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relatos cortos de amor - volver a enamorarse

VOLVER A ENAMORARSE

Hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse querida; pero desde que, tres meses atrás, sus hijos se marcharan de casa, tanto tiempo libre y soledad habían hecho que tomara conciencia de lo poco que le importaba a Héctor. Sus amigas la envidiaban, tenía todo lo que una mujer podía desear: dinero, posición social, una maravillosa casa, un marido atractivo y triunfador y un trabajo deseado por muchos. Todo era tan perfecto visto desde las ventanas de sus vecinos… Pero Marta sentía que le faltaba lo que de veras siempre había soñado y alguna vez creyó tener: el amor.

Héctor la notaba cada vez más extraña y esquiva, huía de sus brazos y de su mirada. Habían entrado en una rutina tensa y asfixiante. Dos semanas atrás, un día la echó de menos en la cama en plena madrugada. Se levantó sigiloso y la buscó por la casa. La encontró en su santuario, la pequeña salita donde guardaba sus recuerdos más queridos, leyendo una carta mientras derramaba un par de lágrimas. Ella no advirtió su presencia, y él supo el motivo de su desidia hacia él: el dueño de aquellas palabras le había robado el corazón. Había otro en su vida.

Cada noche, cuando creía que Héctor ya dormía, Marta se levantaba para leer en soledad una carta más. Como cada noche, pasados unos minutos, su esposo la seguía para envidiar al causante de tan amargas lágrimas. Era obvio que la mujer con la que compartía su vida desde hacía treinta años estaba viviendo un amor imposible.

Esa madrugada volvió a seguirla, pero no se conformó con espiarla mientras se retorcía de celos por dentro. Llevaba puesto el camisón lila que tanto le gustaba y su espesa melena adornaba su perfil, apenas iluminado por la luz ambarina de la tulipa. Le pareció más hermosa que nunca; más incluso que en sus años de juventud. Tal vez porque sentía que la había perdido, el amor dormido durante años había despertado en su interior como una fiera indomable. Pero era un caballero, así que carraspeó para que ella advirtiera su presencia y, echado en el quicio de la puerta, le habló:

―¿Estás enamorada de ese hombre?

Marta se pasó las yemas de los dedos por las mejillas y, sin soltar la carta, levantó los ojos para mirarlo y le contestó:

―Locamente, no te imaginas cuánto.

―No tienes que quedarte conmigo, puedes marcharte con él cuando quieras. Nuestros hijos ya se han marchado, nada te ata a esta casa ―le habló Hector, casi susurrando en el silencio de la noche, a punto de derrumbarse.

―Es mucho más complicado de lo que piensas, ni siquiera sé dónde está…

―Deberías ir a buscarlo, tienes derecho a ser feliz.

Él regresó a la cama, maldiciendo en su interior al destino que le había guardado la peor de las sorpresas cuando ya creía haberlo conseguido todo. Jamás imaginó que algún día su amantísima y entregada esposa pudiera enamorarse de otro hombre.

Ella dobló con primor la carta de ese día, la guardó en su sobre y la metió en la caja junto a las anteriores. Después se dirigió al dormitorio conyugal dispuesta a hacer su maleta y marcharse para siempre. Héctor permaneció de espaldas a ella, inmóvil en su lado de la cama, consciente de que su matrimonio había terminado.

Antes de marcharse, Marta le habló con la voz quebrada, convencida de que sería la última vez que pisaría aquel dormitorio:

―Mientras encuentro un lugar donde vivir, me voy a casa de mi hermana. Enviaré a alguien a recoger el resto de mis cosas. Adiós, Héctor.

No se movió hasta que el ruido del motor del flamante Mercedes de Marta se diluyó en la negra noche. Después se dirigió a la salita y buscó como loco las cartas del hombre que había destrozado su vida; aunque suponía que fueron lo primero que su esposa echó a la maleta, quiso asegurarse y, a saber, tal vez encontrara algún escrito, una fotografía, una nota de despedida… algo que le explicara cómo era posible que tantos años se hubiesen ido al garete.

