El mundo editorial

La cocina del mundo editorial

AVISO: Perdonad, esta entrata estaba programada para el domingo, pero no sé dónde le he dado y… Ya hay dos comenterios, así que la dejo. ¡Qué despiste!

Hoy quiero compartir con vosotros algo muy personal, me ocurrió
hace unas semanas. Como muchos de vosotros sabéis, desde hace meses soy
representada como autora por una agencia literaria. No tengo que explicaros lo
difícil que es conseguir que tus obras vean la luz en este cada vez más corrompido
mundo de la literatura. Anteriormente tuve dos editores y ninguno se preocupó
lo suficiente de defender mis obras, por muchas razones, supongo, pero básicamente
porque a ambos les importa más el negocio que el arte; no les culpo. La
cuestión es que rescindí mis contratos para buscar nuevas editoriales,
especialmente para “La última vuelta del scaife”, una obra en la que confío.
¿No os ha pasado nunca que sabéis que uno de vuestros hijos tiene un don y no
termina de ser reconocido? Puede que finalmente me equivoque, y que peque de
ingenua o de engreída; pero así lo creo. Bien, la “anécdota” surge cuando la
citada novela es enviada a un “lector profesional” que trabaja para mi agencia,
el cual tiene la misión de emitir un informe de lectura para valorar sus
posibilidades en el mercado. Recibí dicho informe…, no sé si alguna vez me he
sentido tan humillada y triste. No porque me afecte demasiado lo que pueda
decir un papel escrito por alguien que no posee la mínima sensibilidad para la
literatura; haberlos, haylos, y me tocó uno. Lo que de verdad me apenó fue que
había emitido un juicio de valor sin haberse leído la novela, o lo hizo
mientras veía un partido Madrid-Barça. ¿Cómo puede una persona tener el descaro
de opinar, ni negativa ni positivamente, sobre algo sin conocerlo? ¿Cómo es
posible que nuestra amada literatura española, que ha sido referente universal
durante siglos, haya caído tan bajo y ahora dependa de “lectores literarios” de
este calibre? Me entristece enormemente esta última cuestión, y no me extraña
en absoluto la dificultad que en nuestros días y país supone encontrar en el
mercado una obra de calidad. Ojo, no digo que la mía lo sea. Sé que no se  leyó la obra, entre otras muchas cosas,
porque en una página y media incurre en dos errores de bulto: por un lado dice
que Carlos, uno de los personajes, estudió medicina, cuando era diplomático; y
por otro que Kuaima, otro de los protagonistas, hablaba español, cuando se dice
y se explica durante la primera mitad de la novela hasta la saciedad que hablaba
bantú (lengua del pueblo herero) e inglés. Esto por poner una simple muestra.

En un principio pensé en tirar la toalla, de mero hastío y
cansancio, y llamé a mi agente con esta intención; pero luego, digerido el
trago, me dispuse a escribir a dicho lector, por medio de mi agente, ya que desconozco cualquier dato sobre su persona, y criticar su crítica.

No os he traído la “crítica” y la “crítica a la crítica”
para no cansaros, son casi dos páginas la primera y otras siete la segunda. Pero
si alguno tiene interés, más que nada por conocer cómo funciona este mundillo
literario y lo que se cuece en la cocina, no tengo ningún problema en enviárselas. Ahora sí, os advierto, para
comprender, hay que leer con atención.

Hasta el domingo próximo, espero.

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