Relatos

El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

Hacía tiempo que Pedro esperaba y temía una conversación con uno de sus hijos. De los cinco hermanos, Roberto siempre fue el más independiente y reivindicativo. Todos tenían la misma participación en la empresa familiar y cada uno de ellos ocupaba un puesto adecuado a sus capacidades. Aunque en los últimos años, debido a las constantes exigencias y amenazas, Pedro había cedido demasiados privilegios a Roberto. Ahora se arrepentía de no haberse mantenido firme, su debilidad con el segundo de sus hijos había dado lugar a resquemores entre los hermanos y, lo peor de todo, lejos de contentar al joven su egoísmo crecía día a día.

El patriarca se encontraba en una situación delicada que solo tenía una solución: practicar la justicia con sus cinco hijos de una vez por todas.

Sobre estas cuestiones meditaba Pedro mientras miraba al presentador de los informativos sin escuchar sus palabras cuando se acercó Roberto y tomó asiento frente a él.

—Tenemos que hablar —le dijo Roberto a su padre con gesto serio.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó su padre entre el hartazgo y la compasión.

—Quiero marcharme de la empresa y montar mi propio negocio, creo que ni tú ni mis hermanos tenéis el espíritu emprendedor necesario para avanzar y conquistar nuevos mercados. Resulta muy complicado trabajar con personas tan conformistas…

—Estás en tu derecho, nada que objetar.

—También me voy de casa.

—Eres un hombre, tienes treinta y cinco años y todo el derecho a emprender tu camino, no seré yo quien se oponga.

En un principio, Pedro sintió cierto alivio; la tensión en la familia aumentaba día a día a causa de los constantes requerimientos de Roberto y su marcha podría ser la solución. Pero, por otro lado, la tristeza invadió su corazón; después de tantas concesiones solo había conseguido alimentar el individualismo de su hijo.

—Me alegra que me apoyes, necesitaré mi parte de la empresa, incluidos los clientes que he conseguido durante estos años. Y me gustaría hacer unas obras en casa para separar la parte que me corresponde.

—Como bien sabes, la empresa es indivisible; si quieres marcharte tendrás que poner tus acciones a la venta, no puedes irte arrancando un pedazo de nuestras vidas. Además, ningún cliente es tuyo; si has conseguido que aumente nuestro número de compradores ha sido gracias a que cedí cuando me pediste el puesto de director comercial. Estoy seguro de que cualquiera de tus hermanos hubiese conseguido tus logros o incluso más. Y, por supuesto, esta casa también es indivisible. Si quieres marcharte hazlo con todas las consecuencias, y si lo que quieres es hacer pedazos la empresa y la casa tendrás que consensuarlo con tus hermanos y conmigo.

La mirada de Roberto se tornaba cada vez más iracunda. De ninguna manera se iba a marchar con las manos vacías después de años de lucha. Él era el alma de la empresa, y estaba convencido de que de seguir sometiéndose al socio mayoritario y director general jamás conseguiría su sueño. Estaba cansado de sus hermanos; del absentismo de Sara a causa de la enfermedad de su hijo; de las pérdidas que suponía la mala gestión que hacía Oscar de los recursos humanos; de pagar entre todos a Laura la carrera de Administración de Empresas mientras ella se dedicaba a perder el tiempo con los amigos y de que Lucas, el mayor, censurara todas sus iniciativas con la connivencia de su padre, quien siempre tenía la última palabra a pesar de tener una idea ya obsoleta de lo que era gestionar una empresa.

—No puedo seguir viviendo y trabajando con vosotros, necesito gestionar mis propios recursos o jamás conseguiré despegar como empresario. Me siento atado de pies y manos a vuestro lado.

