Redes

ATRAPADA EN LA RED

Queridos seguidores, amigos y lectores, este fin de semana hará un frío polar y he pensado que estaréis muchas horas ociosos encerrados en casa. ¿Qué tal si nos concedemos unos minutos para leer un relato y reflexionar sobre el tema de fondo?

Apenas había abierto los ojos y, todavía en la cama, cogió su móvil y dio un repaso a las visitas de sus redes. Ya estaba ansiosa y ni siquiera había puesto los pies en el suelo. Entre Twitter, Facebook e Instagram, ¡casi doscientos me gusta, quince comentarios y nueve veces compartida su última fotografía! No estaba nada mal, parecía que su popularidad iba en aumento. No al ritmo del cretino de Raúl, pero poco a poco iba creciendo su presencia en el ciberespacio.

«Bien, bien, Maika», se dijo muy satisfecha, y volvió a pasar su dedo por la pantalla para asegurarse de la información. ¡Incluso tenía un me gusta de uno de sus cantantes favoritos!

Por supuesto, se duchó, desayunó y se vistió sin quitarle el ojo al único amigo que tenía desde hacía tiempo: su móvil.

Mientras caminaba iba atenta al paisaje, con el teléfono en la mano, claro; siempre preparado para ese selfie que haría las delicias de sus seguidores. Antes de entrar en el supermercado donde trabajaba como cajera se hizo la primera fotografía del día: un cielo azulísimo y unas buganvillas de fondo, el sol iluminando su larga melena y su mejor sonrisa. ¡Perfecta! De inmediato la compartió en sus páginas, con tal inquietud que ni siquiera advirtió el saludo de David, uno de sus compañeros de trabajo, un chico contratado para todo, tímido, agradable y educado pero insulso y, lo peor de todo, sin perfil en las redes. Para Maika carecía de todo interés, le parecía una criatura de otro siglo.

Casi todos los empleados del supermercado eran jóvenes, con los que apenas tenía trato. A ella le parecían vulgares, cuando visitaba sus perfiles siempre encontraba información pedestre e imágenes insustanciales, carentes de glamur e interés. Y si solicitaban su amistad directamente los ignoraba. Menos a Hugo, un guapísimo cajero que estaba a punto de dar el salto a la interpretación, y al jefe de personal, don Julián, un tipo con muy buen aspecto que cuidaba bien sus redes y que estaba segura de que jamás revelaría que ella era una simple cajera. Si sus contactos se enteraran de que pasaba el día frente a una caja con aquella espantosa bata verde se moriría de vergüenza.

Al dirigirse al cuarto de las taquillas se cruzó con don Julián, cogió su móvil y visitó su página de Instagram, donde encontró una fotografía magnífica en la que aparecía en el gimnasio luciendo sus brillantes y depilados músculos y dando los buenos días. No eran las diez de la mañana, ¡y ya tenía trescientos me gusta! Por supuesto, le regaló el suyo y le devolvió el saludo: «Buenos días, Julián». Saludo que nunca se habían cruzado en el trabajo. Él era el jefe y ella una simple cajera, en la vida real no tenían nada en común. ¡Gracias a las redes que les habían dado la oportunidad de conocerse de verdad!

Llegaba tarde a su caja, así que rápidamente se quitó su chaqueta y su bolso de marca, los metió de un golpe en la taquilla y se puso la bata. Por un momento, al mirar el bolso, pensó en cómo iba a llegar a fin de mes después de gastarse en ropa y complementos casi todo el sueldo, pero se lo quitó de la cabeza de un plumazo, valía la pena. ¡Todo por aumentar su número de seguidores!

Estaba atareada en pasar códigos de barra por el escáner, con la mente en su vida paralela. Solo pensaba en salir de allí y entrar en Internet para ver cómo había transcurrido su otra existencia, la que de verdad le daba satisfacciones y le ofrecía la posibilidad del éxito. De pronto, observó que desde la caja de la derecha Hugo dirigía la cámara de su móvil hacia ella. Como un resorte, se levantó de su silla y se encaminó hacia él con ira.

