Autor: Mercedes Pinto

Nací en Granada, pero actualmente resido en Málaga, España. Estudié Medicina, pero lo dejé para dedicarme a la literatura. Actualmente me dedico solo a la literatura, a leer y novelar. Tengo ocho libros publicados: "El talento de Nano","La última vuelta del scaife", "Maldita" y "Pretérito Imperfecto" con Ediciones B, "El fotógrafo de paisajes" con Ediciones Click y "La caja mágica" con Libros Mablaz, y he autoeditado en Amazon mis dos últimas novelas "Hijos de Atenea" y "Cartas a una extraña", finalista del Concurso Indie 2015. Aunque soy una escritora híbrida, reconozco que la mayoría de mis lectores conocieron mis obras gracias a la publicación independiente, que me dio la oportunidad de que dos de mis novelas fueran best sellers en varios países y estuvieran más de un año en el Top 100 de Amazon. Me considero una escritora humanista para la que cualquier género puede ser el escenario de sus historias.

María, la historia de una heroína anónima

María, la historia de una heroína anónima

Hace unos días tuve el honor y la oportunidad de escuchar a María relatar su duro pasado, la historia de una heroína anónima. Al recordar sus palabras todavía se me pone el vello en pie. Ella cuenta con ochenta y muchos años; casi nueve décadas amasando sabiduría gracias a una simple máxima que se autoimpuso desde que tuvo uso de razón: «primero los demás y después yo».

María quiso ser monja, tal vez movida por su inexpugnable fe o porque era el único camino que le habría permitido salir de su mundo sin cargo de conciencia. Lo cierto es que fue monja; aunque no profesó sus votos en un convento, por amor a los suyos fue pobre, obediente y casta. Pobre porque siempre había alguien que necesitaba más que ella lo poco que tenía; casta porque tuvo que convertirse en madre de sus sobrinos y no tuvo tiempo de mocear, y obediente porque jamás se reveló ni renegó de lo que le pidió su destino.

También fue enfermera y ayudó a morir a todos los suyos. Y costurera, tejedora, cocinera, lavandera… La mejor en cada cosa que hacía, porque ella trabajaba pensando en los demás, en darles lo mejor de sí misma. Y todo en las condiciones más adversas y hostiles que podamos imaginar.

Me contaba que en el escarpado pueblo donde vive no hubo agua corriente hasta hace unos años, de manera que tenía que caminar a diario varios kilómetros para ir a lavar y coger agua para casa. En su pueblo el frío del invierno y el calor del verano mantienen un pulso año tras año, y decía: «Bueno, bajar con el balde vacío era un paseo, pero llegar, romper el hielo para lavar y luego subir las empinadas e interminables cuestas con la tina llena de ropa mojada, eso sí que era un trabajo. A veces, los caminos estaban helados y resbalaba cuesta abajo con barreño y todo. Y vuelta a empezar. ¡Y en verano era ya la bomba!», me relataba, como asombrada de sí misma. Casi le parecían mentira las duras y constantes batallas que había librado para su supervivencia y especialmente la de la gente que tanto amaba.

Me decía la buena de María que el médico más cercano vivía a treinta kilómetros de su casa y que cuando tenía que visitarlo, casi siempre para conseguir medicinas para sus enfermos, su padre le dejaba la bestia, una mula que vivía con ellos y que cuidaban como un Ferrari. Y allá que iba ella antes del amanecer, montada en su bestia por caminos negros, abruptos y solitarios; ella sola y sus pensamientos: los enfermos que dejaba desatendidos y la tarea que había quedado pendiente para mañana; más todavía.

Su padre y su hermana murieron en sus brazos, después de una larga agonía. Mientras su hermana se despedía lentamente del mundo, ella la velaba, dando una cabezadita de vez en cuando, para luego ponerse en marcha al amanecer y atender a sus sobrinos y a su cuñado, sin lavadora, sin luz, sin agua, sin supermercados… solo ella y su coraje para afrontar la adversidad.

Ahora camina ayudada por un andador y teje una mantita para una niña que la tiene ilusionada. Desde que murió su hermana ha vivido rodeada de machos, como ella dice: su cuñado, sus sobrinos ––que son como sus hijos––, los hijos de sus sobrinos ––que son como sus nietos––, sus hermanos… Todos varones. Había perdido la esperanza de ver crecer a una niña que le recordara su inmenso mundo femenino; pero el destino le tenía preparada una sorpresa y pronto llegará a su vida Emilia. Así que ahí está ella, dándolo todo por una niña que llevará el nombre de su querida hermana, la que la hizo madre de dos niños pequeños de la noche a la mañana.

