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Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte II)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera parte del relato.

 

(continuación)

 

Paseaba de un lado a otro de la habitación de su hijo como una fiera encerrada. De vez en cuando se sentaba en la cama y miraba a su alrededor. Todo estaba como lo dejó Héctor antes de marcharse a estudiar a Estados Unidos. Probablemente ya solo volvería cuando tuviera vacaciones, había encontrado un buen trabajo incluso antes de terminar la carrera; pero Marta era incapaz de usar aquel cuarto a su antojo, no por nostalgia, era más bien por su profundo sentido del respeto hacia lo ajeno. Amaba de ella cada centímetro de su piel, hasta las arrugas y manchas que contaban sus años de lucha; amaba su mirada templada incluso en las situaciones más adversas; amaba sus manos, verlas en movimiento era una absoluta inspiración; amaba su manera de vestir, tan personal y envidiada por sus amigas; amaba su exótica belleza, tan imperfecta como seductora; amaba sus palabras, sobre todo sus palabras, tan amables y acertadas en cada momento. Desde que la conoció no había dejado de amarla ni un solo instante, pero aquella semana se olvidó de que estaba apostándolo todo a una sola carta, o quiso olvidar y cedió a la maldita tentación.

Marta tenía razón: aunque hubiese vivido con el remordimiento el resto de su vida, pensaba guardarse para él aquella estúpida aventura. No por él, sino por ella, ¿qué sentido tenía hacerla sufrir? Pero cuando Elena le dijo que estaba embarazada y que se desharía del bebé si no compartía su vida con ella sintió que el secreto ya pesaba demasiado como para llevarlo dentro sin reventar. Era una cuestión de honor. Marta y él habían conversado tantas veces sobre el tema del aborto… Ella nunca lo dudó, decía que desde el comienzo del embarazo la mujer se convierte en la portadora de una vida que no le pertenece. «Nadie tiene derecho a decidir quién vive o muere ––defendía con vehemencia––, todo aquel que traspase esa línea atenta contra su propia especie».
Aunque ambos tenían una manera de pensar muy parecida, en este tema nunca se pusieron de acuerdo. Por su trabajo, Agustín había conocido muchos casos en los que el aborto le pareció la opción más inteligente; tal vez en el caso de Elena también. Pero él era el padre y la mujer que había compartido su vida con él tenía derecho a saberlo para consensuar juntos el mejor camino a seguir a partir de ese momento.

Ninguno de los dos durmió aquella noche, si acaso echaron alguna cabezada, ya vencidos, de madrugada. Poco antes de las ocho de la mañana coincidieron en la cocina buscando un café bien cargado.

––Buenos días ––susurró Agustín.
––Buenos días ––contestó ella en un tono más inaudible que el de su marido.

Marta se sentó a la mesa con el café entre las manos y le pidió que la acompañara.

––Te quiero, Agu. Creo que nada ni nadie ha aportado a mi vida tanta sabiduría como lo has hecho tú. A través de ti conocí el verdadero amor y creo que los dos nos convertimos en mejores personas con el tiempo. Verte criar y educar a nuestros hijos fue la confirmación de que compartir mi vida contigo no era comparable a la mejor de las aventuras. Has sido el mejor compañero y el mejor padre.
––Yo…
––No me interrumpas, por favor.
––No voy a juzgarte por haber cometido un error, no sería justo valorarte por una infidelidad y olvidar tantos años de lealtad. Todos nos equivocamos. Por supuesto, estás perdonado, sé que en este momento tú eres tu mayor castigo y que estás más que arrepentido. La cuestión es cómo y cuándo superaremos todo esto y si conseguiremos ser los mismos. Yo confío en que así sea. Pero ahora lo importante es que nos enfrentamos a un dilema, especialmente yo. Lo he meditado toda la noche: de ninguna manera podemos permitir que esa chica aborte, es tu hijo y esta es su casa. Deberías proponerle que lleve a término su embarazo y que te ceda la custodia. Ella no tendrá que ocuparse de nada, lo haremos tú y yo. Sé que no será fácil, pero tienes que convencerla. Después la decisión será solo suya, la ley la ampara y no podremos hacer nada.
––No, no será fácil ––le contestó Agustín visiblemente emocionado y convencido de que más que difícil lo que proponía Marta era un imposible––. Gracias, Marta, gracias.

