Escritora

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DIARIO DE UN DESAMOR

No faltaba a su cita, cada día, de lunes a domingo, iba a la panadería del barrio a comprar una pulga, cuarenta gramos de masa de harina recién cocida. Aunque a veces no la necesitaba y en la bolsa del pan se acumulaban sin sentido, cada mañana a la misma hora, cuando había menos clientela, se acercaba a la tahona solo para hablar con la dueña. Era una mujer joven, limpia, jovial, generosa y de muy buena conversación, parecía especialmente encantada de escuchar siempre la misma historia: cuánto se acordaba de su amor de juventud, la única mujer a la que había amado.

Poco a poco habían empatizado, a pesar de la diferencia de edad: Samuel sesenta y ocho y Fina cuarenta y cinco, aunque ella no aparentaba más de treinta y cinco. A veces hablaban más de una hora, hasta que empezaban a llegar los clientes que demandaban el pan del almuerzo.

―Las cosas han cambiado mucho, por aquellos años era imprescindible la aprobación de los padres de ella. Yo tuve algún problema con la ley… mi familia pasaba apuros y robé algo de comida…

―Imagino lo duro que debió ser para usted.

―No me siento orgulloso de ello, pero la necesidad era tal, que no encontré otra salida. Entonces ayudaba cuando podía en un taller, pero mis estudios no me dejaban mucho tiempo libre. Al final tuve que dejar la carrera y ponerme a trabajar en serio para echar una mano en casa―le contaba Samuel a Fina con los ojos vidriosos, recordando una vez más aquel amor que nunca pudo olvidar―. Su padre era guardia civil, imagínate. Le prohibió verme, la tenía prácticamente secuestrada en casa.

―Qué triste ―decía ella echada en el mostrador, embelesada mientras escuchaba las confesiones más íntimas de quien a ella le parecía todo un señor.

―Pidió traslado y se llevó a su familia. Nunca supe dónde, jamás volví a saber de ella. Se me rompió el corazón… Durante los primeros años intenté localizarla, pero nada, era como si se hubiese evaporado. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, creí volverme loco. Poco después mi padre encontró trabajo, retomé mis estudios y me refugié en ellos.

―¿No volvió a enamorarse? ¿No se casó? ―le preguntó Fina, muy sorprendida.

―Conocí a algunas muchachas… pero no pude, no hubiese sido justo para ellas. Hasta que me jubilé, he vivido entregado a mi gran pasión: la arqueología. Durante años pasé largas temporadas en diferentes países y finalmente conseguí una Cátedra en la Universidad. Pero ahora, con tanto tiempo libre, su recuerdo está más vivo y es más persistente que nunca. Solo pienso en qué habrá sido de ella. Me pregunto tantas cosas…

Un cliente interrumpió la emotiva conversación y Samuel se despidió hasta el día siguiente.

―No falte mañana a nuestra cita ―le pidió ella―, quiero hacerle un regalo.

Al día siguiente Fina no pudo evitar emocionarse mientras, a través de la puerta de cristal, lo veía cruzar la vía. Era un hombre apuesto e interesante, además de tener un porte distinguido. Aunque su aspecto era impecable y resultaba obvio que profesionalmente había triunfado, su caminar, su mirada baja y su melancólico rictus mostraban la indigencia afectiva que padecía desde su juventud.

Samuel saludó y esperó pacientemente a que la tahonera despachara a un par de clientes. No le pasó inadvertida la mirada húmeda de Fina y ese día echaba de menos su natural desparpajo. Por alguna razón que desconocía, parecía consternada, como si su mente estuviera ocupada en una cuestión muy distinta a su tarea.

Al fin en el establecimiento quedaron los dos solos.

―¿Estás bien? ―le preguntó Samuel―. Hoy encuentro algo de tristeza en tu mirada…

―Sí, sí, estoy bien ―lo interrumpió ella―, es solo que… Samuel, ¿puedo tutearte?

―Claro, creo que después de tantas charlas y confidencias te lo has ganado ―le dijo él con cercanía y cordialidad.

