos llevará el progreso. A mí me encantaría que los padres pudieran disfrutar de todo el proceso de la maternidad.

Aceptando todo lo anterior como una realidad innegable, es fácil entender que por lo general la mujer pase más tiempo que el hombre en casa y por tanto esté más familiarizada con los entresijos del hogar. La lectura es sencilla, no hay que escarbar más: lo normal es que la mujer lave más calzoncillos que el hombre tangas por la sencilla razón de que está más tiempo en casa, no porque sea una lavacalzoncillos, que oye, si le gusta…. Pero no le vería yo mucha lógica a que pusiera la lavadora separando su ropa de la de su pareja, o al revés. O que mientras el bebé duerme y goza de tiempo libre tenga que atarse los brazos y no hacer nada hasta que llegue su pareja para no estar sometida y compartir las tareas a medias como si fuera una condena para ambos.

Por otro lado, que una mujer decida libre y responsablemente quedarse en casa con sus hijos el tiempo que considere beneficioso para ellos no significa de ninguna manera que sea una mantenida o que no tenga todo el derecho a incorporarse al trabajo cuando lo desee. Muy al contrario, a mí me parece una opción muy generosa y que muchas parejas valoran y respetan hasta el punto de tener clarísimo que el dinero que entra en casa lo están ganando entre los dos a partes totalmente iguales, tanto el que tiene su nombre estampado en la nómina como el que no, porque sacar adelante a un bebé es un trabajo duro, entregado y muy digno del que se beneficia toda la familia.

Otra cosa muy distinta es que el hombre llegue a casa y se siente a la mesa esperando que le traigan hasta el agua como si solo trabajara él y tuviese todos los derechos. Ese tío es tonto y punto. Pero no por ser hombre, no, si hubiese nacido mujer abusaría igual de quien estuviera a su lado y sería igual de cretina.

Por otro lado, estos comportamientos, roles o como se quieran llamar, no son del pleistoceno, ya nos gustaría, pero que yo sepa en el siglo XXI seguimos pariendo las mujeres y todavía poseemos menos fuerza física, que no significa que seamos más débiles. Por eso no podremos competir con cierto éxito con ellos a la hora cortar un gran árbol, abrir un bote que se nos resiste o mover un mueble pesado, por poner unos ejemplos y siempre generalizando. Y por eso es muy normal que un domingo mientras la mujer dobla la ropa el hombre esté podando el jardín, no porque sea un machista, sino porque la naturaleza lo ha dotado de más masa muscular que a nosotras y hacerlo al revés es malgastar tiempo y energía, además de una bobería.

Un ejemplo claro de que la igualdad de derechos no nos hace iguales es la paradoja nórdica. Países como Dinamarca, Finlandia y Suecia cuyo nivel de igualdad de género político y social es el más alto de la Unión Europea, también tienen un índice de violencia de género muy por encima de la media. Lo que hizo saltar las alarmas de Organización Mundial de la Salud.

Todo esto nos lleva a plantearnos que esto de la igualdad no va de quién lava los platos o se coge la baja postparto, no, sino de asumir de una vez que somos diferentes, sí, pero de ninguna manera podemos utilizar nuestras diferencias como armas para controlar, maltratar o someter al otro. Tanto hombres como mujeres.

Creo que lo importante no es educar para imponer una igualdad ficticia, sino instruir reconociendo nuestras diferencias para que nadie las convierta en herramientas de destrucción contra otros.

Que la inmensa mayoría de los malos tratos físicos sean perpetrados por hombres a mujeres no es porque ellos sean más malos, es porque son más fuertes ––si la fuerza la tuviese la mujer sería ella la maltratadora física––, de la misma manera que los asesinatos por envenenamiento los llevan a cabo generalmente las mujeres. La maldad no tiene sexo y emplea los medios de los que dispone. Cada cual, obviamente, utiliza sus diferencias, para hacer el bien o el mal. Ahora bien, aprovechar una posición de privilegio o ventaja para golpear, vejar o someter a otro de cualquiera de las formas es de malas bestias y tiene que ser perseguido por la ley hasta sus últimas consecuencias. Es muy triste, pero no hay otra manera, los criminales tienen que estar fuera de la circulación para proteger al inocente.

