Literatura

La ultima vuelta del scaife

«La última vuelta del scaife», la mejor obra de una pésima escritora

Creo que empecé a escribir esta novela hace unos veinte años. Entonces escribía por mero placer ––ahora también, pero soy más consciente de que mis escritos son leídos y de que realizo un trabajo––. Tardé dos años en ponerle el punto final. En el transcurso de ese tiempo disfruté y aprendí a parte iguales. Me documenté sin prisas, tomé apuntes de las más diversas fuentes, leí a los grandes del género, viajé a casi todos los lugares que aparecen en la historia, perfilé los personajes hasta que me convencieron de su existencia y, sobre todo, conseguí plasmar un sentimiento que he abrigado desde que tengo conciencia: «Por mucho que consigas en la vida, si perdiste el amor, finalmente no dejarás nada en este mundo y tu existencia será baldía».

Pero yo quería escribir una novela, no un tratado filosófico sobre cuestión alguna; deseaba imitar de alguna manera a esos escritores que con sus obras habían sido capaces de trasladarme en el tiempo y en el espacio hasta el punto de hacerme olvidar completamente mi realidad. El médico; Sinuhé, el egipcio; Tras la huella del hombre rojo; El último judío; El clan del oso cavernario… y muchas más fueron mi inspiración.

Cuando la acabé, me sentía tan orgullosa de mi obra que decidí luchar por su publicación.

Una prestigiosa agencia literaria emitió su primer informe de lectura. Fue descorazonador, un duro golpe a la confianza que entonces le tenía al mundo editorial. Me explico: no es que estuviera en desacuerdo con la crítica del lector profesional; es que, obviamente, no se había leído el libro o, siendo muy generosa, no había pasado de la página cincuenta. Pero lo que más me dolió no fueron sus comentarios incoherentes y sin correspondencia alguna con el contenido de mi novela; lo peor fue que no reparó en sus auténticos errores, imperdonables en una historia que por su contenido se hubiese merecido un escritor más versado en el arte de novelar que yo, que en aquella época no era más que una aficionada a juntar letras. Mala estructura, abundancia de descripciones y textos innecesarios, imperfecta sintaxis, exceso de faltas de ortografía… Sobre esto debió hacer hincapié el lector profesional y no opinar con tanta desfachatez de lo que no había llegado a conocer. Repito: creo que la historia es buena, la mejor que he escrito, pero la escritora era pésima ––espero haber aprendido algo durante estos años––. Aquellos que la habéis leído sabéis que digo la verdad; no pocos me habéis comentado que es de los mejores libros que han caído en vuestras manos, y también me habéis dicho que es una lástima que no esté pulida como se merece.

Lo peor de todo es que conseguí que me la publicaran: tres editoriales de mayor o menor calado se han encargado de explotar esta obra desde hace quince años y ninguna de ellas se ha molestado en corregirla. ¡Qué impotencia!

Bien, queda poco más de un año para recuperar los derechos de La última vuelta del scaife y es tal mi necesidad de asearla como es debido que desde hace tiempo está en manos de la correctora que se merece: Ágata Vehí de la Paz. Si estáis pensando en corregir vuestro libro, os la recomiendo sin dudar.

Así que, en cuanto vuelva a ser mía, la publicaré como es debido y como os merecéis todos.

Si alguien tiene interés en comprobar si es cierto lo que hoy os cuento, podéis conseguirla aquí y en todas las plataformas digitales. Está publicada por Ediciones B, actualmente Penguin Random House.

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RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera y la segunda parte de este relato sobre infidelidad.

(Continuación)

Encontró la casa vacía. Le extrañó que Marta no hubiese regresado del trabajo y más que no le hubiese mandado un mensaje para avisar de su retraso; aunque teniendo en cuenta la delicada situación que padecían tenía lógica su hermetismo.

Se dio una ducha y se sentó a esperarla en el salón, sin hacer nada, algo muy extraño en un hombre que siempre tenía mil artículos pendientes por leer y un puñado de llamadas por hacer.
No tardó mucho en escuchar un tímido saludo.

