El buen escritor

4 CLAUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

4 CLÁUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

Aunque hace tiempo ya publiqué un artículo sobre los contratos editoriales, pienso que en estos momentos no está de más recordar a los futuros escritores la importancia de examinarlos y reflexionar con calma antes de firmar.

Además, pasados unos años estoy todavía más convencida de que firmar porque estar con este o aquel gran sello editorial es ya un aval puede ser un grave error en nuestra carrera literaria. El verdadero aval son los lectores, son los que deciden el camino que recorrerá nuestro libro, y para llegar a ellos necesitamos que nos abran puertas, no que nos las cierren, y estar dispuestos a trabajar con perseverancia, claro.

Se escapan a mi entendimiento la mayoría de las cláusulas de los contratos de las viejas editoriales. A poco que leamos con una mínima atención los contratos que ofrecen nos daremos cuenta de que están plagados de sinsentidos, al menos para el autor, entre ellos me gustaría reparar en cuatro muy esenciales:

 

4 Cláusulas de un contrato editorial obsoletas y extrañas

1. El tiempo de cesión de derechos de la obra

La mayoría de las editoriales exigen al autor que ceda todos los derechos de la obra contratada un mínimo de siete años. ¿Por qué? ¿Qué objeto tiene este empeño por la parte contratante?

si la obra va bien y es un éxito de ventas, lógicamente el escritor estará encantado de renovar el contrato las veces que sea necesario, y si es un fracaso y no deja beneficios para ninguna de las partes, ¿a qué ese empeño en seguir conservando año tras año unos derechos que no aportan nada más que pérdidas?

Por supuesto, para el autor esto es una esclavitud innecesaria e inexplicable, que además le impide rescatar su obra del ostracismo y luchar para encontrar otras oportunidades.

En definitiva, teniendo en cuenta que un libro tiene en las librerías una visibilidad física de dos o tres semanas y que es del todo imposible que aporte unos beneficios dignos en este tiempo, a no ser que el escritor sea una vieja gloria, ¿no os parece un verdadero enigma esta exigencia? ¿Será que la pasión por la literatura de estas macroempresas del papel es tal que no les importa almacenar palés y palés de libros como si tuvieran un peculiar síndrome de Diógenes literario?

2. Número de ejemplares para el lanzamiento

Vivimos en el siglo XXI, hoy día no es necesario imprimir 5.000 ejemplares en vez de 500 para abaratar el precio de la unidad.

Lanzar miles de libros que no tienen ninguna posibilidad de llegar a las librerías, o de estar en ellas el tiempo suficiente que necesita una masa crítica de consumidores para conocer el producto, es algo que también perjudica al autor.

Como es lógico, las devoluciones de gran parte de la tirada están garantizadas, con una consecuencia nefasta en los royalties del escritor que, aunque pudiera parecer que ha vendido un número determinado durante el primer año, suele encontrarse con que los años siguientes deberá restar de sus ganancias las devoluciones que hacen las librerías.

En definitiva, a las editoriales le saldrá a más bajo costo el ejemplar cuando la tirada es mayor, pero para el autor el coste es mucho más alto a la postre. Ellas rara vez pierden, os lo aseguro.

3. Cesión de la posibilidad de traducciones, películas o cualquier versión de la obra

Este punto es del todo descabellado. La mayoría de las editoriales exigen los derechos de cualquier versión de la obra, aunque solo tengan la intención de publicarla en papel y digital, y en muchos casos solo en digital. ¿Qué sentido tiene secuestrar cualquier otra salida de tu libro si solo quieren el digital, por ejemplo? ¿Qué pasa con esta cláusula?

Muy sencillo: que en el caso de que solo quieran el digital ―para ellos esta versión tiene coste prácticamente cero y todo ganancias―, el autor estará durante siete años imposibilitado para buscar otras vías para papel, audible o cualquier otra modalidad.

4. Pago de los royalties una vez al año y sin mostrar con claridad las cuentas

Puedo entender que sea necesario que las librerías pasen datos de ventas y devoluciones a las editoriales para que estas puedan comunicar al autor sus beneficios; pero, por ejemplo, ¿por qué un año? No lo entiendo, ¿no reciben los editores los números de las ventas en papel cada tres meses?

