Autor: Mercedes Pinto

Nací en Granada, pero actualmente resido en Málaga, España. Estudié Medicina, pero lo dejé para dedicarme a la literatura. Actualmente me dedico solo a la literatura, a leer y novelar. Tengo ocho libros publicados: "El talento de Nano","La última vuelta del scaife", "Maldita" y "Pretérito Imperfecto" con Ediciones B, "El fotógrafo de paisajes" con Ediciones Click y "La caja mágica" con Libros Mablaz, y he autoeditado en Amazon mis dos últimas novelas "Hijos de Atenea" y "Cartas a una extraña", finalista del Concurso Indie 2015. Aunque soy una escritora híbrida, reconozco que la mayoría de mis lectores conocieron mis obras gracias a la publicación independiente, que me dio la oportunidad de que dos de mis novelas fueran best sellers en varios países y estuvieran más de un año en el Top 100 de Amazon. Me considero una escritora humanista para la que cualquier género puede ser el escenario de sus historias.

7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

Nota previa al artículo: En estos momentos estoy inmersa en mis quehaceres literarios y una serie de circunstancias me iba a impedir publicar en este blog durante varias semanas. Pero mi compromiso con mis lectores y con muchos de mis compañeros de letras que siguen con atención todo lo que escribo no me permite “abandonar” el blog durante tanto tiempo. Por ello, escribí unos artículos y unos relatos, que se hallan en poder de mi community manager, con la intención de publicar uno cada quince días. Este artículo iba a ser publicado a mediados de marzo, pero mi community manager me ha informado de que la semana pasada se denunciaron prácticas ilegales en Amazon por parte de algunos escritores tramposos, así que hemos decidido adelantar su publicación. Os dejo con el artículo, espero que os resulte interesante

 

Así es el ser humano, capaz de cualquier cosa por llegar el primero. Es asombrosa la cantidad de personas a las que les importa más el galardón que lo conseguido por el esfuerzo y el mérito. Bueno, más que el galardón yo creo que su interés está en el dinero y el poder. No hay sector que se salve de esta plaga letal que amenaza con exterminar los valores que han permitido al ser humano sobrevivir durante miles de años a toda clase de pruebas.

Sí, somos capaces de ahogar el verdadero talento y devorar nuestro yo más noble con tal de conseguir un triunfo de cartón.

Este tipo de actos inmorales solo pueden proliferar en una humanidad enferma a la que no le importa el ser, solo el parecer. Ocurre en todas partes: en política, en arte, en ciencia, entre amigos, en la propia familia…

Esta es la sociedad que impera en nuestros días, la que intenta seducirnos día tras día en todos los medios de comunicación: alfombras rojas, trajes de marca a precios de escándalo, casas maravillosas habitadas por Barbie y Ken, premiados y más premiados en escenarios de lujo, futbolistas en sus ostentosos coches, políticos corruptos laureados por la multitud… Los niños ya no quieren ir a las misiones para arreglar el mundo, o ser médicos o abogados; quieren ser futbolistas, políticos o entrar en un reality show para después ir de discoteca en discoteca y forrarse con los bolos.

Obviamente, estamos viviendo una fase involutiva de nuestra historia, un paso atrás; aunque un paso atrás no significa que no avancemos, en todo camino hay tropiezos.

Estamos bombardeados constantemente con mensajes que afirman que quien no triunfa o no es guapo no es nadie. Es tal el acoso al que nos someten que si no somos apuestos nos operamos hasta las pestañas y si no tenemos currículum nos lo compramos o nos lo inventamos.

Todo esto ha dado lugar a que ya no creamos en nada de lo que vemos y escuchamos, como dando por hecho que la verdad siempre está oculta y es mucho más fea y triste.

El mundo de la literatura no se libra de esta pandemia: grandes premios otorgados a escritores escogidos de antemano, jurados corruptos, críticos comprados por editoriales para promocionar sus libros, plagios, estrategias de márquetin amorales, autores de éxito que en realidad no escriben…

Entre los autores de las plataformas de venta la picaresca ha llegado a límites insospechados. Yo misma, en agosto de 2015, sufrí una maniobra orquestada durante el Concurso Indie por unas autoras de novela romántica que se esforzaron en echarme de los más vendidos dejando casi a diario una reseña negativa, alternando una y dos estrellas para que no cantase demasiado. Sospeché desde un principio, por la sencilla razón de que ya tenía larga experiencia en la publicación en Amazon y durante ese mes mi obra en el concurso había roto todas las estadísticas en cuanto a comentarios negativos y no por ello dejó de ser el libro más popular y vendido del concurso. Tanto es así que en el momento en que se anunció que era finalista este ataque cesó; parece ser que se dieron por vencidas.

Después, una fuente muy fiable me confirmó mis sospechas. Nunca me quejé a Amazon, algunos de estos comentarios desaparecieron sin más; tal vez fueron descubiertas por el algoritmo.

Pero estos autores falsos y trepas no solo se dedican a dejar reseñas negativas en todos los libros que puedan ser un estorbo para que los suyos escalen el Top 100, hacen verdaderos juegos malabares para engañar al algoritmo y a sus inventores. Os dejo las estafas más notorias, pero seguro que hay más y algunos de vosotros podríais seguir sumando a mi lista.

 7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

Compran su libro una y otra vez

No sé hasta cuántas veces al día se puede hacer la compra del mismo libro. Yo pensaba que esto eran rumores porque la misma plataforma te lo impide anunciándote que ya compraste esa obra el día tal. Pero sí se puede, resulta que solo tienes que eliminarlo de tu lista del Kindle cada vez que quieras volver a comprarlo.

Este sucio truco puede parecer que requiera una gran inversión, pero en realidad si pones tu libro a un euro te costará veinte diarios mantenerlo en los primeros puestos, y esta posición hará que las ganancias sean mayores que la inversión.

Compran comentarios positivos a reseñadores sin escrúpulos

Como quien compra cromos: por cincuenta euros, tres comentarios de cinco estrellas o por cien, diez. Por poner un ejemplo, no sé a cuánto estará ahora la docena de comentarios positivísimos.

Engañan a Kindle Unlimited

Esta estafa es para nota. En esta ocasión los autores juegan con las páginas leídas, que también computan en el ranking y reportan beneficios. Se trata de alquilar el libro tantas veces como se quiera por el número de personas de las que se dispongan y que estos supuestos lectores pasen las páginas sin leer, de diez en diez, de veinte en veinte o de la primera a la última directamente. Por lo visto, hasta ahora el algoritmo no disponía de un filtro que detectara tan despreciable práctica. Creo que Amazon lo está subsanando, entre otras cosas porque las páginas leídas ––en este caso no leídas–– tiene que pagarlas.