––Hola.
––Buenas tardes, Marta. Empezaba a preocuparme. ¿Todo bien?
––He estado consultando algunas sentencias sobre el aborto y he encontrado un caso que podría ayudarnos en el supuesto de que…
––Déjalo, Marta, Elena ya ha tomado una decisión, es posible que a estas horas ya no haya nada por lo que luchar.
––En ese caso todo está hablado. Voy a hacerme una ensalada, ¿te apetece una?
––Sí. Gracias.
Pero antes de encaminarse cabizbaja a la cocina se dirigió de nuevo a su marido, no muy segura de lo que iba a pedirle.
––Agustín… ¿podrías darme el número de teléfono de esa chica?
––No creo que sea buena idea que te involucres y menos ahora, ya está todo hablado.
––Por favor.

Agustín cogió el móvil de la mesa y buscó el contacto. Después se levantó y, antes de enseñarle la pantalla del teléfono, hizo un intento de acercarse a su esposa para abrazarla. Pero ella lo paró en seco poniendo las palmas de sus manos sobre su pecho.

––Todavía no. Déjame ver ese número.

Ella copió el contacto en su móvil y se marchó. Y él volvió a sentarse en el mismo lugar para observar durante casi una hora cómo su esposa se paseaba por el jardín mientras hablaba con la becaria.
No podía creerse en lo que se había convertido su vida en tan pocas semanas. Mientras veía a Marta deambular por el jardín, entre sus flores y bajo el más bello atardecer creyó volverse loco. Pensó en sus tres hijos: ¿qué iba a decirles si finalmente las dos mujeres llegaban a un entendimiento? Por otro lado, su esposa y él ya no tenían edad para ser padres, especialmente ella con los cincuenta y siete años cumplidos. Era una verdadera locura y solo esperaba despertar de aquella pesadilla.

Las sombras de la noche ya invadían el salón cuando Marta entró.
––Todavía hay esperanza ––le dijo sentándose frente a él.
––¿Qué quieres decir?
––Me parece que esa becaria desde el principio tenía muy claro lo que quería. Es más, yo diría que ya tenía planes antes de viajar contigo a ese congreso. Confieso que estoy atónita. No te quiere a ti, algo que estaba más que claro, nadie que ama obliga a amar. Quiere un puesto de trabajo fijo y dinero. Conozco tu ingenuidad, es lo que más me gusta de ti, pero haber caído en las redes de esa arpía a tu edad… Si le consigues una plaza fija y le damos gran parte de nuestros ahorros tendrás la custodia absoluta de tu hijo.
––¿Qué? No puedo hacer eso, jamás he utilizado mi puesto como jefe de servicio para favorecer a nadie. Y tampoco me parece ni moral ni legal comprar a mi propio hijo.
––No creo que en este momento puedas apelar a la moralidad. De cualquier manera, me siento responsable, tanto tú como ella me habéis hecho partícipe de una decisión que tengo más que clara. No porque sea tu hijo, eso es lo de menos, sino porque parece ser que soy la que ahora tiene que mover ficha y sabes muy bien lo que pienso. Desde luego, prefiero comprar una vida antes que eliminarla.
––Este no es uno de tus casos imposibles, se trata de nosotros, de nuestra vida, nuestros hijos… ¿Qué les vamos a decir? ¿Has pensado en la edad que tendremos cuando vaya a la universidad?
––Te recuerdo que en un principio fuiste tú el que me habló de criarlo con nosotros. De todas formas, hay otras opciones: dale lo que pide y que lo dé en adopción. Yo me encargaré de todo el proceso legal, seremos sus tutores hasta que encuentre una buena familia. Obviamente, a esa chica le da lo mismo con quién se esté, solo se importa ella misma.

(Continuará…)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera parte del relato.

 

(continuación)

 

Paseaba de un lado a otro de la habitación de su hijo como una fiera encerrada. De vez en cuando se sentaba en la cama y miraba a su alrededor. Todo estaba como lo dejó Héctor antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Probablemente ya solo volvería cuando tuviera vacaciones, había encontrado un buen trabajo incluso antes de terminar la carrera; pero Marta era incapaz de usar aquel cuarto a su antojo, no por nostalgia, era más bien por su profundo sentido del respeto hacia lo ajeno. Amaba de ella cada centímetro de su piel, hasta las arrugas y manchas que contaban sus años de lucha; amaba su mirada templada incluso en las situaciones más adversas; amaba sus manos, verlas en movimiento era una absoluta inspiración; amaba su manera de vestir, tan personal y envidiada por sus amigas; amaba su exótica belleza, tan imperfecta como seductora; amaba sus palabras, sobre todo sus palabras, tan amables y acertadas en cada momento. Desde que la conoció no había dejado de amarla ni un solo instante, pero aquella semana se olvidó de que estaba apostándolo todo a una sola carta, o quiso olvidar y cedió a la maldita tentación.