Agustín deslizó su mano por la mesa para alcanzar la de su esposa, pero ella la retiró como en un acto reflejo. Lo había perdonado, pero estaba herida y demasiado confusa como para favorecer cualquier tipo de acercamiento carnal. De inmediato, se sintió mal y pensó que en verdad aún no lo había perdonado, o tal vez estaba siendo tan banal como esas mujeres que aprovechaban cualquier desliz de su pareja para vengarse y chantajearla sentimentalmente el resto de su vida. Lo cierto es que en aquel momento tenía a Agustín en sus manos y haría cualquier cosa para complacerla. Pero ella sabía que haciéndole pagar su pecado aprovechándose de su situación de debilidad la convertiría en una pérfida becaria como Elena. No, no, ella lo amaba con todo su corazón y, en cierto modo, en aquellos momentos sentía compasión por él. Solo necesitaba un poco de soledad para recuperarse del impacto.

Pensó en hablar por teléfono con Elena esa misma mañana, pero después comprendió que su proposición era demasiado importante y se hacía imprescindible una cita. La llamó, pero para invitarla a almorzar después del trabajo. En el servicio del hospital se cruzaron un par de veces por los pasillos, pero ninguno hizo el menor gesto de complicidad.

Frente al menú hospitalario de los lunes comenzaron la delicada conversación.

––No voy a volver contigo, Elena. De hecho, tu chantaje me parece un despropósito. Pero quiero criar a nuestro hijo ––la palabra «nuestro» se le atragantó en la garganta, pero decir «mi hijo» habría sido una provocación y quería dialogar lo más pacíficamente posible.

Agustín pensó que su propuesta era más descabellada aún que la de Elena; una cosa era comentarla con Marta y otra muy distinta planteársela a la becaria. Estuvo a punto de guardársela para sí y olvidarse de todo aquello de una vez. Si Elena quería abortar era cosa suya.

––De acuerdo, en ese caso concertaré una cita con mi ginecóloga lo antes posible. Es una lástima…
––No tienes por qué abortar, hay otras opciones. Deja que mi mujer y yo lo criemos, solo tienes que aguantar unos meses.
––Ja, ja, ja… Eres único. No sé por qué, pero me esperaba algo así ––dijo ella con sarcasmo mientras pinchaba la ensalada––. Seguro que ha sido cosa de tu mujer, son bastante conocidos algunos de los casos que ha perdido intentando apoyar a los hombres que se niegan a que su pareja aborte. Lo de nosotras parimos nosotras decidimos no parece discutible hoy día. Tu propuesta demuestra que es una mujer luchadora y coherente, además de generosa, pero no sé… ¿qué edad tiene? Creo que es algo mayor que tú ¿no? La veo más como abuela que como madre.
––Dime una cosa, durante aquella semana ¿de verdad pensaste en algún momento que nuestra aventura iría más allá de cinco noches de sexo? Quiero a mi mujer y a mis hijos por encima de todo y no voy a abandonar mi casa…
––Te entiendo. Bien, pues ya está todo hablado ––lo interrumpió ella mientras rebuscaba en su plato con el tenedor––. Se me ha quitado el hambre, cada vez ponen peor de comer aquí. Me voy a echarme un rato, tengo el estómago revuelto. Hasta mañana, Agustín.

Cogió su bolso y se fue sin más, como si acabara de hablar con una amiga de cuestiones sin importancia. Él notó que lo recorría un escalofrío, pero a la vez sintió un gran alivio. Parecía que la pesadilla estaba a punto de terminar, Elena abortaría y con un poco de suerte él recuperaría el cariño de Marta y su tranquila vida.