Por otro lado, esto tal vez se pueda justificar de algún modo para el libro en papel, que tampoco, pero ¿y el digital? ¿Por qué el autor no puede ver y cobrar los beneficios de las ventas mensualmente igual que las empresas editoras? ¿Qué problema habría a este respecto? Es completamente absurdo, de hecho, yo tengo dos de mis libros con Amazon Publishing ―no confundir con KDP de Amazon, que es autopublicación― y puedo saber a diario cuántos ejemplares se venden, en qué versión y en qué país. Y lo mejor, cobro cada mes, como todo hijo de vecino. O sea, pagar a tiempo y con total claridad no es un imposible. Qué extraño todo, ¿no os parece?

 

Hay más cláusulas obsoletas y extrañas en los contratos editoriales tradicionales, pero bajo mi punto de vista estos son los más importantes, por los que debemos pelear. No olvidemos nunca que los libros son nuestros, que somos nosotros los que proporcionamos la materia prima y que hoy día con las plataformas de autopublicación tenemos otras opciones. Las editoriales necesitan a los autores infinitamente más que los autores a las editoriales.

 

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)

El esperado y temido mes de marzo para el escritor

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¡Ohhh… marzo! Ese mes tan ansiado y temido por el escritor dependiente. Lleva todo un año esperando el momento, contando los días desde enero y preguntándose: ¿es en febrero, marzo o abril? «Es en marzo, incauto, en marzo», se dice cuando comprueba la fecha del año anterior. Tal vez en esta ocasión pueda demostrar a su esposa, marido, hijos, padre… que sí, que estar desde el amanecer al anochecer frente al ordenador es un trabajo duro por el que pagan; es incluso posible que se cumpla el sueño de poder por fin cambiar el viejo coche, o de llenar el frigorífico, aunque sea un par de meses. Lo de irse ese varano de vacaciones unos días sería genial. Día uno, nada; día dos, nada; día diez, nada… Día veintinueve, ¡ahí está! Lo anuncia tu bandeja de entrada, no se han olvidado de ti. El dedo índice te tiembla antes de pinchar en el asunto: «Liquidaciones 2015». En ese momento pasan por tu mente tantas cosas… las discusiones con tu pareja porque no puedes atenderla ni tampoco tienes un solo euro para llevarla al cine, la maldita hipoteca, la invitación que le debes a tu hermano para celebrar que al fin firmaste con una gran editorial… «Venga, tú puedes, dale». Y pulsas la tecla izquierda del ratón, ese fiel roedor, el único que en todos los años que llevas escribiendo sigue a tu lado.

Los números te marean, no sé cuántos del stock, otros tantos por las devoluciones, el tanto por ciento del IVA, este resultado es negativo, pero aquel es positivo; del título tal se han vendido equis y del otro… Bah, bah, bah… vamos a la última página, ahí está el resultado. Miras y remiras, sí, «Total propietario (¿propietario? Bueno, vale): XX-». ¿Solo eso? Esto tiene que estar mal. ¡Juas! No, no está mal, tú estás mal, te has olvidado de que detrás del número hay un signo menos. O sea, después de haber saldado religiosamente el dichoso adelanto ya hace tiempo, de haber vendido cientos de e-books y de ahogarte en cuatro páginas de números indescifrables, tú, el propietario, debes esa cifra, porque resulta que han devuelto no sé cuántos del título tal en papel. Vamos, que ni vacaciones, ni cine, ni hipoteca, ni llenar la nevera, ni justificar lo más mínimo ante los tuyos que tienes el culo pelao de escribir y promocionar.

Esto tiene que ser un error, pero si yo autopublicando solo un libro he sobrevivido este año. ¡Nooo…!, no es un error, los números están bien, todo cuadra. Eres escritor, ¡que no te enteras! Tú trabajas y ellos cobran. Ay, cuántas veces habrá que explicártelo.

«Bueno, todavía me quedan las liquidaciones de dos editoriales más». De verdad que no eres más iluso porque te falta tiempo para ensayar. Más de lo mismo. Venga, escríbeles que seguro que esta vez hay un error. Respuesta:

Buenos días,

El e-book está sujeto al 21% de IVA. Se le liquida el ingreso neto que son las cantidades que recibe el EDITOR de sus clientes según las facturas emitidas por las ventas reales, menos IVA y menos descuentos y otras asignaciones pagados a los socios en la distribución, no pudiendo tales descuentos o asignaciones exceder el 50% del precio de venta al público recomendado en el canal digital, menos IVA).

Saludos

Ahhh… Pues sí, ahora lo entiendes todo. ¡Pero cómo puñetas quieres ganarte la vida escribiendo si eres incapaz de entender cuatro líneas, cazurro! Aprende comprensión lectora y ya después si eso te echas unas letras.