Yo me creía valiente, y seguramente lo fui en su momento, cuando saqué adelante a mis tres hijos con escasos haberes y mucha soledad, pero ante ella me sentí diminuta. Siempre hay alguien que te enseña humildad y te recuerda que el mundo está plagado de héroes anónimos con muchos más méritos que tú; gente que lo dio absolutamente todo con la única intención de que las circunstancias fueran un poco más amables para todos.

A pesar de las duras vivencias que me contó, me despedí de ella renovada, con la sensación de que el mundo era mucho más hermoso de lo que pensaba y de que hay más bondad de la que nos cuentan; lo que ocurre es que la gente que vive al servicio de los demás no tiene tiempo de revindicar ni vociferar. Su lucha es silenciosa, pero en realidad es la que mantiene el mundo en pie.

¿Sabéis lo mejor? Que sin haberse querido a sí misma nunca, María es una anciana realmente bella y feliz. Es para reflexionar, ¿a que sí?

Espero que la historia de una heroína anónima como María os haya gustado tanto como a mí. Desde este sencillo rincón hoy quiero homenajear a todos los hombres y mujeres cuyo paso por este planeta no ha dejado más que amor y sacrificio. ¡Gracias!

 

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ola de escritoras feministas de pacotilla

¿Hasta cuándo esta ola de escritoras feministas de pacotilla?

En el día de hoy quiero reflexionar sobre la ola de escritoras feministas que invade Amazon, las redes sociales…, y  a las que no sé si considerar como escritoras feminomachistas. Ya sé que este post puede servir para que “me despellejen viva”, pero creo que ha llegado el momento de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana. Os dejo con mi reflexión sobre las escritoras feministas actuales.

No me tengo por una mojigata, y creo que estoy en lo cierto. Pocas cosas me escandalizan, solo la pobreza, la mentira, la hipocresía, la corrupción, el dolor o cómo algunos seres humanos someten a otros. Para mí un cuerpo humano desnudo no es más que carne al fresco que no me produce ni rechazo ni admiración, y que excepcionalmente es arte o belleza.

Pero en los últimos meses he sumado otro motivo de escándalo a mi conciencia: la manipulación flagrante que hacen algunos escritores de conceptos como el machismo o el feminismo y cómo algunos de sus seguidores los aplauden sin el mínimo pudor o sin darse un minuto para reflexionar si de verdad están de acuerdo.

Voy con un ejemplo gráfico: parte de los autores que constantemente denuncian la utilización de imágenes de mujeres semidesnudas en anuncios de todo tipo son los mismos que no tienen reparo en poblar sus muros, incluso las portadas de sus libros, de hombres musculados y sin ropa.

Aclaro que, aunque esta forma de promoción me parece zafia y banal, propia de quien está escaso de recursos, no por ello la condeno. No es este el tema que me deja atónita, sino la doble moral que lleva a rechazar ferozmente un anuncio de una chica en minifalda vendiendo un coche mientras mi muro está abarrotado de vídeos y fotografías de chicos desnudísimos y guapísimos. Suelen ser mujeres que se autoproclaman feministas acérrimas, a las que no les duelen prendas a la hora de entrar en cualquier hilo en el que, según ellas, encuentran cualquier atisbo de machismo. ¿Perdona? ¡Ole ellas!

La verdadera feminista lucha por la igualdad de derechos, igualdad, y tolera sin problema la decisión de cada cual de comerciar con su cuerpo, sea hombre o mujer. Si tanto comprador como vendedor lo hacen libremente, allá ellos. Otra cosa distinta a la tolerancia es el respeto, que deberíamos otorgárselo a quien nos produzca admiración por sus valores. No confundamos, tolerancia es «lo dejo pasar porque ni me afecta ni es de mi incumbencia», respeto es la admiración por alguien con cualidades excelentes o ejemplares, entre otras cosas.

Pero profundizando un poco más te encuentras el auténtico meollo del asunto. Lo peor no es la utilización de desnudos para vender lo que sea, sino la escasa hondura de quien vende literatura, en este caso novelas, manejando estos métodos. De verdad que me parecen eternos adolescentes enganchados al sexo a costa del seso.

Novelar es un arte; el arte de contar historias fabuladas con la mayor belleza y fuerza que seamos capaces de encontrar en nuestro interior. El artista de las letras es, por definición, un ser extremadamente sensible que mira el mundo más allá de recetas cocinadas y de sus cinco sentidos y luego lo cuenta sobre blanco.

