Relatos

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DIARIO DE UN DESAMOR

No faltaba a su cita, cada día, de lunes a domingo, iba a la panadería del barrio a comprar una pulga, cuarenta gramos de masa de harina recién cocida. Aunque a veces no la necesitaba y en la bolsa del pan se acumulaban sin sentido, cada mañana a la misma hora, cuando había menos clientela, se acercaba a la tahona solo para hablar con la dueña. Era una mujer joven, limpia, jovial, generosa y de muy buena conversación, parecía especialmente encantada de escuchar siempre la misma historia: cuánto se acordaba de su amor de juventud, la única mujer a la que había amado.

Poco a poco habían empatizado, a pesar de la diferencia de edad: Samuel sesenta y ocho y Fina cuarenta y cinco, aunque ella no aparentaba más de treinta y cinco. A veces hablaban más de una hora, hasta que empezaban a llegar los clientes que demandaban el pan del almuerzo.

―Las cosas han cambiado mucho, por aquellos años era imprescindible la aprobación de los padres de ella. Yo tuve algún problema con la ley… mi familia pasaba apuros y robé algo de comida…

―Imagino lo duro que debió ser para usted.

―No me siento orgulloso de ello, pero la necesidad era tal, que no encontré otra salida. Entonces ayudaba cuando podía en un taller, pero mis estudios no me dejaban mucho tiempo libre. Al final tuve que dejar la carrera y ponerme a trabajar en serio para echar una mano en casa―le contaba Samuel a Fina con los ojos vidriosos, recordando una vez más aquel amor que nunca pudo olvidar―. Su padre era guardia civil, imagínate. Le prohibió verme, la tenía prácticamente secuestrada en casa.

―Qué triste ―decía ella echada en el mostrador, embelesada mientras escuchaba las confesiones más íntimas de quien a ella le parecía todo un señor.

―Pidió traslado y se llevó a su familia. Nunca supe dónde, jamás volví a saber de ella. Se me rompió el corazón… Durante los primeros años intenté localizarla, pero nada, era como si se hubiese evaporado. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, creí volverme loco. Poco después mi padre encontró trabajo, retomé mis estudios y me refugié en ellos.

―¿No volvió a enamorarse? ¿No se casó? ―le preguntó Fina, muy sorprendida.

―Conocí a algunas muchachas… pero no pude, no hubiese sido justo para ellas. Hasta que me jubilé, he vivido entregado a mi gran pasión: la arqueología. Durante años pasé largas temporadas en diferentes países y finalmente conseguí una Cátedra en la Universidad. Pero ahora, con tanto tiempo libre, su recuerdo está más vivo y es más persistente que nunca. Solo pienso en qué habrá sido de ella. Me pregunto tantas cosas…

Un cliente interrumpió la emotiva conversación y Samuel se despidió hasta el día siguiente.

―No falte mañana a nuestra cita ―le pidió ella―, quiero hacerle un regalo.

Al día siguiente Fina no pudo evitar emocionarse mientras, a través de la puerta de cristal, lo veía cruzar la vía. Era un hombre apuesto e interesante, además de tener un porte distinguido. Aunque su aspecto era impecable y resultaba obvio que profesionalmente había triunfado, su caminar, su mirada baja y su melancólico rictus mostraban la indigencia afectiva que padecía desde su juventud.

Samuel saludó y esperó pacientemente a que la tahonera despachara a un par de clientes. No le pasó inadvertida la mirada húmeda de Fina y ese día echaba de menos su natural desparpajo. Por alguna razón que desconocía, parecía consternada, como si su mente estuviera ocupada en una cuestión muy distinta a su tarea.

Al fin en el establecimiento quedaron los dos solos.

―¿Estás bien? ―le preguntó Samuel―. Hoy encuentro algo de tristeza en tu mirada…

―Sí, sí, estoy bien ―lo interrumpió ella―, es solo que… Samuel, ¿puedo tutearte?