 

(continuará)

 

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Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

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María, la historia de una heroína anónima

María, la historia de una heroína anónima

Hace unos días tuve el honor y la oportunidad de escuchar a María relatar su duro pasado, la historia de una heroína anónima. Al recordar sus palabras todavía se me pone el vello en pie. Ella cuenta con ochenta y muchos años; casi nueve décadas amasando sabiduría gracias a una simple máxima que se autoimpuso desde que tuvo uso de razón: «primero los demás y después yo».

María quiso ser monja, tal vez movida por su inexpugnable fe o porque era el único camino que le habría permitido salir de su mundo sin cargo de conciencia. Lo cierto es que fue monja; aunque no profesó sus votos en un convento, por amor a los suyos fue pobre, obediente y casta. Pobre porque siempre había alguien que necesitaba más que ella lo poco que tenía; casta porque tuvo que convertirse en madre de sus sobrinos y no tuvo tiempo de mocear, y obediente porque jamás se reveló ni renegó de lo que le pidió su destino.

También fue enfermera y ayudó a morir a todos los suyos. Y costurera, tejedora, cocinera, lavandera… La mejor en cada cosa que hacía, porque ella trabajaba pensando en los demás, en darles lo mejor de sí misma. Y todo en las condiciones más adversas y hostiles que podamos imaginar.

Me contaba que en el escarpado pueblo donde vive no hubo agua corriente hasta hace unos años, de manera que tenía que caminar a diario varios kilómetros para ir a lavar y coger agua para casa. En su pueblo el frío del invierno y el calor del verano mantienen un pulso año tras año, y decía: «Bueno, bajar con el balde vacío era un paseo, pero llegar, romper el hielo para lavar y luego subir las empinadas e interminables cuestas con la tina llena de ropa mojada, eso sí que era un trabajo. A veces, los caminos estaban helados y resbalaba cuesta abajo con barreño y todo. Y vuelta a empezar. ¡Y en verano era ya la bomba!», me relataba, como asombrada de sí misma. Casi le parecían mentira las duras y constantes batallas que había librado para su supervivencia y especialmente la de la gente que tanto amaba.

Me decía la buena de María que el médico más cercano vivía a treinta kilómetros de su casa y que cuando tenía que visitarlo, casi siempre para conseguir medicinas para sus enfermos, su padre le dejaba la bestia, una mula que vivía con ellos y que cuidaban como un Ferrari. Y allá que iba ella antes del amanecer, montada en su bestia por caminos negros, abruptos y solitarios; ella sola y sus pensamientos: los enfermos que dejaba desatendidos y la tarea que había quedado pendiente para mañana; más todavía.

Su padre y su hermana murieron en sus brazos, después de una larga agonía. Mientras su hermana se despedía lentamente del mundo, ella la velaba, dando una cabezadita de vez en cuando, para luego ponerse en marcha al amanecer y atender a sus sobrinos y a su cuñado, sin lavadora, sin luz, sin agua, sin supermercados… solo ella y su coraje para afrontar la adversidad.

Ahora camina ayudada por un andador y teje una mantita para una niña que la tiene ilusionada. Desde que murió su hermana ha vivido rodeada de machos, como ella dice: su cuñado, sus sobrinos ––que son como sus hijos––, los hijos de sus sobrinos ––que son como sus nietos––, sus hermanos… Todos varones. Había perdido la esperanza de ver crecer a una niña que le recordara su inmenso mundo femenino; pero el destino le tenía preparada una sorpresa y pronto llegará a su vida Emilia. Así que ahí está ella, dándolo todo por una niña que llevará el nombre de su querida hermana, la que la hizo madre de dos niños pequeños de la noche a la mañana.

Yo me creía valiente, y seguramente lo fui en su momento, cuando saqué adelante a mis tres hijos con escasos haberes y mucha soledad, pero ante ella me sentí diminuta. Siempre hay alguien que te enseña humildad y te recuerda que el mundo está plagado de héroes anónimos con muchos más méritos que tú; gente que lo dio absolutamente todo con la única intención de que las circunstancias fueran un poco más amables para todos.

