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RAZONES PARA PUBLICAR EN AMAZON Y NO AVERGONZARTE COMO ESCRITOR

RAZONES PARA PUBLICAR EN AMAZON Y NO AVERGONZARTE COMO ESCRITOR

¿Existen razones para publicar en Amazon y no sentirte avergonzado como escritor?

Que un autor pase años y años detrás de las editoriales para que finalmente le den un «sí, ya lo leeremos y le avisaremos»; que tenga la santa paciencia de esperar otro año más para leer en su correo «aceptamos su obra»; que después de otro año la vea publicada y le paguen, también otro año después, menos que a cualquiera de los que se lucran con ella, si es que las ventas han dejado algo para el último eslabón de la cadena (el que produce la materia prima), teniendo en cuenta que el producto es mostrado un par de semanas y retirado, con lo cual puede suceder que, si hay adelanto, el escritor no llegue a saldar jamás cuentas con la empresa, además de estar impedido para luchar por su libro porque ni siquiera le pertenecen los derechos; como decía, que un autor padezca este despótico proceso como si fuera un mindundi que no mereciera ni las sobras, solo es culpa suya. Aceptar esta tiranía es del todo descabellado y más en nuestros días.

Antes de seguir, quiero dejar claro que hay honrosas excepciones, de manera que no se sienta aludido todo el mundo y empiecen a lanzar cuchillos los no llamados a esta guerra. Me consta que a veces los tratos son justos, pocos y cada vez menos, la verdad.

Como sabéis los que me conocéis, he padecido en carne propia los ninguneos editoriales y reflexionado mucho sobre este tema desde hace años, y solo se me ocurre que en el fondo aceptar estas totalitarias condiciones de trabajo, más propias del medievo que del siglo XXI, solo puede responder a que hay autores que padecen dos síndromes: el de El primo de zumosol y el de la Pijotería (con perdón por la palabreja). Entono el mea culpa, quede claro que yo padecí el síndrome de El primo de zumosol durante mis primeros años.

El síndrome de El primo de zumosol lo padecen aquellos que sufren falta de confianza, que se sienten incapaces, frágiles ante cualquier adversidad, como esos pequeños que por ser más débiles que sus compañeros tienen que buscar a otros más fuertes para defenderse en el recreo de los mayores que los acosan. Claro, pasa que al primo de zumosol hay que pagarle por protegerte, normalmente con el bocadillo diario, con lo cual el pequeño estará cada vez más delgado y el de zumosol cada vez más fuerte. Esto nos condena a ser los débiles eternamente, o a terminar con la opresión plantándole cara al acosador de una vez por todas.

El síndrome de la Pijoretía es bajo mi punto de vista menos noble que el anterior, me parece más zafio, grotesco y banal, y lo padecen, como su propio nombre indica, los pijos o aspirantes a pijos, especialmente los aspirantes. Me explico, este autor siente la misma sensación de cuando le falta el cocodrilo de Lacoste en sus camisas, se avergüenza como si fuera desnudo por la Gran Vía a las doce del día, pues eso, que si una gran editorial no estampa su sello en sus libros, no son escritores ni son nada, ¡Un libro sin la marca de la editorial! ¡Oh, no, qué bochorno!, qué van a pensar de mí mis coleguis de la pandi. Vamos, que da igual que una camisa sea de más calidad, se arrugue menos, caiga mejor y haya costado diez veces menos, sin cocodrilo es una mierda, bueno, el pijo diría «caquita».

No me cansaré de repetir una y otra vez, si crees que vales para contar historias, si te apasiona la escritura, si quieres vivir de tu trabajo (porque esto es un trabajo tan duro como maravilloso), no escuches cantos de sirenas y no esperes que nadie te dé el pistoletazo de salida cuando quizá ya estés muerto de inanición, lucha y confía, el sello de tus libros eres tú.