—Te entiendo. Y te repito: puedes irte, no soy quién para impedírtelo, pero no podrás llevarte lo que nos pertenece a todos. Ya te he permitido demasiado con la intención de conservarte a nuestro lado. Eres el que recibe más beneficios de la empresa; el que ocupa la mejor habitación de esta casa y el único que hace tiempo toma decisiones sin contar con el resto. Créeme si te digo que en estos momentos nada me haría más feliz que tu marcha y recuperar la paz, pero lo que me pides es un imposible. Ni siquiera está en mi mano concedértelo; la empresa y esta casa no son mías, son de todos.

—No, papá. ¡Yo soy el dueño del espacio que habito y de lo que he conseguido durante mis años de trabajo! ¡Ninguno de vosotros habéis luchado como yo!

—Ninguno ha tenido tus ventajas. No voy a continuar con esta conversación y menos con el tono en el que me hablas, me estás faltando al respeto y no puedo consentirlo. Habla con tus hermanos, puede que quieran comprarte tu parte en la empresa y en la casa, y después puedes irte, no sin antes pagar tu parte de las deudas; las deudas también son de todos.

—Pero… ninguno de nosotros podría sobrevivir en esas condiciones.

—Por eso seguimos juntos.

—Me buscaré un buen abogado y lucharé por lo que me pertenece hasta el final.

—Estás en tu derecho, hijo. Ahora vete, tengo que ocuparme de nuestra empresa, no puedo ni debo seguir perdiendo el tiempo contigo.

Pedro supo que con todos los privilegios que había concedido a su hijo durante años no había conseguido su propósito de mantener la empresa y la familia unidas; muy al contrario, sin darse cuenta había ido fraguando los cimientos de un conflicto que podría eternizarse. Y es que, cuando no se practican la justicia y la igualdad, los enfrentamientos están servidos.

 

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RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera, segunda y tercera parte de este relato sobre infidelidad. Hoy os traigo, por fin, el desenlace.

(Continuación)

—Marta…, he tenido tiempo de reflexionar durante estos días y me he dado cuenta de te quiero mucho más de lo que imaginaba, pero…

—Pero ¿qué?

—También he comprendido lo fácil que nos ha resultado pensar tan distinto en temas tan importantes como el aborto y lo complicado que es ahora, cuando hay que llevar las ideas a la práctica. No es lo mismo sentarse a dialogar sobre esto o aquello cuando sabes que tu vida no se verá afectada y después de un vino y una larga charla todo seguirá en su lugar. No sé si sería lo acertado permitir que nuestras vidas y las de nuestros hijos… Creo que deberíamos dejar la decisión a Elena. Me arrepiento de haberte metido en esto.

—Ohhh…, Agustín, me asombra tu cobardía en una lucha que te pertenece. De acuerdo, yo no soy nadie en esta cruzada; el destino de ese bebé está en tus manos y en las de esa becaria y, según la ley, la decisión es solo de ella. Pero fuiste tú quien resolvió que debía saberlo, fue tu conciencia la que te llevó a hacerme partícipe, porque de no haberlo hecho me habrías traicionado en lo más profundo. Pero ya veo que a la hora de la verdad prefieres la huida.

—Yo no lo veo así.

Sentados en la penumbra del salón, frente a frente, en los mismos sillones que durante años habían sido testigos de sus numerosas y largas conversaciones, por primera vez se sintieron como extraños. Ciertamente, había una larga distancia entre las ideas y la cruda realidad. Los dos seguían en sus posturas de siempre, pero ahora, llevadas a la práctica, parecían inconciliables.

—Pues estás equivocado. Para mí no es una cuestión de ideas encontradas, no creo que en esto haya más de una verdad; la verdad es una: ninguna vida pertenece a nadie. Estoy pensando en cuando tuvimos que traer a nuestra casa a tu padre a causa de su alzhéimer. Para los dos fue un parón en nuestras carreras, incluso nuestros hijos sufrieron un repentino cambio en sus vidas que les afectó en sus estudios. Estuvimos cinco años dedicados a hacerle la vida más fácil y solo conseguíamos frustrarnos cada vez más: él parecía no apreciar nuestro esfuerzo y era incapaz de agradecérnoslo. ¿Te acuerdas?