Pero, además, si queremos que algún día este tipo de abusos se terminen, hay que educar a los niños y a la sociedad desde la verdad: tener una ventaja natural sobre otro no es un privilegio, es una responsabilidad. Por mucho que avancemos tecnológicamente no habremos dado el siguiente paso evolutivo hasta que aprendamos a controlar nuestros instintos más básicos por el bien del conjunto de la especie.

No creo que la solución esté en empeñarnos en ser iguales con respecto a nuestros géneros, sino iguales como personas, libres, con los mismos deberes y derechos independientemente de que decidamos quedarnos en casa para cuidar a los hijos, o no tenerlos, o permanecer solteros y desarrollar una brillante carrera profesional, o las tres cosas a la vez. Se trata de desarrollar nuestra empatía con todo lo que puebla el planeta, amar a cada ser vivo como si estuviéramos dentro de él. Esta es la manera de conseguir la igualdad.

Resumiendo, que ningún hombre es quién para decirle a una mujer lo que tiene que hacer y menos por la fuerza, pero un grupo feminista radical tampoco, repito, cada cual debe elegir con libertad y responsabilidad, pero de ahí a la tontería de negar la mayor va un buen trecho.

 

levantando muros referendum indeoendencia cataluña

Levantando muros

Queridos seguidores y lectores, empezamos el curso con un plato fuerte, la actualidad manda y en esta ocasión me apetece opinar sobre el huracán que azota nuestro país, el otro, Irma, es una tragedia que habla por sí misma.

No veo la televisión, mejor dicho, no soy de las que buscan el mando para encenderla, hace tiempo que dejó de interesarme y me documento e informo a través de internet, aunque de política muy poco; pero no puedo evitar, ni tampoco me molesta, que esté encendida en casa durante los almuerzos y cenas; no vivo sola.

Anoche asistí en primera fila a las explicaciones públicas que un señor daba a toda España sobre por qué él y sus compañeros de partido piensan que independizarse de su país es la mejor opción para los suyos y los otros.

Me quedé fascinada.

Sé que a esas alturas del ruidoso ciclón independentista ya lo habría escuchado hablar mil veces la mayoría de los españoles, pero yo no, así soy de inconsciente y autista en cuestiones políticas. Y digo que me quedé fascinada porque vi a un hombre aparentemente noble, que se desnudaba y exponía con valentía ante las duras preguntas y observaciones de la presentadora y del público asistente al plató. Yo hubiese caído en el primer asalto.

En la pantalla había un señor, aparentemente, nada pretencioso, un hombre sencillo, culto, preparado y convencido hasta lo más profundo de que el sueño que persigue es un bien para todos. Daba la sensación de que sus argumentos nacían de una convicción honda y honesta.

Hasta tal punto me conquistaron sus modos, no así sus pensamientos, que por momentos pensaba: «Cómo me gustaría que un político de ese calibre presidiera todo el planeta, qué fácil sería convencer al mundo de que unidos seremos más fuertes, más ricos y más felices».

Se me ocurrió que tal vez uno adopta la ideología en la que te han querido, aunque sea un desvarío. Me explico: que tus padres sean fans de Trump, no significa que no te quieran; que tu hermano mayor idolatre a un cantante de rock, no significa que no te quiera; que tu abuelo esté obsesionado con los rojos o los azules de la Guerra Civil, no significa que no te quiera… El amor que nos hayan dado desde niños nuestros mayores no tiene menor valor porque estos hayan tenido unas u otras preferencias sociales, políticas, religiosas… Es más, se me ocurre que es más fácil empatizar con las ideas de alguien que te protege, te quiere y te respeta que con las de quien no le importas, y que los ideales de este señor tan afable no son más que los que le inculcaron sus antecesores, que obviamente también le enseñaron buenas maneras. No encuentro otra explicación; parece una buena persona.

Quiero decir, si yo he crecido en un hogar donde no me faltó seguridad y protección, seguramente estaré impregnado hasta la médula de todo lo que acontecía en él. Pero, ¡ojo!, los que nos protegen también se equivocan y tienen ideas erradas, por mucho que los amemos y respetemos.