Web Mercedes Pinto Maldonado

(Si quieres saber más sobre mis obras y sobre mí te invito a pasarte por mi web oficial picando en la imagen. ¡Gracias!)

4 CLAUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

4 CLÁUSULAS DE UN CONTRATO EDITORIAL OBSOLETAS Y EXTRAÑAS

Aunque hace tiempo ya publiqué un artículo sobre los contratos editoriales, pienso que en estos momentos no está de más recordar a los futuros escritores la importancia de examinarlos y reflexionar con calma antes de firmar.

Además, pasados unos años estoy todavía más convencida de que firmar porque estar con este o aquel gran sello editorial es ya un aval puede ser un grave error en nuestra carrera literaria. El verdadero aval son los lectores, son los que deciden el camino que recorrerá nuestro libro, y para llegar a ellos necesitamos que nos abran puertas, no que nos las cierren, y estar dispuestos a trabajar con perseverancia, claro.

Se escapan a mi entendimiento la mayoría de las cláusulas de los contratos de las viejas editoriales. A poco que leamos con una mínima atención los contratos que ofrecen nos daremos cuenta de que están plagados de sinsentidos, al menos para el autor, entre ellos me gustaría reparar en cuatro muy esenciales:

 

4 Cláusulas de un contrato editorial obsoletas y extrañas

1. El tiempo de cesión de derechos de la obra

La mayoría de las editoriales exigen al autor que ceda todos los derechos de la obra contratada un mínimo de siete años. ¿Por qué? ¿Qué objeto tiene este empeño por la parte contratante?

si la obra va bien y es un éxito de ventas, lógicamente el escritor estará encantado de renovar el contrato las veces que sea necesario, y si es un fracaso y no deja beneficios para ninguna de las partes, ¿a qué ese empeño en seguir conservando año tras año unos derechos que no aportan nada más que pérdidas?

Por supuesto, para el autor esto es una esclavitud innecesaria e inexplicable, que además le impide rescatar su obra del ostracismo y luchar para encontrar otras oportunidades.

En definitiva, teniendo en cuenta que un libro tiene en las librerías una visibilidad física de dos o tres semanas y que es del todo imposible que aporte unos beneficios dignos en este tiempo, a no ser que el escritor sea una vieja gloria, ¿no os parece un verdadero enigma esta exigencia? ¿Será que la pasión por la literatura de estas macroempresas del papel es tal que no les importa almacenar palés y palés de libros como si tuvieran un peculiar síndrome de Diógenes literario?

2. Número de ejemplares para el lanzamiento

Vivimos en el siglo XXI, hoy día no es necesario imprimir 5.000 ejemplares en vez de 500 para abaratar el precio de la unidad.

Lanzar miles de libros que no tienen ninguna posibilidad de llegar a las librerías, o de estar en ellas el tiempo suficiente que necesita una masa crítica de consumidores para conocer el producto, es algo que también perjudica al autor.

Como es lógico, las devoluciones de gran parte de la tirada están garantizadas, con una consecuencia nefasta en los royalties del escritor que, aunque pudiera parecer que ha vendido un número determinado durante el primer año, suele encontrarse con que los años siguientes deberá restar de sus ganancias las devoluciones que hacen las librerías.

En definitiva, a las editoriales le saldrá a más bajo costo el ejemplar cuando la tirada es mayor, pero para el autor el coste es mucho más alto a la postre. Ellas rara vez pierden, os lo aseguro.

3. Cesión de la posibilidad de traducciones, películas o cualquier versión de la obra

Este punto es del todo descabellado. La mayoría de las editoriales exigen los derechos de cualquier versión de la obra, aunque solo tengan la intención de publicarla en papel y digital, y en muchos casos solo en digital. ¿Qué sentido tiene secuestrar cualquier otra salida de tu libro si solo quieren el digital, por ejemplo? ¿Qué pasa con esta cláusula?

Muy sencillo: que en el caso de que solo quieran el digital ―para ellos esta versión tiene coste prácticamente cero y todo ganancias―, el autor estará durante siete años imposibilitado para buscar otras vías para papel, audible o cualquier otra modalidad.

