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VOLVER A ENAMORARSE

Hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse querida; pero desde que, tres meses atrás, sus hijos se marcharan de casa, tanto tiempo libre y soledad habían hecho que tomara conciencia de lo poco que le importaba a Héctor. Sus amigas la envidiaban, tenía todo lo que una mujer podía desear: dinero, posición social, una maravillosa casa, un marido atractivo y triunfador y un trabajo deseado por muchos. Todo era tan perfecto visto desde las ventanas de sus vecinos… Pero Marta sentía que le faltaba lo que de veras siempre había soñado y alguna vez creyó tener: el amor.

Héctor la notaba cada vez más extraña y esquiva, huía de sus brazos y de su mirada. Habían entrado en una rutina tensa y asfixiante. Dos semanas atrás, un día la echó de menos en la cama en plena madrugada. Se levantó sigiloso y la buscó por la casa. La encontró en su santuario, la pequeña salita donde guardaba sus recuerdos más queridos, leyendo una carta mientras derramaba un par de lágrimas. Ella no advirtió su presencia, y él supo el motivo de su desidia hacia él: el dueño de aquellas palabras le había robado el corazón. Había otro en su vida.

Cada noche, cuando creía que Héctor ya dormía, Marta se levantaba para leer en soledad una carta más. Como cada noche, pasados unos minutos, su esposo la seguía para envidiar al causante de tan amargas lágrimas. Era obvio que la mujer con la que compartía su vida desde hacía treinta años estaba viviendo un amor imposible.

Esa madrugada volvió a seguirla, pero no se conformó con espiarla mientras se retorcía de celos por dentro. Llevaba puesto el camisón lila que tanto le gustaba y su espesa melena adornaba su perfil, apenas iluminado por la luz ambarina de la tulipa. Le pareció más hermosa que nunca; más incluso que en sus años de juventud. Tal vez porque sentía que la había perdido, el amor dormido durante años había despertado en su interior como una fiera indomable. Pero era un caballero, así que carraspeó para que ella advirtiera su presencia y, echado en el quicio de la puerta, le habló:

―¿Estás enamorada de ese hombre?

Marta se pasó las yemas de los dedos por las mejillas y, sin soltar la carta, levantó los ojos para mirarlo y le contestó:

―Locamente, no te imaginas cuánto.

―No tienes que quedarte conmigo, puedes marcharte con él cuando quieras. Nuestros hijos ya se han marchado, nada te ata a esta casa ―le habló Hector, casi susurrando en el silencio de la noche, a punto de derrumbarse.

―Es mucho más complicado de lo que piensas, ni siquiera sé dónde está…

―Deberías ir a buscarlo, tienes derecho a ser feliz.

Él regresó a la cama, maldiciendo en su interior al destino que le había guardado la peor de las sorpresas cuando ya creía haberlo conseguido todo. Jamás imaginó que algún día su amantísima y entregada esposa pudiera enamorarse de otro hombre.

Ella dobló con primor la carta de ese día, la guardó en su sobre y la metió en la caja junto a las anteriores. Después se dirigió al dormitorio conyugal dispuesta a hacer su maleta y marcharse para siempre. Héctor permaneció de espaldas a ella, inmóvil en su lado de la cama, consciente de que su matrimonio había terminado.

Antes de marcharse, Marta le habló con la voz quebrada, convencida de que sería la última vez que pisaría aquel dormitorio:

―Mientras encuentro un lugar donde vivir, me voy a casa de mi hermana. Enviaré a alguien a recoger el resto de mis cosas. Adiós, Héctor.

No se movió hasta que el ruido del motor del flamante Mercedes de Marta se diluyó en la negra noche. Después se dirigió a la salita y buscó como loco las cartas del hombre que había destrozado su vida; aunque suponía que fueron lo primero que su esposa echó a la maleta, quiso asegurarse y, a saber, tal vez encontrara algún escrito, una fotografía, una nota de despedida… algo que le explicara cómo era posible que tantos años se hubiesen ido al garete.

Se volvió loco. Sacaba un cajón tras otro para luego lanzarlo al suelo, arrojó contra la pared uno a uno sus libros, tiró portarretratos, cuadros, cajas llenas de recuerdos… Hasta que una de aquellas cajas escupió un puñado de cartas al golpearse contra el piso; las cartas que ella leía cada noche. Como poseído por el diablo se lanzó hacia las misivas y sacó de uno de los sobres un folio perfectamente doblado, del que cayó una margarita silvestre deshidratada por el tiempo y en el que reconoció su letra:

Mi amada Marta:

No veo el momento de regresar y comenzar con los preparativos de nuestra boda. No sabes cómo te estoy echando de menos estos meses, siento que paso por la misma eternidad. Jamás pensé que llegaría a quererte tanto. Si los días se hacen largos, las noches… Pero ya solo quedan tres días y prometo no volver a separarme jamás de ti. No viviré para darte todos los besos que guardo, ni todas las caricias, ni pronunciar todos los te quiero. Qué suerte la mía… Sueño con los hijos que llegarán, con los amaneceres compartidos, con un día a día que solo hará crecer nuestro amor. A veces observo a esos matrimonios desgastados por los años, hastiados por el lastre de una convivencia obligada, y me pregunto si alguna vez se quisieron. Sé que a nosotros no se nos acabará el amor, pase lo que pase, prometo regalarte una flor fresca cada día. Hoy te envio esta margarita que me salió al paso cuando regresaba a la pensión, pero pronto compraré para ti las más bellas flores.

El cielo está despejado esta noche, desde mi ventana veo brillar miríadas de estrellas entre las que te busco. Tonto de mí, tú eres el infinito espacio que alberga a todas ellas.

Te quiero, mi cielo.

Héctor

Desolado por la culpa, se echó en la pared más cercana y deslizó su espalda hasta sentarse en el suelo, rodeado de todas las cosas hermosas que durante años su esposa había guardado como tesoros y que ahora parecían los restos de un naufragio. Con la cabeza entre las rodillas y sin soltar la carta, lloró como un niño hasta el amanecer. Después se dio una ducha, fue a la mejor floristería de la ciudad y se concedió todo el tiempo del mundo hasta encontrar la más bella de las flores. Ese día tenía que volver a enamorarla.

relatos cortos de amor diario de un desamor

DIARIO DE UN DESAMOR

No faltaba a su cita, cada día, de lunes a domingo, iba a la panadería del barrio a comprar una pulga, cuarenta gramos de masa de harina recién cocida. Aunque a veces no la necesitaba y en la bolsa del pan se acumulaban sin sentido, cada mañana a la misma hora, cuando había menos clientela, se acercaba a la tahona solo para hablar con la dueña. Era una mujer joven, limpia, jovial, generosa y de muy buena conversación, parecía especialmente encantada de escuchar siempre la misma historia: cuánto se acordaba de su amor de juventud, la única mujer a la que había amado.

Poco a poco habían empatizado, a pesar de la diferencia de edad: Samuel sesenta y ocho y Fina cuarenta y cinco, aunque ella no aparentaba más de treinta y cinco. A veces hablaban más de una hora, hasta que empezaban a llegar los clientes que demandaban el pan del almuerzo.

―Las cosas han cambiado mucho, por aquellos años era imprescindible la aprobación de los padres de ella. Yo tuve algún problema con la ley… mi familia pasaba apuros y robé algo de comida…

―Imagino lo duro que debió ser para usted.

―No me siento orgulloso de ello, pero la necesidad era tal, que no encontré otra salida. Entonces ayudaba cuando podía en un taller, pero mis estudios no me dejaban mucho tiempo libre. Al final tuve que dejar la carrera y ponerme a trabajar en serio para echar una mano en casa―le contaba Samuel a Fina con los ojos vidriosos, recordando una vez más aquel amor que nunca pudo olvidar―. Su padre era guardia civil, imagínate. Le prohibió verme, la tenía prácticamente secuestrada en casa.

―Qué triste ―decía ella echada en el mostrador, embelesada mientras escuchaba las confesiones más íntimas de quien a ella le parecía todo un señor.

―Pidió traslado y se llevó a su familia. Nunca supe dónde, jamás volví a saber de ella. Se me rompió el corazón… Durante los primeros años intenté localizarla, pero nada, era como si se hubiese evaporado. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, creí volverme loco. Poco después mi padre encontró trabajo, retomé mis estudios y me refugié en ellos.

―¿No volvió a enamorarse? ¿No se casó? ―le preguntó Fina, muy sorprendida.

―Conocí a algunas muchachas… pero no pude, no hubiese sido justo para ellas. Hasta que me jubilé, he vivido entregado a mi gran pasión: la arqueología. Durante años pasé largas temporadas en diferentes países y finalmente conseguí una Cátedra en la Universidad. Pero ahora, con tanto tiempo libre, su recuerdo está más vivo y es más persistente que nunca. Solo pienso en qué habrá sido de ella. Me pregunto tantas cosas…

Un cliente interrumpió la emotiva conversación y Samuel se despidió hasta el día siguiente.

―No falte mañana a nuestra cita ―le pidió ella―, quiero hacerle un regalo.

Al día siguiente Fina no pudo evitar emocionarse mientras, a través de la puerta de cristal, lo veía cruzar la vía. Era un hombre apuesto e interesante, además de tener un porte distinguido. Aunque su aspecto era impecable y resultaba obvio que profesionalmente había triunfado, su caminar, su mirada baja y su melancólico rictus mostraban la indigencia afectiva que padecía desde su juventud.