—Cómo olvidarlo, especialmente tú lo diste todo. Fuiste un ejemplo para nuestros hijos y creo que tu valerosa actitud ante la situación los hizo mejores personas, aunque disminuyeran sus calificaciones.

Dichas sus últimas palabras, Agustín comprendió lo que quería decirle su esposa. No solo era una gran luchadora, también tenía una inteligencia excepcional.

—En aquella situación sacrificarnos por un hombre enfermo y sin ningún futuro era ir en contra de la ley de supervivencia. Según tu teoría, lo lógico hubiese sido eliminarlo, abortarlo, pasar página. Dime, ¿por qué en ningún momento dudamos de que nuestro deber era atenderlo y olvidarnos de nosotros? Piénsalo.

—Era mi padre.

—Tu padre se había marchado de este mundo mucho antes de que viniera a casa. ¿Sabes?, es muy posible que pronto la ley nos conceda la libertad de decidir sobre las vidas de las personas sin futuro y que solo restan energía a una sociedad que no se puede permitir perder el tiempo en lo que es seguro que no dará beneficios. Puede que no tardemos en tener la vida de los enfermos terminales en nuestras manos. Lo que ahora parece una locura se puede convertir en la norma general cuando la ley te asiste y te adoctrinan…

—La ley del aborto es muy distinta a lo que estás comentando —se atrevió Agustín a interrumpir el discurso de su esposa—, hablamos de la multiplicación de unas células dentro de otro cuerpo; la vida en sus inicios no es más que un crecimiento celular…

—Me parece increíble que precisamente tú utilices unos argumentos tan pobres que, además, son falsos. La vida es una multiplicación celular desde su comienzo hasta el final; es más, es en su término cuando disminuye el crecimiento.

—Es una vida dentro de otra ya establecida, muchas mujeres lo ven como una invasión y se sienten incapaces de sobrellevar tanta responsabilidad, sobre todo si son jóvenes o han sido víctimas de una violación. Nadie tiene derecho a juzgar situaciones mucho más complicadas que las que podría vivir la mayoría.

—¿Acaso no invadió nuestras vidas y nuestra casa tu padre? ¿Vas a decirme que tú te sentías capaz de soportar tanta responsabilidad? ¿No recuerdas los momentos en los que llegamos incluso a perder el control? A pesar de todo lo acompañamos hasta el final porque era nuestra obligación moral. Te aseguro que si la ley permitiera acabar con las vidas de los que ya están acabados muchos se plantearían si cuidar a sus mayores o mandarlos a una mejor vida.

—Creo que estás disparatando —dijo Agustín mirándola con cierto asombro y tristeza a la vez.

—¿Disparatando? Fíjate que teniendo en cuenta el envejecimiento de la población, la escasa natalidad y el problema de la inmigración me atrevería a decir que no tardaremos mucho en ver cómo cambian las leyes. Es muy posible que pronto sea legal eliminar a ancianos e ilegal abortar. Pero te diré que si no conservamos nuestra moral por encima de la ley el ser humano perderá su esencia: su humanidad. Entonces sí que estaremos abocados a la exterminación. No hemos llegado hasta aquí gracias a nuestro egoísmo sino a nuestra generosidad, nuestro sentido de grupo y nuestra dedicación y cuidado hacia los más débiles.

—Muy bien, ¿y qué pasa con esas adolescentes que no tienen ni los medios ni la madurez para educar a un hijo? ¿Qué hacemos con esos embriones con malformaciones? ¿Qué…? No es tan fácil como lo planteas.

—Sabes que en algún lugar tengo una sobrina fruto de una violación. Por supuesto que no es fácil. ¿Eliminamos los problemas interrumpiendo la vida de los más inocentes?

—Sigo pensando que tu hermana debería haber abortado en cuanto lo supo.

—Pues yo sigo pensando que la pena de muerte debe aplicarse al violador; aunque ya sé que esto no es muy ético por mi parte, pero si hay que elegir…

—Yo creo que la vida habría sido más fácil para ella si hubiese abortado.