El artista tiene un compromiso y una responsabilidad con su generación y las venideras. Está obligado a desmigarse por dentro cuando sufre el periodo creativo. El verdadero novelista, hasta en la historia más sencilla, nos describe el otro lado de la luna entre sus líneas.

Para exponer lo obvio ya está la misma vida o los medios de comunicación y sus secciones basura, siempre buscando el «efecto morbo» para enganchar.

¡Por la Santa Literatura Universal!, ¿hasta cuándo vamos a ver carne prefabricada en los gimnasios fuera y dentro de los libros? ¿Llegará el día en que cese esta ola de escritoras feministas de pacotilla? Y, sobre todo, ¿tendrá fin esta moda de usar la carne como cebo para los lectores?

Solo por curiosidad, os invito a entrar en cualquier plataforma de venta de libros y contar las portadas con hombres semidesnudos de libros escritos por mujeres, y después al contrario, las de mujeres con poca ropa de obras de hombres. Vais a alucinar, y más todavía si después os preocupáis de buscar las publicaciones de dichas autoras para ver cuántas de ellas abanderan ese falso feminismo.

No me aclaro, ¿qué es lo que queremos las mujeres?, ¿que los hombres dejen de vernos como pedazos de carne o que nos dejen toda la carne para nosotras?

Reivindicar que nos respeten como mujeres es un asunto muy serio que solo dará resultado si nos hacemos respetar dando ejemplo.

A ver, no digo que no pueda haber historias donde algún personaje tenga el perfil del típico chico guapísimo y riquísimo por el que todas las mujeres entregarían hasta la dignidad, incluso el protagonista. A mi modo de ver, en ocasiones está más que justificado. Pero, por favor, ¿siempre y en todas las novelas de las mismas escritoras, en la portada y en el interior, y en buena parte escritas por feministas radicales?

Aquí pasa algo y hay que remediarlo. Hemos de exigirnos un poco más y apelar a nuestra sensibilidad y capacidad de reflexión si queremos salir del bache capitalista y pueril en el que ha caído la especie humana.

Yo no me rindo, y me niego con todas las fuerzas a dejarme arrastrar por estos vientos en los que el físico le ha ganado la partida al espíritu; me niego a involucionar hasta convertirme en una troglodita que solo busca saciar sus instintos; me niego a renunciar al gozo que hay más allá de mis sentidos, aunque el camino sea más largo y abrupto; me niego a pedir un préstamo para operarme el paso de un tiempo vacío; me niego y me niego.

En la otra vida debí ser un salmón, porque cada vez que nado lo hago a contracorriente.

Un guasap para el cielo (relatos sobre nietos y abuelos)

Un guasap para el cielo (relato sobre nietos y abuelos)

– Papá.

– Mmm… –musitó José al escuchar a su hijo.

– ¿Yo no tengo abuelos?

José dejó el Marca sobre la mesita auxiliar y se quedó un momento mirando a su hijo antes de contestar. Pero no encontró una respuesta que resolviera sus dudas sin tener que mentirle.

– Todo el mundo tiene abuelos. Yo los tuve.

– Hugo me dijo ayer que su abuelo se fue al cielo, dice que todos los abuelos y abuelas del mundo se van al cielo cuando ya están muy viejitos. Ya sé que los papás de mamá están en el cielo desde hace tiempo. ¿Y tus papás, están también en el cielo? –insistía el niño mientras rodaba distraídamente un camión de bomberos por el suelo.

– Bueno, algo así.

José sabía desde que nació su hijo que ese momento llegaría, pero nunca pudo prepararse una respuesta honesta sin desvelarle la verdad a Marcos. Todavía era demasiado pequeño para comprender. Ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos, no sabía de ellos desde que discutieron dos semanas antes de su boda con Marisa. Su padre se empeñó en que anulara la ceremonia alegando que su futura mujer no era trigo limpio. Marisa trabajaba en la fábrica de su padre; así fue como José la conoció. Según don Manuel, era una mujerzuela que tenía relaciones con varios hombres en la fábrica con la única intención de sacarles el dinero. Él no lo creyó, pensaba que no era más que una argucia para detener una boda que jamás aprobó.

Pasadas unas semanas José abrigó la intención de reconciliarse con su padre, cuando descubrió que estaba en lo cierto. Pero días después supo que él era uno de los amantes que había tenido Marisa y fue entonces lo dio por muerto.

