La familia

El dolor

Si tuviéramos que describir el dolor, probablemente la
mayoría de nosotros empezaría por discernir entre el físico y el psíquico,
incluso estaríamos de acuerdo en que ambos pueden llegar a ser igualmente
intensos e insoportables. Es más, seguro que muchos sostendrían la idea de que
el dolor psíquico, del alma o del espíritu es el más agudo y penetrante. Creo
que esta última observación es discutible; recuerdo, por ejemplo, uno de mis
partos y creo que ante tamaño dolor cualquier otro quedaría ahogado. Queramos o
no, el cuerpo es nuestro sostén, por el momento, y si de algo estoy segura es de
que hasta para llorar en espíritu hay que tener un mínimo de salud física. Pero
estas primeras palabras son una mera aclaración, mi reflexión de hoy se centra
en ese dolor que produce el mundo de los afectos. Aludiendo al gran Unamuno, diría
que es el “sentimiento trágico de la vida” el que nos produce constantes punzadas
por las cuestiones más nimias, que a menudo son provocadas más por nuestro desmesurado
ego que por un noble amor al mundo.  Nos
duele el desarraigo, que nos roben algo que sentíamos nuestro; nos duele dejar
de participar en la vida de los otros, amar en la distancia y en el tiempo; nos
duele la traición, como si todo lo que dimos, supuestamente con generosidad,
debiese ser constantemente recompensado… Nos duele la imperfección del mundo,
como si nosotros estuviésemos en otro más elevado; nos duele nuestro ego,
comprobar que nunca un hombre se parece más a otro que cuando odia o ama. En
definitiva, nos duele que el mundo campe por sus respetos sin contar con
nosotros. Algún día entenderemos que nada nos pertenece, siquiera nuestra
propia vida.

En mi último cumpleaños, cuando me preguntaron qué quería
que me regalaran, contesté que sabiduría. Sé que no hay otro analgésico para el
dolor del alma y que es la única capaz de ahogar mi ego. Me regalaron un libro
electrónico, conectado las veinticuatro horas a una de las mayores bibliotecas
del mundo. “Toma, hemos conseguido lo que pediste, ahora te toca a ti abrir las
puertas a tanta sabiduría”, me dijeron después de haber pedido en secreto ante
mi tarta encendida la sapiencia que tanto anhelo. Tenéis que reconocer que
tengo una familia increíble.

Hasta el próximo domingo, espero.

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Los hijos

Irrumpen en tu vida cuando apenas has abandonado tu niñez, te obligan a ser adulto, sin piedad; a olvidarte de ti. Ya no existes. Y tú, no sabes cómo ni por qué, por primera vez, obedeces sin rechistar: “Está bien, vosotros primero, siempre primero”, les dices, caaaaada hora del día y de la noche. Madrugas sin despertador, a pesar de las no sé cuántas noches de guardia acumuladas. Dejas de mirar el escaparate donde luce ese vaquero que tanto te gusta para fíjarte en aquellos que encierran la ropita que tanta falta le hace a tus niños. Abandonas tus amigos, tus libros, tus programas favoritos, tus… muñecas. Aprendes a hacer lentejas, que tienen mucho hierro; a hablar bajito, no se vayan a despertar; a comer pan con sopas, hay que guardar el dinero para comprarles leche; a vivir sin caricias, para dárselas todas a ellos; a cambiar pañales, a poner termómetros, a sacar cita para el médico… ¡Dios Santo!, si hasta hace dos días tu madre te llevaba al doctor cogida de la mano.

Luego los llevas al colegio, y te dejas medio corazón en el aula de preescolar, llorando sin consuelo, mientras el otro medio echa de menos a su mitad. Duele, ¡cómo duele! Pero tú eres fuerte  y resistes, porque los quieres tanto, tanto, tanto, que ahogas tu dolor para hacer de ellos personas de provecho, capaces de afrontar cualquier adversidad. Se harán adultos y, tarde o temprano, estarán solos. “Lo que haga falta para que sobrevivan”, te dices. Después van a primero, a segundo, a tercero… Tú, naturalmente, repites curso tantas veces como hijos tengas, como mínimo. ¡Con cuánta paciencia les enseñas que el rabito de la ele se hace hacia arriba! “Lo que haga falta, faltaría más. Mientras te queden fuerzas…”