―Claro, creo que después de tantas charlas y confidencias te lo has ganado ―le dijo él con cercanía y cordialidad.

Fina se quedó mirándolo en silencio unos segundos, mientras dos lágrimas paseaban por sus mejillas.

―Dulce, se llamaba Dulce, ¿verdad?

―Sí, mi querida Dulce ―dijo él casi susurrando―. ¿Cómo lo has sabido?

―Podría contarte un millón de cosas sobre su vida, pero prefiero que lo haga ella.

Dicho esto, la panadera sacó un puñado de viejas libretas de debajo del mostrador y las puso sobre las temblorosas manos de Samuel. Él bajó la mirada y leyó: «Diario de un desamor. Dulce Ostos».

―¿Dónde está? ―preguntó el emocionado arqueólogo.

―En el paraíso, esperándote. Ella también pasó toda la vida pensando en ti.

―¡Dios mío!

―Nunca has estado solo, Samuel, mi madre nos hablaba de ti cada día.

Fina dio la vuelta al mostrador y se plantó ante él, con los ojos anegados y una hermosa sonrisa. Después lo abrazó, abrigando entre su pecho y el de su padre los cuadernos que contaban toda una vida de desamor. Estaban escribiendo un inesperado final.

―Todo ha terminado, papá. Se acabaron las preguntas, mi madre dejó escritas todas las respuestas. Pero ahora vete y lee, tiene mucho que contarte. Cuando acabes te presentaré a tus nietos.

EL CHICO DEL LAGO CRESCENT

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Olympic National Park  5-5-2002

Querida extraña:

Llueve a mares en el Olympic Park, apenas se distingue la línea que separa la superficie del lago de la del cielo. Desde mi ventana contemplo un precioso paisaje bucólico que no hace más que acentuar mi melancolía, mis enormes ganas de ti. Llevo horas con la mirada fija en esta enorme y densa masa gris plateada. Desde el agua emergen hacia las montañas unos vapores mágicos que me eclipsan, es como mirar el baile de las llamas del fuego. Parece que de un momento a otro fuesen a aparecer por los rincones todo tipo de personajes mitológicos, casi puedo ver corretear a los elfos y revolotear a juguetonas hadas. Pero casi, porque la visión de tu rostro lo llena todo. Lo veo sobre el lago, entre la lluvia, en la cima de las boscosas montañas… Vivo obsesionado con volver a verte, con que esta pesadilla termine y podamos al fin cumplir nuestro sueño de amarnos eternamente. En un día como el de hoy, en el que me veo obligado a pasar horas de encierro, te extraño más si cabe.

Siempre tuyo:

El Pintor Trémulo

 

Extracto de una de las cartas que el protagonista de Cartas a una extraña escribe a su amada.

EL CHACHO DE LOS ÁVILA

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Él era el Chacho, el comodín de la familia, había estado toda la vida a la sombra de su hermano y su cuñada. Treinta años cuidándoles el jardín, llevando a los niños al colegio, encargándose de los recibos, de las reparaciones de la mansión… Se llamaba Lucas, pero nadie lo sabía o lo habían olvidado, porque para todo el mundo él era el bueno del chacho de los Ávila. A veces se preguntaba si alguien recordaba que en realidad era el hermano pequeño de don José María, el oftalmólogo más cotizado y respetado de toda Galicia.

Lucas era un hombre discreto, callado y trabajador. Se levantaba al amanecer, siempre había algo que sembrar o podar, encargos pendientes en la ciudad para su hermano, su cuñada o los chicos: entregar un documento en la universidad, comprar cartuchos para la impresora, pasar la ITV de algún vehículo, descambiar unas deportivas… El resto del día lo empleaba en las chapuzas propias de una casa tan grande: arreglando pestillos, limpiando la piscina, pintando portones… Con los años parecía estar consumiéndose y replegándose sobre sí mismo, como si estuviera en una eterna genuflexión a los Ávila, sus ojos no parecían ver más allá del suelo día a día.

