Anacoluto

Normas básicas del novelista. 4ª El anacoluto

Cuando entregados e ilusionados nos disponemos a leer un texto, lo primero que deseamos fervientemente es enterarnos del contenido sin tener que apartar los tropezones; luego ya veremos qué más nos encontramos. Y cuando se trata de una novela (en la cual desde la primera página a la última hay un largo trecho por recorrer y entraña un argumento hilvanado con subtramas), poder comprender, sin la necesidad de poseer una inteligencia brillante o terminar con el intelecto seriamente perjudicado por el esfuerzo, es básico para que aquello que abordamos con entusiasmo no se convierta en una tortura. Cualquier buen cuentista ha de cumplir dos premisas fundamentales: tener algo que contar y contarlo bien, con su propio estilo, pero bien. De ahí que considere el anacoluto uno los mayores enemigos de la novela. Aunque en contadas ocasiones contribuya a dar énfasis o belleza a una oración, y escrito con toda la intención pueda tener el efecto de un tropo muy oportuno, pienso que este tipo de recursos debe ser utilizado con economía y talento; porque no podemos olvidar que entre un texto y el lector debe haber una comunicación fluida, que, repito, no por ello carente de belleza o estilo.
Dice el diccionario:
R.A.E: Anacoluto. Inconsecuente. Inconsistencia en la construcción del discurso.
elmundo.es: Anacoluto. m. GRAM. Construcción que rompe el orden lógico y gramatical de un mensaje por la falta de coherencia sintáctica entre los elementos de la oración: el anacoluto es una incorrección gramatical que debe evitarse.
O sea, el anacoluto es el resultado de una idea expresada por un incapaz para tal menester, hasta el punto de correr el riesgo de terminar diciendo lo contrario a lo desado.
Hay un célebre escritor, archibestsellerado, hiperrecononcido y megapremiado, cuyos libros son un enchorizamiento de anacolutos dignos de estudio. Podría poneros cientos de ejemplos, pero creo que para muestra un botón (si alguien está interesado puedo pasarle alguna de las muchas páginas de internet donde podrá encontrarlos).
En una de sus obras, vendida y traducida hasta la saciedad, el laureado autor dice:
“Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana, los nombres no cambian y se quedan fijos en la memoria cuando se quedan, sin que nada ni nadie pueda arrancarlos”.
Os agradecería enormemente que reflexionarais largo y tendido sobre esta frase y me sacarais de esta duda, causa del suicidio en masa de mis neuronas. ¡¿Qué puñetas quiere decirnos el escritor?! ¿Acaso que “siente saber su nombre porque sabe que mañana la perderá”? ¡Narices!, pues que lo diga. ¿O quería decir…? A saber… Nunca podremos estar seguros, porque ha sido incapaz de expresarlo. Ni esto ni tantas cosas…
Insisto encarecidamente, este es solo un ejemplo de los cientos anacolutos que plagan las obras del aludido escribidor.
Podría jurar que si en una de mis redacciones de E.G.B se me hubiese ocurrido introducir una frase remotamente parecida a la anterior, hoy no tendría el Graduado Escolar sin haberla rectificado.
Ya sé, alguno está pensando que es su manera de contar, que le gustan sus historias, que ha disfrutado leyéndolo, incluso que es un magnífico escritor. Vale, toda opinión es respetable, nada que objetar; pero, por favor, pensad en cuánto hay en todo ello de propaganda y cuánto de libre opinión.
Al igual que muchos de los que me estáis leyendo, suelo terminar el día con un buen número de textos en mi haber, vuestros, de otros blogs, de prensa, o de la última novela que me traigo entre manos. Puedo aseguraros que muchos de vosotros escribís con más claridad y sensibilidad que tantos consagrados. Cada vez estoy más convencida de que si quieres disfrutar leyendo basta con darse un garbeo por la red; las mesas de novedades de las librerías encierran desagradables y enrevesadas sorpresas.
Hasta dentro de diez días, con la sexta y última entrada para el concurso de María Jesús Paradela , espero.

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