Fina se quedó mirándolo en silencio unos segundos, mientras dos lágrimas paseaban por sus mejillas.

―Dulce, se llamaba Dulce, ¿verdad?

―Sí, mi querida Dulce ―dijo él casi susurrando―. ¿Cómo lo has sabido?

―Podría contarte un millón de cosas sobre su vida, pero prefiero que lo haga ella.

Dicho esto, la panadera sacó un puñado de viejas libretas de debajo del mostrador y las puso sobre las temblorosas manos de Samuel. Él bajó la mirada y leyó: «Diario de un desamor. Dulce Ostos».

―¿Dónde está? ―preguntó el emocionado arqueólogo.

―En el paraíso, esperándote. Ella también pasó toda la vida pensando en ti.

―¡Dios mío!

―Nunca has estado solo, Samuel, mi madre nos hablaba de ti cada día.

Fina dio la vuelta al mostrador y se plantó ante él, con los ojos anegados y una hermosa sonrisa. Después lo abrazó, abrigando entre su pecho y el de su padre los cuadernos que contaban toda una vida de desamor. Estaban escribiendo un inesperado final.

―Todo ha terminado, papá. Se acabaron las preguntas, mi madre dejó escritas todas las respuestas. Pero ahora vete y lee, tiene mucho que contarte. Cuando acabes te presentaré a tus nietos.

cuanto gana un escritor

¿CUÁNTO GANA UN ESCRITOR? EJEMPLO DE ROYALTIES

¿Cuánto gana un escritor? ¿Me puedo ganar la vida como escritor? Preguntas que todos los que nos dedicamos a juntar letras nos hicimos al principio (y nos seguimos haciendo) de esta maravillosa aventura que es el oficio de la escritura y los libros…

Otra vez marzo, el esperado y temido mes de los escritores. Puedo imaginar cuántos aguardan poder cuadrar las cuentas de tantos meses atrás con los royalties, regalías, liquidaciones o beneficios del 2016. A cada instante mirando la bandeja de entrada, deseando y temiendo encontrar ese correo de tus editoriales.

¡Ay! Ha pasado más de un año sin recibir un céntimo por tantas y tantas horas de trabajo, por tantos días sacrificando a tu familia, de insomnio, perseguido por tus personajes o por esa escena que no acaba de tener el sentido que habrías deseado, obsesionado, abrigado hasta los dientes en invierno y frente al ventilador en verano; el aire acondicionado es para los que cobran religiosa y justamente.

Tantos domingos frente a tu ordenador, viendo por tu ventana cómo el resto del mundo pasea y toma cervecitas al sol; pero tú no puedes, porque tienes que escribir para sacar adelante a tu familia, que hay que ser iluso, y porque de todas formas no tienes un euro para tomarte una caña, ni siquiera sabes cómo vas a pagar el recibo de la luz este mes. Pero tranquilo, ¡llegó marzo! ¡Mis royalties!

Piensas que esta vez deben pagarte más que en el 2015, algo en realidad fácil, ningún año has cobrado ni para invitar a tu pareja a ese restaurante que tanto le gusta. Pero esta vez sí, está claro que has vendido, no paras de recibir en tus redes mensajes de los lectores encantados con tus historias y fotografías de tus libros recién comprados en las mejores librerías y tiendas online.

En las plataformas de ventas tus obras han estado bien posicionadas, bien lo sabes, que no has dejado un solo día de mirar las listas. Has hecho presentaciones, gastándote en viajes el dinero que no tienes para pasar un rato con el librero y los amigos de turno que ya tenían tu libro pero estaban encantados de que se lo firmaras, eso sí, oye, al día siguiente tenías el Facebook petado de fotografías del evento y la promoción era brutal. Has sido entrevistado en medios de comunicación: webs, blogs, revistas, radios… ¡Hasta en una televisión local! Sí, sí, esta vez tienes que cobrar un buen pellizco y podrás pagarle a tu cuñado y a tu suegra todo lo que les debes. Qué ganas tienes ya de librarte de sus miradas inquisidoras.