Marta tenía razón: aunque hubiese vivido con el remordimiento el resto de su vida, pensaba guardarse para él aquella estúpida aventura. No por él, sino por ella, ¿qué sentido tenía hacerla sufrir? Pero cuando Elena le dijo que estaba embarazada y que se desharía del bebé si no compartía su vida con ella sintió que el secreto ya pesaba demasiado como para llevarlo dentro sin reventar. Era una cuestión de honor. Marta y él habían conversado tantas veces sobre el tema del aborto… Ella nunca lo dudó, decía que desde el comienzo del embarazo la mujer se convierte en la portadora de una vida que no le pertenece. «Nadie tiene derecho a decidir quién vive o muere ––defendía con vehemencia––, todo aquel que traspase esa línea atenta contra su propia especie».
Aunque ambos tenían una manera de pensar muy parecida, en este tema nunca se pusieron de acuerdo. Por su trabajo, Agustín había conocido muchos casos en los que el aborto le pareció la opción más inteligente; tal vez en el caso de Elena también. Pero él era el padre y la mujer que había compartido su vida con él tenía derecho a saberlo para consensuar juntos el mejor camino a seguir a partir de ese momento.

Ninguno de los dos durmió aquella noche, si acaso echaron alguna cabezada, ya vencidos, de madrugada. Poco antes de las ocho de la mañana coincidieron en la cocina buscando un café bien cargado.

––Buenos días ––susurró Agustín.
––Buenos días ––contestó ella en un tono más inaudible que el de su marido.

Marta se sentó a la mesa con el café entre las manos y le pidió que la acompañara.

––Te quiero, Agu. Creo que nada ni nadie ha aportado a mi vida tanta sabiduría como lo has hecho tú. A través de ti conocí el verdadero amor y creo que los dos nos convertimos en mejores personas con el tiempo. Verte criar y educar a nuestros hijos fue la confirmación de que compartir mi vida contigo no era comparable a la mejor de las aventuras. Has sido el mejor compañero y el mejor padre.
––Yo…
––No me interrumpas, por favor.
––No voy a juzgarte por haber cometido un error, no sería justo valorarte por una infidelidad y olvidar tantos años de lealtad. Todos nos equivocamos. Por supuesto, estás perdonado, sé que en este momento tú eres tu mayor castigo y que estás más que arrepentido. La cuestión es cómo y cuándo superaremos todo esto y si conseguiremos ser los mismos. Yo confío en que así sea. Pero ahora lo importante es que nos enfrentamos a un dilema, especialmente yo. Lo he meditado toda la noche: de ninguna manera podemos permitir que esa chica aborte, es tu hijo y esta es su casa. Deberías proponerle que lleve a término su embarazo y que te ceda la custodia. Ella no tendrá que ocuparse de nada, lo haremos tú y yo. Sé que no será fácil, pero tienes que convencerla. Después la decisión será solo suya, la ley la ampara y no podremos hacer nada.
––No, no será fácil ––le contestó Agustín visiblemente emocionado y convencido de que más que difícil lo que proponía Marta era un imposible––. Gracias, Marta, gracias.

Agustín deslizó su mano por la mesa para alcanzar la de su esposa, pero ella la retiró como en un acto reflejo. Lo había perdonado, pero estaba herida y demasiado confusa como para favorecer cualquier tipo de acercamiento carnal. De inmediato, se sintió mal y pensó que en verdad aún no lo había perdonado, o tal vez estaba siendo tan banal como esas mujeres que aprovechaban cualquier desliz de su pareja para vengarse y chantajearla sentimentalmente el resto de su vida. Lo cierto es que en aquel momento tenía a Agustín en sus manos y haría cualquier cosa para complacerla. Pero ella sabía que haciéndole pagar su pecado aprovechándose de su situación de debilidad la convertiría en una pérfida becaria como Elena. No, no, ella lo amaba con todo su corazón y, en cierto modo, en aquellos momentos sentía compasión por él. Solo necesitaba un poco de soledad para recuperarse del impacto.