Hacen promociones falsas

En todos los sentidos, como vender una gran historia cuando es un folletín de cuarenta páginas que ni se entiende ni tiene interés, o decir que se tienen cuantísimos premios cuando no te conoce nadie, o anunciar sin el mayor reparo que se han vendido no sé cuántos miles de ejemplares cuando la cifra real ni se acerca, o publicar críticas magníficas escritas por el propio autor, o gritar que solo quedan dos ejemplares cuando la tirada está casi sin estrenar…

Denuncian a Amazon a los compañeros de éxito

Da igual el motivo de la denuncia: que el libro tiene erratas, que está mal maquetado, que no cumple las expectativas de la sinopsis, que tiene comentarios falsos… La cuestión es jorobar a los encargados de la plataforma que, naturalmente, como empresa, otorgará la razón al insatisfecho cliente y llegado el caso dará de baja la obra. A mí me ha pasado con una novela que estaba en el Top 100. Fue una verdadera pesadilla, a diario recibía quejas de los lectores a través de Amazon, hasta que entendieron que el producto no era digno de su escaparate.

Crean cuentas falsas para poner comentarios negativos

O utilizan las de amigos y familiares. También con estas cuentas se colocan ellos mismos todas las estrellas del firmamento.

Se organizan en grupos para aumentar exponencialmente las descargas de los supuestos lectores

Para llevar a cabo esta fullería se requiere gran habilidad y tener liderazgo. Se trata de reunir a un buen número de escritores y lectores y sincronizar sus actuaciones. Por ejemplo: el primer día leerán en Kindle Unlimited diez (que, por lo general, no leen, solo pasan páginas de veinte en veinte), otros diez descargarán el ebook y cinco más dejarán sus reseñas de cinco estrellas. Al día siguiente otra vez la misma operación, pero cambiando los miembros, y así hasta que el libro se coloca en el número uno, o al menos entre los diez más vendidos. Se ayudan entre ellos, hoy por ti mañana por mí. Es increíble cómo observan y estudian los algoritmos, saben perfectamente cómo funcionan y sus puntos vulnerables. Se me ocurre que bien podrían haber estudiado ingeniería informática en vez de dedicarse a no escribir, seguramente les iría mucho mejor todavía.

 

Todo esto ocurre y más, pero, ojo, tengo que aclarar que no deja de ser un grupo entre la honrada mayoría. Con el tiempo he conocido a muchos escritores, unos son celebridades, otros son menos conocidos y muchos están empezando; repito, la mayor parte de ellos aman su trabajo y luchan limpia y apasionadamente. No me cabe duda de que son estos los que están haciendo historia en nuestra literatura, los otros no son más que ilusionistas de pacotilla que lo único que hacen es estorbar y minar la confianza de los lectores, que tarde o temprano descubrirán sus argucias.

En fin, no sé vosotros, pero yo voy a seguir con mis letras porque nunca se me dieron bien las ciencias ni los números ni las ingenierías.

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relatos cortos de amor entre el amor y la amistad - mercees pinto maldonado

Entre el amor y la amistad (Relatos cortos de amor)

Era domingo; un domingo más en absoluta soledad desde que se fue Inés. Daniel había estado arreglando el jardín para entretenerse y no pensar demasiado, porque en realidad ya no tenía sentido ocuparse de aquella casa; la había puesto en venta, era demasiado grande para él y contenía demasiados recuerdos.

Se sentó en la puerta a hacer nada. El invierno parecía despedirse y después de varios meses a esas horas el sol calentaba las fachadas de las viviendas del pueblo.

No podía dejar de pensar en ella. La nostalgia que lo acompañaba desde el día que Inés cerró los ojos por última vez había sido una sorpresa. No se casó enamorado, lo hizo porque era un buen chico y de ninguna manera podía defraudar a su madre, sus suegros y sobre todo a su novia de toda la vida.

Después de su despedida de soltero a punto estuvo de anular la boda. La juerga que se corrió esa noche con sus amigos fue descomunal, un escándalo en el pueblo. Daniel no estaba acostumbrado a beber y esa noche necesitaba olvidar. Y olvidó, hasta el punto de no recordar al día siguiente nada de lo que ocurrió en aquel bar de copas. Era un secreto a voces que el negocio hacía las veces de lupanar. A su mente acudieron vagas imágenes que le hicieron pensar que tal vez había estado con alguna de las chicas que prestaban sus servicios, pero las esquivó; la vergüenza y la resaca lo martirizaban demasiado. Se casó como Dios manda, aguantando las arcadas en el altar y prometiendo serle fiel en la salud y en la enfermedad. Los ocho años que duró su matrimonio así fue, no la engañó jamás.

Con el tiempo y la convivencia llegó a quererla de algún modo, porque Inés se lo merecía y porque él puso todo su empeño en que su unión saliera bien. Era una mujer extraordinaria, callada, tímida, delgada y poco agraciada, pero cargada de valores humanos. Ella siempre se acercaba a los más marginados del pueblo, se compadecía de sus desgracias, los ayudaba y los escuchaba sin quejarse ni juzgarlos ni una sola vez. Y así conoció a Teresa, la chica que decidió dejar la mala vida cuando se quedó embarazada.

Se hicieron grandes amigas. Siempre estaban juntas, había en ellas una complicidad inusitada teniendo en cuenta que pertenecían a mundos opuestos y una era la antítesis de la otra. Teresa era alegre, extrovertida y de una belleza cegadora. Cuando estaban en casa cocinando, cosiendo o simplemente tomando café, las risas de Teresa inundaban hasta el último rincón. Daniel no podía evitar mirarla, su corazón moría de amor y pasión por la vecina y se odiaba a sí mismo por ello.

El pequeño Raúl también solía estar pululando por la casa, un niño despierto e igual de bien parecido y alegre que su madre. Inés y Daniel no tuvieron hijos, los médicos les decían que no había motivos para ello, pero lo cierto es que en los ocho años de casados no hubo suerte. Él pensaba que no era más que la consecuencia de su falta de amor hacia ella, porque lo cierto es que apenas la tocaba y hubo pocas oportunidades de ser padres. Cuando se decidía a hacer el amor, lo hacía pensando en Teresa. Y es que para él, Inés era más una madre que una esposa; en cambio, su amiga se le antojaba la perfecta amante.

