Dolor

Los hijos

Irrumpen en tu vida cuando apenas has abandonado tu niñez, te obligan a ser adulto, sin piedad; a olvidarte de ti. Ya no existes. Y tú, no sabes cómo ni por qué, por primera vez, obedeces sin rechistar: “Está bien, vosotros primero, siempre primero”, les dices, caaaaada hora del día y de la noche. Madrugas sin despertador, a pesar de las no sé cuántas noches de guardia acumuladas. Dejas de mirar el escaparate donde luce ese vaquero que tanto te gusta para fíjarte en aquellos que encierran la ropita que tanta falta le hace a tus niños. Abandonas tus amigos, tus libros, tus programas favoritos, tus… muñecas. Aprendes a hacer lentejas, que tienen mucho hierro; a hablar bajito, no se vayan a despertar; a comer pan con sopas, hay que guardar el dinero para comprarles leche; a vivir sin caricias, para dárselas todas a ellos; a cambiar pañales, a poner termómetros, a sacar cita para el médico… ¡Dios Santo!, si hasta hace dos días tu madre te llevaba al doctor cogida de la mano.

Luego los llevas al colegio, y te dejas medio corazón en el aula de preescolar, llorando sin consuelo, mientras el otro medio echa de menos a su mitad. Duele, ¡cómo duele! Pero tú eres fuerte  y resistes, porque los quieres tanto, tanto, tanto, que ahogas tu dolor para hacer de ellos personas de provecho, capaces de afrontar cualquier adversidad. Se harán adultos y, tarde o temprano, estarán solos. “Lo que haga falta para que sobrevivan”, te dices. Después van a primero, a segundo, a tercero… Tú, naturalmente, repites curso tantas veces como hijos tengas, como mínimo. ¡Con cuánta paciencia les enseñas que el rabito de la ele se hace hacia arriba! “Lo que haga falta, faltaría más. Mientras te queden fuerzas…”

Cuando llega su primera feria sin papá y mamá te pasas siete noches en el balcón, con los ojos puestos en la penumbra del camino y los oídos torturados por la música de la maldita caseta de la juventud. Les dijiste a las dos en punto, ¡y no se hable más!; pero al verlos por fin aparecer con el alba, estás tan contenta de que estén sanos y salvos que enseguida pones la lavadora con sus trajes de fiesta y luego te metes en la cocina para prepararles la comida, esa que tanto les gusta. Ssss… sin hacer ruido, que están los niños durmiendo.

Ya están en la universidad, ¡ale!, lo peor ya ha pasado. Pues no, resulta que se enamoran; que mientras que tú buscas la manera de que cuadren las cuentas —en silencio, siempre en silencio, para que no sufran y se concentren en sus estudios—, ellos se debaten entre el amor y los exámenes; los niños han salido tan, tan maduros, que a los dieciocho años ya han decidido qué profesión tendrán en la vida y con quién la compartirán. Luego se verá, pero lo importante es que ellos están convencidos. ¿No es para reventar de orgullo? Son tan adelantados para todo que antes incluso de terminar sus carreras ya están viviendo con sus parejas. “¡Bien! —te dices—. Son fuertes, maduros, independientes, toman sus propias decisiones. Ése era el objetivo, ¿no?, ¡pues ya está, mujer! Lo que haga falta para que sobrevivan”.

Entonces, por qué te duele tanto que les haya costado tan poco arrancarte de sus corazones; que no hayan sido capaces de dejar ni un huequecito para ti. Querías enseñarles a amar con desapego, no el olvido. Claro, ahora ellos tienen su propia familia. “Lo que haga falta para que sobrevivan los hijos de tus hijos”. Y tú, sss…, calladita, que no sufran porque tu sufres.

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Las emociones

La primera vez que tuve conciencia de que mi cuerpo no era solo carne (que bien cortada podría ser igual a los filetes de mis almuerzos), no debía tener más de tres años. Estaba asomada al balcón esperando a mi abuelo y, cuando lo vi aparecer por la bocacalle, mi corazón dio un vuelco. Unos duendecillos comenzaron a agitarse en mi interior, produciéndome el cosquilleo propio de la ilusión. Hubo de ocurrir cuando tuve la suficiente madurez como para tener una leve noción del paso del tiempo; de que ninguna situación se parece a la pasada o a la siguiente; de que el presente puede ser una fase de transición y, si tienes esperanza, ocurrirá algo mágico. Aprendí que la cotidianidad lo es porque en cualquier momento puede asaltarnos la emoción. Como el blanco debe al negro su existencia.

Después llegó aquel seis de enero… Mi corazón se desbordó ese amanecer, cuando encontré el muñeco, que tantas veces había visto en los anuncios, mirándome desde el sillón del comedor. “¡Papá, mamá, me lo han traído, los hombres de las capas han estado aquí y me lo han traído!”, gritaba emocionada a los pies de la cama de mis padres.

Con quince años, escuchando “C’est la vie”, de Emerson, Lake & Palmer, creí morir de gozo.  Y qué decir de aquella vez que un muchacho, mi muchacho, me dio la mano bajando por el Paseo de los Tristes. ¡Jesús!, me temblaban hasta las muelas del juicio. Ese paseo, para mí, es todo menos triste. Luego vinieron los hijos y empezaron a turbarme las emociones de los otros como si fueran mías.

Más tarde descubrí que no solo te conmueven los momentos felices, y sentí como se agitaban mis duendecillos por un desprecio, una desilusión o una pérdida. Que las lágrimas pueden ser ácidas, amargas o frías y punzantes como carámbanos. Y que es más fácil llorar de dolor que de alegría.

Hoy sé que todo eso es amor, y me alegro de ser algo más que una pieza de carne de la que saldrían un buen puñado de filetes.