Señor Junqueras, me cae usted muy bien, y creo que a mucha gente. Peligrosamente bien. Peligrosamente porque en su excelente discurso se olvida de una verdad sin discusión: usted y yo somos vecinos y lo seremos mientras no se mude a otra casa, no podrá separase de mí por más que se empeñe a no ser que ponga distancia, y es obvio que no piensa marcharse. Lo único que puede hacer para separarnos es levantar un muro, y le recuerdo que la historia ha demostrado sin la más mínima piedad que donde se levanta un muro pierden los de uno y otro lado.

¿Por qué? Es sencillo: finalmente lo que usted y sus compañeros persiguen no es más que dinero, todo es en el fondo una cuestión de quedarse con la mayor parte de los recursos. Pero olvida que, sin lugar a dudas, aquel que decide separarse del grupo y comer en mesa aparte no le queda otra que hacer la compra solo, y eso siempre, siempre, sale más caro a todos.

No hace falta ser un experto en economía para entender cuentas sencillas, esto lo sabe cualquiera que administre un modesto hogar: si les pones de comer aparte y menús diferentes a cada uno de tus hijos, la cesta de la compra se dispara. No, no habrá más para nadie, habrá menos para todos. Pero, aunque fuese posible ese sueño delirante de creer que separados tendrán más los de su comunidad, cuanto menos sería insolidario y un paso atrás en la humanidad.

Estamos en la época de derribar muros y aunar fuerzas para solucionar los problemas mundiales que amenazan a nuestra especie, no de levantarlos, eso ya sabemos cómo acaba, para qué repetir.

En fin, que no, que no, que ser muy listo, culto, preparado, viajado, cercano, amable y buen orador no significa llevar la razón. Se puede estar tan equivocado como convencido de una idea, hasta el punto de llevarla hasta las más trágicas consecuencias.

Dicho esto, señor Junqueras, permítame decirle que fue un placer escucharle y comprobar una vez más que, gracias a mis padres, abuelos y profesores, aprendí desde niña a pensar por mí misma, a ver a mis semejantes como iguales y a no dejarme llevar por grandes discursos ni ideologías de hombres brillantes, pero impedidos para hacer avanzar a la humanidad.

 

Fuente de imagen de cabecera: nuevolaredo.tv

día internacional del orgullo lgbt

Reflexiones sobre el Día Internacional del Orgullo LGBT

Antes de opinar sobre El Día Internacional del Orgullo LGBT y el mensaje que deja en gran parte de la sociedad lo que acontece alrededor de este día, quiero resaltar este primer texto:

Yo, como la gran mayoría, tengo un trato cordial con cualquier ser humano. En ningún momento me planteo etiquetar, clasificar y mucho menos discriminar a mis semejantes a no ser que sean delincuentes y por algún motivo corra peligro mi integridad física o moral. Respeto hasta lo más profundo cualquier tendencia política, religiosa, ideológica, artística, sexual… Nada me impide comunicarme con toda naturalidad con aquellos que son marcadamente distintos a mí por el motivo que sea. Entiendo que valores como el respeto, la tolerancia, la honradez, la lealtad o la generosidad, por poner algunos ejemplos, están por encima de nuestras preferencias sexuales, étnicas, políticas, religiosas y demás.

En definitiva, la única tendencia sexual que me interesa es la de mi pareja, por razones obvias.

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Ser lesbiana, gay, bisexual, transgénero, intersexual, asexual o casto y puro no es para mí un valor ni motivo de orgullo. Exaltar cualquier condición sexual distinta a la hetero para revindicar su aceptación y normalidad me parece un error. La ley es clara en este sentido, especialmente en el primer mundo, y aquel que atente contra un semejante escudándose en cualquier tipo de diferencia debe ser perseguido y amonestado. Somos iguales ante la ley, punto pelota. Al que no le guste que se busque otro planeta.

