Relatos

María, la historia de una heroína anónima

María, la historia de una heroína anónima

Hace unos días tuve el honor y la oportunidad de escuchar a María relatar su duro pasado, la historia de una heroína anónima. Al recordar sus palabras todavía se me pone el vello en pie. Ella cuenta con ochenta y muchos años; casi nueve décadas amasando sabiduría gracias a una simple máxima que se autoimpuso desde que tuvo uso de razón: «primero los demás y después yo».

María quiso ser monja, tal vez movida por su inexpugnable fe o porque era el único camino que le habría permitido salir de su mundo sin cargo de conciencia. Lo cierto es que fue monja; aunque no profesó sus votos en un convento, por amor a los suyos fue pobre, obediente y casta. Pobre porque siempre había alguien que necesitaba más que ella lo poco que tenía; casta porque tuvo que convertirse en madre de sus sobrinos y no tuvo tiempo de mocear, y obediente porque jamás se reveló ni renegó de lo que le pidió su destino.

También fue enfermera y ayudó a morir a todos los suyos. Y costurera, tejedora, cocinera, lavandera… La mejor en cada cosa que hacía, porque ella trabajaba pensando en los demás, en darles lo mejor de sí misma. Y todo en las condiciones más adversas y hostiles que podamos imaginar.

Me contaba que en el escarpado pueblo donde vive no hubo agua corriente hasta hace unos años, de manera que tenía que caminar a diario varios kilómetros para ir a lavar y coger agua para casa. En su pueblo el frío del invierno y el calor del verano mantienen un pulso año tras año, y decía: «Bueno, bajar con el balde vacío era un paseo, pero llegar, romper el hielo para lavar y luego subir las empinadas e interminables cuestas con la tina llena de ropa mojada, eso sí que era un trabajo. A veces, los caminos estaban helados y resbalaba cuesta abajo con barreño y todo. Y vuelta a empezar. ¡Y en verano era ya la bomba!», me relataba, como asombrada de sí misma. Casi le parecían mentira las duras y constantes batallas que había librado para su supervivencia y especialmente la de la gente que tanto amaba.

Me decía la buena de María que el médico más cercano vivía a treinta kilómetros de su casa y que cuando tenía que visitarlo, casi siempre para conseguir medicinas para sus enfermos, su padre le dejaba la bestia, una mula que vivía con ellos y que cuidaban como un Ferrari. Y allá que iba ella antes del amanecer, montada en su bestia por caminos negros, abruptos y solitarios; ella sola y sus pensamientos: los enfermos que dejaba desatendidos y la tarea que había quedado pendiente para mañana; más todavía.

Su padre y su hermana murieron en sus brazos, después de una larga agonía. Mientras su hermana se despedía lentamente del mundo, ella la velaba, dando una cabezadita de vez en cuando, para luego ponerse en marcha al amanecer y atender a sus sobrinos y a su cuñado, sin lavadora, sin luz, sin agua, sin supermercados… solo ella y su coraje para afrontar la adversidad.

Ahora camina ayudada por un andador y teje una mantita para una niña que la tiene ilusionada. Desde que murió su hermana ha vivido rodeada de machos, como ella dice: su cuñado, sus sobrinos ––que son como sus hijos––, los hijos de sus sobrinos ––que son como sus nietos––, sus hermanos… Todos varones. Había perdido la esperanza de ver crecer a una niña que le recordara su inmenso mundo femenino; pero el destino le tenía preparada una sorpresa y pronto llegará a su vida Emilia. Así que ahí está ella, dándolo todo por una niña que llevará el nombre de su querida hermana, la que la hizo madre de dos niños pequeños de la noche a la mañana.

Yo me creía valiente, y seguramente lo fui en su momento, cuando saqué adelante a mis tres hijos con escasos haberes y mucha soledad, pero ante ella me sentí diminuta. Siempre hay alguien que te enseña humildad y te recuerda que el mundo está plagado de héroes anónimos con muchos más méritos que tú; gente que lo dio absolutamente todo con la única intención de que las circunstancias fueran un poco más amables para todos.