Samuel saludó y esperó pacientemente a que la tahonera despachara a un par de clientes. No le pasó inadvertida la mirada húmeda de Fina y ese día echaba de menos su natural desparpajo. Por alguna razón que desconocía, parecía consternada, como si su mente estuviera ocupada en una cuestión muy distinta a su tarea.

Al fin en el establecimiento quedaron los dos solos.

―¿Estás bien? ―le preguntó Samuel―. Hoy encuentro algo de tristeza en tu mirada…

―Sí, sí, estoy bien ―lo interrumpió ella―, es solo que… Samuel, ¿puedo tutearte?

―Claro, creo que después de tantas charlas y confidencias te lo has ganado ―le dijo él con cercanía y cordialidad.

Fina se quedó mirándolo en silencio unos segundos, mientras dos lágrimas paseaban por sus mejillas.

―Dulce, se llamaba Dulce, ¿verdad?

―Sí, mi querida Dulce ―dijo él casi susurrando―. ¿Cómo lo has sabido?

―Podría contarte un millón de cosas sobre su vida, pero prefiero que lo haga ella.

Dicho esto, la panadera sacó un puñado de viejas libretas de debajo del mostrador y las puso sobre las temblorosas manos de Samuel. Él bajó la mirada y leyó: «Diario de un desamor. Dulce Ostos».

―¿Dónde está? ―preguntó el emocionado arqueólogo.

―En el paraíso, esperándote. Ella también pasó toda la vida pensando en ti.

―¡Dios mío!

―Nunca has estado solo, Samuel, mi madre nos hablaba de ti cada día.

Fina dio la vuelta al mostrador y se plantó ante él, con los ojos anegados y una hermosa sonrisa. Después lo abrazó, abrigando entre su pecho y el de su padre los cuadernos que contaban toda una vida de desamor. Estaban escribiendo un inesperado final.

―Todo ha terminado, papá. Se acabaron las preguntas, mi madre dejó escritas todas las respuestas. Pero ahora vete y lee, tiene mucho que contarte. Cuando acabes te presentaré a tus nietos.

EL CHICO DEL LAGO CRESCENT

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Olympic National Park  5-5-2002

Querida extraña:

Llueve a mares en el Olympic Park, apenas se distingue la línea que separa la superficie del lago de la del cielo. Desde mi ventana contemplo un precioso paisaje bucólico que no hace más que acentuar mi melancolía, mis enormes ganas de ti. Llevo horas con la mirada fija en esta enorme y densa masa gris plateada. Desde el agua emergen hacia las montañas unos vapores mágicos que me eclipsan, es como mirar el baile de las llamas del fuego. Parece que de un momento a otro fuesen a aparecer por los rincones todo tipo de personajes mitológicos, casi puedo ver corretear a los elfos y revolotear a juguetonas hadas. Pero casi, porque la visión de tu rostro lo llena todo. Lo veo sobre el lago, entre la lluvia, en la cima de las boscosas montañas… Vivo obsesionado con volver a verte, con que esta pesadilla termine y podamos al fin cumplir nuestro sueño de amarnos eternamente. En un día como el de hoy, en el que me veo obligado a pasar horas de encierro, te extraño más si cabe.

Siempre tuyo:

El Pintor Trémulo

 

Extracto de una de las cartas que el protagonista de Cartas a una extraña escribe a su amada.

EL CHACHO DE LOS ÁVILA

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Él era el Chacho, el comodín de la familia, había estado toda la vida a la sombra de su hermano y su cuñada. Treinta años cuidándoles el jardín, llevando a los niños al colegio, encargándose de los recibos, de las reparaciones de la mansión… Se llamaba Lucas, pero nadie lo sabía o lo habían olvidado, porque para todo el mundo él era el bueno del chacho de los Ávila. A veces se preguntaba si alguien recordaba que en realidad era el hermano pequeño de don José María, el oftalmólogo más cotizado y respetado de toda Galicia.

Lucas era un hombre discreto, callado y trabajador. Se levantaba al amanecer, siempre había algo que sembrar o podar, encargos pendientes en la ciudad para su hermano, su cuñada o los chicos: entregar un documento en la universidad, comprar cartuchos para la impresora, pasar la ITV de algún vehículo, descambiar unas deportivas… El resto del día lo empleaba en las chapuzas propias de una casa tan grande: arreglando pestillos, limpiando la piscina, pintando portones… Con los años parecía estar consumiéndose y replegándose sobre sí mismo, como si estuviera en una eterna genuflexión a los Ávila, sus ojos no parecían ver más allá del suelo día a día.