En todo esto pensaba bañado en sol, mientras de vez en cuando se preguntaba cómo era posible que a pesar de todo la echara tanto de menos. Comprendió que la quería más de lo que imaginaba, aunque de un modo muy distinto a como un hombre ama a una mujer. Tal vez era pura admiración.

Tenía la mirada perdida en el azul del cielo cuando escuchó la voz del pequeño Raúl.

––¡Hola, Daniel! ––gritó el pequeño mientras corría en su busca ladera abajo y con un cuento en la mano.

––Perdona, es que…

Teresa paró al ver el brillo del agua en los ojos de Daniel.

––Lo siento, Raúl se puso muy pesado y pensé que… Ya nos vamos, creo que no hemos venido en buen momento. Venga, Raúl, vámonos a casa, volveremos otro día.

––Daniel, cuéntamelo, venga, cuéntamelo ––le suplicaba el pequeño, ignorando las órdenes de su madre––. Mamá lo ha intentado, pero no sabe hacer las voces de los personajes como tú. Venga, léemelo.

––Claro que sí, muchachito. Pero ya tienes siete años, deberías acostumbrarte a leer solo ––le dijo Daniel revolviéndole el flequillo.

––Pero si me lo he leído, es que no es igual que cuando tú lo cuentas…

––Está bien, vamos a ello. Entra a por una silla y siéntate a mi lado.

––No seas pesado, Raúl…

––No importa, Teresa, me hará bien distraerme un poco.

––De acuerdo, mientras tanto voy al supermercado a hacer unas compras. ¿Necesitas algo?

––Creo que lo que necesito no lo venden en el supermercado.

Teresa le sonrió con dulzura y se fue calle abajo dispuesta a hacer sus compras. Él no pudo evitar prendarse del contoneo de sus caderas y sentirse el más ruin y culpable una vez más.

En quince minutos le había leído el cuento y el chiquillo entró en casa de Daniel alegando que los domingos echaban sus dibujos preferidos y quería ver la tele. Era un niño, qué sabía él hasta qué punto habían cambiado las cosas. Inés, la que lo consentía y atendía, ya no estaba, hacía tres meses que se había marchado y no estaba bien visto que su madre y él siguieran visitando la casa del viudo, y menos que pasaran allí horas y horas como entonces. Daniel también extrañaba tantos buenos ratos de bromas y risas con su esposa y su vecina. Cuando Teresa se marchaba se llevaba la alegría y dejaba el silencio.

No tardó mucho en aparecer la madre, enfundada en sus eternos vaqueros gastados, con un jersey rojo sangre que realzaba su cabello castaño claro y con unas deportivas que debían tener años. Salir adelante con un hijo y limpiando casas no daba para mucho. Aunque ella parecía tenerlo todo.

––Ya estoy aquí. Te he traído pan caliente para el almuerzo. ¿Dónde está Raúl?

––Entró para ver su programa…

––Perdona ––lo interrumpió ella––, él no termina de comprender que las cosas han cambiado.

Daniel le sonrió levemente. Era la primera sonrisa que esbozaba desde la muerte de Inés.

––Sabes que no me importa y cuánto quiero a tu hijo. No te preocupes.

––Pienso en ella constantemente ––dijo Teresa sentándose a su lado con toda naturalidad, como entonces––. Era la única amiga que he tenido. Parecía seria y eso, pero en realidad tenía la mente más abierta que cualquiera de las jóvenes de este pueblo. Sabía escuchar y jamás te juzgaba. Me enseñó tantas cosas…

––Todo el mundo aprendía a su lado ––apuntó él.

––Daniel…, no sé cómo decirte esto, pero creo que ha llegado el momento.

Él la miró expectante y sorprendido, intuyó que Teresa iba a confiarle algún secreto que debía saber.

––¿Te acuerdas de tu despedida de soltero?

––No mucho, la verdad. Pero, ¿qué sabes tú de esa noche? Ya veo que Inés y tú hablabais más de la cuenta a mis espaldas.

––Yo sí.

––Tú sí ¿qué?

––Yo sí me acuerdo de esa noche.

––Pues es extraño, creo que por entonces no nos conocíamos. Refréscame la memoria porque estoy algo perdido.

A Teresa no le gustó el tono en el que Daniel le hablaba, había dejado a un lado su natural amabilidad y su melancolía para ponerse a la defensiva. Obviamente, no estaba muy orgulloso de aquella noche y no le parecía correcto que las amigas hubiesen hablado del tema a sus espaldas.

––Me parece que no, no es el momento.

––Pues yo creo que deberías terminar lo que has empezado ––le replicó él mirándola con severidad.

Pero ella se puso en pie, avergonzada y arrepentida.

––Voy a llamar a Raúl, es hora de almorzar.

––No recuerdo bien lo que pasó en mi despedida de soltero ––dijo él, comprendiendo que había estado demasiado brusco––. Imagino que… bueno, por aquella época tú trabajabas en el mundo de la noche. Igual me viste en aquel local…

––Estuviste conmigo ––dijo ella en un ataque de valentía.

––¿Contigo? ¿Qué quieres decir?

––Hicimos el amor… Eso sí, a ti te costó cien euros.

––No puede ser. No sabes cómo siento no guardar ningún recuerdo.

Dicho esto, se arrepintió de inmediato, era palmario en su gesto que le hubiese gustado estar sobrio y haber disfrutado aquel momento con el que tantas veces había soñado. De repente su rictus se tornó seductor, olvidando la reciente tensión.

––Hay más.

Teresa se quedó en silencio y volvió a sentarse.

––No me interrumpas, por favor, ya es bastante difícil para mí contarte esto ––le pidió mirándolo como quien pide perdón de antemano––. Nunca he compartido contigo nada de mi pasado, imagino que todo lo que sabes te llegó por habladurías, pero lo cierto es que llevaba dos semanas viviendo en el club y trabajé solo esa noche como… prostituta. En realidad, los únicos cien euros que me gané con mi cuerpo fueron los tuyos. No sé si comprendes lo que te estoy diciendo.

Daniel no pestañeaba, no terminaba de captar su mensaje.

––No estoy seguro, la verdad.

––Raúl… solo puede ser tu hijo.

––¿Qué?

––Inés lo sabía, pero le pedía que me guardara el secreto. Lo hice por ella, no quería hacerle daño… Pero ya no tiene sentido callar. Ella se fue, y tienes que saber que la última palabra que me dijo fue: «díselo». Siempre supo que… Bueno, ella no era tonta.

––¡Dios mío! Todos estos años… Jamás imaginé que las dos me ocultabais algo así. No puedo creerlo.