A pesar de las duras vivencias que me contó, me despedí de ella renovada, con la sensación de que el mundo era mucho más hermoso de lo que pensaba y de que hay más bondad de la que nos cuentan; lo que ocurre es que la gente que vive al servicio de los demás no tiene tiempo de revindicar ni vociferar. Su lucha es silenciosa, pero en realidad es la que mantiene el mundo en pie.

¿Sabéis lo mejor? Que sin haberse querido a sí misma nunca, María es una anciana realmente bella y feliz. Es para reflexionar, ¿a que sí?

Espero que la historia de una heroína anónima como María os haya gustado tanto como a mí. Desde este sencillo rincón hoy quiero homenajear a todos los hombres y mujeres cuyo paso por este planeta no ha dejado más que amor y sacrificio. ¡Gracias!

 

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Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.

relatos cortos de amor entre el amor y la amistad - mercees pinto maldonado

Entre el amor y la amistad (Relatos cortos de amor)

Era domingo; un domingo más en absoluta soledad desde que se fue Inés. Daniel había estado arreglando el jardín para entretenerse y no pensar demasiado, porque en realidad ya no tenía sentido ocuparse de aquella casa; la había puesto en venta, era demasiado grande para él y contenía demasiados recuerdos.

Se sentó en la puerta a hacer nada. El invierno parecía despedirse y después de varios meses a esas horas el sol calentaba las fachadas de las viviendas del pueblo.

No podía dejar de pensar en ella. La nostalgia que lo acompañaba desde el día que Inés cerró los ojos por última vez había sido una sorpresa. No se casó enamorado, lo hizo porque era un buen chico y de ninguna manera podía defraudar a su madre, sus suegros y sobre todo a su novia de toda la vida.

Después de su despedida de soltero a punto estuvo de anular la boda. La juerga que se corrió esa noche con sus amigos fue descomunal, un escándalo en el pueblo. Daniel no estaba acostumbrado a beber y esa noche necesitaba olvidar. Y olvidó, hasta el punto de no recordar al día siguiente nada de lo que ocurrió en aquel bar de copas. Era un secreto a voces que el negocio hacía las veces de lupanar. A su mente acudieron vagas imágenes que le hicieron pensar que tal vez había estado con alguna de las chicas que prestaban sus servicios, pero las esquivó; la vergüenza y la resaca lo martirizaban demasiado. Se casó como Dios manda, aguantando las arcadas en el altar y prometiendo serle fiel en la salud y en la enfermedad. Los ocho años que duró su matrimonio así fue, no la engañó jamás.

Con el tiempo y la convivencia llegó a quererla de algún modo, porque Inés se lo merecía y porque él puso todo su empeño en que su unión saliera bien. Era una mujer extraordinaria, callada, tímida, delgada y poco agraciada, pero cargada de valores humanos. Ella siempre se acercaba a los más marginados del pueblo, se compadecía de sus desgracias, los ayudaba y los escuchaba sin quejarse ni juzgarlos ni una sola vez. Y así conoció a Teresa, la chica que decidió dejar la mala vida cuando se quedó embarazada.

Se hicieron grandes amigas. Siempre estaban juntas, había en ellas una complicidad inusitada teniendo en cuenta que pertenecían a mundos opuestos y una era la antítesis de la otra. Teresa era alegre, extrovertida y de una belleza cegadora. Cuando estaban en casa cocinando, cosiendo o simplemente tomando café, las risas de Teresa inundaban hasta el último rincón. Daniel no podía evitar mirarla, su corazón moría de amor y pasión por la vecina y se odiaba a sí mismo por ello.

El pequeño Raúl también solía estar pululando por la casa, un niño despierto e igual de bien parecido y alegre que su madre. Inés y Daniel no tuvieron hijos, los médicos les decían que no había motivos para ello, pero lo cierto es que en los ocho años de casados no hubo suerte. Él pensaba que no era más que la consecuencia de su falta de amor hacia ella, porque lo cierto es que apenas la tocaba y hubo pocas oportunidades de ser padres. Cuando se decidía a hacer el amor, lo hacía pensando en Teresa. Y es que para él, Inés era más una madre que una esposa; en cambio, su amiga se le antojaba la perfecta amante.