A pesar de cuánto le costó el divorcio y de que ella desapareció dejándolo a cargo de Marcos, su negocio iba más que bien y él y el pequeño llevaban una vida holgada y tenían una fantástica relación afectiva. Parecía que Marcos no echaba nada en falta, ni siquiera a su madre. Pero crecía rápido y empezaba a notar las ausencias.

– Pues Hugo también me dijo que su abuela habla con su abuelo por teléfono todos los días, hasta le manda guasaps al cielo –le explicaba el niño muy convencido y concentrado en la conversación–. ¿Tú tienes el número del abuelo? Yo podría mandarle un guasap, mi seño dice que ya escribo muy bien.

– No sé, Marcos, no creo que se pueda enviar un guasap al cielo.

– Que sí, papá, que sí se puede, que la abuela de…

– ¿Qué te parece si nos vamos un rato al parque, parece que va a salir el sol? –le preguntó José con la esperanza de que su hijo olvidara tan incómoda conversación.

– ¿Puedo jugar antes un ratito con tu móvil?

– De acuerdo, pero solo unos minutos, mientras voy a vestirme –le dijo antes de darle el móvil, revolver su flequillo con cariño y marcharse.

Marcos buscó en los contactos de su padre y encontró uno que se llamaba papá. Supo que debía ser el papá de su papá, o sea, su abuelo, y no sin dificultad, consiguió enviarle un guasap justo antes de que apareciera su padre.

Ola abuelo soy Marcos se que estas en el cielo y quería mandarte un veso desde la tierra. Un veso.

Pasaron gran parte de la mañana jugando en el parque y a la vuelta comieron una hamburguesa en el restaurante preferido de Marcos. Cuando llegaron a casa José se quedó dormido en el sofá mientras padre e hijo veían por enésima vez El rey león.

Acababa de terminar la película cuando sonó la suave campanilla de la puerta. José no se enteró y el pequeño corrió a ver quién era.

– Hola, pequeño –dijo el señor que estaba plantado en el umbral de la puerta–. ¿Eres Marcos?

– Sí, soy yo. ¿Y tú?

– Soy tu abuelo, estaba en el cielo cuando recibí tu mensaje y he pensado venir a visitarte.

–Halaaa… has venido desde el cielo… ––exclamó el pequeño con los ojos y la boca abiertos hasta el infinito––. ¡Papá, papá! Corre, ven, el abuelo ha venido desde el cielo…

Pero José ya estaba detrás de su hijo viendo la escena.

– Hola, papá. Cuánto me alegro de verte.

– Yo también, hijo.

Marcos no podía creérselo, mientras contemplaba el fuerte abrazo que se daban su padre y su abuelo pensaba en su amigo Hugo y en cuánto se alegraría saber que si él también le mandaba un guasap a su abuelo igual también le hacía una visita.

7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

Nota previa al artículo: En estos momentos estoy inmersa en mis quehaceres literarios y una serie de circunstancias me iba a impedir publicar en este blog durante varias semanas. Pero mi compromiso con mis lectores y con muchos de mis compañeros de letras que siguen con atención todo lo que escribo no me permite “abandonar” el blog durante tanto tiempo. Por ello, escribí unos artículos y unos relatos, que se hallan en poder de mi community manager, con la intención de publicar uno cada quince días. Este artículo iba a ser publicado a mediados de marzo, pero mi community manager me ha informado de que la semana pasada se denunciaron prácticas ilegales en Amazon por parte de algunos escritores tramposos, así que hemos decidido adelantar su publicación. Os dejo con el artículo, espero que os resulte interesante

 

Así es el ser humano, capaz de cualquier cosa por llegar el primero. Es asombrosa la cantidad de personas a las que les importa más el galardón que lo conseguido por el esfuerzo y el mérito. Bueno, más que el galardón yo creo que su interés está en el dinero y el poder. No hay sector que se salve de esta plaga letal que amenaza con exterminar los valores que han permitido al ser humano sobrevivir durante miles de años a toda clase de pruebas.

Sí, somos capaces de ahogar el verdadero talento y devorar nuestro yo más noble con tal de conseguir un triunfo de cartón.

Este tipo de actos inmorales solo pueden proliferar en una humanidad enferma a la que no le importa el ser, solo el parecer. Ocurre en todas partes: en política, en arte, en ciencia, entre amigos, en la propia familia…

Esta es la sociedad que impera en nuestros días, la que intenta seducirnos día tras día en todos los medios de comunicación: alfombras rojas, trajes de marca a precios de escándalo, casas maravillosas habitadas por Barbie y Ken, premiados y más premiados en escenarios de lujo, futbolistas en sus ostentosos coches, políticos corruptos laureados por la multitud… Los niños ya no quieren ir a las misiones para arreglar el mundo, o ser médicos o abogados; quieren ser futbolistas, políticos o entrar en un reality show para después ir de discoteca en discoteca y forrarse con los bolos.