Se volvió loco. Sacaba un cajón tras otro para luego lanzarlo al suelo, arrojó contra la pared uno a uno sus libros, tiró portarretratos, cuadros, cajas llenas de recuerdos… Hasta que una de aquellas cajas escupió un puñado de cartas al golpearse contra el piso; las cartas que ella leía cada noche. Como poseído por el diablo se lanzó hacia las misivas y sacó de uno de los sobres un folio perfectamente doblado, del que cayó una margarita silvestre deshidratada por el tiempo y en el que reconoció su letra:

Mi amada Marta:

No veo el momento de regresar y comenzar con los preparativos de nuestra boda. No sabes cómo te estoy echando de menos estos meses, siento que paso por la misma eternidad. Jamás pensé que llegaría a quererte tanto. Si los días se hacen largos, las noches… Pero ya solo quedan tres días y prometo no volver a separarme jamás de ti. No viviré para darte todos los besos que guardo, ni todas las caricias, ni pronunciar todos los te quiero. Qué suerte la mía… Sueño con los hijos que llegarán, con los amaneceres compartidos, con un día a día que solo hará crecer nuestro amor. A veces observo a esos matrimonios desgastados por los años, hastiados por el lastre de una convivencia obligada, y me pregunto si alguna vez se quisieron. Sé que a nosotros no se nos acabará el amor, pase lo que pase, prometo regalarte una flor fresca cada día. Hoy te envio esta margarita que me salió al paso cuando regresaba a la pensión, pero pronto compraré para ti las más bellas flores.

El cielo está despejado esta noche, desde mi ventana veo brillar miríadas de estrellas entre las que te busco. Tonto de mí, tú eres el infinito espacio que alberga a todas ellas.

Te quiero, mi cielo.

Héctor

Desolado por la culpa, se echó en la pared más cercana y deslizó su espalda hasta sentarse en el suelo, rodeado de todas las cosas hermosas que durante años su esposa había guardado como tesoros y que ahora parecían los restos de un naufragio. Con la cabeza entre las rodillas y sin soltar la carta, lloró como un niño hasta el amanecer. Después se dio una ducha, fue a la mejor floristería de la ciudad y se concedió todo el tiempo del mundo hasta encontrar la más bella de las flores. Ese día tenía que volver a enamorarla.

Paseo de la Fama para Escritores de Amazon 5

MERCEDES PINTO MALDONADO: HISTORIAS DE AMAZON

Hoy quiero compartir con vosotros una información que me hace especial ilusión. Amazon dedica una de sus paginas a contar historias de inventores, autores y emprendedores que han transformado su vida con esta plataforma internacional. Por mi trayectoria y relación con Amzon KDP y Amazon Publishing, fui invitada para contar mi experiencia y el pasado 22 de abril el encantador y profesional equipo de Amazon Historias me grabó y entrevistó en la ciudad de Barcelona.

“Mercedes Pinto no sabe cuándo empezó a escribir: se recuerda siempre con un bolígrafo y ante una libreta. La autopublicación dio un vuelco a su carrera como escritora y ahora puede afirmar orgullosa que vive de su gran pasión”.

Así comienza este reportaje que podéis leer completo en este enlace y que también incluye el siguiente vídeo.

Gracias a Amazon y gracias a vosotros, queridos amigos y lectores.

reconocer un libro escrito por un escritor fantasma o negro literario

Cómo reconocer un libro escrito por un escritor fantasma

¿Serías capaz de reconocer el libro de un escritor fantasma? Hoy comparto con vosotros cómo se puede distinguir el texto de un escritor fantasma (también conocido como negro literario). Al menos os cuento cómo lo hago yo.

 

Sobre la literatura actual hay un tema que me sorprende y a la vez me inquieta. Aunque parece que no es nada nuevo. He podido comprobarlo recientemente por mera observación. Me refiero a la doble personalidad de algunos escritores, o Trastorno de Identidad Disociativo, que resulta más académico. Y digo algunos, muy pocos; la mayoría no tiene nada que ver con este asunto.