En todo esto pensaba bañado en sol, mientras de vez en cuando se preguntaba cómo era posible que a pesar de todo la echara tanto de menos. Comprendió que la quería más de lo que imaginaba, aunque de un modo muy distinto a como un hombre ama a una mujer. Tal vez era pura admiración.

Tenía la mirada perdida en el azul del cielo cuando escuchó la voz del pequeño Raúl.

––¡Hola, Daniel! ––gritó el pequeño mientras corría en su busca ladera abajo y con un cuento en la mano.

––Perdona, es que…

Teresa paró al ver el brillo del agua en los ojos de Daniel.

––Lo siento, Raúl se puso muy pesado y pensé que… Ya nos vamos, creo que no hemos venido en buen momento. Venga, Raúl, vámonos a casa, volveremos otro día.

––Daniel, cuéntamelo, venga, cuéntamelo ––le suplicaba el pequeño, ignorando las órdenes de su madre––. Mamá lo ha intentado, pero no sabe hacer las voces de los personajes como tú. Venga, léemelo.

––Claro que sí, muchachito. Pero ya tienes siete años, deberías acostumbrarte a leer solo ––le dijo Daniel revolviéndole el flequillo.

––Pero si me lo he leído, es que no es igual que cuando tú lo cuentas…

––Está bien, vamos a ello. Entra a por una silla y siéntate a mi lado.

––No seas pesado, Raúl…

––No importa, Teresa, me hará bien distraerme un poco.

––De acuerdo, mientras tanto voy al supermercado a hacer unas compras. ¿Necesitas algo?

––Creo que lo que necesito no lo venden en el supermercado.

Teresa le sonrió con dulzura y se fue calle abajo dispuesta a hacer sus compras. Él no pudo evitar prendarse del contoneo de sus caderas y sentirse el más ruin y culpable una vez más.

En quince minutos le había leído el cuento y el chiquillo entró en casa de Daniel alegando que los domingos echaban sus dibujos preferidos y quería ver la tele. Era un niño, qué sabía él hasta qué punto habían cambiado las cosas. Inés, la que lo consentía y atendía, ya no estaba, hacía tres meses que se había marchado y no estaba bien visto que su madre y él siguieran visitando la casa del viudo, y menos que pasaran allí horas y horas como entonces. Daniel también extrañaba tantos buenos ratos de bromas y risas con su esposa y su vecina. Cuando Teresa se marchaba se llevaba la alegría y dejaba el silencio.

No tardó mucho en aparecer la madre, enfundada en sus eternos vaqueros gastados, con un jersey rojo sangre que realzaba su cabello castaño claro y con unas deportivas que debían tener años. Salir adelante con un hijo y limpiando casas no daba para mucho. Aunque ella parecía tenerlo todo.

––Ya estoy aquí. Te he traído pan caliente para el almuerzo. ¿Dónde está Raúl?

––Entró para ver su programa…

––Perdona ––lo interrumpió ella––, él no termina de comprender que las cosas han cambiado.

Daniel le sonrió levemente. Era la primera sonrisa que esbozaba desde la muerte de Inés.

––Sabes que no me importa y cuánto quiero a tu hijo. No te preocupes.

––Pienso en ella constantemente ––dijo Teresa sentándose a su lado con toda naturalidad, como entonces––. Era la única amiga que he tenido. Parecía seria y eso, pero en realidad tenía la mente más abierta que cualquiera de las jóvenes de este pueblo. Sabía escuchar y jamás te juzgaba. Me enseñó tantas cosas…

––Todo el mundo aprendía a su lado ––apuntó él.

––Daniel…, no sé cómo decirte esto, pero creo que ha llegado el momento.

Él la miró expectante y sorprendido, intuyó que Teresa iba a confiarle algún secreto que debía saber.

––¿Te acuerdas de tu despedida de soltero?