A pesar de las duras vivencias que me contó, me despedí de ella renovada, con la sensación de que el mundo era mucho más hermoso de lo que pensaba y de que hay más bondad de la que nos cuentan; lo que ocurre es que la gente que vive al servicio de los demás no tiene tiempo de revindicar ni vociferar. Su lucha es silenciosa, pero en realidad es la que mantiene el mundo en pie.

¿Sabéis lo mejor? Que sin haberse querido a sí misma nunca, María es una anciana realmente bella y feliz. Es para reflexionar, ¿a que sí?

Espero que la historia de una heroína anónima como María os haya gustado tanto como a mí. Desde este sencillo rincón hoy quiero homenajear a todos los hombres y mujeres cuyo paso por este planeta no ha dejado más que amor y sacrificio. ¡Gracias!

 

Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.

relatos cortos de amor entre el amor y la amistad - mercees pinto maldonado

Entre el amor y la amistad (Relatos cortos de amor)

Era domingo; un domingo más en absoluta soledad desde que se fue Inés. Daniel había estado arreglando el jardín para entretenerse y no pensar demasiado, porque en realidad ya no tenía sentido ocuparse de aquella casa; la había puesto en venta, era demasiado grande para él y contenía demasiados recuerdos.

Se sentó en la puerta a hacer nada. El invierno parecía despedirse y después de varios meses a esas horas el sol calentaba las fachadas de las viviendas del pueblo.

No podía dejar de pensar en ella. La nostalgia que lo acompañaba desde el día que Inés cerró los ojos por última vez había sido una sorpresa. No se casó enamorado, lo hizo porque era un buen chico y de ninguna manera podía defraudar a su madre, sus suegros y sobre todo a su novia de toda la vida.

Después de su despedida de soltero a punto estuvo de anular la boda. La juerga que se corrió esa noche con sus amigos fue descomunal, un escándalo en el pueblo. Daniel no estaba acostumbrado a beber y esa noche necesitaba olvidar. Y olvidó, hasta el punto de no recordar al día siguiente nada de lo que ocurrió en aquel bar de copas. Era un secreto a voces que el negocio hacía las veces de lupanar. A su mente acudieron vagas imágenes que le hicieron pensar que tal vez había estado con alguna de las chicas que prestaban sus servicios, pero las esquivó; la vergüenza y la resaca lo martirizaban demasiado. Se casó como Dios manda, aguantando las arcadas en el altar y prometiendo serle fiel en la salud y en la enfermedad. Los ocho años que duró su matrimonio así fue, no la engañó jamás.

Con el tiempo y la convivencia llegó a quererla de algún modo, porque Inés se lo merecía y porque él puso todo su empeño en que su unión saliera bien. Era una mujer extraordinaria, callada, tímida, delgada y poco agraciada, pero cargada de valores humanos. Ella siempre se acercaba a los más marginados del pueblo, se compadecía de sus desgracias, los ayudaba y los escuchaba sin quejarse ni juzgarlos ni una sola vez. Y así conoció a Teresa, la chica que decidió dejar la mala vida cuando se quedó embarazada.

Se hicieron grandes amigas. Siempre estaban juntas, había en ellas una complicidad inusitada teniendo en cuenta que pertenecían a mundos opuestos y una era la antítesis de la otra. Teresa era alegre, extrovertida y de una belleza cegadora. Cuando estaban en casa cocinando, cosiendo o simplemente tomando café, las risas de Teresa inundaban hasta el último rincón. Daniel no podía evitar mirarla, su corazón moría de amor y pasión por la vecina y se odiaba a sí mismo por ello.