Todos sabían que en algún bolsillo llevaba esa carta que nadie podría leer hasta después de su muerte. Ignacio, que siempre había sido un niño muy atrevido, intentó robársela en alguna ocasión mientras dormía, pero el chacho tenía el sueño muy ligero; el resto de la familia, su hermano, su cuñada Marina y su sobrina Alba, nunca mostraron curiosidad por saber lo que decían aquellas letras. De hecho, ninguno mostraba interés alguno por el Chacho más allá de las muchas veces que lo necesitaban.

Aquella tarde José María lo echó de menos al volver a casa. Desde las ventanas de la planta baja revisó con la mirada el jardín. El cobertizo estaba cerrado y reinaba un extraño y frio silencio. Salió para inspeccionar el terreno y lo encontró tirado en el suelo junto a los rosales. Enseguida sospecho que estaba sufriendo un infarto. Rápidamente buscó su móvil, pero Lucas se lo impidió agarrándole la mano con una fuerza inusitada para un moribundo.

Desde su roto corazón, sacó las fuerzas suficientes para hablarle:

―Hermano ―Jadeó exhalando la misma muerte y siguió―, dale esta cartas a Ignacio… ―continuó, poniendo sobre la mano de su hermano un sobre ambarino―, él tiene que saber por qué me resigné a vivir a vuestra sombra; debe saber que es mi hijo y que callar era la única manera de verlo crecer… Siento que hayas vivido tantos años esta mentira… Marina estaba tan sola, tú viajabas constantemente… Espero que sepas perdonarme.

―Lo sé, Lucas, siempre lo he sabido, al principio de nuestro matrimonio deseábamos tanto tener hijos que nos sometimos a toda clase de pruebas y… soy estéril.

―Entonces… Alba también es…

―Sí. Vete tranquilo, no solo te perdono, sino que te agradezco que me hayas regalado dos hijos maravillosos. Te prometo hablar con ellos y contarles la verdad.

―No… no… deja todo tal y como está…

Fue lo último que dijo Lucas antes de que su hermano le cerrara los ojos para siempre. Luego José María dejó la carta en el suelo y arrimó la llama de su mechero. Verdaderamente, a nadie le importaba que los Ávila hubiesen conseguido ser felices gracias a la generosidad del Chacho.

LA ESCAPARATISTA

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No se lo podía creer, ahí estaba, sobre su mesa, toda suya. Después de años viéndola a través de un escaparate, soñando con ella despierto y dormido, lo había conseguido. Hubo momentos en los que casi estuvo a punto de cometer una locura y probar esa técnica que usaban algunos ladrones llamada alunizaje. Pero no, a él le habían enseñado que las cosas se consiguen con esfuerzo; que los atajos siempre pasan la factura. Finalmente supo aguardar su momento. Cierto, haber sido capaz de esperar y ganársela con el sudor de su frente ya era en sí una gran satisfacción.

Era preciosa, no se cansaba de mirarla, casi no se atrevía a tocarla, no fuera que despertara y le robaran su sueño una vez más. Imaginó cómo sonaría entre sus manos… pero no, todavía no. La desprendió del suave paño que la envolvía como fascinado, con toda la delicadeza que se merecía.

Después se atrevió y deslizó la mano suavemente por el pulido ébano, sus curvas le recordaron la mala imitación Fender que colgaba de su dormitorio. Nada que ver, esta era auténtica.

Antes de hacerla suya, se deleitó un poco más, recordando cómo mañana tras mañana, año tras año, de camino a su trabajo, la había deseado al otro lado del cristal. Llegó a envidar cada instrumento que la rodeaba y hasta la luz que la bañaba en las mañanas de invierno, cuando los días se desperezaban más lentos que la ciudad.

La alzó sobre la mesa y el agua acudió a sus ojos mientras contemplaba su desnudez, estaba estremecido. Había llegado el momento ansiado: la rodeó con sus brazos y comenzó a tocarla ansioso por escuchar sus susurros. Pero ella tuvo un mal despertar y las notas se tornaron gritos y lamentos que llegaron a los confines de su barrio. La ira se apoderó de él. Iracundo, la apretó con fuerza contra sí en un vano intento de ahogar el sonido equivocado.