––No mucho, la verdad. Pero, ¿qué sabes tú de esa noche? Ya veo que Inés y tú hablabais más de la cuenta a mis espaldas.

––Yo sí.

––Tú sí ¿qué?

––Yo sí me acuerdo de esa noche.

––Pues es extraño, creo que por entonces no nos conocíamos. Refréscame la memoria porque estoy algo perdido.

A Teresa no le gustó el tono en el que Daniel le hablaba, había dejado a un lado su natural amabilidad y su melancolía para ponerse a la defensiva. Obviamente, no estaba muy orgulloso de aquella noche y no le parecía correcto que las amigas hubiesen hablado del tema a sus espaldas.

––Me parece que no, no es el momento.

––Pues yo creo que deberías terminar lo que has empezado ––le replicó él mirándola con severidad.

Pero ella se puso en pie, avergonzada y arrepentida.

––Voy a llamar a Raúl, es hora de almorzar.

––No recuerdo bien lo que pasó en mi despedida de soltero ––dijo él, comprendiendo que había estado demasiado brusco––. Imagino que… bueno, por aquella época tú trabajabas en el mundo de la noche. Igual me viste en aquel local…

––Estuviste conmigo ––dijo ella en un ataque de valentía.

––¿Contigo? ¿Qué quieres decir?

––Hicimos el amor… Eso sí, a ti te costó cien euros.

––No puede ser. No sabes cómo siento no guardar ningún recuerdo.

Dicho esto, se arrepintió de inmediato, era palmario en su gesto que le hubiese gustado estar sobrio y haber disfrutado aquel momento con el que tantas veces había soñado. De repente su rictus se tornó seductor, olvidando la reciente tensión.

––Hay más.

Teresa se quedó en silencio y volvió a sentarse.

––No me interrumpas, por favor, ya es bastante difícil para mí contarte esto ––le pidió mirándolo como quien pide perdón de antemano––. Nunca he compartido contigo nada de mi pasado, imagino que todo lo que sabes te llegó por habladurías, pero lo cierto es que llevaba dos semanas viviendo en el club y trabajé solo esa noche como… prostituta. En realidad, los únicos cien euros que me gané con mi cuerpo fueron los tuyos. No sé si comprendes lo que te estoy diciendo.

Daniel no pestañeaba, no terminaba de captar su mensaje.

––No estoy seguro, la verdad.

––Raúl… solo puede ser tu hijo.

––¿Qué?

––Inés lo sabía, pero le pedía que me guardara el secreto. Lo hice por ella, no quería hacerle daño… Pero ya no tiene sentido callar. Ella se fue, y tienes que saber que la última palabra que me dijo fue: «díselo». Siempre supo que… Bueno, ella no era tonta.

––¡Dios mío! Todos estos años… Jamás imaginé que las dos me ocultabais algo así. No puedo creerlo.

––Lo sé. Lo siento. Déjame que te diga una última cosa y me marcharé: desde ese día vivo enamorada de ti. Ya está, ya lo sabes todo ––terminó, mientras las lágrimas empezaban a desbordar sus párpados.

––Mamá, tengo hambre ––dijo el pequeño asomando a la puerta.

––Claro, hijo, si es que deberíamos estar almorzando. Venga, vámonos a casa.

––Yo creo que hoy podríamos comer los tres aquí. ¿Te gustaría, Raúl? ––le preguntó Daniel al pequeño apenas conteniendo la emoción.

––Sí, porfa, mamá, vamos a comer con Daniel. ¡Como una familia!

––De acuerdo, voy a ver qué puedo cocinaros con lo que he traído.

Antes de que Teresa entrara en casa, Daniel le cogió la mano y la obligó a agacharse para que acercara el rostro al suyo y decirle al oído: «Yo también te he amado desde que te conocí».

ATRAPADA EN LA RED

Queridos seguidores, amigos y lectores, este fin de semana hará un frío polar y he pensado que estaréis muchas horas ociosos encerrados en casa. ¿Qué tal si nos concedemos unos minutos para leer un relato y reflexionar sobre el tema de fondo?