Has estado una semana escribiendo a los editores y contables, discutiendo con tu familia, además de consultar con otros compañeros, que es lo único que al final te consuela, por aquello de mal de muchos… Ea, que esto es lo que hay. Céntrate en lo tuyo, escribe y promociona, que marzo de 2017 está a la vuelta de la esquina. De todas formas, ¿adónde puñetas vas a ir si no tienes un céntimo?

¿QUÉ ES UNA BUENA NOVELA?

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Soy una consumidora de ocio. Por mi educación y vivencias leer novelas forma parte del poco esparcimiento que me deja el día a día. No las he contado, pero he leído miles, y no pocas he abandonado sin terminar. No soy de esos lectores que se flagelan en sus ratos de evasión, ya se encarga la vida de este menester. Creo que estoy preparada para distinguir entre una novela buena o mala, siempre teniendo en cuenta el grado de subjetividad que implica el análisis de una obra de arte y de que hay toda una gama intermedia entre la mejor y la peor y un rosario interminable de matices que requerirían un largo y complejo estudio no apropiado para un post.

Primero quiero dejar claro que hablamos de la novela, “libro” es una palabra más genérica que engloba muchas disciplinas, no necesariamente encaminadas a disfrutar en nuestros recreos. Antes de comenzar a leer una historia novelada tengo la misma sensación que cuando compro una entrada para el cine: estoy llena de expectativas, espero ser sorprendida, que el autor consiga arrancarme de mi realidad, no importa cómo, y me traslade a otra paralela. He de creérmela, vivirla, implicarme en la trama; debo sentir la necesidad imperiosa de salvar al protagonista, empatizar con sus miedos y alegrías; los personajes han de plantarse ante mí como personas, con una existencia real. No quiero que el autor me hable de la guerra, quiero estar en medio de un bombardeo; no quiero que el autor me hable del amor, quiero enamorarme; no quiero que el autor me hable de un día soleado, quiero que en mi habitación cerrada, ya en la cama bajo mi tulipa, se haga un amanecer espléndido y que la luz del sol me ciegue y su calor me reconforte. Pero además, quiero que todo esto ocurra sin esfuerzo alguno por mi parte, es mi hora de disfrutar, no de trabajar, y si he de esforzarme será por la curiosidad que me suscita y de una forma voluntaria, hasta tal punto la obra debe suscitar mi interés. El lector es como un niño ante una sensación tan nueva como vibrante. El buen novelista te hace soñar despierto.

Este ejercicio de hacer fácil lo imposible es el resultado de un trabajo muy complejo y de una intuición muy fina, casi innata en el cuentista, que no debe olvidar que no escribe para su propio regocijo. A menudo me he encontrado “novelas” que no son más que la mera manifestación pública de cuánto sabe su autor de este o aquel tema; para esto ya están los libros de texto. Los hay peores, que juntan un montón de ideas simplonas y les ponen una preciosa portada convencidos de que impresionarán al mundo. El verdadero novelista respeta al lector en lo más profundo, porque ha estado en el otro lado durante años, y sigue en él, solo que ahora lee con ojos de escritor.

Cada autor conseguirá o no atrapar al lector entre sus páginas dando lo mejor de sí mismo:

*Se preocupará de conocer la lengua en la que escribe día tras día, siempre tendrá la sensación de no saber lo bastante.

*Antes de escribir, conocerá a sus personajes principales: su currículum, cómo caminan, cómo hablan, cómo huelen… sabrá de sus pasados, de sus miedos y anhelos. Esto hará que se manifiesten con naturalidad escena tras escena y que se den a conocer sin esas pesadas descripciones que tanto aborrece el lector.

*Se hará al menos un ligero boceto de la incipiente obra que bulle en su mente, un esquema inicial orientativo; ya se encargarán esos personajes tan auténticos de desmontar y montar a su antojo; son los puñeteros amos.

*No se pondrá a la tarea hasta estar seguro de que su historia es única y conmovedora, tanto que él mismo se desgarra al pensarla.

*Escribirá, tachará, escribirá… hasta estar convencido de que no hay una forma más sencilla de contarla; los textos complejos son como los tropezones en la bechamel. En literatura, como en casi todo en la vida, más es menos.

*Deberá saber discernir lo auténtico de lo falso de sus palabras. El lector reconoce enseguida dónde hay un escritor o un “juntaletras” o “rellenapáginas”.

*Cuando ponga el punto y final comenzará el verdadero trabajo, porque es tan honesto que sabe cuántos textos hay entre las páginas que se pueden escribir mejor, o que sobran, o que faltan. Corregirá hasta el cansancio, con la única intención de que ese consumidor de novelas disfrute con el mínimo esfuerzo.

