Literatura

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera parte del relato.

 

(continuación)

 

Paseaba de un lado a otro de la habitación de su hijo como una fiera encerrada. De vez en cuando se sentaba en la cama y miraba a su alrededor. Todo estaba como lo dejó Héctor antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Probablemente ya solo volvería cuando tuviera vacaciones, había encontrado un buen trabajo incluso antes de terminar la carrera; pero Marta era incapaz de usar aquel cuarto a su antojo, no por nostalgia, era más bien por su profundo sentido del respeto hacia lo ajeno. Amaba de ella cada centímetro de su piel, hasta las arrugas y manchas que contaban sus años de lucha; amaba su mirada templada incluso en las situaciones más adversas; amaba sus manos, verlas en movimiento era una absoluta inspiración; amaba su manera de vestir, tan personal y envidiada por sus amigas; amaba su exótica belleza, tan imperfecta como seductora; amaba sus palabras, sobre todo sus palabras, tan amables y acertadas en cada momento. Desde que la conoció no había dejado de amarla ni un solo instante, pero aquella semana se olvidó de que estaba apostándolo todo a una sola carta, o quiso olvidar y cedió a la maldita tentación.

Marta tenía razón: aunque hubiese vivido con el remordimiento el resto de su vida, pensaba guardarse para él aquella estúpida aventura. No por él, sino por ella, ¿qué sentido tenía hacerla sufrir? Pero cuando Elena le dijo que estaba embarazada y que se desharía del bebé si no compartía su vida con ella sintió que el secreto ya pesaba demasiado como para llevarlo dentro sin reventar. Era una cuestión de honor. Marta y él habían conversado tantas veces sobre el tema del aborto… Ella nunca lo dudó, decía que desde el comienzo del embarazo la mujer se convierte en la portadora de una vida que no le pertenece. «Nadie tiene derecho a decidir quién vive o muere ––defendía con vehemencia––, todo aquel que traspase esa línea atenta contra su propia especie».
Aunque ambos tenían una manera de pensar muy parecida, en este tema nunca se pusieron de acuerdo. Por su trabajo, Agustín había conocido muchos casos en los que el aborto le pareció la opción más inteligente; tal vez en el caso de Elena también. Pero él era el padre y la mujer que había compartido su vida con él tenía derecho a saberlo para consensuar juntos el mejor camino a seguir a partir de ese momento.

Ninguno de los dos durmió aquella noche, si acaso echaron alguna cabezada, ya vencidos, de madrugada. Poco antes de las ocho de la mañana coincidieron en la cocina buscando un café bien cargado.

––Buenos días ––susurró Agustín.
––Buenos días ––contestó ella en un tono más inaudible que el de su marido.

Marta se sentó a la mesa con el café entre las manos y le pidió que la acompañara.

––Te quiero, Agu. Creo que nada ni nadie ha aportado a mi vida tanta sabiduría como lo has hecho tú. A través de ti conocí el verdadero amor y creo que los dos nos convertimos en mejores personas con el tiempo. Verte criar y educar a nuestros hijos fue la confirmación de que compartir mi vida contigo no era comparable a la mejor de las aventuras. Has sido el mejor compañero y el mejor padre.
––Yo…
––No me interrumpas, por favor.
––No voy a juzgarte por haber cometido un error, no sería justo valorarte por una infidelidad y olvidar tantos años de lealtad. Todos nos equivocamos. Por supuesto, estás perdonado, sé que en este momento tú eres tu mayor castigo y que estás más que arrepentido. La cuestión es cómo y cuándo superaremos todo esto y si conseguiremos ser los mismos. Yo confío en que así sea. Pero ahora lo importante es que nos enfrentamos a un dilema, especialmente yo. Lo he meditado toda la noche: de ninguna manera podemos permitir que esa chica aborte, es tu hijo y esta es su casa. Deberías proponerle que lleve a término su embarazo y que te ceda la custodia. Ella no tendrá que ocuparse de nada, lo haremos tú y yo. Sé que no será fácil, pero tienes que convencerla. Después la decisión será solo suya, la ley la ampara y no podremos hacer nada.
––No, no será fácil ––le contestó Agustín visiblemente emocionado y convencido de que más que difícil lo que proponía Marta era un imposible––. Gracias, Marta, gracias.