—No lo creo, aquel episodio de su vida no se hubiese borrado con el aborto. Es más, la generosidad que mostró dándola en adopción la ayudó a superar todo aquello. Esa pequeña debe tener ahora unos diez años y está creciendo con un matrimonio que siempre tuvo vocación de ser padres.

Agustín se sentía abrumado y cansado, llevaba un par de noches sin dormir y el día había sido intenso. La vehemencia con la que Marta defendía sus ideas llegaba a angustiarlo. Hubiese seguido argumentando su postura, pero ya sabía que, como siempre, la partida terminaría en tablas. Tiró del nudo de su corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa antes de hablar con la intención de concluir la conversación.

—De cualquier manera, lo tengo decidido: no voy a comprar a ese bebé para darlo en adopción, es de locos. A partir de ahí…, en fin, la ley está de parte de Elena, que haga lo que crea conveniente; pero me niego a aceptar el chantaje. Como tú bien dices, esas leyes para las que tantos años has trabajado no me dan ningún derecho sobre ese embarazo, es a ella a quien le otorgan todos los derechos. Eso sí, si decidiera tenerlo me concederían todos los deberes como padre. Y sí, tengo moral, una moral que incluye el cumplimiento de las leyes, así que de ninguna manera voy a darle a esa… mujer una plaza fija en mi equipo y todos nuestros ahorros a cambio de un hijo. Estoy agotado, me tomo un yogur y me voy a la cama.

En ese momento sonó el móvil de Agustín. Era la becaria.

—¿Sabes la hora que es? —le preguntó sin molestarse en saludarla.

—Sí, lo sé. Pero pensé que te encantaría la noticia que tengo que darte.

Agustín notó a Elena como cansada, hablaba sin su natural tono altivo y chirriante.

—Sé breve, estoy agotado.

—Se acabó. Ya no hay bebé, lo he perdido hace una hora.

—Vaya…, no sé qué decir…

Ciertamente, en ese momento no podía analizar su reacción interior con claridad. Sintió un gran alivio, pero acompañado de una cierta desazón.

—No tienes que decir nada. Voy a tomarme unos días de descanso y después me iré, voy a aceptar un puesto de becaria en Zamora, así que me perderás de vista para siempre. Adiós, Agustín.

Y colgó, sin más. Él se quedó unos segundos contemplando el móvil con perplejidad ante la atenta mirada de Marta y después reaccionó.

—Se acabó. Elena ha perdido el niño. No puedo creerme que haya despertado de esta pesadilla. Todo ha terminado, Marta, podemos pasar página y recuperar nuestra vida.

—Sabes que siempre he envidiado tu facilidad para olvidar, esa manera tuya de caminar por la vida casi de puntillas, como evitando el contacto con la realidad. Para ti cualquier problema parecía un mero contratiempo fácil de solventar. Me has ayudado tanto… Pero esto es distinto. Lo siento, Agustín, no puedo regresar a nuestra rutina como si no hubiese pasado nada. Sí ha pasado; ha pasado que no solo pensamos diferente, es que en la práctica lo somos y…  ahora me resulta insoportable. No sabes cuánto me gustaría en este momento que no me hubieses contado tu aventura, abrir una botella de vino y poder filosofar sobre los problemas del mundo desde la maravillosa distancia de quien no los ha vivido en realidad.

—Pero no puedes echar por la borda todo lo que hemos construido, date unos días para pensar y hablamos cuando estés más tranquila.

Agustín se acercó a ella y le cogió las manos mientras le mantenía la mirada implorándole.

—Me marcharé mañana mismo, pero no sé si para unos días o para el resto de mi vida. Lo siento.

 

FIN.

 

 

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera y la segunda parte de este relato sobre infidelidad.

(Continuación)

Encontró la casa vacía. Le extrañó que Marta no hubiese regresado del trabajo y más que no le hubiese mandado un mensaje para avisar de su retraso; aunque teniendo en cuenta la delicada situación que padecían tenía lógica su hermetismo.