Pensó en hablar por teléfono con Elena esa misma mañana, pero después comprendió que su proposición era demasiado importante y se hacía imprescindible una cita. La llamó, pero para invitarla a almorzar después del trabajo. En el servicio del hospital se cruzaron un par de veces por los pasillos, pero ninguno hizo el menor gesto de complicidad.

Frente al menú hospitalario de los lunes comenzaron la delicada conversación.

––No voy a volver contigo, Elena. De hecho, tu chantaje me parece un despropósito. Pero quiero criar a nuestro hijo ––la palabra «nuestro» se le atragantó en la garganta, pero decir «mi hijo» habría sido una provocación y quería dialogar lo más pacíficamente posible.

Agustín pensó que su propuesta era más descabellada aún que la de Elena; una cosa era comentarla con Marta y otra muy distinta planteársela a la becaria. Estuvo a punto de guardársela para sí y olvidarse de todo aquello de una vez. Si Elena quería abortar era cosa suya.

––De acuerdo, en ese caso concertaré una cita con mi ginecóloga lo antes posible. Es una lástima…
––No tienes por qué abortar, hay otras opciones. Deja que mi mujer y yo lo criemos, solo tienes que aguantar unos meses.
––Ja, ja, ja… Eres único. No sé por qué, pero me esperaba algo así ––dijo ella con sarcasmo mientras pinchaba la ensalada––. Seguro que ha sido cosa de tu mujer, son bastante conocidos algunos de los casos que ha perdido intentando apoyar a los hombres que se niegan a que su pareja aborte. Lo de nosotras parimos nosotras decidimos no parece discutible hoy día. Tu propuesta demuestra que es una mujer luchadora y coherente, además de generosa, pero no sé… ¿qué edad tiene? Creo que es algo mayor que tú ¿no? La veo más como abuela que como madre.
––Dime una cosa, durante aquella semana ¿de verdad pensaste en algún momento que nuestra aventura iría más allá de cinco noches de sexo? Quiero a mi mujer y a mis hijos por encima de todo y no voy a abandonar mi casa…
––Te entiendo. Bien, pues ya está todo hablado ––lo interrumpió ella mientras rebuscaba en su plato con el tenedor––. Se me ha quitado el hambre, cada vez ponen peor de comer aquí. Me voy a echarme un rato, tengo el estómago revuelto. Hasta mañana, Agustín.

Cogió su bolso y se fue sin más, como si acabara de hablar con una amiga de cuestiones sin importancia. Él notó que lo recorría un escalofrío, pero a la vez sintió un gran alivio. Parecía que la pesadilla estaba a punto de terminar, Elena abortaría y con un poco de suerte él recuperaría el cariño de Marta y su tranquila vida.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: serpersona.info
Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: incorrectas.com
ola de escritoras feministas de pacotilla

¿Hasta cuándo esta ola de escritoras feministas de pacotilla?

En el día de hoy quiero reflexionar sobre la ola de escritoras feministas que invade Amazon, las redes sociales…, y  a las que no sé si considerar como escritoras feminomachistas. Ya sé que este post puede servir para que “me despellejen viva”, pero creo que ha llegado el momento de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana. Os dejo con mi reflexión sobre las escritoras feministas actuales.

No me tengo por una mojigata, y creo que estoy en lo cierto. Pocas cosas me escandalizan, solo la pobreza, la mentira, la hipocresía, la corrupción, el dolor o cómo algunos seres humanos someten a otros. Para mí un cuerpo humano desnudo no es más que carne al fresco que no me produce ni rechazo ni admiración, y que excepcionalmente es arte o belleza.

Pero en los últimos meses he sumado otro motivo de escándalo a mi conciencia: la manipulación flagrante que hacen algunos escritores de conceptos como el machismo o el feminismo y cómo algunos de sus seguidores los aplauden sin el mínimo pudor o sin darse un minuto para reflexionar si de verdad están de acuerdo.

Voy con un ejemplo gráfico: parte de los autores que constantemente denuncian la utilización de imágenes de mujeres semidesnudas en anuncios de todo tipo son los mismos que no tienen reparo en poblar sus muros, incluso las portadas de sus libros, de hombres musculados y sin ropa.