Apenas había abierto los ojos y, todavía en la cama, cogió su móvil y dio un repaso a las visitas de sus redes. Ya estaba ansiosa y ni siquiera había puesto los pies en el suelo. Entre Twitter, Facebook e Instagram, ¡casi doscientos me gusta, quince comentarios y nueve veces compartida su última fotografía! No estaba nada mal, parecía que su popularidad iba en aumento. No al ritmo del cretino de Raúl, pero poco a poco iba creciendo su presencia en el ciberespacio.

«Bien, bien, Maika», se dijo muy satisfecha, y volvió a pasar su dedo por la pantalla para asegurarse de la información. ¡Incluso tenía un me gusta de uno de sus cantantes favoritos!

Por supuesto, se duchó, desayunó y se vistió sin quitarle el ojo al único amigo que tenía desde hacía tiempo: su móvil.

Mientras caminaba iba atenta al paisaje, con el teléfono en la mano, claro; siempre preparado para ese selfie que haría las delicias de sus seguidores. Antes de entrar en el supermercado donde trabajaba como cajera se hizo la primera fotografía del día: un cielo azulísimo y unas buganvillas de fondo, el sol iluminando su larga melena y su mejor sonrisa. ¡Perfecta! De inmediato la compartió en sus páginas, con tal inquietud que ni siquiera advirtió el saludo de David, uno de sus compañeros de trabajo, un chico contratado para todo, tímido, agradable y educado pero insulso y, lo peor de todo, sin perfil en las redes. Para Maika carecía de todo interés, le parecía una criatura de otro siglo.

Casi todos los empleados del supermercado eran jóvenes, con los que apenas tenía trato. A ella le parecían vulgares, cuando visitaba sus perfiles siempre encontraba información pedestre e imágenes insustanciales, carentes de glamur e interés. Y si solicitaban su amistad directamente los ignoraba. Menos a Hugo, un guapísimo cajero que estaba a punto de dar el salto a la interpretación, y al jefe de personal, don Julián, un tipo con muy buen aspecto que cuidaba bien sus redes y que estaba segura de que jamás revelaría que ella era una simple cajera. Si sus contactos se enteraran de que pasaba el día frente a una caja con aquella espantosa bata verde se moriría de vergüenza.

Al dirigirse al cuarto de las taquillas se cruzó con don Julián, cogió su móvil y visitó su página de Instagram, donde encontró una fotografía magnífica en la que aparecía en el gimnasio luciendo sus brillantes y depilados músculos y dando los buenos días. No eran las diez de la mañana, ¡y ya tenía trescientos me gusta! Por supuesto, le regaló el suyo y le devolvió el saludo: «Buenos días, Julián». Saludo que nunca se habían cruzado en el trabajo. Él era el jefe y ella una simple cajera, en la vida real no tenían nada en común. ¡Gracias a las redes que les habían dado la oportunidad de conocerse de verdad!

Llegaba tarde a su caja, así que rápidamente se quitó su chaqueta y su bolso de marca, los metió de un golpe en la taquilla y se puso la bata. Por un momento, al mirar el bolso, pensó en cómo iba a llegar a fin de mes después de gastarse en ropa y complementos casi todo el sueldo, pero se lo quitó de la cabeza de un plumazo, valía la pena. ¡Todo por aumentar su número de seguidores!

Estaba atareada en pasar códigos de barra por el escáner, con la mente en su vida paralela. Solo pensaba en salir de allí y entrar en Internet para ver cómo había transcurrido su otra existencia, la que de verdad le daba satisfacciones y le ofrecía la posibilidad del éxito. De pronto, observó que desde la caja de la derecha Hugo dirigía la cámara de su móvil hacia ella. Como un resorte, se levantó de su silla y se encaminó hacia él con ira.

––¿Qué estás haciendo? ¡Sabes que los móviles están prohibidos en las horas de trabajo! ¡Eres idiota o qué!

––Hoy es mi último día aquí, conseguí un interesante trabajo como modelo, así que me importa poco que me echen. Además, ¿a ti qué más te da? Solo quería llevarme un recuerdo.