––¿Qué estás haciendo? ¡Sabes que los móviles están prohibidos en las horas de trabajo! ¡Eres idiota o qué!

––Hoy es mi último día aquí, conseguí un interesante trabajo como modelo, así que me importa poco que me echen. Además, ¿a ti qué más te da? Solo quería llevarme un recuerdo.

––¡Borra esa foto ahora mismo!

––Ni de coña ––le contestó el joven muerto de la risa––. Ja, ja, ja… Tienes miedo de que la suba a Internet y tus exquisitos seguidores se enteren de que eres una simple cajera, es eso, ¿verdad? Qué vida más triste la tuya, vives atrapada en las redes.

El tímido chico para todo observaba la discusión mientras reponía paquetes de papel higiénico en un estand.

––¡Bórrala te digo!

––¿Después de ver cómo te has puesto por una simple foto? Vas lista. Subida y etiquetada. Cuando te veas te vas a morir del susto. Ja, ja, ja…

La señora que esperaba en la cola con la compra a medio pasar por el escáner no salía de su asombro.

Alertado por la situación, David se acercó a Maika para tranquilizarla.

––Déjalo, no te preocupes, es un cretino, no vale la pena discutir con él porque suba una foto tuya a la red.

––¿Qué sabrás tú de redes si ni siquiera tienes un mísero perfil? ––le preguntó Maika con gesto entre de sorpresa y desprecio––. Ese idiota va a echar por alto años de trabajo…

Maika paró de explicarse, enseguida comprendió que aquel muchacho nunca entendería lo grave de la situación, era obvio que David vivía en otro siglo.

––Perdona, tienes razón, ni siquiera tengo Internet en el móvil. Lo siento ––se disculpó el chico al ver que ella estaba a punto de echarse a llorar.

Maika regresó a su puesto de trabajo intentando recuperar el control, mientras escuchaba las carcajadas de varios de sus compañeros.

Cuando terminó la jornada, con verdadera ansiedad y antes incluso de quitarse la bata, frente a su taquilla abierta buscó el móvil en su bolso. No lo encontró a la primera, algo extraño ya que ella lo ponía siempre en el mismo bolsillo y era una operación que realizaba cien veces al día. Buscó y rebuscó y nada, así que decidió volcar el contenido en el mismo casillero. Ni rastro de su teléfono, su vida, su posibilidad de tener éxito, su compañero, el aparato que contenía su mundo afectivo… Notó que comenzaba a hiperventilar y que le temblaban las piernas y el pulso.

Estaba segura, había sido el imbécil de Hugo con la complicidad de los compañeros de trabajo. Al contrario que ella, Hugo no solo era popular en las redes, también lo apreciaban y respetaban en la empresa. Era un líder nato.

Cogió su bolso y casi sin aliento se dirigió a la salida donde estaba segura que encontraría a parte de los empleados fumándose un cigarrillo antes de partir para sus destinos; después de horas de abstinencia solían reunirse unos minutos para tomar su dosis de nicotina, incluido Hugo.

––¡Devuélveme el móvil! ––le gritó cuando lo encontró echando humo y hablando con una de las empleadas.

––¿Que te dé qué? ––le preguntó Hugo con la sorpresa en los ojos.

––Mi teléfono. ¡Dámelo!

––Perdona, chica, pero tú estás muy mal. ¿Por qué iba yo a tener tu móvil?

––Tú lo has cogido de la taquilla… Estáis todos compinchados contra mí. ¡Sois unos envidiosos que no soportáis que alguien tenga más éxito que vosotros!

––Perdona, Ma-ri Car-men, porque tú en la vida real de Maika tienes poco, pero más que envidia nos das pena ––terminó mientras apagaba su cigarrillo y se daba la vuelta, otros cuatro jóvenes que asistían perplejos a la escena lo siguieron, dejándola sola y enferma de ira.