¡Un año, Dios mío! Un año esperando recibir una limosna a cambio de tu trabajo, mientras el resto de los que forman la cadena editorial cobra mensualmente, se va de vacaciones, de cenas con los amigos, a conciertos, teatros… compra a sus hijos el esperado regalo de cumpleaños… ¡Qué ganas tienes ya! de poder decirle a tu mujer: «Mira, aquí está el fruto de tanto esfuerzo, mis esperadas regalías, te lo dije, este año sí. Sabía que terminaría triunfando».

Qué maravilloso sería que por una vez pudieras escribir sin presión, sin la eterna losa de las deudas sobre tu espalda, maltrecha de tantas horas sentado. Madre mía… con un poco de suerte igual hasta podrás alquilar este verano una casita en la costa, o cambiar de coche de una puñetera vez. Buah… eso sería ya la bomba.

Estamos a día 1 de marzo, el e-mail está al caer. En casa no paran de preguntarte. Entonces te acuerdas de los años anteriores y de repente te pones a sudar, te da como fatiguita, taquicardia, bochornos… y la desazón de siempre se filtra hasta el último recoveco de tu cuerpo. ¡Miedo, lo que tienes es pavor a que ocurra lo de siempre!

El año pasado fue de traca, vendiste más de quinientos de tal título, superaste los setecientos de aquel, de los otros un puñado de cientos más… pero, ¡ah, pero!, resultó que de uno de ellos se devolvieron en papel (después de dos años) tantos, que al final tú debías a la editorial 72€ como setenta y dos condenas. Por más que preguntaste y consultaste, esas eran las cuentas, ¡-72€!, que por suerte no tendrías que pedírselos a tu suegra, porque ya te los descontarían después. Oye, ¡qué descanso! ¿O no? Mira que tienen paciencia los editores…

Todavía no sabes ni cómo fuiste capaz de ponerte de nuevo al teclado horas después. Y es que las vidas suspendidas de los personajes de tu nueva novela clamaban tu presencia, no podías dejarlos en un eterno limbo. Tu situación ya no se sostiene más, si los resultados son los mismos, tendrás que buscarte un trabajo decente, de editor, dependiente en una librería, corrector, maquetador, transportista… Eso sí que cobran mes a mes, hay que contemplar todas las posibilidades y ser realistas: si quieres vivir de la literatura, trabaja para una gran editorial, pero no se te ocurra escribir para ella. So tontaina, que no se puede ser más infeliz.

Querido y sufrido escritor, compañero, si este año vuelven las decepciones, las deudas sin pagar, las llamadas del banco y el «te lo dije» de los tuyos, las reiteradas justificaciones a tus conocidos sobre por qué escribes (como si esta rara enfermedad tuviese una explicación lógica), los domingos en pijama, las noches en vela, las miradas al vacío buscando la palabra correcta, las quejas de tu familia y las cenas con sopa y mandarina de postre… a lo mejor es que tienes que empezar a aceptar que nadie, absolutamente nadie va a velar y luchar por tus obras si no eres tú, y que la autoedición está ahí esperando.

Ahora, si eres de esos afortunados que no necesitas vivir de tus letras porque tienes quien te subvencione o de los que ha vendido miles y más miles de ejemplares como para sobrevivir un año más, perdona este rollo, no era para ti.

Por cierto, un momento, voy a mirar mi bandeja de entrada… Nada, son las 19.27h del 1 de marzo de 2017 y no hay noticias sobre las liquidaciones de las editoriales. Claro, si es que hasta el que escribe los correos ya habrá cobrado su paga mensual, pues estará en casita descansando, mañana será otro día, qué prisa hay, si los escritores aguantan lo que les echen.

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)

RAZONES PARA PUBLICAR EN AMAZON Y NO AVERGONZARTE COMO ESCRITOR

RAZONES PARA PUBLICAR EN AMAZON Y NO AVERGONZARTE COMO ESCRITOR

¿Existen razones para publicar en Amazon y no sentirte avergonzado como escritor?