Últimamente me ha pasado que después de leer las obras de tres escritores y quedar satisfecha con la experiencia, he visitado sus páginas (blog, Facebook, Twitter…) y he tenido que asegurarme de estar leyendo a los mismos autores. ¡Es inaudito! Alguien que escribe una novela en la que apenas encuentras las erratas propias de los típicos despistes (no solo de los autores, sino también de correctores), no puede de ninguna de las maneras, escribir en las redes como un niño de diez años. Es cierto que a veces las prisas o no contar con un corrector que te repase el texto dan lugar a deslices gramaticales como olvidar un artículo, comerse una letra, omitir una tilde… incluso cometer graves faltas de ortografía. No me refiero a esto, no son errores accidentales, es su manera natural de escribir, no saben hacerlo mejor.

Por ejemplo, sabemos que los manuscritos originales de la elegante e impecable Jane Austen carecían de una buena ortografía. Bajo mi punto de vista, esto es lo de menos, es algo que se aprende con el estudio y la práctica y se subsana con ayuda profesional. Ella poseía lo importante: imaginación y capacidad narrativa, además de un estilo propio.

Insisto, no estoy hablando de los traspiés propios que se cometen por mucho que se conozca el camino, no, es mucho más interesante. Me refiero a no acertar ni por estadística con el género y número del sujeto y el predicado, o directamente saltarse el sujeto (no porque sea sujeto omitido, sino porque no existe y punto), poner frases a medias y mal hilvanadas (como lo hubiese hecho mi abuela, que la pobre fue al colegio un par de años), escribir subordinadas y pasivas enrevesadas que no se entienden ni echándole imaginación, confundir reiteradamente el imperativo con el infinitivo, no poner jamás la coma después del vocativo, calzar adverbios que no entran en la frase ni a martillazos, escoger las preposiciones al azar, ¡inventar palabras! solo porque a ellos les suenan lógicas en su pobre lenguaje… Es que son muchas cosas. Y no, no cuela, alguien que escribe así en sus páginas no puede ser el autor de un libro medianamente aceptable.

Antes de continuar quiero aclarar algo: yo misma, desde hace doce años, tengo dos libros publicados sin la debida corrección, porque la editorial no se preocupó de hacer su trabajo y yo no tuve la precaución de corregir debidamente antes de enviar el manuscrito. ¡Ay, las prisas del novato! No obstante, creo que no era falta de estilo literario, como son los casos que os apunto, sino de experiencia y práctica. Y también encontraréis alguna que otra errata en el resto de mis obras, nos pasa a todos; en casa tengo libros de grandes autores y conocidas editoriales con erratas que quiebran pupilas. Pero no hay trampa ni cartón, así escribía yo, no hace doce años, sino al menos quince, cuando nacieron estas novelas, y mis errores eran los mismos que podía cometer en mis páginas en aquellos momentos.

reconocer un libro escrito por un escritor fantasma

Pero sigamos con nuestro tema y, para entendernos, pongamos algunos ejemplos vistos últimamente en páginas de escritores con buenas novelas en el mercado. Voy a cambiar algunas palabras para no enfadar a los autores en cuestión, no sea que pasen por aquí, se reconozcan y se líe la de San Quintín; aunque de todas formas al final siempre se da por aludido el que menos tiene que ver. Vamos allá. Os aseguro que para nada exagero.

Frases con género y número distintos a los del sujeto:

Aunque estoy lejos, me ayudáis a seguir luchando por estos mares, muchas veces duro, desagradecido y complicado.

Esto, como comprenderéis, no es un simple descuido, sino una manera genuina de expresarse. Supongo que el escritor quiso decir algo así: «Aunque estoy lejos, siento que me ayudáis a seguir luchando en este difícil mundo, muchas veces duro, desagradecido y complicado». Con todo, cualquier mortal se hubiese expresado con más sencillez y claridad: «Desde la distancia siento que estáis conmigo en esta lucha, a veces dura, ingrata y complicada».

Frases sin sujeto:

De escoger un paisaje u otro.

No es que sea una oración impersonal (algo obvio) o con sujeto omitido porque se sobreentiende, os aseguro que en el texto (de tres líneas) no se intuía ni por asomo el sujeto. Supongo que el autor quiso comunicar algo parecido a esto: «A veces todo depende de qué paisaje elijas», pero son meras conjeturas mías.