Desde hace unos años he comprobado cómo los medios de comunicación alaban algunas manifestaciones públicas de colectivos LGBT que a mi entender son en muchas ocasiones grotescas y hacen flaco favor a los que de verdad están luchando por la normalidad. Sorprende que a los mismos colectivos feministas que han puesto el grito en el cielo a causa de la publicidad machista o los certámenes de belleza, no les duelan prendas cuando se pasean por Madrid subidos a una carroza con un grupo de chicos musculosos, aceitados y en tanga. Aquí es cuando ya me pierdo. A ver si lo entiendo… si una mujer luce su cuerpo semidesnudo voluntariamente denigra su género, pero si lo hace una legión de gays en medio de la vía pública es digno de admiración y orgullo.

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¿Día del orgullo gay? ¿Por qué? ¿Esto qué es?, ¿el efecto péndulo?, ¿pasamos de lapidar a los que no han nacido heterosexuales a hacerles monumentos con las mismas piedras que les arrojábamos? ¿Ser homosexual no es algo tan natural como ser moreno o tener los ojos negros? Si nuestra condición sexual es obra de la misma naturaleza, como nuestros rasgos físicos, ¿a qué viene tanto orgullo por algo que nos viene de nacimiento sin haber hecho el más mínimo esfuerzo?

Yo creo que debemos estar orgullosos de aquello que hemos conseguido con esfuerzo y que deben reconocernos por nuestros méritos, no por nuestro sexo, sea cual sea. ¿Debo yo estar orgullosa de ser heterosexual?

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De acuerdo, estoy con los que piensan que para acabar con las injusticias hay que luchar, gritar, manifestarse, hacer leyes y aplicarlas… y sobre todo ser un ejemplo vivo. La persona que se sienta y quiera comportarse como una mujer, independientemente de sus genitales, está en su total derecho, como si se siente hombre, y, por supuesto, cada cual está en su derecho de amar, formar una familia, convivir o hacer el amor con quien le dé la real gana; son derechos fundamentales que cualquier estado libre debe proteger. Ahora bien, hacer de algo que ya la sociedad tiene superado un espectáculo ridículo y grotesco… ¿Por qué ese afán de provocar de algunos grupos? Sinceramente, no creo que por este camino se llegue a la normalidad, porque no hay nada que se aleje más.

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Como vosotros, vivo rodeada de personas de diversas condiciones sexuales: amigos, familiares, vecinos, dependientes, maestros, banqueros… Problema cero. El amigo me escucha, el primo o sobrino comparte mi vida familiar, el dependiente me vende el pan calentito cada día, el maestro enseña matemáticas y valores a mis hijos… De lo que no estoy tan segura es de que nuestra relación no se viera afectada si algún día me encontrara a alguno de ellos en mi calle en pelotas, pegando gritos y provocando, sea homosexual, heterosexual o asexual, me es indiferente.

Es un hecho que diariamente hay agresiones racistas, homófobas, machistas… incluso por pertenecer a un equipo de fútbol distinto; pero yo creo que la base de todo esto está en la violencia y la falta de respeto de una minoría social hacia el resto. Estos criminales son personas agresivas que solo necesitan una excusa, encontrar sus diferencias con respecto a los demás para organizarse y dar salida a su resentimiento, agrediendo, insultando o incluso matando. Si son de tu mismo sexo te insultarán por ser negro, si son de tu mismo sexo y negros lo harán igualmente por ser cristiano, si además son cristianos por pertenecer al Real Madrid, si… Da lo mismo, encontrarán el motivo para vomitar a su frustración. No creo que consigamos educarlos respondiendo a sus provocaciones.

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Tuve oportunidad de vivir durante un mes en un barrio de Seattle considerado uno de los que cuentan con más habitantes homosexuales por metro cuadrado. Hasta hay calles en las que los pasos de cebra están pintados con los colores de la bandera gay; bandera que también ondea en las puertas de numerosas viviendas. Todo era tan normal… la vecindad era tan respetuosa y pacífica… Hay tantas formas de recordar al mundo que los diferentes a la mayoría existen y no pasa nada… En concreto, había una vivienda con dos leones con gafas de espejo y collares de colores que me hacían sonreír cuando pasaba. No sé, cuando veo los espectáculos que se montan en Madrid durante esta semana me parece que no hacen justicia a lo que revindican.