Que un autor pase años y años detrás de las editoriales para que finalmente le den un «sí, ya lo leeremos y le avisaremos»; que tenga la santa paciencia de esperar otro año más para leer en su correo «aceptamos su obra»; que después de otro año la vea publicada y le paguen, también otro año después, menos que a cualquiera de los que se lucran con ella, si es que las ventas han dejado algo para el último eslabón de la cadena (el que produce la materia prima), teniendo en cuenta que el producto es mostrado un par de semanas y retirado, con lo cual puede suceder que, si hay adelanto, el escritor no llegue a saldar jamás cuentas con la empresa, además de estar impedido para luchar por su libro porque ni siquiera le pertenecen los derechos; como decía, que un autor padezca este despótico proceso como si fuera un mindundi que no mereciera ni las sobras, solo es culpa suya. Aceptar esta tiranía es del todo descabellado y más en nuestros días.

Antes de seguir, quiero dejar claro que hay honrosas excepciones, de manera que no se sienta aludido todo el mundo y empiecen a lanzar cuchillos los no llamados a esta guerra. Me consta que a veces los tratos son justos, pocos y cada vez menos, la verdad.

Como sabéis los que me conocéis, he padecido en carne propia los ninguneos editoriales y reflexionado mucho sobre este tema desde hace años, y solo se me ocurre que en el fondo aceptar estas totalitarias condiciones de trabajo, más propias del medievo que del siglo XXI, solo puede responder a que hay autores que padecen dos síndromes: el de El primo de zumosol y el de la Pijotería (con perdón por la palabreja). Entono el mea culpa, quede claro que yo padecí el síndrome de El primo de zumosol durante mis primeros años.

El síndrome de El primo de zumosol lo padecen aquellos que sufren falta de confianza, que se sienten incapaces, frágiles ante cualquier adversidad, como esos pequeños que por ser más débiles que sus compañeros tienen que buscar a otros más fuertes para defenderse en el recreo de los mayores que los acosan. Claro, pasa que al primo de zumosol hay que pagarle por protegerte, normalmente con el bocadillo diario, con lo cual el pequeño estará cada vez más delgado y el de zumosol cada vez más fuerte. Esto nos condena a ser los débiles eternamente, o a terminar con la opresión plantándole cara al acosador de una vez por todas.

El síndrome de la Pijoretía es bajo mi punto de vista menos noble que el anterior, me parece más zafio, grotesco y banal, y lo padecen, como su propio nombre indica, los pijos o aspirantes a pijos, especialmente los aspirantes. Me explico, este autor siente la misma sensación de cuando le falta el cocodrilo de Lacoste en sus camisas, se avergüenza como si fuera desnudo por la Gran Vía a las doce del día, pues eso, que si una gran editorial no estampa su sello en sus libros, no son escritores ni son nada, ¡Un libro sin la marca de la editorial! ¡Oh, no, qué bochorno!, qué van a pensar de mí mis coleguis de la pandi. Vamos, que da igual que una camisa sea de más calidad, se arrugue menos, caiga mejor y haya costado diez veces menos, sin cocodrilo es una mierda, bueno, el pijo diría «caquita».

No me cansaré de repetir una y otra vez, si crees que vales para contar historias, si te apasiona la escritura, si quieres vivir de tu trabajo (porque esto es un trabajo tan duro como maravilloso), no escuches cantos de sirenas y no esperes que nadie te dé el pistoletazo de salida cuando quizá ya estés muerto de inanición, lucha y confía, el sello de tus libros eres tú.

Web Mercedes Pinto Maldonado

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EGOCENTRISMO DE LOS ESCRITORES

EL EGOCENTRISMO DE LOS ESCRITORES, MÁS PRESENTE AÚN GRACIAS A AMAZON

 

Mucho se ha hablado y se hablará del dichoso egocentrismo de los escritores, incluso creo que yo dejé por aquí una publicación sobre el tema, me parece que negando esta afirmación, siempre tema de debate entre autores y lectores. Pues el tiempo ha pasado desde entonces y ya no pienso lo mismo. He tenido oportunidad en los últimos años de conocer a muchos compañeros, y también un poco más a mí misma. Sí, por desgracia es cierto: narcisismo, egolatría, egocentrismo, egoísmo, individualismo, vanidad… ¡SOY LO MÁS Y LEVITO POR ENCIMA DEL RESTO DE LOS MORTALES!, son adjetivos atribuibles especialmente a los artistas.