Textos escritos como si hablara un indio de las películas del Oeste:

He llegado a casa. Esta tarde no saldré. Me haré café. Para ponerme a estudiar…

Si las lees en voz alta no te librarás del hipo.

Frases con adverbios o conjunciones sin sentido:

Nos saludamos también unos días.

Pues… yo qué sé a qué viene ese «también», en el escueto párrafo no se adivina el motivo del adverbio.

A veces hay que dejar lo que nos hace felices, pero las responsabilidades mandan.

Más de lo mismo, ¿«pero»?, ¿por qué?, si al incluir la conjunción terminamos negando lo que queremos afirmar.

No solo lo digo yo, sino que cada vez se dice más.

Otra frase más de alguien que no sabe escribir. ¿A qué viene el «sino»?, cuando es una conjunción adversativa que contrapone un concepto afirmativo a otro negativo anterior. Tal vez quiso decir: «No solo lo digo yo, cada vez se dice más». O «No lo digo yo, sino gran número de personas». O quitamos el adverbio «solo» o eliminamos la conjunción adversativa «sino». Algo sobra.

Cómo os diría… da la sensación de que el preparado e imaginativo autor quiere demostrar su dominio del lenguaje haciendo filigranas que solo demuestran su pasmosa ignorancia.

 

Palabras inventadas:

Paguato, por pazguato.

Torciente, que tiene la capacidad de torcerse. Supongo.

Mindungui, por mindundi.

Aférrimo, por acérrimo.

Saludos sin sentido o con mensajes cifrados:

Buenos días, en general, y feliz día a todos.

¿A qué viene lo de «en general»? ¿Será que el atento autor desea un buen día a la mayoría, salvando a una minoría, y ya eso de ser feliz que sea para todos? Algo se me escapa.

Frases imperativas con un infinitivo:

Por favor, escuchar esto.

De estas las hay para sembrar la Groenlandia.

Otra que no sé cómo clasificar:

Invito a los que quieran reunirse conmigo a que haga un bizcocho.

Supongo que quiso decir algo así: «Invito a los que quieran reunirse conmigo a hacer un bizcocho». Aunque lo que alguien de a pie diría con toda sencillez sería: «Si os apetece, estáis invitados a hacer un bizcocho conmigo». No, no, sin el «si os apetece» ni el «conmigo», ¿para qué? «Os invito a hacer un bizcocho», la invitación en sí misma brinda la opción de hacer o no el bizcocho con este autor cocinero e indica que no es una obligación.

La frase es digna de analizar: «a que haga»… ¿quién?, ¿él?, ¿tú?, ¿contigo o «sintigo»? Que ya no sé ni lo que me digo. ¡Madre de las letras! No tengo palabras. Esto lo escribo yo en la EGB y mi profesor de lengua se tira por la ventana, máxime cuando este autor ha publicado un libro en el que enseña a escribir una novela.

Vaciedades y bobadas por falta de imaginación y la necesidad incontrolable de asomarse a las redes:

Qué decir cuando te llega una notificación que te avisa de que el autor de uno de tus libros favoritos ha publicado y tú lo dejas todo para saber de primera mano de qué trata, para luego encontrarte esto:

He bajado las persianas porque había mucha luz, porque con tanta luz me cuesta echarme una siesta.

Te quedas mirando tus persianas y te dan ganas de liarte a mamporros con ellas.

Me acaba de pedir amistad una tía buenísima.

¡Anda!, igual es el comienzo de su próxima novela. No, es que no se le ocurre nada mejor y tiene el muro del Facebook muy parado. «¡Horror! Mis lectores se van a olvidar de mí, nooo…».

Hay algunos que han convertido sus páginas en diarios médicos:

Buenos días, estoy feliz, el análisis salió perfecto.

Por fin me quitaron la muela del juicio.

La rodilla bien, pero ahora me duele la cadera. Perdonad que no asome mucho por aquí.

Pero a la media hora se asoma, vaya si se asoma, para dar un importante comunicado:

Gracias por interesaros por mí (tenía tres «me gusta»), me tomé un ibuprofeno y estoy mucho mejor.