Todos sabían que en algún bolsillo llevaba esa carta que nadie podría leer hasta después de su muerte. Ignacio, que siempre había sido un niño muy atrevido, intentó robársela en alguna ocasión mientras dormía, pero el chacho tenía el sueño muy ligero; el resto de la familia, su hermano, su cuñada Marina y su sobrina Alba, nunca mostraron curiosidad por saber lo que decían aquellas letras. De hecho, ninguno mostraba interés alguno por el Chacho más allá de las muchas veces que lo necesitaban.

Aquella tarde José María lo echó de menos al volver a casa. Desde las ventanas de la planta baja revisó con la mirada el jardín. El cobertizo estaba cerrado y reinaba un extraño y frio silencio. Salió para inspeccionar el terreno y lo encontró tirado en el suelo junto a los rosales. Enseguida sospecho que estaba sufriendo un infarto. Rápidamente buscó su móvil, pero Lucas se lo impidió agarrándole la mano con una fuerza inusitada para un moribundo.

Desde su roto corazón, sacó las fuerzas suficientes para hablarle:

―Hermano ―Jadeó exhalando la misma muerte y siguió―, dale esta cartas a Ignacio… ―continuó, poniendo sobre la mano de su hermano un sobre ambarino―, él tiene que saber por qué me resigné a vivir a vuestra sombra; debe saber que es mi hijo y que callar era la única manera de verlo crecer… Siento que hayas vivido tantos años esta mentira… Marina estaba tan sola, tú viajabas constantemente… Espero que sepas perdonarme.

―Lo sé, Lucas, siempre lo he sabido, al principio de nuestro matrimonio deseábamos tanto tener hijos que nos sometimos a toda clase de pruebas y… soy estéril.

―Entonces… Alba también es…

―Sí. Vete tranquilo, no solo te perdono, sino que te agradezco que me hayas regalado dos hijos maravillosos. Te prometo hablar con ellos y contarles la verdad.

―No… no… deja todo tal y como está…

Fue lo último que dijo Lucas antes de que su hermano le cerrara los ojos para siempre. Luego José María dejó la carta en el suelo y arrimó la llama de su mechero. Verdaderamente, a nadie le importaba que los Ávila hubiesen conseguido ser felices gracias a la generosidad del Chacho.

LA ESCAPARATISTA

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No se lo podía creer, ahí estaba, sobre su mesa, toda suya. Después de años viéndola a través de un escaparate, soñando con ella despierto y dormido, lo había conseguido. Hubo momentos en los que casi estuvo a punto de cometer una locura y probar esa técnica que usaban algunos ladrones llamada alunizaje. Pero no, a él le habían enseñado que las cosas se consiguen con esfuerzo; que los atajos siempre pasan la factura. Finalmente supo aguardar su momento. Cierto, haber sido capaz de esperar y ganársela con el sudor de su frente ya era en sí una gran satisfacción.

Era preciosa, no se cansaba de mirarla, casi no se atrevía a tocarla, no fuera que despertara y le robaran su sueño una vez más. Imaginó cómo sonaría entre sus manos… pero no, todavía no. La desprendió del suave paño que la envolvía como fascinado, con toda la delicadeza que se merecía.

Después se atrevió y deslizó la mano suavemente por el pulido ébano, sus curvas le recordaron la mala imitación Fender que colgaba de su dormitorio. Nada que ver, esta era auténtica.

Antes de hacerla suya, se deleitó un poco más, recordando cómo mañana tras mañana, año tras año, de camino a su trabajo, la había deseado al otro lado del cristal. Llegó a envidar cada instrumento que la rodeaba y hasta la luz que la bañaba en las mañanas de invierno, cuando los días se desperezaban más lentos que la ciudad.

La alzó sobre la mesa y el agua acudió a sus ojos mientras contemplaba su desnudez, estaba estremecido. Había llegado el momento ansiado: la rodeó con sus brazos y comenzó a tocarla ansioso por escuchar sus susurros. Pero ella tuvo un mal despertar y las notas se tornaron gritos y lamentos que llegaron a los confines de su barrio. La ira se apoderó de él. Iracundo, la apretó con fuerza contra sí en un vano intento de ahogar el sonido equivocado.

De súbito la puerta de su casa se abrió:

―¡Policía! ¡Suéltala!

―¡Es mía! ¡Es mía! ―gritaba una y otra vez mientras, como poseído, le comprimía el cuello entre sus manos.

Un certero disparo del agente atravesó su frente y todo terminó. La bonita sudafricana que arreglaba cada mañana el escaparate de la tienda de música quedó libre al fin, ya nunca más tendría que esconderse tras la guitarra Fender cada vez que aquel hombre se parara al otro lado del vidrio para mirarla con ojos lascivos.