El móvil era su única posibilidad de conectarse, hacía más de un año que se le averió el ordenador y no se molestó en arreglarlo, todo lo hacía por teléfono y prefirió comprarse uno de última generación. Pensó en quién podía auxiliarla en aquellos trágicos momentos, no podía acostarse sin saber qué pasaba en las redes. Pero no tenía amigos reales, todos eran virtuales, si es que se podían llamar amigos; incluso estaba enfadada con su única hermana porque hacía unos meses cometió la osadía de subir a Facebook una foto con su sobrino mientras hacía de canguro. Cuando su hermana la vio montó en cólera; pero ya estaba hecho. Salían tan monos en la foto… A sus seguidores les encantó. «De cangu con mi sobri», fue la frase que acompañó a la instantánea, para dejar claro que ella estaba libre, sin compromiso y sin hijos.

Desolada, se sentó en un banco que había a tres metros y se derrumbó. Las lágrimas le brotaban en cascadas, de ira, de rabia, de impotencia, de… soledad.

––¿Te encuentras bien? ––le preguntó David, el anodino chico para todo, al encontrarla tan abatida.

––No, no estoy bien, jamás me he encontrado tan mal ––le contestó ella con la cabeza entre las manos, sin molestarse en dirigirle la mirada, como instándolo a marcharse.

Pero él se sentó a su lado y guardó silencio; era un caballero y no podía dejar a una dama en semejante estado; ya era noche cerrada y no le parecía prudente que una chica tan joven y bonita se quedara sola, aquel no era el mejor de los barrios de la ciudad y estaba demasiado expuesta.

Desde hacía un año, David estaba enamorado de Mari Carmen, como él la conocía según ponía en su uniforme. De hecho, ya había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y había conseguido un trabajo por el que le pagaban mucho más que en el supermercado; conservaba aquel empleo y acudía tres veces por semana solo por verla y estar cerca de ella, no perdía la esperanza de que algún día se fijara en él.

––Estoy harta de este trabajo y de todos ellos ––dijo Maika levantando al fin la mirada––, me odian. Este no es sitio para mí, yo…

––No creo que te odien, qué tontería. ¿Quién podría odiar a una criatura como tú? ––la interrumpió, mirándola embelesado.

Desde el primer día que la vio, más allá de su caminar altivo y su gesto engreído, David vio a una muchacha frágil y falta de afecto, además de que le parecía la chica más bonita que había conocido. Tal vez era cómo se ajustaba la bata a sus caderas, o el movimiento de su brillante melena, o sus ojos almendrados, o la sonrisa que escondían sus labios y que él estaba seguro de poder arrancar… Solo sabía que estaba dispuesto a todo por una chica que llevaba un año negándole el saludo.

––Han cogido mi móvil de la taquilla, seguro que ha sido el idiota de Hugo. No puedo vivir sin mi móvil ––aseguró antes de suspirar profundamente.

––Claro que puedes, qué tontería es esa ––afirmó David mirándola con complacencia––. Mírame a mí. Bueno, tengo teléfono, pero ya sabes que solo para llamadas.

––Tú eres distinto, pero yo tengo toda mi vida dentro de ese aparato.

Maika percibió algo en la mirada de David que jamás había advertido. No era solo que hasta ese momento no se había dado cuenta de que tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo de una mañana primaveral, era su brillo, su franqueza y su capacidad de mirar fijamente largo rato sin perder la frescura del primer instante. Así, tan de cerca, el chico para todo resultaba mucho más atractivo. Hasta el tono de su voz le pareció especialmente agradable, y su aliento olía a menta recién cortada.

––Te propongo algo… ¿Tienes algún compromiso esta noche?

––Sin Internet no tengo planes.

––¿Qué tal si te vienes a tomar unas cervezas con unos amigos y el lunes prometo conseguirte tu teléfono?

––No sé si es buena idea…, no es mi mejor día.

––Todo sea por conseguir tu móvil. Venga, solo un par de horas y te dejaré libre, hoy es sábado, mañana no tendremos que madrugar. ¿Qué me dices si te recojo donde tú me digas sobre las once?