Esto es una mínima muestra, os aseguro que me quedo corta. Los autores de estas perlas son reincidentes, incurren a diario en los mismos errores y naderías, ejemplos hay para aburrir. Y lo más importante; son los mismos que tienen novelas publicadas cuyos estilos, si no impecables, son bastante aceptables y hasta dan lecciones sobre cómo escribir correctamente. ¿Es raro o no?

Este insólito fenómeno solo puede tener una de estas tres explicaciones:

Padecen un Trastorno de Identidad Disociativo.

En otra vida fueron grandes autores y aprovechan cada regresión, inducida o espontánea, para novelar.

Tienen un escritor fantasmanegro que escribe por ellos. No vale un corrector por bueno que sea, son textos de difícil arreglo, hay que reescribirlos.

 

relatos cortos de amor diario de un desamor

DIARIO DE UN DESAMOR

No faltaba a su cita, cada día, de lunes a domingo, iba a la panadería del barrio a comprar una pulga, cuarenta gramos de masa de harina recién cocida. Aunque a veces no la necesitaba y en la bolsa del pan se acumulaban sin sentido, cada mañana a la misma hora, cuando había menos clientela, se acercaba a la tahona solo para hablar con la dueña. Era una mujer joven, limpia, jovial, generosa y de muy buena conversación, parecía especialmente encantada de escuchar siempre la misma historia: cuánto se acordaba de su amor de juventud, la única mujer a la que había amado.

Poco a poco habían empatizado, a pesar de la diferencia de edad: Samuel sesenta y ocho y Fina cuarenta y cinco, aunque ella no aparentaba más de treinta y cinco. A veces hablaban más de una hora, hasta que empezaban a llegar los clientes que demandaban el pan del almuerzo.

―Las cosas han cambiado mucho, por aquellos años era imprescindible la aprobación de los padres de ella. Yo tuve algún problema con la ley… mi familia pasaba apuros y robé algo de comida…

―Imagino lo duro que debió ser para usted.

―No me siento orgulloso de ello, pero la necesidad era tal, que no encontré otra salida. Entonces ayudaba cuando podía en un taller, pero mis estudios no me dejaban mucho tiempo libre. Al final tuve que dejar la carrera y ponerme a trabajar en serio para echar una mano en casa―le contaba Samuel a Fina con los ojos vidriosos, recordando una vez más aquel amor que nunca pudo olvidar―. Su padre era guardia civil, imagínate. Le prohibió verme, la tenía prácticamente secuestrada en casa.

―Qué triste ―decía ella echada en el mostrador, embelesada mientras escuchaba las confesiones más íntimas de quien a ella le parecía todo un señor.

―Pidió traslado y se llevó a su familia. Nunca supe dónde, jamás volví a saber de ella. Se me rompió el corazón… Durante los primeros años intenté localizarla, pero nada, era como si se hubiese evaporado. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, creí volverme loco. Poco después mi padre encontró trabajo, retomé mis estudios y me refugié en ellos.

―¿No volvió a enamorarse? ¿No se casó? ―le preguntó Fina, muy sorprendida.

―Conocí a algunas muchachas… pero no pude, no hubiese sido justo para ellas. Hasta que me jubilé, he vivido entregado a mi gran pasión: la arqueología. Durante años pasé largas temporadas en diferentes países y finalmente conseguí una Cátedra en la Universidad. Pero ahora, con tanto tiempo libre, su recuerdo está más vivo y es más persistente que nunca. Solo pienso en qué habrá sido de ella. Me pregunto tantas cosas…

Un cliente interrumpió la emotiva conversación y Samuel se despidió hasta el día siguiente.

―No falte mañana a nuestra cita ―le pidió ella―, quiero hacerle un regalo.

Al día siguiente Fina no pudo evitar emocionarse mientras, a través de la puerta de cristal, lo veía cruzar la vía. Era un hombre apuesto e interesante, además de tener un porte distinguido. Aunque su aspecto era impecable y resultaba obvio que profesionalmente había triunfado, su caminar, su mirada baja y su melancólico rictus mostraban la indigencia afectiva que padecía desde su juventud.