––Lo sé. Lo siento. Déjame que te diga una última cosa y me marcharé: desde ese día vivo enamorada de ti. Ya está, ya lo sabes todo ––terminó, mientras las lágrimas empezaban a desbordar sus párpados.

––Mamá, tengo hambre ––dijo el pequeño asomando a la puerta.

––Claro, hijo, si es que deberíamos estar almorzando. Venga, vámonos a casa.

––Yo creo que hoy podríamos comer los tres aquí. ¿Te gustaría, Raúl? ––le preguntó Daniel al pequeño apenas conteniendo la emoción.

––Sí, porfa, mamá, vamos a comer con Daniel. ¡Como una familia!

––De acuerdo, voy a ver qué puedo cocinaros con lo que he traído.

Antes de que Teresa entrara en casa, Daniel le cogió la mano y la obligó a agacharse para que acercara el rostro al suyo y decirle al oído: «Yo también te he amado desde que te conocí».

ATRAPADA EN LA RED

Queridos seguidores, amigos y lectores, este fin de semana hará un frío polar y he pensado que estaréis muchas horas ociosos encerrados en casa. ¿Qué tal si nos concedemos unos minutos para leer un relato y reflexionar sobre el tema de fondo?

Apenas había abierto los ojos y, todavía en la cama, cogió su móvil y dio un repaso a las visitas de sus redes. Ya estaba ansiosa y ni siquiera había puesto los pies en el suelo. Entre Twitter, Facebook e Instagram, ¡casi doscientos me gusta, quince comentarios y nueve veces compartida su última fotografía! No estaba nada mal, parecía que su popularidad iba en aumento. No al ritmo del cretino de Raúl, pero poco a poco iba creciendo su presencia en el ciberespacio.

«Bien, bien, Maika», se dijo muy satisfecha, y volvió a pasar su dedo por la pantalla para asegurarse de la información. ¡Incluso tenía un me gusta de uno de sus cantantes favoritos!

Por supuesto, se duchó, desayunó y se vistió sin quitarle el ojo al único amigo que tenía desde hacía tiempo: su móvil.

Mientras caminaba iba atenta al paisaje, con el teléfono en la mano, claro; siempre preparado para ese selfie que haría las delicias de sus seguidores. Antes de entrar en el supermercado donde trabajaba como cajera se hizo la primera fotografía del día: un cielo azulísimo y unas buganvillas de fondo, el sol iluminando su larga melena y su mejor sonrisa. ¡Perfecta! De inmediato la compartió en sus páginas, con tal inquietud que ni siquiera advirtió el saludo de David, uno de sus compañeros de trabajo, un chico contratado para todo, tímido, agradable y educado pero insulso y, lo peor de todo, sin perfil en las redes. Para Maika carecía de todo interés, le parecía una criatura de otro siglo.

Casi todos los empleados del supermercado eran jóvenes, con los que apenas tenía trato. A ella le parecían vulgares, cuando visitaba sus perfiles siempre encontraba información pedestre e imágenes insustanciales, carentes de glamur e interés. Y si solicitaban su amistad directamente los ignoraba. Menos a Hugo, un guapísimo cajero que estaba a punto de dar el salto a la interpretación, y al jefe de personal, don Julián, un tipo con muy buen aspecto que cuidaba bien sus redes y que estaba segura de que jamás revelaría que ella era una simple cajera. Si sus contactos se enteraran de que pasaba el día frente a una caja con aquella espantosa bata verde se moriría de vergüenza.

Al dirigirse al cuarto de las taquillas se cruzó con don Julián, cogió su móvil y visitó su página de Instagram, donde encontró una fotografía magnífica en la que aparecía en el gimnasio luciendo sus brillantes y depilados músculos y dando los buenos días. No eran las diez de la mañana, ¡y ya tenía trescientos me gusta! Por supuesto, le regaló el suyo y le devolvió el saludo: «Buenos días, Julián». Saludo que nunca se habían cruzado en el trabajo. Él era el jefe y ella una simple cajera, en la vida real no tenían nada en común. ¡Gracias a las redes que les habían dado la oportunidad de conocerse de verdad!

Llegaba tarde a su caja, así que rápidamente se quitó su chaqueta y su bolso de marca, los metió de un golpe en la taquilla y se puso la bata. Por un momento, al mirar el bolso, pensó en cómo iba a llegar a fin de mes después de gastarse en ropa y complementos casi todo el sueldo, pero se lo quitó de la cabeza de un plumazo, valía la pena. ¡Todo por aumentar su número de seguidores!

Estaba atareada en pasar códigos de barra por el escáner, con la mente en su vida paralela. Solo pensaba en salir de allí y entrar en Internet para ver cómo había transcurrido su otra existencia, la que de verdad le daba satisfacciones y le ofrecía la posibilidad del éxito. De pronto, observó que desde la caja de la derecha Hugo dirigía la cámara de su móvil hacia ella. Como un resorte, se levantó de su silla y se encaminó hacia él con ira.

––¿Qué estás haciendo? ¡Sabes que los móviles están prohibidos en las horas de trabajo! ¡Eres idiota o qué!

––Hoy es mi último día aquí, conseguí un interesante trabajo como modelo, así que me importa poco que me echen. Además, ¿a ti qué más te da? Solo quería llevarme un recuerdo.

––¡Borra esa foto ahora mismo!

––Ni de coña ––le contestó el joven muerto de la risa––. Ja, ja, ja… Tienes miedo de que la suba a Internet y tus exquisitos seguidores se enteren de que eres una simple cajera, es eso, ¿verdad? Qué vida más triste la tuya, vives atrapada en las redes.

El tímido chico para todo observaba la discusión mientras reponía paquetes de papel higiénico en un estand.

––¡Bórrala te digo!

––¿Después de ver cómo te has puesto por una simple foto? Vas lista. Subida y etiquetada. Cuando te veas te vas a morir del susto. Ja, ja, ja…

La señora que esperaba en la cola con la compra a medio pasar por el escáner no salía de su asombro.

Alertado por la situación, David se acercó a Maika para tranquilizarla.

––Déjalo, no te preocupes, es un cretino, no vale la pena discutir con él porque suba una foto tuya a la red.

––¿Qué sabrás tú de redes si ni siquiera tienes un mísero perfil? ––le preguntó Maika con gesto entre de sorpresa y desprecio––. Ese idiota va a echar por alto años de trabajo…

Maika paró de explicarse, enseguida comprendió que aquel muchacho nunca entendería lo grave de la situación, era obvio que David vivía en otro siglo.