Agustín deslizó su mano por la mesa para alcanzar la de su esposa, pero ella la retiró como en un acto reflejo. Lo había perdonado, pero estaba herida y demasiado confusa como para favorecer cualquier tipo de acercamiento carnal. De inmediato, se sintió mal y pensó que en verdad aún no lo había perdonado, o tal vez estaba siendo tan banal como esas mujeres que aprovechaban cualquier desliz de su pareja para vengarse y chantajearla sentimentalmente el resto de su vida. Lo cierto es que en aquel momento tenía a Agustín en sus manos y haría cualquier cosa para complacerla. Pero ella sabía que haciéndole pagar su pecado aprovechándose de su situación de debilidad la convertiría en una pérfida becaria como Elena. No, no, ella lo amaba con todo su corazón y, en cierto modo, en aquellos momentos sentía compasión por él. Solo necesitaba un poco de soledad para recuperarse del impacto.

Pensó en hablar por teléfono con Elena esa misma mañana, pero después comprendió que su proposición era demasiado importante y se hacía imprescindible una cita. La llamó, pero para invitarla a almorzar después del trabajo. En el servicio del hospital se cruzaron un par de veces por los pasillos, pero ninguno hizo el menor gesto de complicidad.

Frente al menú hospitalario de los lunes comenzaron la delicada conversación.

––No voy a volver contigo, Elena. De hecho, tu chantaje me parece un despropósito. Pero quiero criar a nuestro hijo ––la palabra «nuestro» se le atragantó en la garganta, pero decir «mi hijo» habría sido una provocación y quería dialogar lo más pacíficamente posible.

Agustín pensó que su propuesta era más descabellada aún que la de Elena; una cosa era comentarla con Marta y otra muy distinta planteársela a la becaria. Estuvo a punto de guardársela para sí y olvidarse de todo aquello de una vez. Si Elena quería abortar era cosa suya.

––De acuerdo, en ese caso concertaré una cita con mi ginecóloga lo antes posible. Es una lástima…
––No tienes por qué abortar, hay otras opciones. Deja que mi mujer y yo lo criemos, solo tienes que aguantar unos meses.
––Ja, ja, ja… Eres único. No sé por qué, pero me esperaba algo así ––dijo ella con sarcasmo mientras pinchaba la ensalada––. Seguro que ha sido cosa de tu mujer, son bastante conocidos algunos de los casos que ha perdido intentando apoyar a los hombres que se niegan a que su pareja aborte. Lo de nosotras parimos nosotras decidimos no parece discutible hoy día. Tu propuesta demuestra que es una mujer luchadora y coherente, además de generosa, pero no sé… ¿qué edad tiene? Creo que es algo mayor que tú ¿no? La veo más como abuela que como madre.
––Dime una cosa, durante aquella semana ¿de verdad pensaste en algún momento que nuestra aventura iría más allá de cinco noches de sexo? Quiero a mi mujer y a mis hijos por encima de todo y no voy a abandonar mi casa…
––Te entiendo. Bien, pues ya está todo hablado ––lo interrumpió ella mientras rebuscaba en su plato con el tenedor––. Se me ha quitado el hambre, cada vez ponen peor de comer aquí. Me voy a echarme un rato, tengo el estómago revuelto. Hasta mañana, Agustín.

Cogió su bolso y se fue sin más, como si acabara de hablar con una amiga de cuestiones sin importancia. Él notó que lo recorría un escalofrío, pero a la vez sintió un gran alivio. Parecía que la pesadilla estaba a punto de terminar, Elena abortaría y con un poco de suerte él recuperaría el cariño de Marta y su tranquila vida.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: serpersona.info
Anuncios
Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: incorrectas.com
ola de escritoras feministas de pacotilla

¿Hasta cuándo esta ola de escritoras feministas de pacotilla?