Samuel saludó y esperó pacientemente a que la tahonera despachara a un par de clientes. No le pasó inadvertida la mirada húmeda de Fina y ese día echaba de menos su natural desparpajo. Por alguna razón que desconocía, parecía consternada, como si su mente estuviera ocupada en una cuestión muy distinta a su tarea.

Al fin en el establecimiento quedaron los dos solos.

―¿Estás bien? ―le preguntó Samuel―. Hoy encuentro algo de tristeza en tu mirada…

―Sí, sí, estoy bien ―lo interrumpió ella―, es solo que… Samuel, ¿puedo tutearte?

―Claro, creo que después de tantas charlas y confidencias te lo has ganado ―le dijo él con cercanía y cordialidad.

Fina se quedó mirándolo en silencio unos segundos, mientras dos lágrimas paseaban por sus mejillas.

―Dulce, se llamaba Dulce, ¿verdad?

―Sí, mi querida Dulce ―dijo él casi susurrando―. ¿Cómo lo has sabido?

―Podría contarte un millón de cosas sobre su vida, pero prefiero que lo haga ella.

Dicho esto, la panadera sacó un puñado de viejas libretas de debajo del mostrador y las puso sobre las temblorosas manos de Samuel. Él bajó la mirada y leyó: «Diario de un desamor. Dulce Ostos».

―¿Dónde está? ―preguntó el emocionado arqueólogo.

―En el paraíso, esperándote. Ella también pasó toda la vida pensando en ti.

―¡Dios mío!

―Nunca has estado solo, Samuel, mi madre nos hablaba de ti cada día.

Fina dio la vuelta al mostrador y se plantó ante él, con los ojos anegados y una hermosa sonrisa. Después lo abrazó, abrigando entre su pecho y el de su padre los cuadernos que contaban toda una vida de desamor. Estaban escribiendo un inesperado final.

―Todo ha terminado, papá. Se acabaron las preguntas, mi madre dejó escritas todas las respuestas. Pero ahora vete y lee, tiene mucho que contarte. Cuando acabes te presentaré a tus nietos.

cuanto gana un escritor

¿CUÁNTO GANA UN ESCRITOR? EJEMPLO DE ROYALTIES

¿Cuánto gana un escritor? ¿Me puedo ganar la vida como escritor? Preguntas que todos los que nos dedicamos a juntar letras nos hicimos al principio (y nos seguimos haciendo) de esta maravillosa aventura que es el oficio de la escritura y los libros…

Otra vez marzo, el esperado y temido mes de los escritores. Puedo imaginar cuántos aguardan poder cuadrar las cuentas de tantos meses atrás con los royalties, regalías, liquidaciones o beneficios del 2016. A cada instante mirando la bandeja de entrada, deseando y temiendo encontrar ese correo de tus editoriales.

¡Ay! Ha pasado más de un año sin recibir un céntimo por tantas y tantas horas de trabajo, por tantos días sacrificando a tu familia, de insomnio, perseguido por tus personajes o por esa escena que no acaba de tener el sentido que habrías deseado, obsesionado, abrigado hasta los dientes en invierno y frente al ventilador en verano; el aire acondicionado es para los que cobran religiosa y justamente.

Tantos domingos frente a tu ordenador, viendo por tu ventana cómo el resto del mundo pasea y toma cervecitas al sol; pero tú no puedes, porque tienes que escribir para sacar adelante a tu familia, que hay que ser iluso, y porque de todas formas no tienes un euro para tomarte una caña, ni siquiera sabes cómo vas a pagar el recibo de la luz este mes. Pero tranquilo, ¡llegó marzo! ¡Mis royalties!

Piensas que esta vez deben pagarte más que en el 2015, algo en realidad fácil, ningún año has cobrado ni para invitar a tu pareja a ese restaurante que tanto le gusta. Pero esta vez sí, está claro que has vendido, no paras de recibir en tus redes mensajes de los lectores encantados con tus historias y fotografías de tus libros recién comprados en las mejores librerías y tiendas online.