4. Pago de los royalties una vez al año y sin mostrar con claridad las cuentas

Puedo entender que sea necesario que las librerías pasen datos de ventas y devoluciones a las editoriales para que estas puedan comunicar al autor sus beneficios; pero, por ejemplo, ¿por qué un año? No lo entiendo, ¿no reciben los editores los números de las ventas en papel cada tres meses?

Por otro lado, esto tal vez se pueda justificar de algún modo para el libro en papel, que tampoco, pero ¿y el digital? ¿Por qué el autor no puede ver y cobrar los beneficios de las ventas mensualmente igual que las empresas editoras? ¿Qué problema habría a este respecto? Es completamente absurdo, de hecho, yo tengo dos de mis libros con Amazon Publishing ―no confundir con KDP de Amazon, que es autopublicación― y puedo saber a diario cuántos ejemplares se venden, en qué versión y en qué país. Y lo mejor, cobro cada mes, como todo hijo de vecino. O sea, pagar a tiempo y con total claridad no es un imposible. Qué extraño todo, ¿no os parece?

 

Hay más cláusulas obsoletas y extrañas en los contratos editoriales tradicionales, pero bajo mi punto de vista estos son los más importantes, por los que debemos pelear. No olvidemos nunca que los libros son nuestros, que somos nosotros los que proporcionamos la materia prima y que hoy día con las plataformas de autopublicación tenemos otras opciones. Las editoriales necesitan a los autores infinitamente más que los autores a las editoriales.

 

Web Mercedes Pinto Maldonado

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los libros que cambiaron mi vida

LOS LIBROS QUE CAMBIARON MI VIDA

Por supuesto hay muchos libros que cambiaron mi vida y que se quedaron para compartir conmigo mi existencia. Recuerdo que cuando era pequeña mi abuelo, que era un lector empedernido de novelas del oeste, me mandaba casi a diario a un quiosco del barrio para cambiar sus novelas, leía tanto que no podía permitirse comprar todas las que demandaba su ansia lectora. Fue entonces cuando comencé a aficionarme a la lectura y a cambiar también yo mis cuentos en el quiosco de la Marga.

Claro, eran historias sencillas, cortas, como las versiones breves de los cuentos de Hans Christian Andersen. Yo tendría seis o siete años, y creo que ahí comenzó mi pasión por la lectura. Mi abuelo leía sus novelas del viejo Oeste y yo mis cuentos, y así pasábamos las tardes de invierno después de hacer los deberes. Lástima que no conserve una instantánea de esos momentos.

 

Libros que cambiaron mi vida en la infancia

De manera que fueron La princesa del guisante, La sirenita o El patito feo los primeros libros que me cambiaron la vida, entre otros muchos cuentos con grandes dibujos y poco texto.

Después me aficioné a los libros de Los cinco, de Enid Blyton, es posible que me los leyera todos, aunque creo que sus protagonistas no consiguieron contagiarme su espíritu aventurero, o sí, según se mire, porque lo cierto es que ahora vivo de aventura en aventura, sobre el papel he sido princesa, guerrera, viajera, jefe de tribus africanas, judío errante…

Recuerdo con especial nostalgia un libro de Mary Poppins, de Pamela Lyndon, que me regaló mi padre a los nueve años para consolarme porque tendría que pasar unos días en cama. No sé cuántas veces lo saboreé, me pareció la historia más mágica que había leído hasta el momento y tuve la seguridad de que quería dedicar mi vida a escribir novelas así.

Más tarde me aficioné a la poesía de Bécquer y a sus leyendas, gané todas sus obras en un concurso literario a los 11 años. Luego llegaron muchos más, pero creo que de todos los libros que he leído podría destacar:

 

Libros que cambiaron mi vida

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

Yo diría que este libro fue con el primero que tomé conciencia de que además de contar una buena historia para invitar a disfrutar, se podía hacer reflexionar en profundidad a los lectores, ese debate implícito que encierra sobre la belleza y la ética me parece llevado con mucha maestría. Y también aprendí con él la importancia del estilo y la personalidad del autor.