Obviamente, estamos viviendo una fase involutiva de nuestra historia, un paso atrás; aunque un paso atrás no significa que no avancemos, en todo camino hay tropiezos.

Estamos bombardeados constantemente con mensajes que afirman que quien no triunfa o no es guapo no es nadie. Es tal el acoso al que nos someten que si no somos apuestos nos operamos hasta las pestañas y si no tenemos currículum nos lo compramos o nos lo inventamos.

Todo esto ha dado lugar a que ya no creamos en nada de lo que vemos y escuchamos, como dando por hecho que la verdad siempre está oculta y es mucho más fea y triste.

El mundo de la literatura no se libra de esta pandemia: grandes premios otorgados a escritores escogidos de antemano, jurados corruptos, críticos comprados por editoriales para promocionar sus libros, plagios, estrategias de márquetin amorales, autores de éxito que en realidad no escriben…

Entre los autores de las plataformas de venta la picaresca ha llegado a límites insospechados. Yo misma, en agosto de 2015, sufrí una maniobra orquestada durante el Concurso Indie por unas autoras de novela romántica que se esforzaron en echarme de los más vendidos dejando casi a diario una reseña negativa, alternando una y dos estrellas para que no cantase demasiado. Sospeché desde un principio, por la sencilla razón de que ya tenía larga experiencia en la publicación en Amazon y durante ese mes mi obra en el concurso había roto todas las estadísticas en cuanto a comentarios negativos y no por ello dejó de ser el libro más popular y vendido del concurso. Tanto es así que en el momento en que se anunció que era finalista este ataque cesó; parece ser que se dieron por vencidas.

Después, una fuente muy fiable me confirmó mis sospechas. Nunca me quejé a Amazon, algunos de estos comentarios desaparecieron sin más; tal vez fueron descubiertas por el algoritmo.

Pero estos autores falsos y trepas no solo se dedican a dejar reseñas negativas en todos los libros que puedan ser un estorbo para que los suyos escalen el Top 100, hacen verdaderos juegos malabares para engañar al algoritmo y a sus inventores. Os dejo las estafas más notorias, pero seguro que hay más y algunos de vosotros podríais seguir sumando a mi lista.

 7 Prácticas habituales de los escritores tramposos en Amazon

Compran su libro una y otra vez

No sé hasta cuántas veces al día se puede hacer la compra del mismo libro. Yo pensaba que esto eran rumores porque la misma plataforma te lo impide anunciándote que ya compraste esa obra el día tal. Pero sí se puede, resulta que solo tienes que eliminarlo de tu lista del Kindle cada vez que quieras volver a comprarlo.

Este sucio truco puede parecer que requiera una gran inversión, pero en realidad si pones tu libro a un euro te costará veinte diarios mantenerlo en los primeros puestos, y esta posición hará que las ganancias sean mayores que la inversión.

Compran comentarios positivos a reseñadores sin escrúpulos

Como quien compra cromos: por cincuenta euros, tres comentarios de cinco estrellas o por cien, diez. Por poner un ejemplo, no sé a cuánto estará ahora la docena de comentarios positivísimos.

Engañan a Kindle Unlimited

Esta estafa es para nota. En esta ocasión los autores juegan con las páginas leídas, que también computan en el ranking y reportan beneficios. Se trata de alquilar el libro tantas veces como se quiera por el número de personas de las que se dispongan y que estos supuestos lectores pasen las páginas sin leer, de diez en diez, de veinte en veinte o de la primera a la última directamente. Por lo visto, hasta ahora el algoritmo no disponía de un filtro que detectara tan despreciable práctica. Creo que Amazon lo está subsanando, entre otras cosas porque las páginas leídas ––en este caso no leídas–– tiene que pagarlas.