Ahora sí, deberíamos tener ante nosotros una BUENA NOVELA con:

*Una historia única y conmovedora.

*Unos personajes reales, con un carácter perfilado, bien diferenciados entre sí.

*Una estructura coherente, bien planteada. En un lugar real o imaginario que no entrañe secretos para nosotros que luego hagan perderse al lector. Mucha atención al desarrollo cronológico, no resulte una hija mayor que su madre, o un personaje que había muerto en la página cuarenta resucitado en la doscientos.

*Bien escrita: sin erratas, ni errores de sintaxis, ni faltas de ortografía, ni reiteraciones, ni textos farragosos o innecesarios, ni descripciones cansinas, ni personajes de relleno que queden olvidados absurdamente. Cuidado con los diálogos prescindibles que no llevan a ningún sitio, como: «Hola, qué tal has dormido» «Bien, ¿y tú?» «Estupendamente. ¿Has visto las llaves del coche» «Creo que están en el aparador» «Muchas gracias. Me voy, llego tarde». Después él marido cierra la puerta y pasamos a otra escena. Pregunto, ¿para qué? O con las escenas sin sentido. ¿Qué le aporta al lector aquello de “Se levantó, se estiró, bostezó, se puso el batín, dio diez pasos hasta el baño y se lavó la cara. Después dejó la toalla distraídamente sobre el lavabo, miró hacia la ventaba que estaba a su derecha y comprobó que hacía un día espléndido”? ¿No es más fácil para todos “Se despertó y, después de refrescarse la cara, más despejado, comprobó que hacía una mañana espléndida”?

*Un desenlace coherente que lleve al final adecuado, mejor si es sorprendente, aunque no es necesario y no todas las novelas lo requieren. Lo que sí es imprescindible es que el lector cuando llegue a la última página suspire y piense: «Es un buen final para una buena historia».

Que qué es una buena novela, pues ya lo han dicho muchos grandes: una buena historia bien contada. Que cómo se consigue escribirla: con don, dedicación y vocación.

AMBICIONES Y REFLEXIONES de ¿una escritora?

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Cuando se publica uno de esos «libros» sobre la «interesantísima» vida de algún friqui de la pequeña pantalla, escrito por uno de esos «autores», siempre se genera un gran revuelo en el mundo literario. Lectores, autores y editores (estos últimos encolerizan solo si son de la competencia) se indignan ante la gran publicidad que se monta alrededor de tamaño acontecimiento. Por supuesto, no pasan horas cuando ya encabezan las listas de lo más vendidos en todas las librerías y plataformas. No voy a negar que un poco se me revuelve el estómago, pero un poco; porque enseguida reflexiono (pero reflexiono de verdad, como lo haces tú, y no como la «autora» del último acontecimiento literario), y me doy cuenta de que en absoluto estos “no escritores” son competencia para los autores de vocación. Tanto es así que pondría la cabeza a que ninguno de mis lectores se dejarían seducir por estos títulos, que no son más que papel cuché barato sin fotografías, vidas vendidas, revendidas y manidas por los protagonistas. Sus páginas huelen a fritanga; no pueden ser más que un refrito televisivo, encuadernado y adornado con una portada tan falsa como su contenido.

Por otro lado, me pregunto si alguien puede creerse que la “autora” de la “obra” que nos ocupa tenga el vocabulario imprescindible para hacer una redacción de primaria. Naturalmente que no se puede escribir un libro con “por mi hija ma-to”, “o sea”, “venga ya”… Es más, debe ser muy complicado hacer narración poética de los rústicos gestos de esta señora. Según he leído en Amazon, ella es la autora y el prólogo es de un ilustre finalista del Premio Planeta, un tal Boris. Pues no, ni el prólogo ni na’ de na’. Y aquí está verdadero engaño; esto es lo que me indigna, ni son escritores ni quieren serlo, su único interés es sacar hasta el último euro de sus miserias. Ellos tienen su telebasura, salen cada día en “Enmiérdame Diario” y cada viernes en “Enmiérdame de Luxe”. Nosotros, los escritores de verdad, los que nos tragamos nuestras miserias para contar sueños, y no al revés, no nos metemos en sus exitosos quehaceres. ¿Por qué tenemos que aguantar que estos… qué sé yo cómo llamarlos, ocupen las mejores casetas de la Feria del Libro de Madrid, en los mejores días y en los mejores horarios, y que sus fans abarroten los paseos mientras nosotros mendigamos que nos dejen enseñar nuestros libros solo un par de horitas en alguna feria rural? Respeto a los consumidores de vidas ajenas el que se identifiquen con ellos, incluso que le satisfaga verlos para decirse a sí mismos: “mi vida es una cloaca, pero la de esos es peor”, siempre es un consuelo saber que otros sufren más. Y los respeto porque sé que entre ellos, como en mí, existe tanto el bien como el mal, no somos tan diferentes. Pero estos supuesto autores ¡no son escritores! Y luego dicen que las editoriales no están corrompidas. ¿Cómo puedo creer en los que tienen en sus manos el presupuesto de la cultura si meten a unos y a otros en el mismo saco? Qué digo en el mismo saco, no, no, a los escritores en el saco de la basura y a la basura en el saco de la cultura. Pues eso, que así nos va.