Las ratas y El camino de Miguel Delibes

Me enseñaron hasta qué punto los personajes pueden plantarse en carne y hueso ante el lector, pienso que el Nini es uno de los mejores protagonistas de novelas creados por un escritor, por destacar alguno de este gran autor. Y también comprendí hasta qué punto la ambientación llega a levantarse sobre el papel y hacer que la historia se convierta en una realidad paralela.

Orgullo y prejuicio de Janes Austen

Destaca entre mis preferidos también por esa manera tan sutil, exacta y viva de crear la ambientación y los escenarios de una historia y la capacidad de Austen de reflejar con palabras cómo era la sociedad inglesa del siglo XVIII.

Siddhartha de Hermann Hesse

Un libro lleno de diálogos maravillosos entre el protagonista con Govinda y Vasudeva, cargados de sabiduría y valores que nos recuerdan las sencillez de la vida. De alto nivel espiritual, que invita a la meditación sobre el sentido de nuestra existencia.

Y La montaña mágica de Thomas Mann

El que yo llamo mi libro de cabecera, porque encuentro en él todo lo que debe tener una novela: elegancia, maestría, buen argumento, cargada de filosofía y mensajes, magníficos personajes, genial estilo… Los diálogos que sus protagonistas mantienen mientras residen en el Sanatorio de Davos sobre la enfermedad, la muerte y especialmente el paso del tiempo son una maravilla, no sé cuántas veces he abierto este libro para leer algunas de las charlas que mantenían Castorp, Settembrini o Naphta, a veces como mero estudio para abordar las de mis propias novelas. Es una novela excelente, considerada filosófica, pero yo diría que además encierra toda una lección de literatura. Bajo mi punto de vista debería leerla todo aspirante a escritor.

 

Ahora estoy en un momento en el que solo busco disfrutar cuando leo, que la historia y los personajes me lleguen y me trasladen a otra dimensión, sin más aspiraciones, leo a mis contemporáneos, algunos de ellos conocidos, simplemente disfruto, y me he dado cuenta que esto que parece tan sencillo, hacer disfrutar al lector, no es más que el resultado de años de trabajo por parte del autor y del equipo editor. No hay nada más difícil que hacer sencillo lo complicado.

Creo que justamente en este orden me han ido formando como escritora a lo largo de mi vida lectora. Hay muchos, muchos más, pero estos tal vez sean los que más me enseñaron.

Estoy convencida de que aquellos primeros libros que tanto me hicieron disfrutar en mi infancia fueron los culpables de mi adicción a la lectura y a la escritura, pero los que llegaron después formaron mi carrera y me ayudaron a crear mi propio estilo. Aunque ya quisiera tener la maestría de esos grandes autores.

 

¡Feliz Navidad y próspero 2017, queridos lectores y seguidores!

 

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Oye, ¿estás ahí? Me gustaría contarte algo