Cuando llega su primera feria sin papá y mamá te pasas siete noches en el balcón, con los ojos puestos en la penumbra del camino y los oídos torturados por la música de la maldita caseta de la juventud. Les dijiste a las dos en punto, ¡y no se hable más!; pero al verlos por fin aparecer con el alba, estás tan contenta de que estén sanos y salvos que enseguida pones la lavadora con sus trajes de fiesta y luego te metes en la cocina para prepararles la comida, esa que tanto les gusta. Ssss… sin hacer ruido, que están los niños durmiendo.

Ya están en la universidad, ¡ale!, lo peor ya ha pasado. Pues no, resulta que se enamoran; que mientras que tú buscas la manera de que cuadren las cuentas —en silencio, siempre en silencio, para que no sufran y se concentren en sus estudios—, ellos se debaten entre el amor y los exámenes; los niños han salido tan, tan maduros, que a los dieciocho años ya han decidido qué profesión tendrán en la vida y con quién la compartirán. Luego se verá, pero lo importante es que ellos están convencidos. ¿No es para reventar de orgullo? Son tan adelantados para todo que antes incluso de terminar sus carreras ya están viviendo con sus parejas. “¡Bien! —te dices—. Son fuertes, maduros, independientes, toman sus propias decisiones. Ése era el objetivo, ¿no?, ¡pues ya está, mujer! Lo que haga falta para que sobrevivan”.

Entonces, por qué te duele tanto que les haya costado tan poco arrancarte de sus corazones; que no hayan sido capaces de dejar ni un huequecito para ti. Querías enseñarles a amar con desapego, no el olvido. Claro, ahora ellos tienen su propia familia. “Lo que haga falta para que sobrevivan los hijos de tus hijos”. Y tú, sss…, calladita, que no sufran porque tu sufres.

La familia (Para el concurso de María Jesús Paradela.1º Entrega)

Excepcionalmente, voy a saltarme la agenda que me impuse cuando abrí este blog, y voy a publicar antes de concluida la semana. Hace tiempo que me apetecía participar en uno de los concursos del blog “Paradela de coles”, y esta vez lo he hecho. Me gusta la gente que visita a María Jesús, es una manera de sentirme parte de ellos.

LA FAMILIA

—¿Sí?

—¡Hola, Maite!

—¿Qué pasa, Rosi? Cómo tú llamando a estas horas, son casi las diez, ¿no deberías estar ya en la cama? ¿O es que por fin has desistido en tu empeño de surtir de tomates “ecológicos” a toda la familia y levantarte después del sol como todos los mortales?

Maite no quiso responder a su ironía, aquel día llamaba en son de paz y, haciendo un gran esfuerzo, siguió la conversación en tono amable:

—Me he quedado un poco más para poder hablar contigo, llevo todo el día llamándote…

—Ya. Lo siento, es que hoy he tenido un día muy movidito, con decirte que he cogido dos aviones. Ya sabes cómo es el trabajo de Nacho y cuánto le gusta que lo acompañe. Ahora mismo estaba arreglándome, tenemos una cena de gala en el hotel…, no me acuerdo, es que con tanta vida social…

—Ya veo que estás muy bien. ¿Y los niños?

—No te lo vas a creer, no los veo desde ayer —Ni se molestó en preguntar por los de su hermana.

—Verás, te llamaba para invitaros el domingo a comer. Es el cumpleaños de mamá, estaremos todos. Ya sabes que está muy delicada y ¡le haría tanta ilusión que por una vez no faltáramos ninguno!

—¿El domingo?, imposible, hemos quedado con los amigos en el club de golf, lo siento. Además, ya sabes que los mosquitos de tu alberca no se llevan bien con Nacho; otra vez será. Perdona, tengo que dejarte, no puedo subirme la cremallera hablando con…

Piii, piii, piii… Ahora sí, se olvidó de ser amable, ni siquiera se molestó en comentarle que, esta vez, por deferencia a su “Nacho” y a su delicada y pija piel, la familia comería en un buen restaurante.

Había cuatro sillas vacías, pero estaban los que eran.