Últimamente he leído y escuchado frases como estas o casi idénticas, os aseguro que no expongo nada que no sea verídico:

«Acabo de escribir una novela buenísima, va a ser un éxito».

Ea, porque tú lo dices, después llegarán los lectores y para qué van a expresarse, tu novela es buenísima de la muerte digan lo que digan.

«Los lectores son tontos».

¿Por qué?, muy sencillo, porque tú escribes mucho mejor que el resto de tus compañeros y vendes mucho menos. Oye, tontos de capirote, pero todos, eh. Que no salvas ni a los pocos que te leen.

«Yo no escribo para los lectores, escribo para mí».

¡Toma castaña! Vamos, que estás en las redes todo el puñetero día dando la tabarra con tus portadas porque te aburres mucho, pero que no se le ocurra a nadie comprar tus obras, que no hace falta.

«He terminado de corregir mi novela y es buena, muy buena. Os va a gustar, estoy seguro/a».

Pues ya está, ¡me la compro ya!, quién mejor que tú, el autor, va a saber que la obra es ‘muy buena’.

«Lo escritores (que se posicionan en las listas de Amazon) son unos chupaculos y malos compañeros».

Claro, claro, cuando mis novelas suben en las listas es mérito propio, por la excelencia de mi prosa, pero si suben otros… eso no puede ser por otro motivo que porque están todo el día tomando café con la cúpula de Amazon.

«(Mensaje recibido por privado) Saludos, Mercedes. Te invito a conocer mi primera novela, es realmente buena, pero necesito que me ayudes a darla a conocer. Me vendría genial que la leyeras y la reseñaras en tus páginas. No te arrepentirás. Te envío el link de compra».

Desde luego este autor/a tiene muchas posibilidades de entrar en el Top, pero no de los autores más leídos, acaba de publicar y ya encabeza las listas de los escritores más ególatras de la historia.

«Escribo por necesidad (refiriéndose a la necesidad de dar rienda a su pasión por la escritura, claro), sin esperar nada».

Bien, eso te honra, el problema es que tus obras no están gratis por la red, sino en plataformas de ventas y con precios no siempre asequibles al lector medio.

«No vendo porque hay más escritores que lectores, no porque mi obra no sea merecedora».

Ya… entonces… a ver si lo he entendido, por esta regla de tres, por poner un ejemplo, ¿de los 65.000 millones de lectores de El alquimista al menos 33 son escritores? No, no. Es verdad que personas que han escrito un libro o dos hay muchas, pero escritores que dedican su vida a la literatura no son ni el cinco por ciento de los que alguna vez publican. No hay tanta competencia, ojalá, eso sería maravilloso para la cultura, y si la hubiera, no es excusa.

«Yo no escribo para lectores de medio pelo».

Esto está muy bien, ya te has quitado de un plumazo a todos los lectores que no tienen el pelo largo ¿no? Pues es un marketing muy original: ‘Atención a todos los que tengan el cabello por la cintura, acabo de escribir una novela exclusivamente para vosotros’.

«Este lector me ha puesto 4 estrellas porque no tiene ni puñetera idea de lo que es la literatura».

Inmediatamente, el humilde lector le pide perdón por no haberse leído todas las obras de la literatura universal antes que la suya y por haberse guardado una estrella porque no le ha parecido el libro de su vida. ¡Olé! El lector que no me pone 5 estrellas es un inculto profundo, porque yo soy el/la divo/a de las letras.

«Si quieres ser una buena persona lee mis novelas, mis personajes son todo un ejemplo».

Vaya, vaya, vaya… sin comentarios, para qué.

Podría seguir hasta aburriros, pero creo que estas muestras ya dicen mucho de la falta de humildad que, sin pudor, publicamos los escritores en los medios.