En las plataformas de ventas tus obras han estado bien posicionadas, bien lo sabes, que no has dejado un solo día de mirar las listas. Has hecho presentaciones, gastándote en viajes el dinero que no tienes para pasar un rato con el librero y los amigos de turno que ya tenían tu libro pero estaban encantados de que se lo firmaras, eso sí, oye, al día siguiente tenías el Facebook petado de fotografías del evento y la promoción era brutal. Has sido entrevistado en medios de comunicación: webs, blogs, revistas, radios… ¡Hasta en una televisión local! Sí, sí, esta vez tienes que cobrar un buen pellizco y podrás pagarle a tu cuñado y a tu suegra todo lo que les debes. Qué ganas tienes ya de librarte de sus miradas inquisidoras.

¡Un año, Dios mío! Un año esperando recibir una limosna a cambio de tu trabajo, mientras el resto de los que forman la cadena editorial cobra mensualmente, se va de vacaciones, de cenas con los amigos, a conciertos, teatros… compra a sus hijos el esperado regalo de cumpleaños… ¡Qué ganas tienes ya! de poder decirle a tu mujer: «Mira, aquí está el fruto de tanto esfuerzo, mis esperadas regalías, te lo dije, este año sí. Sabía que terminaría triunfando».

Qué maravilloso sería que por una vez pudieras escribir sin presión, sin la eterna losa de las deudas sobre tu espalda, maltrecha de tantas horas sentado. Madre mía… con un poco de suerte igual hasta podrás alquilar este verano una casita en la costa, o cambiar de coche de una puñetera vez. Buah… eso sería ya la bomba.

Estamos a día 1 de marzo, el e-mail está al caer. En casa no paran de preguntarte. Entonces te acuerdas de los años anteriores y de repente te pones a sudar, te da como fatiguita, taquicardia, bochornos… y la desazón de siempre se filtra hasta el último recoveco de tu cuerpo. ¡Miedo, lo que tienes es pavor a que ocurra lo de siempre!

El año pasado fue de traca, vendiste más de quinientos de tal título, superaste los setecientos de aquel, de los otros un puñado de cientos más… pero, ¡ah, pero!, resultó que de uno de ellos se devolvieron en papel (después de dos años) tantos, que al final tú debías a la editorial 72€ como setenta y dos condenas. Por más que preguntaste y consultaste, esas eran las cuentas, ¡-72€!, que por suerte no tendrías que pedírselos a tu suegra, porque ya te los descontarían después. Oye, ¡qué descanso! ¿O no? Mira que tienen paciencia los editores…

Todavía no sabes ni cómo fuiste capaz de ponerte de nuevo al teclado horas después. Y es que las vidas suspendidas de los personajes de tu nueva novela clamaban tu presencia, no podías dejarlos en un eterno limbo. Tu situación ya no se sostiene más, si los resultados son los mismos, tendrás que buscarte un trabajo decente, de editor, dependiente en una librería, corrector, maquetador, transportista… Eso sí que cobran mes a mes, hay que contemplar todas las posibilidades y ser realistas: si quieres vivir de la literatura, trabaja para una gran editorial, pero no se te ocurra escribir para ella. So tontaina, que no se puede ser más infeliz.

Querido y sufrido escritor, compañero, si este año vuelven las decepciones, las deudas sin pagar, las llamadas del banco y el «te lo dije» de los tuyos, las reiteradas justificaciones a tus conocidos sobre por qué escribes (como si esta rara enfermedad tuviese una explicación lógica), los domingos en pijama, las noches en vela, las miradas al vacío buscando la palabra correcta, las quejas de tu familia y las cenas con sopa y mandarina de postre… a lo mejor es que tienes que empezar a aceptar que nadie, absolutamente nadie va a velar y luchar por tus obras si no eres tú, y que la autoedición está ahí esperando.

Ahora, si eres de esos afortunados que no necesitas vivir de tus letras porque tienes quien te subvencione o de los que ha vendido miles y más miles de ejemplares como para sobrevivir un año más, perdona este rollo, no era para ti.

Por cierto, un momento, voy a mirar mi bandeja de entrada… Nada, son las 19.27h del 1 de marzo de 2017 y no hay noticias sobre las liquidaciones de las editoriales. Claro, si es que hasta el que escribe los correos ya habrá cobrado su paga mensual, pues estará en casita descansando, mañana será otro día, qué prisa hay, si los escritores aguantan lo que les echen.

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)