––De acuerdo. Pero recuerda tu promesa, el lunes tendré mi móvil.

No podía creérselo; allí estaba, en el pequeño baño de su apartamento compartido con dos compañeras, arreglándose para una cita con un chico que hasta ese día había sido el último de su lista de conocidos. Por alguna extraña razón, en su interior sentía cierta ilusión.

Cuando salió del portal de casa él ya estaba esperándola. Sin la ropa de trabajo, recién duchado y con aquella sonrisa le pareció muy distinto al David del supermercado.

Fue la mejor noche de su vida, compartió la velada con jóvenes de lo más interesantes y agradables, entre los que se mostró tal y como era, sin pensar en qué momento hacer un selfie para subirlo a sus redes y conseguir un puñado de me gusta. Supo que David era ingeniero aeronáutico y que acababa de conseguir un empleo en una gran empresa. También se enteró de su pasión por la música y la lectura, y sobre todo de cuánto lo apreciaban sus amigos. En unas horas, David había despertado en ella su lado más sensible y humano.

El local era encantador, la gente sonreía y compartía anécdotas, la música era una delicia; algunos se animaban a bailar, incluso David, que no lo hacía nada mal. Maika supo sin temor a equivocarse que a sus veinticuatro años no había vivido momentos tan placenteros.

Él cumplió su promesa, a las dos horas pagó la cuenta y le propuso llevarla a casa. Maika se hubiese quedado eternamente, pero una timidez inusitada en ella le impidió negarse.

El domingo pasó para Maika como en una suave nube, sumida en las dos horas vividas la noche anterior, y el lunes se dirigió a su trabajo ilusionada. Cuando entró en el supermercado ojeó con ansiedad a su alrededor buscando los ojos de David. Ya en la taquilla, Hugo se acercó a ella.

––Aquí tienes tu móvil. Te devuelvo tu vida, Ma-ri Car-men. Da las gracias a David, vio cómo lo sacaba de tu taquilla y me chantajeó con contárselo al jefe de personal. No es que me importe demasiado, he venido a firmar mi despido, pero… ¿Nos hacemos un selfie para inmortalizar el momento?

––¿Dónde está David? Tengo que darle las gracias.

––Huy, huy, Maika dando las gracias. Pues va a ser que no, se fue hace un rato después de despedirse. Me dijo que había conseguido un trabajo más interesante. Qué tipo más raro. Bueno, ya tienes tu móvil, nos veremos por la red.

Maika no pudo disimular la humedad de sus ojos, no era posible que hubiese despertado de súbito del mejor de sus sueños. Sin mirarlo, metió su teléfono en el bolso y se puso la bata, como enajenada. De repente se sentía dolorosamente vacía, y estaba convencida de que entrar en las redes no llenaría el profundo hueco que había dejado David.

Esa semana estaba en el turno de mañana y a las cuatro de la tarde salía del trabajo. A unos metros, en su coche, David la observaba sin ser visto, solo quería comprobar si aquella hermosa muchacha seguía siendo la misma. No, ya no era @maika, ya no salía del trabajo con el móvil en la mano, mirando ansiosa la pantalla. Cuando pasó por su lado salió del vehículo y le habló.

––¿Puedo llevarte a casa?

––Me encantaría ––le contestó ella con la voz entrecortada de la emoción––. Pensé que no volvería a verte y… Debo parecerte tan boba… Por cierto, ya tengo el móvil. Gracias.

––No sé si alegrarme ––le contestó él con una sonrisa que a Maika la derritió.

––No te preocupes. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero de repente siento que en mi teléfono no hay nada comparado a lo que he sentido en los últimos días.

––Me alegra que hayas regresado al mundo real y poder realizar contigo este sueño.

Sus rostros estaban a unos centímetros y ella aspiraba su aliento como quien bebe el elixir de amor eterno. David supo que era el momento de besarla, había esperado todo un año; aquella historia debía empezar en ese instante.