He vivido y vivo en carne propia los ataques de compañeros por el hecho de tener obras largo tiempo entre las más vendidas, no podéis imaginaros hasta qué punto los colegas (algunos considerados amigos) sacan los cuchillos en cuanto una de tus obras destaca, es de una desvergüenza pasmosa.

Por no hablar de la cantidad de falacias y ofensas que llegan a volcar en las redes ante la desesperación de no poder vivir de su trabajo. Sí, el número de profesionales de las letras que es incapaz de hacer autocrítica creo que supera al de otros colectivos (con todo, sigue siendo una minoría, quede claro).

Tanto es así, que cuando uno de estos autores recibe una crítica, ni siquiera negativa, sino que no encaja con el concepto que tiene de sí mismo, monta unos ciscos en sus páginas que tiembla la red, y es capaz de escribir al mismo Trump para que elimine el falaz comentario. Lo cual tiene un efecto colateral: difícilmente un lector va a hacer público lo que realmente piensa de su obra, si no le gusta, se calla, y se le gusta pero… pone cinco estrellas como soles y se guarda el pero.

Así el magnífico autor podrá decir sin que se le mueva un pelo que sus novelas son las más valoradas, lo que demuestra su excelsitud, y que no vende porque la mayoría de los lectores tiene un paladar tan pedestre que prefiere un bocadillo de mortadela con aceitunas al jamón ibérico.

¡No, no, no y no! El escritor que no empatiza con los lectores no es porque su sensibilidad y creatividad sean más elevadas que las del resto de los mortales, es sencillamente que le falta el número de neuronas espejo mínimo y necesario para respetar al prójimo y meterse en sus zapatos, y la sabiduría e inteligencia para traspasar su piel.

¿No es tan listo, maravilloso, culto, sabio…? Pues también sus letras deben tener la habilidad de saber dejar ese legado en los lectores, ¡que es su principal misión como artista!, porque no conozco un alma más dispuesta a ser sorprendida y educada que la de un lector. Por supuesto que cada cual puede tener su propio concepto del mundo y el arte y escribir para sí mismo, para su madre, para su gato o para un campo de lechugas, ahora bien, de ahí a arremeter constantemente contra los que no le bailan el agua…

Comprendí mucho antes de empezar a publicar que no escribía para mí, lo hacía para comunicarme, para buscar complicidad, para dar salida a mi imaginación y mi manera de percibir el mundo con la esperanza de ser entendida, para dejar un legado, para crear, ganarme la vida con lo que me apasiona, para… Eso sí, si nada de esto se hubiese cumplido, seguiría escribiendo, porque la razón principal de tantas horas frente a mis libretas es que nada me hace disfrutar más. Escribir es como estar enamorado, podrás dar mil razones, pero ninguna de ellas lo explicaría.

Web Mercedes Pinto Maldonado

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4 CLAUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

4 CLÁUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

Aunque hace tiempo ya publiqué un artículo sobre los contratos editoriales, pienso que en estos momentos no está de más recordar a los futuros escritores la importancia de examinarlos y reflexionar con calma antes de firmar.

Además, pasados unos años estoy todavía más convencida de que firmar porque estar con este o aquel gran sello editorial es ya un aval puede ser un grave error en nuestra carrera literaria. El verdadero aval son los lectores, son los que deciden el camino que recorrerá nuestro libro, y para llegar a ellos necesitamos que nos abran puertas, no que nos las cierren, y estar dispuestos a trabajar con perseverancia, claro.

Se escapan a mi entendimiento la mayoría de las cláusulas de los contratos de las viejas editoriales. A poco que leamos con una mínima atención los contratos que ofrecen nos daremos cuenta de que están plagados de sinsentidos, al menos para el autor, entre ellos me gustaría reparar en cuatro muy esenciales:

 

4 Cláusulas de un contrato editorial obsoletas y extrañas

1. El tiempo de cesión de derechos de la obra

La mayoría de las editoriales exigen al autor que ceda todos los derechos de la obra contratada un mínimo de siete años. ¿Por qué? ¿Qué objeto tiene este empeño por la parte contratante?

si la obra va bien y es un éxito de ventas, lógicamente el escritor estará encantado de renovar el contrato las veces que sea necesario, y si es un fracaso y no deja beneficios para ninguna de las partes, ¿a qué ese empeño en seguir conservando año tras año unos derechos que no aportan nada más que pérdidas?