El pequeño Raúl también solía estar pululando por la casa, un niño despierto e igual de bien parecido y alegre que su madre. Inés y Daniel no tuvieron hijos, los médicos les decían que no había motivos para ello, pero lo cierto es que en los ocho años de casados no hubo suerte. Él pensaba que no era más que la consecuencia de su falta de amor hacia ella, porque lo cierto es que apenas la tocaba y hubo pocas oportunidades de ser padres. Cuando se decidía a hacer el amor, lo hacía pensando en Teresa. Y es que para él, Inés era más una madre que una esposa; en cambio, su amiga se le antojaba la perfecta amante.

En todo esto pensaba bañado en sol, mientras de vez en cuando se preguntaba cómo era posible que a pesar de todo la echara tanto de menos. Comprendió que la quería más de lo que imaginaba, aunque de un modo muy distinto a como un hombre ama a una mujer. Tal vez era pura admiración.

Tenía la mirada perdida en el azul del cielo cuando escuchó la voz del pequeño Raúl.

––¡Hola, Daniel! ––gritó el pequeño mientras corría en su busca ladera abajo y con un cuento en la mano.

––Perdona, es que…

Teresa paró al ver el brillo del agua en los ojos de Daniel.

––Lo siento, Raúl se puso muy pesado y pensé que… Ya nos vamos, creo que no hemos venido en buen momento. Venga, Raúl, vámonos a casa, volveremos otro día.

––Daniel, cuéntamelo, venga, cuéntamelo ––le suplicaba el pequeño, ignorando las órdenes de su madre––. Mamá lo ha intentado, pero no sabe hacer las voces de los personajes como tú. Venga, léemelo.

––Claro que sí, muchachito. Pero ya tienes siete años, deberías acostumbrarte a leer solo ––le dijo Daniel revolviéndole el flequillo.

––Pero si me lo he leído, es que no es igual que cuando tú lo cuentas…

––Está bien, vamos a ello. Entra a por una silla y siéntate a mi lado.

––No seas pesado, Raúl…

––No importa, Teresa, me hará bien distraerme un poco.

––De acuerdo, mientras tanto voy al supermercado a hacer unas compras. ¿Necesitas algo?

––Creo que lo que necesito no lo venden en el supermercado.

Teresa le sonrió con dulzura y se fue calle abajo dispuesta a hacer sus compras. Él no pudo evitar prendarse del contoneo de sus caderas y sentirse el más ruin y culpable una vez más.

En quince minutos le había leído el cuento y el chiquillo entró en casa de Daniel alegando que los domingos echaban sus dibujos preferidos y quería ver la tele. Era un niño, qué sabía él hasta qué punto habían cambiado las cosas. Inés, la que lo consentía y atendía, ya no estaba, hacía tres meses que se había marchado y no estaba bien visto que su madre y él siguieran visitando la casa del viudo, y menos que pasaran allí horas y horas como entonces. Daniel también extrañaba tantos buenos ratos de bromas y risas con su esposa y su vecina. Cuando Teresa se marchaba se llevaba la alegría y dejaba el silencio.

No tardó mucho en aparecer la madre, enfundada en sus eternos vaqueros gastados, con un jersey rojo sangre que realzaba su cabello castaño claro y con unas deportivas que debían tener años. Salir adelante con un hijo y limpiando casas no daba para mucho. Aunque ella parecía tenerlo todo.

––Ya estoy aquí. Te he traído pan caliente para el almuerzo. ¿Dónde está Raúl?

––Entró para ver su programa…

––Perdona ––lo interrumpió ella––, él no termina de comprender que las cosas han cambiado.

Daniel le sonrió levemente. Era la primera sonrisa que esbozaba desde la muerte de Inés.

––Sabes que no me importa y cuánto quiero a tu hijo. No te preocupes.

––Pienso en ella constantemente ––dijo Teresa sentándose a su lado con toda naturalidad, como entonces––. Era la única amiga que he tenido. Parecía seria y eso, pero en realidad tenía la mente más abierta que cualquiera de las jóvenes de este pueblo. Sabía escuchar y jamás te juzgaba. Me enseñó tantas cosas…

––Todo el mundo aprendía a su lado ––apuntó él.

––Daniel…, no sé cómo decirte esto, pero creo que ha llegado el momento.