––Perdona, tienes razón, ni siquiera tengo Internet en el móvil. Lo siento ––se disculpó el chico al ver que ella estaba a punto de echarse a llorar.

Maika regresó a su puesto de trabajo intentando recuperar el control, mientras escuchaba las carcajadas de varios de sus compañeros.

Cuando terminó la jornada, con verdadera ansiedad y antes incluso de quitarse la bata, frente a su taquilla abierta buscó el móvil en su bolso. No lo encontró a la primera, algo extraño ya que ella lo ponía siempre en el mismo bolsillo y era una operación que realizaba cien veces al día. Buscó y rebuscó y nada, así que decidió volcar el contenido en el mismo casillero. Ni rastro de su teléfono, su vida, su posibilidad de tener éxito, su compañero, el aparato que contenía su mundo afectivo… Notó que comenzaba a hiperventilar y que le temblaban las piernas y el pulso.

Estaba segura, había sido el imbécil de Hugo con la complicidad de los compañeros de trabajo. Al contrario que ella, Hugo no solo era popular en las redes, también lo apreciaban y respetaban en la empresa. Era un líder nato.

Cogió su bolso y casi sin aliento se dirigió a la salida donde estaba segura que encontraría a parte de los empleados fumándose un cigarrillo antes de partir para sus destinos; después de horas de abstinencia solían reunirse unos minutos para tomar su dosis de nicotina, incluido Hugo.

––¡Devuélveme el móvil! ––le gritó cuando lo encontró echando humo y hablando con una de las empleadas.

––¿Que te dé qué? ––le preguntó Hugo con la sorpresa en los ojos.

––Mi teléfono. ¡Dámelo!

––Perdona, chica, pero tú estás muy mal. ¿Por qué iba yo a tener tu móvil?

––Tú lo has cogido de la taquilla… Estáis todos compinchados contra mí. ¡Sois unos envidiosos que no soportáis que alguien tenga más éxito que vosotros!

––Perdona, Ma-ri Car-men, porque tú en la vida real de Maika tienes poco, pero más que envidia nos das pena ––terminó mientras apagaba su cigarrillo y se daba la vuelta, otros cuatro jóvenes que asistían perplejos a la escena lo siguieron, dejándola sola y enferma de ira.

El móvil era su única posibilidad de conectarse, hacía más de un año que se le averió el ordenador y no se molestó en arreglarlo, todo lo hacía por teléfono y prefirió comprarse uno de última generación. Pensó en quién podía auxiliarla en aquellos trágicos momentos, no podía acostarse sin saber qué pasaba en las redes. Pero no tenía amigos reales, todos eran virtuales, si es que se podían llamar amigos; incluso estaba enfadada con su única hermana porque hacía unos meses cometió la osadía de subir a Facebook una foto con su sobrino mientras hacía de canguro. Cuando su hermana la vio montó en cólera; pero ya estaba hecho. Salían tan monos en la foto… A sus seguidores les encantó. «De cangu con mi sobri», fue la frase que acompañó a la instantánea, para dejar claro que ella estaba libre, sin compromiso y sin hijos.

Desolada, se sentó en un banco que había a tres metros y se derrumbó. Las lágrimas le brotaban en cascadas, de ira, de rabia, de impotencia, de… soledad.

––¿Te encuentras bien? ––le preguntó David, el anodino chico para todo, al encontrarla tan abatida.

––No, no estoy bien, jamás me he encontrado tan mal ––le contestó ella con la cabeza entre las manos, sin molestarse en dirigirle la mirada, como instándolo a marcharse.

Pero él se sentó a su lado y guardó silencio; era un caballero y no podía dejar a una dama en semejante estado; ya era noche cerrada y no le parecía prudente que una chica tan joven y bonita se quedara sola, aquel no era el mejor de los barrios de la ciudad y estaba demasiado expuesta.

Desde hacía un año, David estaba enamorado de Mari Carmen, como él la conocía según ponía en su uniforme. De hecho, ya había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y había conseguido un trabajo por el que le pagaban mucho más que en el supermercado; conservaba aquel empleo y acudía tres veces por semana solo por verla y estar cerca de ella, no perdía la esperanza de que algún día se fijara en él.

––Estoy harta de este trabajo y de todos ellos ––dijo Maika levantando al fin la mirada––, me odian. Este no es sitio para mí, yo…

––No creo que te odien, qué tontería. ¿Quién podría odiar a una criatura como tú? ––la interrumpió, mirándola embelesado.

Desde el primer día que la vio, más allá de su caminar altivo y su gesto engreído, David vio a una muchacha frágil y falta de afecto, además de que le parecía la chica más bonita que había conocido. Tal vez era cómo se ajustaba la bata a sus caderas, o el movimiento de su brillante melena, o sus ojos almendrados, o la sonrisa que escondían sus labios y que él estaba seguro de poder arrancar… Solo sabía que estaba dispuesto a todo por una chica que llevaba un año negándole el saludo.

––Han cogido mi móvil de la taquilla, seguro que ha sido el idiota de Hugo. No puedo vivir sin mi móvil ––aseguró antes de suspirar profundamente.

––Claro que puedes, qué tontería es esa ––afirmó David mirándola con complacencia––. Mírame a mí. Bueno, tengo teléfono, pero ya sabes que solo para llamadas.

––Tú eres distinto, pero yo tengo toda mi vida dentro de ese aparato.

Maika percibió algo en la mirada de David que jamás había advertido. No era solo que hasta ese momento no se había dado cuenta de que tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo de una mañana primaveral, era su brillo, su franqueza y su capacidad de mirar fijamente largo rato sin perder la frescura del primer instante. Así, tan de cerca, el chico para todo resultaba mucho más atractivo. Hasta el tono de su voz le pareció especialmente agradable, y su aliento olía a menta recién cortada.

––Te propongo algo… ¿Tienes algún compromiso esta noche?

––Sin Internet no tengo planes.

––¿Qué tal si te vienes a tomar unas cervezas con unos amigos y el lunes prometo conseguirte tu teléfono?

––No sé si es buena idea…, no es mi mejor día.

––Todo sea por conseguir tu móvil. Venga, solo un par de horas y te dejaré libre, hoy es sábado, mañana no tendremos que madrugar. ¿Qué me dices si te recojo donde tú me digas sobre las once?

––De acuerdo. Pero recuerda tu promesa, el lunes tendré mi móvil.

No podía creérselo; allí estaba, en el pequeño baño de su apartamento compartido con dos compañeras, arreglándose para una cita con un chico que hasta ese día había sido el último de su lista de conocidos. Por alguna extraña razón, en su interior sentía cierta ilusión.