 

 

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ESCRITORES, REDES, CHISMES Y CHUPIPANDIS

 

Hace tiempo que el comportamiento de los escritores en las redes me está haciendo reflexionar. Ojo, yo también me incluyo, hablo en general. Supongo que nuestro gremio no es muy distinto de cualquier otro. La necesidad de sobrevivir, la competitividad, el preguntarnos día a día por qué aquel vende no sé cuántos miles y yo no… nos lleva a veces a la desesperación. Creo que a esa masa de lectores que sigue nuestras páginas no se le escapa cómo en muchas ocasiones llegamos a hacer el más absoluto ridículo solo por significarnos con respecto al resto.

A menudo recibo mensajes y correos electrónicos de autores que comienzan y me preguntan qué pasos deben seguir para que su obra no muera en el submundo de las plataformas digitales. Es difícil aconsejar en este tema, al final todo depende de la personalidad del escritor en ciernes, del tiempo que tenga, de cuánto esté dispuesto a apostar por su literatura… Y sobre todo de la calidad de la obra y de si es buen momento para el tema que ofrece.

Sea cual fuere el número de lectores a los que te dirijas, uno o un millón, pienso que al final lo importante es que tu historia cale hondo y deje huella. Si es así, comenzarán a hablar bien de ti y se iniciará esa mágica e invisible corriente positiva que va de boca a oreja por los rincones. Aunque es verdad que especialmente cuando estás en los comienzos esto no es suficiente, el pistoletazo de salida requiere una energía extra: la engorrosa publicidad, de la que ya he escrito en varias ocasiones.

Pero hoy no quería hablaros de los escritores que comienzan llenos de dudas y dando traspiés sobre un camino plagado de obstáculos, sino de los que ya tenemos un bagaje y miles de lectores que nos siguen y confían en nuestras obras. Ya hemos aprendido algunas lecciones en esto de la publicidad y cómo proyectarnos en las redes, sabemos que si queremos ser leídos lo primero es no defraudar. Hay que escribir buenas historias y escribirlas bien. Después habrá que hacer una campaña de marketing para el lanzamiento (de acuerdo, de esto se libran unos pocos privilegiados), pero la mayoría del trabajo ya lo hicimos años atrás, ahora hay que continuar aprendiendo.

Bien, tenemos una buena lista de medios de comunicación, blogueros y lectores en nuestra página de MailChimp, a los que mandaremos una nota de prensa para informar de nuestro nuevo libro; tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Google Plus…. a los que también iremos avisando con una publicidad cuidada y profesional. ¡Porque ya hemos aprendido que esto es lo que realmente valoran los auténticos lectores! Ellos quieren BUENAS NOVELAS y tener información sobre ellas, no encontrarse en nuestras páginas chismes, quejas, la imagen de nuestras últimas lentejas, otra más de nuestra mascota o fotografías de autores en mil poses.

Los que pasan por nuestros muros buscando cotilleo no interesan a nuestra carrera y, aunque nos lean, son pocos e inestables. Son personas cuyo interés por el chismorreo está muy por encima de la literatura. Lo he comprobado, estoy muy segura de lo que os cuento, para ellos el amiguismo con el autor es lo más importante. Y sí, te pondrán cinco estrellas y maravillosos comentarios en todas las plataformas de ventas y en sus blogs mientras seas su amigo. Pero si un día los decepcionas, se te olvida darles los buenos días o no preguntas por la salud, para ellos tus obras han pasado de ser magníficas a lo peor del panorama. Entonces empezarán a quitarte estrellas y a denostarte con la misma facilidad que antes te halagaban.

No, no escribimos solo para los compañeros, amigos o conocidos, lo hacemos sobre todo para los verdaderos lectores. Personas para las que la literatura es un pilar importante en sus vidas, que prefieren mil veces un buen libro a un corrillo de cotillas tipo Sálvame. Serán sinceras e imparciales y se plantarán ante nuestra obra esperando disfrutar, sin importarles si el autor fue el viernes a la peluquería, el domingo comió paella o es amiguísimo o enemiguísimo de no sé cuantos compañeros o blogueros.