Él la miró expectante y sorprendido, intuyó que Teresa iba a confiarle algún secreto que debía saber.

––¿Te acuerdas de tu despedida de soltero?

––No mucho, la verdad. Pero, ¿qué sabes tú de esa noche? Ya veo que Inés y tú hablabais más de la cuenta a mis espaldas.

––Yo sí.

––Tú sí ¿qué?

––Yo sí me acuerdo de esa noche.

––Pues es extraño, creo que por entonces no nos conocíamos. Refréscame la memoria porque estoy algo perdido.

A Teresa no le gustó el tono en el que Daniel le hablaba, había dejado a un lado su natural amabilidad y su melancolía para ponerse a la defensiva. Obviamente, no estaba muy orgulloso de aquella noche y no le parecía correcto que las amigas hubiesen hablado del tema a sus espaldas.

––Me parece que no, no es el momento.

––Pues yo creo que deberías terminar lo que has empezado ––le replicó él mirándola con severidad.

Pero ella se puso en pie, avergonzada y arrepentida.

––Voy a llamar a Raúl, es hora de almorzar.

––No recuerdo bien lo que pasó en mi despedida de soltero ––dijo él, comprendiendo que había estado demasiado brusco––. Imagino que… bueno, por aquella época tú trabajabas en el mundo de la noche. Igual me viste en aquel local…

––Estuviste conmigo ––dijo ella en un ataque de valentía.

––¿Contigo? ¿Qué quieres decir?

––Hicimos el amor… Eso sí, a ti te costó cien euros.

––No puede ser. No sabes cómo siento no guardar ningún recuerdo.

Dicho esto, se arrepintió de inmediato, era palmario en su gesto que le hubiese gustado estar sobrio y haber disfrutado aquel momento con el que tantas veces había soñado. De repente su rictus se tornó seductor, olvidando la reciente tensión.

––Hay más.

Teresa se quedó en silencio y volvió a sentarse.

––No me interrumpas, por favor, ya es bastante difícil para mí contarte esto ––le pidió mirándolo como quien pide perdón de antemano––. Nunca he compartido contigo nada de mi pasado, imagino que todo lo que sabes te llegó por habladurías, pero lo cierto es que llevaba dos semanas viviendo en el club y trabajé solo esa noche como… prostituta. En realidad, los únicos cien euros que me gané con mi cuerpo fueron los tuyos. No sé si comprendes lo que te estoy diciendo.

Daniel no pestañeaba, no terminaba de captar su mensaje.

––No estoy seguro, la verdad.

––Raúl… solo puede ser tu hijo.

––¿Qué?

––Inés lo sabía, pero le pedía que me guardara el secreto. Lo hice por ella, no quería hacerle daño… Pero ya no tiene sentido callar. Ella se fue, y tienes que saber que la última palabra que me dijo fue: «díselo». Siempre supo que… Bueno, ella no era tonta.

––¡Dios mío! Todos estos años… Jamás imaginé que las dos me ocultabais algo así. No puedo creerlo.

––Lo sé. Lo siento. Déjame que te diga una última cosa y me marcharé: desde ese día vivo enamorada de ti. Ya está, ya lo sabes todo ––terminó, mientras las lágrimas empezaban a desbordar sus párpados.

––Mamá, tengo hambre ––dijo el pequeño asomando a la puerta.

––Claro, hijo, si es que deberíamos estar almorzando. Venga, vámonos a casa.

––Yo creo que hoy podríamos comer los tres aquí. ¿Te gustaría, Raúl? ––le preguntó Daniel al pequeño apenas conteniendo la emoción.

––Sí, porfa, mamá, vamos a comer con Daniel. ¡Como una familia!

––De acuerdo, voy a ver qué puedo cocinaros con lo que he traído.

Antes de que Teresa entrara en casa, Daniel le cogió la mano y la obligó a agacharse para que acercara el rostro al suyo y decirle al oído: «Yo también te he amado desde que te conocí».