Cuando salió del portal de casa él ya estaba esperándola. Sin la ropa de trabajo, recién duchado y con aquella sonrisa le pareció muy distinto al David del supermercado.

Fue la mejor noche de su vida, compartió la velada con jóvenes de lo más interesantes y agradables, entre los que se mostró tal y como era, sin pensar en qué momento hacer un selfie para subirlo a sus redes y conseguir un puñado de me gusta. Supo que David era ingeniero aeronáutico y que acababa de conseguir un empleo en una gran empresa. También se enteró de su pasión por la música y la lectura, y sobre todo de cuánto lo apreciaban sus amigos. En unas horas, David había despertado en ella su lado más sensible y humano.

El local era encantador, la gente sonreía y compartía anécdotas, la música era una delicia; algunos se animaban a bailar, incluso David, que no lo hacía nada mal. Maika supo sin temor a equivocarse que a sus veinticuatro años no había vivido momentos tan placenteros.

Él cumplió su promesa, a las dos horas pagó la cuenta y le propuso llevarla a casa. Maika se hubiese quedado eternamente, pero una timidez inusitada en ella le impidió negarse.

El domingo pasó para Maika como en una suave nube, sumida en las dos horas vividas la noche anterior, y el lunes se dirigió a su trabajo ilusionada. Cuando entró en el supermercado ojeó con ansiedad a su alrededor buscando los ojos de David. Ya en la taquilla, Hugo se acercó a ella.

––Aquí tienes tu móvil. Te devuelvo tu vida, Ma-ri Car-men. Da las gracias a David, vio cómo lo sacaba de tu taquilla y me chantajeó con contárselo al jefe de personal. No es que me importe demasiado, he venido a firmar mi despido, pero… ¿Nos hacemos un selfie para inmortalizar el momento?

––¿Dónde está David? Tengo que darle las gracias.

––Huy, huy, Maika dando las gracias. Pues va a ser que no, se fue hace un rato después de despedirse. Me dijo que había conseguido un trabajo más interesante. Qué tipo más raro. Bueno, ya tienes tu móvil, nos veremos por la red.

Maika no pudo disimular la humedad de sus ojos, no era posible que hubiese despertado de súbito del mejor de sus sueños. Sin mirarlo, metió su teléfono en el bolso y se puso la bata, como enajenada. De repente se sentía dolorosamente vacía, y estaba convencida de que entrar en las redes no llenaría el profundo hueco que había dejado David.

Esa semana estaba en el turno de mañana y a las cuatro de la tarde salía del trabajo. A unos metros, en su coche, David la observaba sin ser visto, solo quería comprobar si aquella hermosa muchacha seguía siendo la misma. No, ya no era @maika, ya no salía del trabajo con el móvil en la mano, mirando ansiosa la pantalla. Cuando pasó por su lado salió del vehículo y le habló.

––¿Puedo llevarte a casa?

––Me encantaría ––le contestó ella con la voz entrecortada de la emoción––. Pensé que no volvería a verte y… Debo parecerte tan boba… Por cierto, ya tengo el móvil. Gracias.

––No sé si alegrarme ––le contestó él con una sonrisa que a Maika la derritió.

––No te preocupes. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero de repente siento que en mi teléfono no hay nada comparado a lo que he sentido en los últimos días.

––Me alegra que hayas regresado al mundo real y poder realizar contigo este sueño.

Sus rostros estaban a unos centímetros y ella aspiraba su aliento como quien bebe el elixir de amor eterno. David supo que era el momento de besarla, había esperado todo un año; aquella historia debía empezar en ese instante.

 

 

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¿Por qué muchos autores indies rechazamos a las editoriales?

Han pasado ya casi siete años desde que hice mi primera incursión en la autoedición. Por entonces, también yo desconfiaba de esta modalidad de publicación. Rechazada por las editoriales convencionales y después de que un editor me estafara con una de mis novelas, consideré que solo quedaba un camino, ir por mi cuenta, «como todos los parias», pensé. No abrigaba esperanza alguna, estaba convencida de que era una salida desesperada y de que en realidad mis historias no merecían una opción más digna.

La primera obra que autopubliqué fue Maldita, aunque anteriormente ya había escrito tres que casi me llevan a la ruina. Apenas pasaron tres meses cuando esta novela llegó a número uno del Top 100 de Amazon. Cada vez que veía el ranking tenía que frotarme los ojos para asegurarme de no estar sufriendo una alucinación.

La confianza en mí misma como escritora estaba tan minada que intentaba encontrar cualquier explicación lógica a tal barbaridad. Tal vez el algoritmo de Amazon estuviese dando errores y pronto me avisarían disculpándose, o sencillamente los lectores de libros autoeditados eran en verdad poco exigentes y en breve el libro volvería al submundo del que no debió salir.

Porque, a ver, las decenas de editoriales que habían rechazado la novela no podían estar equivocadas, ¿no? Eran profesionales con experiencia, ¿cómo podían cometer tal torpeza? ¿Cómo era posible que sola, sin apoyo editorial, hubiese llevado mi libro tan lejos? Cada día amanecía pensando que el sueño se habría desvanecido. Pero no, Maldita seguía conquistando lectores gracias a las excelentes críticas. Del mismo modo ocurrió con las siguientes obras que fui subiendo a las plataformas de ventas. Esto hizo que, de repente, ocurrieran tres hechos que durante años se me antojaron meras quimeras: mi nombre se hizo un hueco en la literatura contemporánea, conseguí muchos miles de lectores fieles y comencé a ganarme la vida con el oficio que más me apasiona.

Como muchos sabéis, los contratos no tardaron en llegar, precisamente de las editoriales que anteriormente me habían rechazado.

Con este artículo me gustaría borrar toda sombra de duda sobre el mundo  de los autores indies y recordar a todos los que siguen desconfiando de la capacidad del autor independiente que somos muchos los que trabajamos muy duro, con toda la pasión y toda la profesionalidad.

obras de autores indies Maldita mercedes pinto maldonado

¿Aún no conoces a Maldita? Pica en el enlace para descubrirla

Nosotros, los autoeditados, no delegamos en otros, somos responsables directos del resultado final y puedo asegurar que en muchas ocasiones es mejor que el de editoriales de renombre. Por poneros un ejemplo que conozco bien, mis novelas peor corregidas son precisamente las que están editadas con grandes sellos. Es así de triste y de cierto; me consta que algunas de mis obras ni siquiera fueron leídas.