Pero vayamos a los datos objetivos que explican con claridad todo lo anterior. En mi caso, con 13.500 seguidores en Twitter, 4.800 en mi perfil de Facebook y otros 4900 en el profesional, 500 en mi blog y más de mil en LinkedIn, Instagram y Google, os aseguro que solo habré interaccionado con unos 300 y tal vez haya llegado a conocer un poco a 150 de ellos. Con la mayoría solo virtualmente, personalmente puede que conozca a unos 75. El resto, pongamos unos 20.000, me siguen por dos razones fundamentales: porque son compañeros (no más del 5%) o porque alguna vez leyeron una de mis obras y se hicieron seguidores para estar al corriente de mis lanzamientos. Nada más, no soy de las que siguen para que me sigan.

¿Qué quiero decir con esto? Sencillo, no debemos utilizar nuestros muros para mostrar lo amigos que somos de tal o pascual y enemigos de fulano y mengano. Esta no es la manera de significarse como profesional, muy al contrario, con este comportamiento es probable que espantemos a los verdaderos lectores.

A lo largo de los años he hecho amigos en las redes, como la mayoría, amistades que se han quedado en mi vida y que me ayudan personal y profesionalmente. Pregunto: si son mis amigos, con los que hablo por teléfono o por privado y quedo siempre que puedo, ¿alguien me puede explicar qué necesidad hay de estar todo el puñetero día poniendo en mi muro frases a medias, dirigidas directamente a dichos amigos, para demostrar la complicidad que tenemos entre nosotros y que somos una piña frente a los enemigos? Se escapa a mi comprensión este infantil comportamiento.

Al final las redes, especialmente Facebook, están resultando un simple patio de colegio para los escritores. Un espacio de ocio al que salimos en las horas de recreo (los hay que disfrutan de recreos bien largos) para hacer corrillos con la única intención de demostrar lo supercolegas que somos unos pocos, unidos frente a un universo que conspira contra nosotros (entiéndase “universo” como el resto de autores que no nos baila el agua). Esa manía de vomitar públicamente mensajes en clave que, se supone, solo pueden descifrar los amigos de mi chupipandi ¿no parece más bien cosa de niños de diez años? Aclaro, lo de mensajes clave es mucho decir, para esto hay que ser más inteligente. ¿Es que a pesar de ser tan amiguísimos aún no nos hemos dado el número de móvil y por eso lanzamos señales de humo como los indios? ¿Es que no tenemos el coraje de quejarnos abiertamente a quien debemos y utilizamos estas tonterías para, solapadamente, levantar ampollas y envidias en el resto de colegas, que seguro se mueren por formar parte de tan prestigioso y elitista club? ¿O es que en realidad no hemos aprendido a escribir y por eso en vez de argumentar y comunicarnos con claridad enchorizamos cuatro palabras inconclusas y que lo entienda quien pueda?

En resumen, según mi experiencia, si queremos tener una proyección profesional debemos comportarnos como tal públicamente. Es importante utilizar nuestras páginas para dar noticias literarias, publicitarnos con habilidad y contestar amablemente a nuestros lectores, y dejarnos de dimes y diretes y de lanzar puyas al enemigo orquestadas en privado con nuestros íntimos. Si tenemos quejas, estamos resentidos por algún motivo o queremos opinar sobre cualquier asunto que nos inquiete, lo lógico en un escritor es argumentar y defender nuestra postura o inquietud en un buen artículo de opinión, que para eso tenemos nuestros blogs y el don de la palabra escrita. Digo yo.

Vamos, hablando en plata, si quieres decir algo a alguien, búscalo y díselo. Si no quieres que se entere, cállate y deja de enredar en las redes y confundir a tus lectores. Y si quieres que se enteren todos tus seguidores y por ende los seguidores de tus seguidores, puñetas, habla claro.