De súbito la puerta de su casa se abrió:

―¡Policía! ¡Suéltala!

―¡Es mía! ¡Es mía! ―gritaba una y otra vez mientras, como poseído, le comprimía el cuello entre sus manos.

Un certero disparo del agente atravesó su frente y todo terminó. La bonita sudafricana que arreglaba cada mañana el escaparate de la tienda de música quedó libre al fin, ya nunca más tendría que esconderse tras la guitarra Fender cada vez que aquel hombre se parara al otro lado del vidrio para mirarla con ojos lascivos.

LOS PIRATAS DE CAMPOARRIBA

Post11Es la Fiesta de la Paella en el municipio de Campoarriba, uno de los pueblos de más altitud de Andalucía. Es una aldea casi deshabitada, en la que viven una veintena de abuelos que se niegan a dejar su vida. Pero hoy es un día especial, todos los que tienen algún vínculo con el lugar suben a la montaña a degustar el rico arroz. La pequeña plaza está a rebosar, no faltan la cerveza, el vino y la orquesta. Después de disfrutar un año más el sabroso almuerzo, un buen grupo de amigos y conocidos se reúnen en la casa de la tía Rosa para tomar café y un trozo de la típica torta de Campoarriba. En la reunión hay una escritora, cerca de la chimenea, escuchando la conversación que mantienen una docena de hombres y mujeres. Por lo pronto, se mantiene al margen, mirando el fuego, pero atenta a la distendida charla.

―Qué desastre de país, dan ganas de irse a vivir a las antípodas ―dice un joven de unos treinta años llamado Santi―. ¡Qué asco de políticos! Es que no encuentras uno honrado ni por estadística.

―Son todos iguales ―apostilla otro, de nombre Manuel, después de sorber su café―, mientras no los pillen, roban y roban sin pudor.

―Pues yo no lo entiendo ―interviene una señora, la mujer de Manuel―, con la de gente honrada que hay… ¿por qué siempre salen elegidos los de la misma calaña? A mí no se me ocurriría quitarle a nadie el pan ni con hambre. Quita, quita…

―Eso digo yo. Si es que no conocen el límite, roban por robar. Macho, yo tengo mi casita, mi trabajito, me acuesto con la barriga llena… ¿qué más quiero? Eso tiene que ser vicio ―vuelve a hablar Santi, dirigiéndose a Manuel.

De repente, el tal Santi repara en la mujer que está frente al fuego:

―Hola, ¿qué tal? Tú eres la escritora, la suegra de Marcos, ¿no? ―la aborda con una pregunta al reconocerla.

―Eso dicen ―contesta la autora sorprendida―. Encantada de conocerte, Santiago ―le extiende la mano amablemente.

―A mi mujer le encantan tus libros. Cuando le regalé el Kindle para su cumpleaños le descargué, de una página de esas piratas que me recomendó un amigo, al menos cien y, oye, cuando llevaba cuatro leídos empezó uno tuyo y ya no paró hasta que se los leyó todos; todas las noches cuando llegaba del trabajo erre que erre para que buscara la dichosa página y le descargara otro. Está en la plaza, ahora cuando venga te la presento, verás qué alegría le vas a dar.

―Muchas gracias ―le dice la escritora, con manifiesta acritud.

―De nada, mujer, es un placer ―le dice Santi antes de darse la vuelta para seguir despellejando a la clase política.

Pero ella necesitaba decirle algo más:

―Perdona, ¿sabías que descargar libros de páginas piratas es un robo?

―Bueno, estamos en España, estas cosas no se pagan hasta que no te pillan ―contesta el chico con una sonrisa burlona.

―¿Sabes?, en este momento a mí también me dan ganas de irme a vivir a las Antípodas, acabo de perder la esperanza en la gente que tanto critica a la clase política.