En el día de hoy quiero reflexionar sobre la ola de escritoras feministas que invade Amazon, las redes sociales…, y  a las que no sé si considerar como escritoras feminomachistas. Ya sé que este post puede servir para que “me despellejen viva”, pero creo que ha llegado el momento de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana. Os dejo con mi reflexión sobre las escritoras feministas actuales.

No me tengo por una mojigata, y creo que estoy en lo cierto. Pocas cosas me escandalizan, solo la pobreza, la mentira, la hipocresía, la corrupción, el dolor o cómo algunos seres humanos someten a otros. Para mí un cuerpo humano desnudo no es más que carne al fresco que no me produce ni rechazo ni admiración, y que excepcionalmente es arte o belleza.

Pero en los últimos meses he sumado otro motivo de escándalo a mi conciencia: la manipulación flagrante que hacen algunos escritores de conceptos como el machismo o el feminismo y cómo algunos de sus seguidores los aplauden sin el mínimo pudor o sin darse un minuto para reflexionar si de verdad están de acuerdo.

Voy con un ejemplo gráfico: parte de los autores que constantemente denuncian la utilización de imágenes de mujeres semidesnudas en anuncios de todo tipo son los mismos que no tienen reparo en poblar sus muros, incluso las portadas de sus libros, de hombres musculados y sin ropa.

Aclaro que, aunque esta forma de promoción me parece zafia y banal, propia de quien está escaso de recursos, no por ello la condeno. No es este el tema que me deja atónita, sino la doble moral que lleva a rechazar ferozmente un anuncio de una chica en minifalda vendiendo un coche mientras mi muro está abarrotado de vídeos y fotografías de chicos desnudísimos y guapísimos. Suelen ser mujeres que se autoproclaman feministas acérrimas, a las que no les duelen prendas a la hora de entrar en cualquier hilo en el que, según ellas, encuentran cualquier atisbo de machismo. ¿Perdona? ¡Ole ellas!

La verdadera feminista lucha por la igualdad de derechos, igualdad, y tolera sin problema la decisión de cada cual de comerciar con su cuerpo, sea hombre o mujer. Si tanto comprador como vendedor lo hacen libremente, allá ellos. Otra cosa distinta a la tolerancia es el respeto, que deberíamos otorgárselo a quien nos produzca admiración por sus valores. No confundamos, tolerancia es «lo dejo pasar porque ni me afecta ni es de mi incumbencia», respeto es la admiración por alguien con cualidades excelentes o ejemplares, entre otras cosas.

Pero profundizando un poco más te encuentras el auténtico meollo del asunto. Lo peor no es la utilización de desnudos para vender lo que sea, sino la escasa hondura de quien vende literatura, en este caso novelas, manejando estos métodos. De verdad que me parecen eternos adolescentes enganchados al sexo a costa del seso.

Novelar es un arte; el arte de contar historias fabuladas con la mayor belleza y fuerza que seamos capaces de encontrar en nuestro interior. El artista de las letras es, por definición, un ser extremadamente sensible que mira el mundo más allá de recetas cocinadas y de sus cinco sentidos y luego lo cuenta sobre blanco.

El artista tiene un compromiso y una responsabilidad con su generación y las venideras. Está obligado a desmigarse por dentro cuando sufre el periodo creativo. El verdadero novelista, hasta en la historia más sencilla, nos describe el otro lado de la luna entre sus líneas.

Para exponer lo obvio ya está la misma vida o los medios de comunicación y sus secciones basura, siempre buscando el «efecto morbo» para enganchar.

¡Por la Santa Literatura Universal!, ¿hasta cuándo vamos a ver carne prefabricada en los gimnasios fuera y dentro de los libros? ¿Llegará el día en que cese esta ola de escritoras feministas de pacotilla? Y, sobre todo, ¿tendrá fin esta moda de usar la carne como cebo para los lectores?