A pesar de mi fama de autora independiente, sigo recibiendo ofertas de editoriales conocidas; propuestas que harían alucinar a cualquier escritor en sus comienzos, como hace años me ocurrió a mí. Pero, en realidad, son casi idénticas a las que acepté en su momento: yo me ocupo de casi todo y ellos me dan un adelanto a convenir (que yo pagaré con mis royalties, no lo olvidemos) y me ponen su sello a cambio de quedarse con gran parte de los beneficios.

Si os digo la verdad, me encantaría volver a firmar con una editorial que distribuyera mis libros en papel por todas las librerías del mundo hispano. Me encantaría. Pero ya conozco el proceso y cómo los editores manejan sus empresas.

En este punto quiero aclarar que Amazon Publishing ha sido la única editorial que hasta el momento me ha ofrecido contratos interesantes y magníficos servicios editoriales, además de ser también la única ––que yo conozca–– que paga mensual y religiosamente. Por eso he firmado tres veces con esta empresa y seguramente volveré a hacerlo.

Como en mi caso, sé de muchos escritores que rechazan contratos y eligen la autoedición como la opción más razonable y beneficiosa para sus obras y para ellos. Así que acabemos de una vez con el mito de que los autores indies son rechazados por las editoriales, porque el proceso se está invirtiendo: ahora son los autores indies quienes rechazan a las editoriales.

Para terminar, quisiera dejaros un dato tan simple como esclarecedor: por cada lector que lee uno de mis libros con el sello de una gran editorial española hay veinte que leen mis obras autoeditadas. Sí, es un hecho. Esto tiene muchas lecturas: que a mis lectores les importa poco que autopublique, que la calidad de una obra no es directamente proporcional a la magnitud de la editorial, que se puede ser escritor sin que el clásico padrino te toque el hombro con su varita mágica, que por alguna extraña razón las editoriales clásicas impiden que lleguemos a nuestros lectores en potencia y que es totalmente absurdo ceder la mayoría de los beneficios a una empresa incapaz de prestar los servicios mínimos exigibles.

Solo espero que los editores se den cuenta de los errores que están cometiendo y revisen su política interna para que ambas partes, autores y editores, nos reconciliemos; porque lo cierto es que el escritor necesita los servicios editoriales y las editoriales no pueden sobrevivir sin nosotros.

Por si todavía hay quienes desdeñan el mundo de los autores indies…

No quiero despedirme sin dar las gracias a todos los que me estáis dando feedback por mi última obra autoeditada: Melodía para un forense.

 

¿Aún no conoces Melodía para un forense? Pica en el enlace y descúbrela

entrevista a mercedes pinto maldonado de mis amigas

La entrevista a Mercedes Pinto Maldonado más cabroncilla (con perdón) que vas a leer

Empezamos este 2018 con fuerza.

Los amigos son los que más saben de nosotros, ellos han visitado los recovecos de nuestra alma. Es por esto que le he pedido a mi amiga Eva M. Ruiz que me haga una entrevista, porque sabía que dispararía a matar y resultaría distinta a las muchas que he contestado durante años. Son doce preguntas, diez de su autoría y dos de otras grandes amigas, Ágata y Cita.

Ja, ja, ja… qué cabroncillas han sido las puñeteras.

 

Eva: En el Talento de Nano nos encontramos con un niño al que ridiculizan. ¿Has tenido en tu niñez algún tipo de acoso? ¿Cómo surge el personaje de Nano?

Yo: Sí, yo también fui una niña llena de miedos a causa de compañeras insensibles y sectarias que decidían qué alumnos pasarían el curso aislados, al margen de los más populares. Yo me moría por formar parte de estas famosas pandillas, no porque admirara a sus miembros, sino para que dejaran de ridiculizarme. Para un niño que está empezando a conocer el mundo es muy duro enfrentarse a este tipo de pruebas, te sientes tremendamente solo y vulnerable. Debieron pasar unos años hasta comprender que, en realidad, el acosador sufre más miedos que el acosado. De cualquier manera, esa etapa de mi vida me dejó tal experiencia que soy capaz de advertir este tipo de personalidad con mucha facilidad y enseguida me distancio de esas personas tan dañinas. Me gustaría tener la sabiduría suficiente como para estar cerca pero, aunque comprendo que ellas también sufren su tribulación, no puedo, me afecta demasiado. Necesito tener personas educadas y amables a mi alrededor, y sobre todo fieles. La traición me hunde.

 

Eva: Kuaima es un personaje que sufre desde su niñez; ¿por qué tiene esa bondad y no guarda ningún rencor a pesar de todo lo que le aconteció?

Yo: Kuaima es un ser especialmente espiritual a causa de las intensas emociones vividas desde su tierna infancia: fue tan amado como odiado, y pronto comprendió que elegir el amor es el camino hacia la felicidad. Este africano bantú es un ejemplo de que a veces la naturaleza da seres excepcionales tanto física como espiritualmente.

 

Eva: ¿Con cuál de tus personajes tendrías un affaire?

Yo: Siento decepcionarte, querida Eva, pero jamás engañaría a mi marido; nunca lo he hecho, ni en los momentos más duros y tentadores, así que con ninguno. Aunque tengo que reconocer que a todos me los he llevado a la cama, incluso a varios a la vez.

 

Eva: ¿Con cuál podrías tener una relación seria?

Yo: ¿Seria? Ja, ja, ja, … Yo tengo una relación seria e intensa desde los quince años. Bueno, pongámonos en el supuesto de que tengo treinta años y estoy soltera y sin compromiso, voy a hacer un esfuerzo mental. A ver,… ufff…, solo se me ocurre Eliot, el batería de la orquesta de Amy Ros; es un personaje secundario que seguramente los lectores olvidarán con facilidad, pero a mí me parece muy atractivo y sensible.

 

Eva: ¿Con qué personaje no podrías ni tomar un café?

Yo: Pero ¿qué te hace pensar que no he tomado café con mis personajes? Lo he hecho con todos, absolutamente todos, incluso con los más indeseables. La mayoría de mis cafés ––y son muchos––, los tomo con los personajes de la novela que estoy escribiendo en ese momento. Oye, no hay nada como compartir café con ellos para conocerlos como es debido, esto hace que después el lector los sienta como si fueran reales.

 

Eva: ¿Has tenido algún sueño erótico con alguno de ellos?

Yo: A eso no puedo contestarte, ten en cuenta que mis hijos y mi marido siguen mi blog. Menudo cachondeo íbamos a tener en la próxima comida familiar. Por favor, soy madre y abuela, yo no tengo vida sexual ––le estoy guiñando un ojo––.