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Por otro lado, también me cuesta entender que la estética prevalezca sobre la filosofía; la forma sobre el verdadero fondo. Da la sensación de que en estos días, una vez más, se rinde culto al cuerpo como si fuera la máxima expresión del ser humano y que se enaltece la banalidad, olvidando que mientras no demos prioridad al espíritu y dejemos de juzgar a los demás por su cualidades físicas, jamás superaremos el reto perseguido: vernos unos a otros como iguales a pesar de las diferencias.

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ESCRITORES, REDES, CHISMES Y CHUPIPANDIS

 

Hace tiempo que el comportamiento de los escritores en las redes me está haciendo reflexionar. Ojo, yo también me incluyo, hablo en general. Supongo que nuestro gremio no es muy distinto de cualquier otro. La necesidad de sobrevivir, la competitividad, el preguntarnos día a día por qué aquel vende no sé cuántos miles y yo no… nos lleva a veces a la desesperación. Creo que a esa masa de lectores que sigue nuestras páginas no se le escapa cómo en muchas ocasiones llegamos a hacer el más absoluto ridículo solo por significarnos con respecto al resto.

A menudo recibo mensajes y correos electrónicos de autores que comienzan y me preguntan qué pasos deben seguir para que su obra no muera en el submundo de las plataformas digitales. Es difícil aconsejar en este tema, al final todo depende de la personalidad del escritor en ciernes, del tiempo que tenga, de cuánto esté dispuesto a apostar por su literatura… Y sobre todo de la calidad de la obra y de si es buen momento para el tema que ofrece.

Sea cual fuere el número de lectores a los que te dirijas, uno o un millón, pienso que al final lo importante es que tu historia cale hondo y deje huella. Si es así, comenzarán a hablar bien de ti y se iniciará esa mágica e invisible corriente positiva que va de boca a oreja por los rincones. Aunque es verdad que especialmente cuando estás en los comienzos esto no es suficiente, el pistoletazo de salida requiere una energía extra: la engorrosa publicidad, de la que ya he escrito en varias ocasiones.

Pero hoy no quería hablaros de los escritores que comienzan llenos de dudas y dando traspiés sobre un camino plagado de obstáculos, sino de los que ya tenemos un bagaje y miles de lectores que nos siguen y confían en nuestras obras. Ya hemos aprendido algunas lecciones en esto de la publicidad y cómo proyectarnos en las redes, sabemos que si queremos ser leídos lo primero es no defraudar. Hay que escribir buenas historias y escribirlas bien. Después habrá que hacer una campaña de marketing para el lanzamiento (de acuerdo, de esto se libran unos pocos privilegiados), pero la mayoría del trabajo ya lo hicimos años atrás, ahora hay que continuar aprendiendo.

Bien, tenemos una buena lista de medios de comunicación, blogueros y lectores en nuestra página de MailChimp, a los que mandaremos una nota de prensa para informar de nuestro nuevo libro; tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Google Plus…. a los que también iremos avisando con una publicidad cuidada y profesional. ¡Porque ya hemos aprendido que esto es lo que realmente valoran los auténticos lectores! Ellos quieren BUENAS NOVELAS y tener información sobre ellas, no encontrarse en nuestras páginas chismes, quejas, la imagen de nuestras últimas lentejas, otra más de nuestra mascota o fotografías de autores en mil poses.

Los que pasan por nuestros muros buscando cotilleo no interesan a nuestra carrera y, aunque nos lean, son pocos e inestables. Son personas cuyo interés por el chismorreo está muy por encima de la literatura. Lo he comprobado, estoy muy segura de lo que os cuento, para ellos el amiguismo con el autor es lo más importante. Y sí, te pondrán cinco estrellas y maravillosos comentarios en todas las plataformas de ventas y en sus blogs mientras seas su amigo. Pero si un día los decepcionas, se te olvida darles los buenos días o no preguntas por la salud, para ellos tus obras han pasado de ser magníficas a lo peor del panorama. Entonces empezarán a quitarte estrellas y a denostarte con la misma facilidad que antes te halagaban.