Hacen promociones falsas

En todos los sentidos, como vender una gran historia cuando es un folletín de cuarenta páginas que ni se entiende ni tiene interés, o decir que se tienen cuantísimos premios cuando no te conoce nadie, o anunciar sin el mayor reparo que se han vendido no sé cuántos miles de ejemplares cuando la cifra real ni se acerca, o publicar críticas magníficas escritas por el propio autor, o gritar que solo quedan dos ejemplares cuando la tirada está casi sin estrenar…

Denuncian a Amazon a los compañeros de éxito

Da igual el motivo de la denuncia: que el libro tiene erratas, que está mal maquetado, que no cumple las expectativas de la sinopsis, que tiene comentarios falsos… La cuestión es jorobar a los encargados de la plataforma que, naturalmente, como empresa, otorgará la razón al insatisfecho cliente y llegado el caso dará de baja la obra. A mí me ha pasado con una novela que estaba en el Top 100. Fue una verdadera pesadilla, a diario recibía quejas de los lectores a través de Amazon, hasta que entendieron que el producto no era digno de su escaparate.

Crean cuentas falsas para poner comentarios negativos

O utilizan las de amigos y familiares. También con estas cuentas se colocan ellos mismos todas las estrellas del firmamento.

Se organizan en grupos para aumentar exponencialmente las descargas de los supuestos lectores

Para llevar a cabo esta fullería se requiere gran habilidad y tener liderazgo. Se trata de reunir a un buen número de escritores y lectores y sincronizar sus actuaciones. Por ejemplo: el primer día leerán en Kindle Unlimited diez (que, por lo general, no leen, solo pasan páginas de veinte en veinte), otros diez descargarán el ebook y cinco más dejarán sus reseñas de cinco estrellas. Al día siguiente otra vez la misma operación, pero cambiando los miembros, y así hasta que el libro se coloca en el número uno, o al menos entre los diez más vendidos. Se ayudan entre ellos, hoy por ti mañana por mí. Es increíble cómo observan y estudian los algoritmos, saben perfectamente cómo funcionan y sus puntos vulnerables. Se me ocurre que bien podrían haber estudiado ingeniería informática en vez de dedicarse a no escribir, seguramente les iría mucho mejor todavía.

 

Todo esto ocurre y más, pero, ojo, tengo que aclarar que no deja de ser un grupo entre la honrada mayoría. Con el tiempo he conocido a muchos escritores, unos son celebridades, otros son menos conocidos y muchos están empezando; repito, la mayor parte de ellos aman su trabajo y luchan limpia y apasionadamente. No me cabe duda de que son estos los que están haciendo historia en nuestra literatura, los otros no son más que ilusionistas de pacotilla que lo único que hacen es estorbar y minar la confianza de los lectores, que tarde o temprano descubrirán sus argucias.

En fin, no sé vosotros, pero yo voy a seguir con mis letras porque nunca se me dieron bien las ciencias ni los números ni las ingenierías.

relatos cortos de amor entre el amor y la amistad - mercees pinto maldonado

Entre el amor y la amistad (Relatos cortos de amor)

Era domingo; un domingo más en absoluta soledad desde que se fue Inés. Daniel había estado arreglando el jardín para entretenerse y no pensar demasiado, porque en realidad ya no tenía sentido ocuparse de aquella casa; la había puesto en venta, era demasiado grande para él y contenía demasiados recuerdos.

Se sentó en la puerta a hacer nada. El invierno parecía despedirse y después de varios meses a esas horas el sol calentaba las fachadas de las viviendas del pueblo.

No podía dejar de pensar en ella. La nostalgia que lo acompañaba desde el día que Inés cerró los ojos por última vez había sido una sorpresa. No se casó enamorado, lo hizo porque era un buen chico y de ninguna manera podía defraudar a su madre, sus suegros y sobre todo a su novia de toda la vida.

Después de su despedida de soltero a punto estuvo de anular la boda. La juerga que se corrió esa noche con sus amigos fue descomunal, un escándalo en el pueblo. Daniel no estaba acostumbrado a beber y esa noche necesitaba olvidar. Y olvidó, hasta el punto de no recordar al día siguiente nada de lo que ocurrió en aquel bar de copas. Era un secreto a voces que el negocio hacía las veces de lupanar. A su mente acudieron vagas imágenes que le hicieron pensar que tal vez había estado con alguna de las chicas que prestaban sus servicios, pero las esquivó; la vergüenza y la resaca lo martirizaban demasiado. Se casó como Dios manda, aguantando las arcadas en el altar y prometiendo serle fiel en la salud y en la enfermedad. Los ocho años que duró su matrimonio así fue, no la engañó jamás.