 

Eva: ¿Y pesadillas?

Yo: Sí, en especial recuerdo que mientras escribía Una de las tres la madre de Berta, la protagonista de Cartas a una extraña, se empeñó en emparedarme varias noches. Me despertaba sin aliento, la maldecía y volvía a dormirme.

 

Eva: Sobre Saúl, algunos lectores han dicho que no tiene sangre, que es un personaje que le falta coraje, algo ñoño… ¿Por qué?

Yo: Estoy de acuerdo, es todo eso y más, pero lo más importante de su personalidad no es su lado débil y vulnerable, sino su capacidad de amar y de empatizar con el mundo. Saúl es un hombre de una sensibilidad extrema, un artista extraordinario que no puede evitar amplificar hasta el infinito todas las emociones que el mundo le ofrece. Es lógico que prefiera pecar de cobarde y aislarse, sabe que hay batallas en las que moriría de tristeza con solo imaginarlas. Lo que él no sabe es que en realidad es muy fuerte, porque con su capacidad de amar fue capaz de sobrevivir en el ambiente más hostil. Los artistas, en realidad, somos más fuertes de lo que la gente piensa, tenemos que serlo para soportar la intensidad con la que nos duele todo.

 

Eva: ¿Crees que una niña de cinco años de edad podría ser autosuficiente para vivir sola?

Yo: Si te refieres a Lucía, la protagonista de Maldita, para empezar, tengo que decir que no estaba totalmente sola, tenía personas a su alrededor que la visitaban, estaba bajo techo, no le faltaba la comida… Lucía no estaba completamente sola, aunque vivía sola, eso es cierto. Y sí, lo creo posible, y más en sus circunstancias. Cuando escribí esta historia, hace más de diez años, me documenté e informé. Recuerdo que entre los muchos documentales que vi me impactó especialmente uno sobre niños rusos que vivían en la calle incluso con tres años. Ellos sí que sobrevivían solos, sin afecto, sin comida, sin techo… Definitivamente, Lucía pudo sobrevivir sola, otra cosa es que tuviera un mínimo de calidad de vida.

 

Eva: Ray, el personaje principal de la novela que has publicado recientemente, es adicto a las anfetaminas. ¿Te ha creado problemas para realizar el papel que tenías en mente para él?

Yo: Muchos; Ray Fox es tal vez el personaje más díscolo de todas mis obras. Desde el primer capítulo manifestó su carácter haciendo caso omiso de mis apuntes. Me permitió conservar su aspecto físico, su profesión, su currículum y poco más, pero se hizo a sí mismo página a página. Suerte que no cambió el andamiaje básico del argumento. Podría decir que estoy orgullosa de haber creado a este protagonista, pero no sería verdad. De lo que sí me siento orgullosa es de haber sabido darle la libertad que necesitaba para desarrollar una personalidad tan marcada.

 

Ágata: Cuando describes una escena amorosa en tus novelas, ¿te inspiras en tu vida sexual?

Yo: A esta pregunta puedo responder planteando otra cuestión: cuando describo un asesinato, ¿debo matar antes para que resulte real? No, claro que no me inspiro en mí misma, sino en toda la información recibida durante mi vida; información que luego combino de mil maneras y someto a mi imaginación hasta encontrar el resultado deseado. Hay algo que tengo bastante claro: los personajes de aquellos escritores que solo se inspiran en sí mismos son idénticos entre sí, planos y aburridos. Al final es como si el autor escribiera una y otra vez su propia biografía. Para novelar hay que tener la capacidad de meterse en cualesquiera pares de zapatos, tanto en los de una bailarina como en los de un futbolista, incluso andar descalzo si es preciso.

 

Cita: ¿Para cuándo una escena escatológica? Es decir, si los personajes tratan de ser lo más reales posibles con sus virtudes, defectos, amores, desamores, miedos, manías, costumbres… ¿No cagan? ¿Nunca tienen gases? Igual que ya es algo natural incluir escenas románticas, incluso sexuales… ¿Por qué no un diálogo o un momento de inspiración en la taza del váter? ¿Un apretón? ¿Un personaje estreñido? Eso sí sería real y no siempre personajes perfectos que huelen bien, son guapísimos y comen poco y sano.

Yo: En verdad este tipo de escenas no las he necesitado hasta el momento, no han sido fundamentales en la trama, de lo contrario las hubiese escrito sin dudarlo. Creo que los lectores dan por hecho que mis personajes tienen necesidades biológicas. No obstante, ventosear, orinar o defecar son acciones que realizamos en soledad y tal vez por eso no aporten nada a la historia. Por ejemplo, un personaje está conversando con otro, en este diálogo están proporcionando ––o deberían proporcionar–– información interesante al lector; a uno de ellos le da uno de esos apretones y deja al otro con la palabra en la boca. Bien, ¿ahora qué?, ¿llevamos al pobre lector al baño y le explicamos el gesto que pone el personaje mientras empuja o lo dejamos en la puerta del aseo esperando a que termine de soltar la información? ¿Para qué? ¿Qué aporta tan grosera perogrullada a la trama, a no ser que se trate de una novela de humor o que el autor intente decirle al lector que el personaje ha sido envenenado y sufre diarrea? Particularmente, huyo de estos efectos especiales con los que se intenta impactar al lector de una manera facilona y pedestre. A ver, si un personaje en un momento álgido de la trama se va a comprar el pan y el escritor nos cuenta cómo se mete en el ascensor, llega a la panadería, saluda al tahonero, busca en su escueto bolsillo la moneda que tal vez perdió en el ascensor, se siente avergonzado porque la cola del establecimiento sale por la puerta mientras él hurga insistentemente en su pantalón buscando el euro… ¿Esto para qué? Lógicamente, mientras tanto la paciencia del lector se va agotando, y se dice: «Joder, ya sé que si come pan en el almuerzo es porque alguien lo compra», y teme que las muchas páginas que le quedan estén rellenadas del mismo modo. Igual pasa con los temas escatológicos que se plantean en la pregunta, pero estos todavía resultan más innecesarios, además de demostrar la falta de recursos y la inmadurez del autor; como el niño que en mitad de una reunión de adultos dice «caca, pedo, culo» para llamar la atención. Ahora bien, si alguno de mis lectores tiene curiosidad por el funcionamiento de los esfínteres de mis personajes que me escriba en privado y le informaré sin problema.

 

Feliz y productivo 2018 seguidores, amigos y lectores.