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Shhh, shhh… Sí, sí, es a ti. Oye, que he pensado, ahora que no nos lee nadie, que podríamos hacernos algunas confidencias inconfesables. ¿Cómo lo ves? Verás, la cosa va de los temas del corazón, no del mío, sino del de los famosos del cuché. Resulta que tengo la mala costumbre de encender la tele cuando pongo la mesa, mientras espero las noticias de TVE, que dicen que son las más nuestras y eso, yo qué sé, a mí me da igual, al final todos los informativos dicen lo mismo. Total, que casi siempre, mientras pongo cubiertos y servilletas, escucho en lontananza a la chica esta… (voy a buscar su nombre, es complicado de escribir. Ya vengo… Ya, me ha costado, eh) Anne Igartiburu, presentando su programa Corazón. Lo normal es que, por enésima vez, nos cuenten lo bien que se lo pasa Bustamante con su familia en la playa, o cuánto le gusta el buceo a Bisbal, o lo feliz que es la tal Pataki con sus numerosos hijos y el guapísimo actor que se los hace y lo monísima que se queda cada vez que pare uno, nada que ver con lo que nos pasa al resto de las féminas. Vamos, lo de siempre. Sigo, que me voy por las ramas. El caso es que llevo unos días escuchando una noticia que me ha hecho acercarme a la televisión antes de lo habitual, que es cuando el plato lleno ya está en la mesa. Se trata de ¡la boda del año! Yo diría que del siglo, no por la relevancia social, que bueno… , es más bien por lo curiosa, es que cuanto más te informas, más «reflipas». Se trata de la hija de la más grande, sí, sí, Rociíto para el común de los mortales, que no tenemos la culpa de que su madre también se llamara así, leches, habrá que distinguirlas. Total, que la ya dos veces señora «de», Rocío Carrasco, se ha casado con su chico Fidel después de diecisiete años de relación. Oye, pues muy bien, ya era hora. Nada digno de mención. Hasta que, harta de escuchar la gran felicidad que embargaba a la protagonista por tamaño e importante acontecimiento, descubro mientras saco cucharones de lentejas de mi puchero que sus hijos no van a la boda. ¡Cómooo…! Bueno, bueno, pensé, eso tiene que ser un rumor de algún aspirante a periodista desesperado, ¿cómo va a estar esa madre tan felicísima de la muerte por casarse y tan contenta de celebrar su boda por todo lo alto ―¡tres días!― sabiendo que no estarán sus hijos? Venga ya… Huy que no, «no ni ná», no solo eso, es que la dos veces señora no se corta un pelo diciendo ante cámara y micrófono que todo es perfecto en su vida y su bodorrio y que no puede ser más feliz. ¡Ole ella! Mientras seguidamente cuentan en el mismo programa lo tristes que están sus hijos porque hace años que no hablan con su madre y han sido excluidos de su gran contentura. Esto no puede ser verdad.

Como esa parte morbosa que todos abrigamos en nuestro interior me atrapó, caí en la tentación y me enganché a la truculenta noticia. Claro, esto había que verlo en el burladero del famoseo: Sálvame. Pues nada, que el otro día recojo mi cocina dispuesta a ver que se contaban sobre la noticia los chicos estos que en pro de la libertad de expresión dicen todo lo que les viene en gana, porque ellos son muy sinceros, que no confundamos con mal educados ―píllese la ironía―. Pues tal que así, disparo con mi mando y, voilá, Rociíto con su chico más feliz que una perdiz, camino de la finca donde no sé cuántos días después se darían el «sí quiero». Allá que comenzaron a opinar los sabios de las miserias sobre presencias y ausencias en el sonado enlace. De los hijos, ni palabra. Qué raro… Yo pensé, ¿que la televisión más impúdica y falta de escrúpulos que se ha inventado no diga nada de que esta chica se ha olvidado de invitar a sus hijos? ¿Que esos colaboradores mordaces y valientes se han olvidado de ponerla a caer de un burro por semejante barbaridad, sobre todo la que por su hija mata? Oich, oich… Esto va a ser por algo. El caso es que allí estaba yo, con el trasero en el filo del sofá y el mando en la mano, a punto de pulsar el botón rojo y ponerme a mis quehaceres escritoriles, cuando veo que uno de los iconos televisivos de la historia está a punto de entrar en la finca donde se producirá el encierro de los invitados y los enamorados por tres días.

Ay, ay, ay… me parece que ya voy atando cabos. A ver si va a ser que la señora Campos, que de todos es sabido que quiere a la hija de la más grande como si fuera la suya, es la que ha conseguido solapar la verdadera noticia, o sea: para algunas personas la ambición no tiene límites, por unos pocos cientos de euros son capaces de montar el circo del año y no reservar dos tristes entradas para sus propios hijos. Y más, resulta que al fantástico espectáculo estaban invitados los peces más gordos de la cadena. Oye, pero qué bien montado todo para que nadie replique a tan manifiesta felicidad.