Con el tiempo y la convivencia llegó a quererla de algún modo, porque Inés se lo merecía y porque él puso todo su empeño en que su unión saliera bien. Era una mujer extraordinaria, callada, tímida, delgada y poco agraciada, pero cargada de valores humanos. Ella siempre se acercaba a los más marginados del pueblo, se compadecía de sus desgracias, los ayudaba y los escuchaba sin quejarse ni juzgarlos ni una sola vez. Y así conoció a Teresa, la chica que decidió dejar la mala vida cuando se quedó embarazada.

Se hicieron grandes amigas. Siempre estaban juntas, había en ellas una complicidad inusitada teniendo en cuenta que pertenecían a mundos opuestos y una era la antítesis de la otra. Teresa era alegre, extrovertida y de una belleza cegadora. Cuando estaban en casa cocinando, cosiendo o simplemente tomando café, las risas de Teresa inundaban hasta el último rincón. Daniel no podía evitar mirarla, su corazón moría de amor y pasión por la vecina y se odiaba a sí mismo por ello.

El pequeño Raúl también solía estar pululando por la casa, un niño despierto e igual de bien parecido y alegre que su madre. Inés y Daniel no tuvieron hijos, los médicos les decían que no había motivos para ello, pero lo cierto es que en los ocho años de casados no hubo suerte. Él pensaba que no era más que la consecuencia de su falta de amor hacia ella, porque lo cierto es que apenas la tocaba y hubo pocas oportunidades de ser padres. Cuando se decidía a hacer el amor, lo hacía pensando en Teresa. Y es que para él, Inés era más una madre que una esposa; en cambio, su amiga se le antojaba la perfecta amante.

En todo esto pensaba bañado en sol, mientras de vez en cuando se preguntaba cómo era posible que a pesar de todo la echara tanto de menos. Comprendió que la quería más de lo que imaginaba, aunque de un modo muy distinto a como un hombre ama a una mujer. Tal vez era pura admiración.

Tenía la mirada perdida en el azul del cielo cuando escuchó la voz del pequeño Raúl.

––¡Hola, Daniel! ––gritó el pequeño mientras corría en su busca ladera abajo y con un cuento en la mano.

––Perdona, es que…

Teresa paró al ver el brillo del agua en los ojos de Daniel.

––Lo siento, Raúl se puso muy pesado y pensé que… Ya nos vamos, creo que no hemos venido en buen momento. Venga, Raúl, vámonos a casa, volveremos otro día.

––Daniel, cuéntamelo, venga, cuéntamelo ––le suplicaba el pequeño, ignorando las órdenes de su madre––. Mamá lo ha intentado, pero no sabe hacer las voces de los personajes como tú. Venga, léemelo.

––Claro que sí, muchachito. Pero ya tienes siete años, deberías acostumbrarte a leer solo ––le dijo Daniel revolviéndole el flequillo.

––Pero si me lo he leído, es que no es igual que cuando tú lo cuentas…

––Está bien, vamos a ello. Entra a por una silla y siéntate a mi lado.

––No seas pesado, Raúl…

––No importa, Teresa, me hará bien distraerme un poco.

––De acuerdo, mientras tanto voy al supermercado a hacer unas compras. ¿Necesitas algo?

––Creo que lo que necesito no lo venden en el supermercado.

Teresa le sonrió con dulzura y se fue calle abajo dispuesta a hacer sus compras. Él no pudo evitar prendarse del contoneo de sus caderas y sentirse el más ruin y culpable una vez más.

En quince minutos le había leído el cuento y el chiquillo entró en casa de Daniel alegando que los domingos echaban sus dibujos preferidos y quería ver la tele. Era un niño, qué sabía él hasta qué punto habían cambiado las cosas. Inés, la que lo consentía y atendía, ya no estaba, hacía tres meses que se había marchado y no estaba bien visto que su madre y él siguieran visitando la casa del viudo, y menos que pasaran allí horas y horas como entonces. Daniel también extrañaba tantos buenos ratos de bromas y risas con su esposa y su vecina. Cuando Teresa se marchaba se llevaba la alegría y dejaba el silencio.

No tardó mucho en aparecer la madre, enfundada en sus eternos vaqueros gastados, con un jersey rojo sangre que realzaba su cabello castaño claro y con unas deportivas que debían tener años. Salir adelante con un hijo y limpiando casas no daba para mucho. Aunque ella parecía tenerlo todo.

––Ya estoy aquí. Te he traído pan caliente para el almuerzo. ¿Dónde está Raúl?

––Entró para ver su programa…

––Perdona ––lo interrumpió ella––, él no termina de comprender que las cosas han cambiado.

Daniel le sonrió levemente. Era la primera sonrisa que esbozaba desde la muerte de Inés.