Solo por curiosidad, os invito a entrar en cualquier plataforma de venta de libros y contar las portadas con hombres semidesnudos de libros escritos por mujeres, y después al contrario, las de mujeres con poca ropa de obras de hombres. Vais a alucinar, y más todavía si después os preocupáis de buscar las publicaciones de dichas autoras para ver cuántas de ellas abanderan ese falso feminismo.

No me aclaro, ¿qué es lo que queremos las mujeres?, ¿que los hombres dejen de vernos como pedazos de carne o que nos dejen toda la carne para nosotras?

Reivindicar que nos respeten como mujeres es un asunto muy serio que solo dará resultado si nos hacemos respetar dando ejemplo.

A ver, no digo que no pueda haber historias donde algún personaje tenga el perfil del típico chico guapísimo y riquísimo por el que todas las mujeres entregarían hasta la dignidad, incluso el protagonista. A mi modo de ver, en ocasiones está más que justificado. Pero, por favor, ¿siempre y en todas las novelas de las mismas escritoras, en la portada y en el interior, y en buena parte escritas por feministas radicales?

Aquí pasa algo y hay que remediarlo. Hemos de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana.

Yo no me rindo, y me niego con todas las fuerzas a dejarme arrastrar por estos vientos en los que el físico le ha ganado la partida al espíritu; me niego a involucionar hasta convertirme en una troglodita que solo busca saciar sus instintos; me niego a renunciar al gozo que hay más allá de mis sentidos, aunque el camino sea más largo y abrupto; me niego a pedir un préstamo para operarme el paso de un tiempo vacío; me niego y me niego.

En la otra vida debí ser un salmón, porque cada vez que nado lo hago a contracorriente.

autores indies y editoriales mercedes pinto maldonado

¿Por qué muchos autores indies rechazamos a las editoriales?

Han pasado ya casi siete años desde que hice mi primera incursión en la autoedición. Por entonces, también yo desconfiaba de esta modalidad de publicación. Rechazada por las editoriales convencionales y después de que un editor me estafara con una de mis novelas, consideré que solo quedaba un camino, ir por mi cuenta, «como todos los parias», pensé. No abrigaba esperanza alguna, estaba convencida de que era una salida desesperada y de que en realidad mis historias no merecían una opción más digna.

La primera obra que autopubliqué fue Maldita, aunque anteriormente ya había escrito tres que casi me llevan a la ruina. Apenas pasaron tres meses cuando esta novela llegó a número uno del Top 100 de Amazon. Cada vez que veía el ranking tenía que frotarme los ojos para asegurarme de no estar sufriendo una alucinación.

La confianza en mí misma como escritora estaba tan minada que intentaba encontrar cualquier explicación lógica a tal barbaridad. Tal vez el algoritmo de Amazon estuviese dando errores y pronto me avisarían disculpándose, o sencillamente los lectores de libros autoeditados eran en verdad poco exigentes y en breve el libro volvería al submundo del que no debió salir.

Porque, a ver, las decenas de editoriales que habían rechazado la novela no podían estar equivocadas, ¿no? Eran profesionales con experiencia, ¿cómo podían cometer tal torpeza? ¿Cómo era posible que sola, sin apoyo editorial, hubiese llevado mi libro tan lejos? Cada día amanecía pensando que el sueño se habría desvanecido. Pero no, Maldita seguía conquistando lectores gracias a las excelentes críticas. Del mismo modo ocurrió con las siguientes obras que fui subiendo a las plataformas de ventas. Esto hizo que, de repente, ocurrieran tres hechos que durante años se me antojaron meras quimeras: mi nombre se hizo un hueco en la literatura contemporánea, conseguí muchos miles de lectores fieles y comencé a ganarme la vida con el oficio que más me apasiona.

Como muchos sabéis, los contratos no tardaron en llegar, precisamente de las editoriales que anteriormente me habían rechazado.