Recuerdo que hace años, en los que mis obligaciones me dejaban poco tiempo para la concentración, veía a veces el programa de la mañana de María Teresa Campos, y también recuerdo que me parecía una mujer coherente, respetuosa, consecuente y elegante, algunos de los consejos que lanzaba a través de la pantalla me resultaban muy loables. Cómo han cambiado las cosas… ―creo que esto es el estribillo de una canción que a la susodicha le gusta mucho―. Qué triste debe ser ver como toda una vida de lucha y ejemplo pasa al olvido por unas monedas, porque al final lo que cuenta no es lo pasado o lo que pueda venir, sino lo que haces en el instante que vives. Ahora parece ser que hasta ha vendido el día a día del interior de su ostentosa mansión con todo su personal dentro, incluida ella y su amor ―como decía, esto de las noticias del malnombrado «corazón» engancha―. Qué poco recato y consideración hacia los que ni tienen quien les sirva ni pueden elegir a la carta en un lujoso restaurante, para después picar un poco y despilfarrar platos llenos. Bueno, bueno, es que lo de mostrar cómo le sirve, con uniforme de los de antes, la empleada de la casa me parece de un rancio… Pero si hasta nos ha contado que su Edmundo y ella duermen en maravillosas habitaciones separadas y que se juntan para hacer sus «cosas». Por favor, que tienen una edad, no lo digo porque no puedan arrejuntarse cuando quieran, sino porque eso de presumir de los momentos fogosos es más bien cosa de adolescentes insensatos. A mí me vienen a la mente todos esos matrimonios que no tienen una sola habitación para tales «cosas». Claro, cada cual puede tener todo lo que se haya ganado honradamente, repito, honradamente, ¿pero dar en las narices con tu altísimo nivel de vida al resto de los mortales esperando conservar el mínimo respeto que te tenían? No salgo de mi asombro. ¿A dónde vamos a ir a parar por el dios dinero? ¿Se salvará alguien de sus tentáculos?

A ver, que yo lo que ocurra más allá de lo que enseñan públicamente lo ignoro y no se me ocurriría juzgarlo, hablo de lo que muestran a España entera por una buena suma de dinero. Supongo que cuentan con que cada cual hará sus propias reflexiones y que las puede expresar con la misma libertad que otros callan verdades. Creo que la legendaria presentadora, para desmarcarse de los vulgares realitys, llama al suyo «docureality». Mira tú. Para mí es un reality en toda regla, pero sin la molestia de tener que convivir con desconocidos ni la de repartir los beneficios.

Y todo esto te lo contaba porque me apetecía mucho recordar que los hijos son una responsabilidad hasta el último día de nuestra existencia porque somos el espejo donde se miran, que si los padres empezamos a necesitar apartarlos de nuestra vida para ser felices, mal vamos, y que el respeto hacia el mundo empieza por uno mismo, seas jardinero, doctor en ciencias o presentador de televisión. Que ya está bien de confundir el ser con el tener, ya está bien.

Oye, shhh… ¿Sigues ahí? ¿Qué te parece si apagamos la televisión y leemos un rato? Una cosa, yo pienso seguir viendo mis noticias de la uno mientras almuerzo, pero prometo poner la televisión a las tres en punto.

EN LIBRETERÍA, CON PEDRO ARAQUE

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Saludos, seguidores,

Hoy solo quería dejaros un artículo y un vídeo en el que os leo un pequeño fragmento de ‘Cartas a una extraña’, todo por gentileza de Libretería, una página muy literaria administrada por el periodista Pedro Araque.

Por supuesto, mañana acudiré a nuestra cita con ‘El escritor desahuciado’.

Feliz fin de semana.