––Sabes que no me importa y cuánto quiero a tu hijo. No te preocupes.

––Pienso en ella constantemente ––dijo Teresa sentándose a su lado con toda naturalidad, como entonces––. Era la única amiga que he tenido. Parecía seria y eso, pero en realidad tenía la mente más abierta que cualquiera de las jóvenes de este pueblo. Sabía escuchar y jamás te juzgaba. Me enseñó tantas cosas…

––Todo el mundo aprendía a su lado ––apuntó él.

––Daniel…, no sé cómo decirte esto, pero creo que ha llegado el momento.

Él la miró expectante y sorprendido, intuyó que Teresa iba a confiarle algún secreto que debía saber.

––¿Te acuerdas de tu despedida de soltero?

––No mucho, la verdad. Pero, ¿qué sabes tú de esa noche? Ya veo que Inés y tú hablabais más de la cuenta a mis espaldas.

––Yo sí.

––Tú sí ¿qué?

––Yo sí me acuerdo de esa noche.

––Pues es extraño, creo que por entonces no nos conocíamos. Refréscame la memoria porque estoy algo perdido.

A Teresa no le gustó el tono en el que Daniel le hablaba, había dejado a un lado su natural amabilidad y su melancolía para ponerse a la defensiva. Obviamente, no estaba muy orgulloso de aquella noche y no le parecía correcto que las amigas hubiesen hablado del tema a sus espaldas.

––Me parece que no, no es el momento.

––Pues yo creo que deberías terminar lo que has empezado ––le replicó él mirándola con severidad.

Pero ella se puso en pie, avergonzada y arrepentida.

––Voy a llamar a Raúl, es hora de almorzar.

––No recuerdo bien lo que pasó en mi despedida de soltero ––dijo él, comprendiendo que había estado demasiado brusco––. Imagino que… bueno, por aquella época tú trabajabas en el mundo de la noche. Igual me viste en aquel local…

––Estuviste conmigo ––dijo ella en un ataque de valentía.

––¿Contigo? ¿Qué quieres decir?

––Hicimos el amor… Eso sí, a ti te costó cien euros.

––No puede ser. No sabes cómo siento no guardar ningún recuerdo.

Dicho esto, se arrepintió de inmediato, era palmario en su gesto que le hubiese gustado estar sobrio y haber disfrutado aquel momento con el que tantas veces había soñado. De repente su rictus se tornó seductor, olvidando la reciente tensión.

––Hay más.

Teresa se quedó en silencio y volvió a sentarse.

––No me interrumpas, por favor, ya es bastante difícil para mí contarte esto ––le pidió mirándolo como quien pide perdón de antemano––. Nunca he compartido contigo nada de mi pasado, imagino que todo lo que sabes te llegó por habladurías, pero lo cierto es que llevaba dos semanas viviendo en el club y trabajé solo esa noche como… prostituta. En realidad, los únicos cien euros que me gané con mi cuerpo fueron los tuyos. No sé si comprendes lo que te estoy diciendo.

Daniel no pestañeaba, no terminaba de captar su mensaje.

––No estoy seguro, la verdad.

––Raúl… solo puede ser tu hijo.

––¿Qué?

––Inés lo sabía, pero le pedía que me guardara el secreto. Lo hice por ella, no quería hacerle daño… Pero ya no tiene sentido callar. Ella se fue, y tienes que saber que la última palabra que me dijo fue: «díselo». Siempre supo que… Bueno, ella no era tonta.

––¡Dios mío! Todos estos años… Jamás imaginé que las dos me ocultabais algo así. No puedo creerlo.

––Lo sé. Lo siento. Déjame que te diga una última cosa y me marcharé: desde ese día vivo enamorada de ti. Ya está, ya lo sabes todo ––terminó, mientras las lágrimas empezaban a desbordar sus párpados.

––Mamá, tengo hambre ––dijo el pequeño asomando a la puerta.

––Claro, hijo, si es que deberíamos estar almorzando. Venga, vámonos a casa.

––Yo creo que hoy podríamos comer los tres aquí. ¿Te gustaría, Raúl? ––le preguntó Daniel al pequeño apenas conteniendo la emoción.

––Sí, porfa, mamá, vamos a comer con Daniel. ¡Como una familia!

––De acuerdo, voy a ver qué puedo cocinaros con lo que he traído.

Antes de que Teresa entrara en casa, Daniel le cogió la mano y la obligó a agacharse para que acercara el rostro al suyo y decirle al oído: «Yo también te he amado desde que te conocí».