Se dio una ducha y se sentó a esperarla en el salón, sin hacer nada, algo muy extraño en un hombre que siempre tenía mil artículos pendientes por leer y un puñado de llamadas por hacer.
No tardó mucho en escuchar un tímido saludo.

––Hola.
––Buenas tardes, Marta. Empezaba a preocuparme. ¿Todo bien?
––He estado consultando algunas sentencias sobre el aborto y he encontrado un caso que podría ayudarnos en el supuesto de que…
––Déjalo, Marta, Elena ya ha tomado una decisión, es posible que a estas horas ya no haya nada por lo que luchar.
––En ese caso todo está hablado. Voy a hacerme una ensalada, ¿te apetece una?
––Sí. Gracias.
Pero antes de encaminarse cabizbaja a la cocina se dirigió de nuevo a su marido, no muy segura de lo que iba a pedirle.
––Agustín… ¿podrías darme el número de teléfono de esa chica?
––No creo que sea buena idea que te involucres y menos ahora, ya está todo hablado.
––Por favor.

Agustín cogió el móvil de la mesa y buscó el contacto. Después se levantó y, antes de enseñarle la pantalla del teléfono, hizo un intento de acercarse a su esposa para abrazarla. Pero ella lo paró en seco poniendo las palmas de sus manos sobre su pecho.

––Todavía no. Déjame ver ese número.

Ella copió el contacto en su móvil y se marchó. Y él volvió a sentarse en el mismo lugar para observar durante casi una hora cómo su esposa se paseaba por el jardín mientras hablaba con la becaria.
No podía creerse en lo que se había convertido su vida en tan pocas semanas. Mientras veía a Marta deambular por el jardín, entre sus flores y bajo el más bello atardecer creyó volverse loco. Pensó en sus tres hijos: ¿qué iba a decirles si finalmente las dos mujeres llegaban a un entendimiento? Por otro lado, su esposa y él ya no tenían edad para ser padres, especialmente ella con los cincuenta y siete años cumplidos. Era una verdadera locura y solo esperaba despertar de aquella pesadilla.

Las sombras de la noche ya invadían el salón cuando Marta entró.
––Todavía hay esperanza ––le dijo sentándose frente a él.
––¿Qué quieres decir?
––Me parece que esa becaria desde el principio tenía muy claro lo que quería. Es más, yo diría que ya tenía planes antes de viajar contigo a ese congreso. Confieso que estoy atónita. No te quiere a ti, algo que estaba más que claro, nadie que ama obliga a amar. Quiere un puesto de trabajo fijo y dinero. Conozco tu ingenuidad, es lo que más me gusta de ti, pero haber caído en las redes de esa arpía a tu edad… Si le consigues una plaza fija y le damos gran parte de nuestros ahorros tendrás la custodia absoluta de tu hijo.
––¿Qué? No puedo hacer eso, jamás he utilizado mi puesto como jefe de servicio para favorecer a nadie. Y tampoco me parece ni moral ni legal comprar a mi propio hijo.
––No creo que en este momento puedas apelar a la moralidad. De cualquier manera, me siento responsable, tanto tú como ella me habéis hecho partícipe de una decisión que tengo más que clara. No porque sea tu hijo, eso es lo de menos, sino porque parece ser que soy la que ahora tiene que mover ficha y sabes muy bien lo que pienso. Desde luego, prefiero comprar una vida antes que eliminarla.
––Este no es uno de tus casos imposibles, se trata de nosotros, de nuestra vida, nuestros hijos… ¿Qué les vamos a decir? ¿Has pensado en la edad que tendremos cuando vaya a la universidad?
––Te recuerdo que en un principio fuiste tú el que me habló de criarlo con nosotros. De todas formas, hay otras opciones: dale lo que pide y que lo dé en adopción. Yo me encargaré de todo el proceso legal, seremos sus tutores hasta que encuentre una buena familia. Obviamente, a esa chica le da lo mismo con quién se esté, solo se importa ella misma.