––¡Borra esa foto ahora mismo!

––Ni de coña ––le contestó el joven muerto de la risa––. Ja, ja, ja… Tienes miedo de que la suba a Internet y tus exquisitos seguidores se enteren de que eres una simple cajera, es eso, ¿verdad? Qué vida más triste la tuya, vives atrapada en las redes.

El tímido chico para todo observaba la discusión mientras reponía paquetes de papel higiénico en un estand.

––¡Bórrala te digo!

––¿Después de ver cómo te has puesto por una simple foto? Vas lista. Subida y etiquetada. Cuando te veas te vas a morir del susto. Ja, ja, ja…

La señora que esperaba en la cola con la compra a medio pasar por el escáner no salía de su asombro.

Alertado por la situación, David se acercó a Maika para tranquilizarla.

––Déjalo, no te preocupes, es un cretino, no vale la pena discutir con él porque suba una foto tuya a la red.

––¿Qué sabrás tú de redes si ni siquiera tienes un mísero perfil? ––le preguntó Maika con gesto entre de sorpresa y desprecio––. Ese idiota va a echar por alto años de trabajo…

Maika paró de explicarse, enseguida comprendió que aquel muchacho nunca entendería lo grave de la situación, era obvio que David vivía en otro siglo.

––Perdona, tienes razón, ni siquiera tengo Internet en el móvil. Lo siento ––se disculpó el chico al ver que ella estaba a punto de echarse a llorar.

Maika regresó a su puesto de trabajo intentando recuperar el control, mientras escuchaba las carcajadas de varios de sus compañeros.

Cuando terminó la jornada, con verdadera ansiedad y antes incluso de quitarse la bata, frente a su taquilla abierta buscó el móvil en su bolso. No lo encontró a la primera, algo extraño ya que ella lo ponía siempre en el mismo bolsillo y era una operación que realizaba cien veces al día. Buscó y rebuscó y nada, así que decidió volcar el contenido en el mismo casillero. Ni rastro de su teléfono, su vida, su posibilidad de tener éxito, su compañero, el aparato que contenía su mundo afectivo… Notó que comenzaba a hiperventilar y que le temblaban las piernas y el pulso.

Estaba segura, había sido el imbécil de Hugo con la complicidad de los compañeros de trabajo. Al contrario que ella, Hugo no solo era popular en las redes, también lo apreciaban y respetaban en la empresa. Era un líder nato.

Cogió su bolso y casi sin aliento se dirigió a la salida donde estaba segura que encontraría a parte de los empleados fumándose un cigarrillo antes de partir para sus destinos; después de horas de abstinencia solían reunirse unos minutos para tomar su dosis de nicotina, incluido Hugo.

––¡Devuélveme el móvil! ––le gritó cuando lo encontró echando humo y hablando con una de las empleadas.

––¿Que te dé qué? ––le preguntó Hugo con la sorpresa en los ojos.

––Mi teléfono. ¡Dámelo!

––Perdona, chica, pero tú estás muy mal. ¿Por qué iba yo a tener tu móvil?

––Tú lo has cogido de la taquilla… Estáis todos compinchados contra mí. ¡Sois unos envidiosos que no soportáis que alguien tenga más éxito que vosotros!

––Perdona, Ma-ri Car-men, porque tú en la vida real de Maika tienes poco, pero más que envidia nos das pena ––terminó mientras apagaba su cigarrillo y se daba la vuelta, otros cuatro jóvenes que asistían perplejos a la escena lo siguieron, dejándola sola y enferma de ira.

El móvil era su única posibilidad de conectarse, hacía más de un año que se le averió el ordenador y no se molestó en arreglarlo, todo lo hacía por teléfono y prefirió comprarse uno de última generación. Pensó en quién podía auxiliarla en aquellos trágicos momentos, no podía acostarse sin saber qué pasaba en las redes. Pero no tenía amigos reales, todos eran virtuales, si es que se podían llamar amigos; incluso estaba enfadada con su única hermana porque hacía unos meses cometió la osadía de subir a Facebook una foto con su sobrino mientras hacía de canguro. Cuando su hermana la vio montó en cólera; pero ya estaba hecho. Salían tan monos en la foto… A sus seguidores les encantó. «De cangu con mi sobri», fue la frase que acompañó a la instantánea, para dejar claro que ella estaba libre, sin compromiso y sin hijos.