Con este artículo me gustaría borrar toda sombra de duda sobre el mundo  de los autores indies y recordar a todos los que siguen desconfiando de la capacidad del autor independiente que somos muchos los que trabajamos muy duro, con toda la pasión y toda la profesionalidad.

obras de autores indies Maldita mercedes pinto maldonado

¿Aún no conoces a Maldita? Pica en el enlace para descubrirla

Nosotros, los autoeditados, no delegamos en otros, somos responsables directos del resultado final y puedo asegurar que en muchas ocasiones es mejor que el de editoriales de renombre. Por poneros un ejemplo que conozco bien, mis novelas peor corregidas son precisamente las que están editadas con grandes sellos. Es así de triste y de cierto; me consta que algunas de mis obras ni siquiera fueron leídas.

A pesar de mi fama de autora independiente, sigo recibiendo ofertas de editoriales conocidas; propuestas que harían alucinar a cualquier escritor en sus comienzos, como hace años me ocurrió a mí. Pero, en realidad, son casi idénticas a las que acepté en su momento: yo me ocupo de casi todo y ellos me dan un adelanto a convenir (que yo pagaré con mis royalties, no lo olvidemos) y me ponen su sello a cambio de quedarse con gran parte de los beneficios.

Si os digo la verdad, me encantaría volver a firmar con una editorial que distribuyera mis libros en papel por todas las librerías del mundo hispano. Me encantaría. Pero ya conozco el proceso y cómo los editores manejan sus empresas.

En este punto quiero aclarar que Amazon Publishing ha sido la única editorial que hasta el momento me ha ofrecido contratos interesantes y magníficos servicios editoriales, además de ser también la única ––que yo conozca–– que paga mensual y religiosamente. Por eso he firmado tres veces con esta empresa y seguramente volveré a hacerlo.

Como en mi caso, sé de muchos escritores que rechazan contratos y eligen la autoedición como la opción más razonable y beneficiosa para sus obras y para ellos. Así que acabemos de una vez con el mito de que los autores indies son rechazados por las editoriales, porque el proceso se está invirtiendo: ahora son los autores indies quienes rechazan a las editoriales.

Para terminar, quisiera dejaros un dato tan simple como esclarecedor: por cada lector que lee uno de mis libros con el sello de una gran editorial española hay veinte que leen mis obras autoeditadas. Sí, es un hecho. Esto tiene muchas lecturas: que a mis lectores les importa poco que autopublique, que la calidad de una obra no es directamente proporcional a la magnitud de la editorial, que se puede ser escritor sin que el clásico padrino te toque el hombro con su varita mágica, que por alguna extraña razón las editoriales clásicas impiden que lleguemos a nuestros lectores en potencia y que es totalmente absurdo ceder la mayoría de los beneficios a una empresa incapaz de prestar los servicios mínimos exigibles.

Solo espero que los editores se den cuenta de los errores que están cometiendo y revisen su política interna para que ambas partes, autores y editores, nos reconciliemos; porque lo cierto es que el escritor necesita los servicios editoriales y las editoriales no pueden sobrevivir sin nosotros.

Por si todavía hay quienes desdeñan el mundo de los autores indies…

No quiero despedirme sin dar las gracias a todos los que me estáis dando feedback por mi última obra autoeditada: Melodía para un forense.

 

¿Aún no conoces Melodía para un forense? Pica en el enlace y descúbrela

la noche buena con mi abulina

La Noche Buena con mi Abulina: Cuento de Navidad de Mercedes Pinto Maldonado

“Queridos seguidores:
Me gustaría poseer la magia del universo para felicitaros como os merecéis y llevar a cada uno de vuestros hogares todos los sueños cumplidos, o al menos paz y prosperidad para siempre. ¿Qué más se puede pedir? Pero no puedo, solo me está permitido deseároslo con todo el corazón y regalaros un cuento. Lo escribí para vosotros y especialmente para todos los abuelos y nietos del mundo.

¡Os deseo una Navidad maravillosa y lo mejor para el 2018! “