No quiero llevar a malentendidos, repito, no, no me molesta que se publiquen estos libros, los que los consumen son los mismos que nunca me leerían, no encuentro la competencia, el Diccionario de la Real Academia dice:

Escritor, ra.

(Del lat. scriptor, -ōris).

1. m. y f. Persona que escribe.

2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas.

3. m. y f. Persona que escribe al dictado.

4. m. y f. ant. Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

Yo sí tengo una ambición como escribidora que aspira al título de escritora, solo una: inventar cuentos que conmuevan a los lectores. Y una reflexión: ¿cómo es posible que la gente compre como poseída un libro sobre la vida de alguien, que ya no tiene vida propia, que nunca leerán, entre otras cosas porque ya saben hasta la fecha de su próxima cita con el dentista, y en cambio no se plantee siquiera leer una historia que de verdad le ayude a evadirse de su pobre vida?

Prometo seguir intentando haceros soñar. Aunque tengáis que rebuscar en la basura para encontrar los sueños, allí estarán los míos.

Antes de cerrar este post quiero apuntar dos cosas: primero pedir perdón por las palabras soeces que he utilizado en esta ocasión, no encontraba una manera más descriptiva para expresarme. Y segundo avisaros de que he deshabilitado los comentarios en mis publicaciones por una cuestión de pudor, no tengo tiempo para contestaros como debiera ni visitar vuestros blogs y me sentía mal, me parece más justo así. Pero podéis contactar conmigo cuando queráis por correo.

NO HAY ATAJOS PARA LLEGAR A LOS LECTORES

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Hace más de diez años que me decidí a editar mis obras y puedo decir que tengo alguna experiencia. El tiempo me ha enseñado que no hay atajos, que la única forma de tener quien escuche tus historias es contándolas bien y, muy importante, a tu manera. El lector rechaza las malas imitaciones, incluso las buenas, quiere saborear la historia a golpes de emociones y descubrir secretos y sentimientos nuevos de sí mismo y del mundo, que no estén en ningún otro libro. Quiere ser sorprendido mientras se evade y descubrir el universo sin esfuerzo, como los niños.

Esta mágica pericia no se consigue con atajos, sino con perseverancia, esfuerzo y vocación. Compruebo día a día cómo los nuevos escritores, llevados por la ilusión de encontrar oídos atentos para sus cuentos, se precipitan y publican obras menores, por decirlo de algún modo, que no están pulidas o que no las ha madurado la experiencia (también yo presté atención a estos cantos de sirenas). Es cierto que hoy proliferan los escritores “juanpalomo” (también yo lo fui, y no descarto volver a serlo), incluso muchos de ellos llegan a posicionarse en las listas y vender un buen número de ejemplares, no sin un esfuerzo ciclópeo de promoción. Como también es cierto que otros muchos son tocados por la suerte y se abren un amplio horizonte con una sola obra; luego habrán de llegar otras que justifiquen su éxito.

Se puede llegar a una masa crítica de lectores con una obra mediocre y mal acabada, bien lo sé. Vivimos una época en la que todo aquel que quiera “vender” algo puede utilizar el increíble escaparate que la red ha puesto a nuestro servicio: “el mundo”. Los blogs, Facebook, Twitter… bien utilizados son herramientas increíbles. Pero esto es un arma de doble filo que se puede volver contra nosotros. Si lo que ofreces es bueno, poco a poco las posibilidades se irán multiplicando, pero si no… Entonces verás que de repente comienzan a cerrarse puertas.

Al final lo único que ha cambiado son los instrumentos, cada vez más sofisticados y rentables. Pero no nos engañemos, no hay atajos. Las grandes obras son siempre fruto del silencio y de la obsesión de un hombre o una mujer, que encerrados en sí mismos olvidaron cómo pasa el tiempo.