(Continuará…)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera parte del relato.

 

(continuación)

 

Paseaba de un lado a otro de la habitación de su hijo como una fiera encerrada. De vez en cuando se sentaba en la cama y miraba a su alrededor. Todo estaba como lo dejó Héctor antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Probablemente ya solo volvería cuando tuviera vacaciones, había encontrado un buen trabajo incluso antes de terminar la carrera; pero Marta era incapaz de usar aquel cuarto a su antojo, no por nostalgia, era más bien por su profundo sentido del respeto hacia lo ajeno. Amaba de ella cada centímetro de su piel, hasta las arrugas y manchas que contaban sus años de lucha; amaba su mirada templada incluso en las situaciones más adversas; amaba sus manos, verlas en movimiento era una absoluta inspiración; amaba su manera de vestir, tan personal y envidiada por sus amigas; amaba su exótica belleza, tan imperfecta como seductora; amaba sus palabras, sobre todo sus palabras, tan amables y acertadas en cada momento. Desde que la conoció no había dejado de amarla ni un solo instante, pero aquella semana se olvidó de que estaba apostándolo todo a una sola carta, o quiso olvidar y cedió a la maldita tentación.

Marta tenía razón: aunque hubiese vivido con el remordimiento el resto de su vida, pensaba guardarse para él aquella estúpida aventura. No por él, sino por ella, ¿qué sentido tenía hacerla sufrir? Pero cuando Elena le dijo que estaba embarazada y que se desharía del bebé si no compartía su vida con ella sintió que el secreto ya pesaba demasiado como para llevarlo dentro sin reventar. Era una cuestión de honor. Marta y él habían conversado tantas veces sobre el tema del aborto… Ella nunca lo dudó, decía que desde el comienzo del embarazo la mujer se convierte en la portadora de una vida que no le pertenece. «Nadie tiene derecho a decidir quién vive o muere ––defendía con vehemencia––, todo aquel que traspase esa línea atenta contra su propia especie».
Aunque ambos tenían una manera de pensar muy parecida, en este tema nunca se pusieron de acuerdo. Por su trabajo, Agustín había conocido muchos casos en los que el aborto le pareció la opción más inteligente; tal vez en el caso de Elena también. Pero él era el padre y la mujer que había compartido su vida con él tenía derecho a saberlo para consensuar juntos el mejor camino a seguir a partir de ese momento.

Ninguno de los dos durmió aquella noche, si acaso echaron alguna cabezada, ya vencidos, de madrugada. Poco antes de las ocho de la mañana coincidieron en la cocina buscando un café bien cargado.

––Buenos días ––susurró Agustín.
––Buenos días ––contestó ella en un tono más inaudible que el de su marido.

Marta se sentó a la mesa con el café entre las manos y le pidió que la acompañara.

––Te quiero, Agu. Creo que nada ni nadie ha aportado a mi vida tanta sabiduría como lo has hecho tú. A través de ti conocí el verdadero amor y creo que los dos nos convertimos en mejores personas con el tiempo. Verte criar y educar a nuestros hijos fue la confirmación de que compartir mi vida contigo no era comparable a la mejor de las aventuras. Has sido el mejor compañero y el mejor padre.
––Yo…
––No me interrumpas, por favor.
––No voy a juzgarte por haber cometido un error, no sería justo valorarte por una infidelidad y olvidar tantos años de lealtad. Todos nos equivocamos. Por supuesto, estás perdonado, sé que en este momento tú eres tu mayor castigo y que estás más que arrepentido. La cuestión es cómo y cuándo superaremos todo esto y si conseguiremos ser los mismos. Yo confío en que así sea. Pero ahora lo importante es que nos enfrentamos a un dilema, especialmente yo. Lo he meditado toda la noche: de ninguna manera podemos permitir que esa chica aborte, es tu hijo y esta es su casa. Deberías proponerle que lleve a término su embarazo y que te ceda la custodia. Ella no tendrá que ocuparse de nada, lo haremos tú y yo. Sé que no será fácil, pero tienes que convencerla. Después la decisión será solo suya, la ley la ampara y no podremos hacer nada.
––No, no será fácil ––le contestó Agustín visiblemente emocionado y convencido de que más que difícil lo que proponía Marta era un imposible––. Gracias, Marta, gracias.