Desolada, se sentó en un banco que había a tres metros y se derrumbó. Las lágrimas le brotaban en cascadas, de ira, de rabia, de impotencia, de… soledad.

––¿Te encuentras bien? ––le preguntó David, el anodino chico para todo, al encontrarla tan abatida.

––No, no estoy bien, jamás me he encontrado tan mal ––le contestó ella con la cabeza entre las manos, sin molestarse en dirigirle la mirada, como instándolo a marcharse.

Pero él se sentó a su lado y guardó silencio; era un caballero y no podía dejar a una dama en semejante estado; ya era noche cerrada y no le parecía prudente que una chica tan joven y bonita se quedara sola, aquel no era el mejor de los barrios de la ciudad y estaba demasiado expuesta.

Desde hacía un año, David estaba enamorado de Mari Carmen, como él la conocía según ponía en su uniforme. De hecho, ya había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y había conseguido un trabajo por el que le pagaban mucho más que en el supermercado; conservaba aquel empleo y acudía tres veces por semana solo por verla y estar cerca de ella, no perdía la esperanza de que algún día se fijara en él.

––Estoy harta de este trabajo y de todos ellos ––dijo Maika levantando al fin la mirada––, me odian. Este no es sitio para mí, yo…

––No creo que te odien, qué tontería. ¿Quién podría odiar a una criatura como tú? ––la interrumpió, mirándola embelesado.

Desde el primer día que la vio, más allá de su caminar altivo y su gesto engreído, David vio a una muchacha frágil y falta de afecto, además de que le parecía la chica más bonita que había conocido. Tal vez era cómo se ajustaba la bata a sus caderas, o el movimiento de su brillante melena, o sus ojos almendrados, o la sonrisa que escondían sus labios y que él estaba seguro de poder arrancar… Solo sabía que estaba dispuesto a todo por una chica que llevaba un año negándole el saludo.

––Han cogido mi móvil de la taquilla, seguro que ha sido el idiota de Hugo. No puedo vivir sin mi móvil ––aseguró antes de suspirar profundamente.

––Claro que puedes, qué tontería es esa ––afirmó David mirándola con complacencia––. Mírame a mí. Bueno, tengo teléfono, pero ya sabes que solo para llamadas.

––Tú eres distinto, pero yo tengo toda mi vida dentro de ese aparato.

Maika percibió algo en la mirada de David que jamás había advertido. No era solo que hasta ese momento no se había dado cuenta de que tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo de una mañana primaveral, era su brillo, su franqueza y su capacidad de mirar fijamente largo rato sin perder la frescura del primer instante. Así, tan de cerca, el chico para todo resultaba mucho más atractivo. Hasta el tono de su voz le pareció especialmente agradable, y su aliento olía a menta recién cortada.

––Te propongo algo… ¿Tienes algún compromiso esta noche?

––Sin Internet no tengo planes.

––¿Qué tal si te vienes a tomar unas cervezas con unos amigos y el lunes prometo conseguirte tu teléfono?

––No sé si es buena idea…, no es mi mejor día.

––Todo sea por conseguir tu móvil. Venga, solo un par de horas y te dejaré libre, hoy es sábado, mañana no tendremos que madrugar. ¿Qué me dices si te recojo donde tú me digas sobre las once?

––De acuerdo. Pero recuerda tu promesa, el lunes tendré mi móvil.

No podía creérselo; allí estaba, en el pequeño baño de su apartamento compartido con dos compañeras, arreglándose para una cita con un chico que hasta ese día había sido el último de su lista de conocidos. Por alguna extraña razón, en su interior sentía cierta ilusión.

Cuando salió del portal de casa él ya estaba esperándola. Sin la ropa de trabajo, recién duchado y con aquella sonrisa le pareció muy distinto al David del supermercado.