No, no escribimos solo para los compañeros, amigos o conocidos, lo hacemos sobre todo para los verdaderos lectores. Personas para las que la literatura es un pilar importante en sus vidas, que prefieren mil veces un buen libro a un corrillo de cotillas tipo Sálvame. Serán sinceras e imparciales y se plantarán ante nuestra obra esperando disfrutar, sin importarles si el autor fue el viernes a la peluquería, el domingo comió paella o es amiguísimo o enemiguísimo de no sé cuantos compañeros o blogueros.

Pero vayamos a los datos objetivos que explican con claridad todo lo anterior. En mi caso, con 13.500 seguidores en Twitter, 4.800 en mi perfil de Facebook y otros 4900 en el profesional, 500 en mi blog y más de mil en LinkedIn, Instagram y Google, os aseguro que solo habré interaccionado con unos 300 y tal vez haya llegado a conocer un poco a 150 de ellos. Con la mayoría solo virtualmente, personalmente puede que conozca a unos 75. El resto, pongamos unos 20.000, me siguen por dos razones fundamentales: porque son compañeros (no más del 5%) o porque alguna vez leyeron una de mis obras y se hicieron seguidores para estar al corriente de mis lanzamientos. Nada más, no soy de las que siguen para que me sigan.

¿Qué quiero decir con esto? Sencillo, no debemos utilizar nuestros muros para mostrar lo amigos que somos de tal o pascual y enemigos de fulano y mengano. Esta no es la manera de significarse como profesional, muy al contrario, con este comportamiento es probable que espantemos a los verdaderos lectores.

A lo largo de los años he hecho amigos en las redes, como la mayoría, amistades que se han quedado en mi vida y que me ayudan personal y profesionalmente. Pregunto: si son mis amigos, con los que hablo por teléfono o por privado y quedo siempre que puedo, ¿alguien me puede explicar qué necesidad hay de estar todo el puñetero día poniendo en mi muro frases a medias, dirigidas directamente a dichos amigos, para demostrar la complicidad que tenemos entre nosotros y que somos una piña frente a los enemigos? Se escapa a mi comprensión este infantil comportamiento.

Al final las redes, especialmente Facebook, están resultando un simple patio de colegio para los escritores. Un espacio de ocio al que salimos en las horas de recreo (los hay que disfrutan de recreos bien largos) para hacer corrillos con la única intención de demostrar lo supercolegas que somos unos pocos, unidos frente a un universo que conspira contra nosotros (entiéndase “universo” como el resto de autores que no nos baila el agua). Esa manía de vomitar públicamente mensajes en clave que, se supone, solo pueden descifrar los amigos de mi chupipandi ¿no parece más bien cosa de niños de diez años? Aclaro, lo de mensajes clave es mucho decir, para esto hay que ser más inteligente. ¿Es que a pesar de ser tan amiguísimos aún no nos hemos dado el número de móvil y por eso lanzamos señales de humo como los indios? ¿Es que no tenemos el coraje de quejarnos abiertamente a quien debemos y utilizamos estas tonterías para, solapadamente, levantar ampollas y envidias en el resto de colegas, que seguro se mueren por formar parte de tan prestigioso y elitista club? ¿O es que en realidad no hemos aprendido a escribir y por eso en vez de argumentar y comunicarnos con claridad enchorizamos cuatro palabras inconclusas y que lo entienda quien pueda?

En resumen, según mi experiencia, si queremos tener una proyección profesional debemos comportarnos como tal públicamente. Es importante utilizar nuestras páginas para dar noticias literarias, publicitarnos con habilidad y contestar amablemente a nuestros lectores, y dejarnos de dimes y diretes y de lanzar puyas al enemigo orquestadas en privado con nuestros íntimos. Si tenemos quejas, estamos resentidos por algún motivo o queremos opinar sobre cualquier asunto que nos inquiete, lo lógico en un escritor es argumentar y defender nuestra postura o inquietud en un buen artículo de opinión, que para eso tenemos nuestros blogs y el don de la palabra escrita. Digo yo.

Vamos, hablando en plata, si quieres decir algo a alguien, búscalo y díselo. Si no quieres que se entere, cállate y deja de enredar en las redes y confundir a tus lectores. Y si quieres que se enteren todos tus seguidores y por ende los seguidores de tus seguidores, puñetas, habla claro.