Agustín deslizó su mano por la mesa para alcanzar la de su esposa, pero ella la retiró como en un acto reflejo. Lo había perdonado, pero estaba herida y demasiado confusa como para favorecer cualquier tipo de acercamiento carnal. De inmediato, se sintió mal y pensó que en verdad aún no lo había perdonado, o tal vez estaba siendo tan banal como esas mujeres que aprovechaban cualquier desliz de su pareja para vengarse y chantajearla sentimentalmente el resto de su vida. Lo cierto es que en aquel momento tenía a Agustín en sus manos y haría cualquier cosa para complacerla. Pero ella sabía que haciéndole pagar su pecado aprovechándose de su situación de debilidad la convertiría en una pérfida becaria como Elena. No, no, ella lo amaba con todo su corazón y, en cierto modo, en aquellos momentos sentía compasión por él. Solo necesitaba un poco de soledad para recuperarse del impacto.

Pensó en hablar por teléfono con Elena esa misma mañana, pero después comprendió que su proposición era demasiado importante y se hacía imprescindible una cita. La llamó, pero para invitarla a almorzar después del trabajo. En el servicio del hospital se cruzaron un par de veces por los pasillos, pero ninguno hizo el menor gesto de complicidad.

Frente al menú hospitalario de los lunes comenzaron la delicada conversación.

––No voy a volver contigo, Elena. De hecho, tu chantaje me parece un despropósito. Pero quiero criar a nuestro hijo ––la palabra «nuestro» se le atragantó en la garganta, pero decir «mi hijo» habría sido una provocación y quería dialogar lo más pacíficamente posible.

Agustín pensó que su propuesta era más descabellada aún que la de Elena; una cosa era comentarla con Marta y otra muy distinta planteársela a la becaria. Estuvo a punto de guardársela para sí y olvidarse de todo aquello de una vez. Si Elena quería abortar era cosa suya.

––De acuerdo, en ese caso concertaré una cita con mi ginecóloga lo antes posible. Es una lástima…
––No tienes por qué abortar, hay otras opciones. Deja que mi mujer y yo lo criemos, solo tienes que aguantar unos meses.
––Ja, ja, ja… Eres único. No sé por qué, pero me esperaba algo así ––dijo ella con sarcasmo mientras pinchaba la ensalada––. Seguro que ha sido cosa de tu mujer, son bastante conocidos algunos de los casos que ha perdido intentando apoyar a los hombres que se niegan a que su pareja aborte. Lo de nosotras parimos nosotras decidimos no parece discutible hoy día. Tu propuesta demuestra que es una mujer luchadora y coherente, además de generosa, pero no sé… ¿qué edad tiene? Creo que es algo mayor que tú ¿no? La veo más como abuela que como madre.
––Dime una cosa, durante aquella semana ¿de verdad pensaste en algún momento que nuestra aventura iría más allá de cinco noches de sexo? Quiero a mi mujer y a mis hijos por encima de todo y no voy a abandonar mi casa…
––Te entiendo. Bien, pues ya está todo hablado ––lo interrumpió ella mientras rebuscaba en su plato con el tenedor––. Se me ha quitado el hambre, cada vez ponen peor de comer aquí. Me voy a echarme un rato, tengo el estómago revuelto. Hasta mañana, Agustín.

Cogió su bolso y se fue sin más, como si acabara de hablar con una amiga de cuestiones sin importancia. Él notó que lo recorría un escalofrío, pero a la vez sintió un gran alivio. Parecía que la pesadilla estaba a punto de terminar, Elena abortaría y con un poco de suerte él recuperaría el cariño de Marta y su tranquila vida.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: serpersona.info
Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

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