Fue la mejor noche de su vida, compartió la velada con jóvenes de lo más interesantes y agradables, entre los que se mostró tal y como era, sin pensar en qué momento hacer un selfie para subirlo a sus redes y conseguir un puñado de me gusta. Supo que David era ingeniero aeronáutico y que acababa de conseguir un empleo en una gran empresa. También se enteró de su pasión por la música y la lectura, y sobre todo de cuánto lo apreciaban sus amigos. En unas horas, David había despertado en ella su lado más sensible y humano.

El local era encantador, la gente sonreía y compartía anécdotas, la música era una delicia; algunos se animaban a bailar, incluso David, que no lo hacía nada mal. Maika supo sin temor a equivocarse que a sus veinticuatro años no había vivido momentos tan placenteros.

Él cumplió su promesa, a las dos horas pagó la cuenta y le propuso llevarla a casa. Maika se hubiese quedado eternamente, pero una timidez inusitada en ella le impidió negarse.

El domingo pasó para Maika como en una suave nube, sumida en las dos horas vividas la noche anterior, y el lunes se dirigió a su trabajo ilusionada. Cuando entró en el supermercado ojeó con ansiedad a su alrededor buscando los ojos de David. Ya en la taquilla, Hugo se acercó a ella.

––Aquí tienes tu móvil. Te devuelvo tu vida, Ma-ri Car-men. Da las gracias a David, vio cómo lo sacaba de tu taquilla y me chantajeó con contárselo al jefe de personal. No es que me importe demasiado, he venido a firmar mi despido, pero… ¿Nos hacemos un selfie para inmortalizar el momento?

––¿Dónde está David? Tengo que darle las gracias.

––Huy, huy, Maika dando las gracias. Pues va a ser que no, se fue hace un rato después de despedirse. Me dijo que había conseguido un trabajo más interesante. Qué tipo más raro. Bueno, ya tienes tu móvil, nos veremos por la red.

Maika no pudo disimular la humedad de sus ojos, no era posible que hubiese despertado de súbito del mejor de sus sueños. Sin mirarlo, metió su teléfono en el bolso y se puso la bata, como enajenada. De repente se sentía dolorosamente vacía, y estaba convencida de que entrar en las redes no llenaría el profundo hueco que había dejado David.

Esa semana estaba en el turno de mañana y a las cuatro de la tarde salía del trabajo. A unos metros, en su coche, David la observaba sin ser visto, solo quería comprobar si aquella hermosa muchacha seguía siendo la misma. No, ya no era @maika, ya no salía del trabajo con el móvil en la mano, mirando ansiosa la pantalla. Cuando pasó por su lado salió del vehículo y le habló.

––¿Puedo llevarte a casa?

––Me encantaría ––le contestó ella con la voz entrecortada de la emoción––. Pensé que no volvería a verte y… Debo parecerte tan boba… Por cierto, ya tengo el móvil. Gracias.

––No sé si alegrarme ––le contestó él con una sonrisa que a Maika la derritió.

––No te preocupes. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero de repente siento que en mi teléfono no hay nada comparado a lo que he sentido en los últimos días.

––Me alegra que hayas regresado al mundo real y poder realizar contigo este sueño.

Sus rostros estaban a unos centímetros y ella aspiraba su aliento como quien bebe el elixir de amor eterno. David supo que era el momento de besarla, había esperado todo un año; aquella historia debía empezar en ese instante.

 

 

la noche buena con mi abulina

La Noche Buena con mi Abulina: Cuento de Navidad de Mercedes Pinto Maldonado

“Queridos seguidores:
Me gustaría poseer la magia del universo para felicitaros como os merecéis y llevar a cada uno de vuestros hogares todos los sueños cumplidos, o al menos paz y prosperidad para siempre. ¿Qué más se puede pedir? Pero no puedo, solo me está permitido deseároslo con todo el corazón y regalaros un cuento. Lo escribí para vosotros y especialmente para todos los abuelos y nietos del mundo.

¡Os deseo una Navidad maravillosa y lo mejor para el 2018! “