Aclaro que, aunque esta forma de promoción me parece zafia y banal, propia de quien está escaso de recursos, no por ello la condeno. No es este el tema que me deja atónita, sino la doble moral que lleva a rechazar ferozmente un anuncio de una chica en minifalda vendiendo un coche mientras mi muro está abarrotado de vídeos y fotografías de chicos desnudísimos y guapísimos. Suelen ser mujeres que se autoproclaman feministas acérrimas, a las que no les duelen prendas a la hora de entrar en cualquier hilo en el que, según ellas, encuentran cualquier atisbo de machismo. ¿Perdona? ¡Ole ellas!

La verdadera feminista lucha por la igualdad de derechos, igualdad, y tolera sin problema la decisión de cada cual de comerciar con su cuerpo, sea hombre o mujer. Si tanto comprador como vendedor lo hacen libremente, allá ellos. Otra cosa distinta a la tolerancia es el respeto, que deberíamos otorgárselo a quien nos produzca admiración por sus valores. No confundamos, tolerancia es «lo dejo pasar porque ni me afecta ni es de mi incumbencia», respeto es la admiración por alguien con cualidades excelentes o ejemplares, entre otras cosas.

Pero profundizando un poco más te encuentras el auténtico meollo del asunto. Lo peor no es la utilización de desnudos para vender lo que sea, sino la escasa hondura de quien vende literatura, en este caso novelas, manejando estos métodos. De verdad que me parecen eternos adolescentes enganchados al sexo a costa del seso.

Novelar es un arte; el arte de contar historias fabuladas con la mayor belleza y fuerza que seamos capaces de encontrar en nuestro interior. El artista de las letras es, por definición, un ser extremadamente sensible que mira el mundo más allá de recetas cocinadas y de sus cinco sentidos y luego lo cuenta sobre blanco.

El artista tiene un compromiso y una responsabilidad con su generación y las venideras. Está obligado a desmigarse por dentro cuando sufre el periodo creativo. El verdadero novelista, hasta en la historia más sencilla, nos describe el otro lado de la luna entre sus líneas.

Para exponer lo obvio ya está la misma vida o los medios de comunicación y sus secciones basura, siempre buscando el «efecto morbo» para enganchar.

¡Por la Santa Literatura Universal!, ¿hasta cuándo vamos a ver carne prefabricada en los gimnasios fuera y dentro de los libros? ¿Llegará el día en que cese esta ola de escritoras feministas de pacotilla? Y, sobre todo, ¿tendrá fin esta moda de usar la carne como cebo para los lectores?

Solo por curiosidad, os invito a entrar en cualquier plataforma de venta de libros y contar las portadas con hombres semidesnudos de libros escritos por mujeres, y después al contrario, las de mujeres con poca ropa de obras de hombres. Vais a alucinar, y más todavía si después os preocupáis de buscar las publicaciones de dichas autoras para ver cuántas de ellas abanderan ese falso feminismo.

No me aclaro, ¿qué es lo que queremos las mujeres?, ¿que los hombres dejen de vernos como pedazos de carne o que nos dejen toda la carne para nosotras?

Reivindicar que nos respeten como mujeres es un asunto muy serio que solo dará resultado si nos hacemos respetar dando ejemplo.

A ver, no digo que no pueda haber historias donde algún personaje tenga el perfil del típico chico guapísimo y riquísimo por el que todas las mujeres entregarían hasta la dignidad, incluso el protagonista. A mi modo de ver, en ocasiones está más que justificado. Pero, por favor, ¿siempre y en todas las novelas de las mismas escritoras, en la portada y en el interior, y en buena parte escritas por feministas radicales?

Aquí pasa algo y hay que remediarlo. Hemos de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana.

Yo no me rindo, y me niego con todas las fuerzas a dejarme arrastrar por estos vientos en los que el físico le ha ganado la partida al espíritu; me niego a involucionar hasta convertirme en una troglodita que solo busca saciar sus instintos; me niego a renunciar al gozo que hay más allá de mis sentidos, aunque el camino sea más largo y abrupto; me niego a pedir un préstamo para operarme el paso de un tiempo vacío; me niego y me niego.

En la otra vida debí ser un salmón, porque cada vez que nado lo hago a contracorriente.