Por supuesto, para el autor esto es una esclavitud innecesaria e inexplicable, que además le impide rescatar su obra del ostracismo y luchar para encontrar otras oportunidades.

En definitiva, teniendo en cuenta que un libro tiene en las librerías una visibilidad física de dos o tres semanas y que es del todo imposible que aporte unos beneficios dignos en este tiempo, a no ser que el escritor sea una vieja gloria, ¿no os parece un verdadero enigma esta exigencia? ¿Será que la pasión por la literatura de estas macroempresas del papel es tal que no les importa almacenar palés y palés de libros como si tuvieran un peculiar síndrome de Diógenes literario?

2. Número de ejemplares para el lanzamiento

Vivimos en el siglo XXI, hoy día no es necesario imprimir 5.000 ejemplares en vez de 500 para abaratar el precio de la unidad.

Lanzar miles de libros que no tienen ninguna posibilidad de llegar a las librerías, o de estar en ellas el tiempo suficiente que necesita una masa crítica de consumidores para conocer el producto, es algo que también perjudica al autor.

Como es lógico, las devoluciones de gran parte de la tirada están garantizadas, con una consecuencia nefasta en los royalties del escritor que, aunque pudiera parecer que ha vendido un número determinado durante el primer año, suele encontrarse con que los años siguientes deberá restar de sus ganancias las devoluciones que hacen las librerías.

En definitiva, a las editoriales le saldrá a más bajo costo el ejemplar cuando la tirada es mayor, pero para el autor el coste es mucho más alto a la postre. Ellas rara vez pierden, os lo aseguro.

3. Cesión de la posibilidad de traducciones, películas o cualquier versión de la obra

Este punto es del todo descabellado. La mayoría de las editoriales exigen los derechos de cualquier versión de la obra, aunque solo tengan la intención de publicarla en papel y digital, y en muchos casos solo en digital. ¿Qué sentido tiene secuestrar cualquier otra salida de tu libro si solo quieren el digital, por ejemplo? ¿Qué pasa con esta cláusula?

Muy sencillo: que en el caso de que solo quieran el digital ―para ellos esta versión tiene coste prácticamente cero y todo ganancias―, el autor estará durante siete años imposibilitado para buscar otras vías para papel, audible o cualquier otra modalidad.

4. Pago de los royalties una vez al año y sin mostrar con claridad las cuentas

Puedo entender que sea necesario que las librerías pasen datos de ventas y devoluciones a las editoriales para que estas puedan comunicar al autor sus beneficios; pero, por ejemplo, ¿por qué un año? No lo entiendo, ¿no reciben los editores los números de las ventas en papel cada tres meses?

Por otro lado, esto tal vez se pueda justificar de algún modo para el libro en papel, que tampoco, pero ¿y el digital? ¿Por qué el autor no puede ver y cobrar los beneficios de las ventas mensualmente igual que las empresas editoras? ¿Qué problema habría a este respecto? Es completamente absurdo, de hecho, yo tengo dos de mis libros con Amazon Publishing ―no confundir con KDP de Amazon, que es autopublicación― y puedo saber a diario cuántos ejemplares se venden, en qué versión y en qué país. Y lo mejor, cobro cada mes, como todo hijo de vecino. O sea, pagar a tiempo y con total claridad no es un imposible. Qué extraño todo, ¿no os parece?

 

Hay más cláusulas obsoletas y extrañas en los contratos editoriales tradicionales, pero bajo mi punto de vista estos son los más importantes, por los que debemos pelear. No olvidemos nunca que los libros son nuestros, que somos nosotros los que proporcionamos la materia prima y que hoy día con las plataformas de autopublicación tenemos otras opciones. Las editoriales necesitan a los autores infinitamente más que los autores a las editoriales.

 

Web Mercedes Pinto Maldonado

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