El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

Hacía tiempo que Pedro esperaba y temía una conversación con uno de sus hijos. De los cinco hermanos, Roberto siempre fue el más independiente y reivindicativo. Todos tenían la misma participación en la empresa familiar y cada uno de ellos ocupaba un puesto adecuado a sus capacidades. Aunque en los últimos años, debido a las constantes exigencias y amenazas, Pedro había cedido demasiados privilegios a Roberto. Ahora se arrepentía de no haberse mantenido firme, su debilidad con el segundo de sus hijos había dado lugar a resquemores entre los hermanos y, lo peor de todo, lejos de contentar al joven su egoísmo crecía día a día.

El patriarca se encontraba en una situación delicada que solo tenía una solución: practicar la justicia con sus cinco hijos de una vez por todas.

Sobre estas cuestiones meditaba Pedro mientras miraba al presentador de los informativos sin escuchar sus palabras cuando se acercó Roberto y tomó asiento frente a él.

—Tenemos que hablar —le dijo Roberto a su padre con gesto serio.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó su padre entre el hartazgo y la compasión.

—Quiero marcharme de la empresa y montar mi propio negocio, creo que ni tú ni mis hermanos tenéis el espíritu emprendedor necesario para avanzar y conquistar nuevos mercados. Resulta muy complicado trabajar con personas tan conformistas…

—Estás en tu derecho, nada que objetar.

—También me voy de casa.

—Eres un hombre, tienes treinta y cinco años y todo el derecho a emprender tu camino, no seré yo quien se oponga.

En un principio, Pedro sintió cierto alivio; la tensión en la familia aumentaba día a día a causa de los constantes requerimientos de Roberto y su marcha podría ser la solución. Pero, por otro lado, la tristeza invadió su corazón; después de tantas concesiones solo había conseguido alimentar el individualismo de su hijo.

—Me alegra que me apoyes, necesitaré mi parte de la empresa, incluidos los clientes que he conseguido durante estos años. Y me gustaría hacer unas obras en casa para separar la parte que me corresponde.

—Como bien sabes, la empresa es indivisible; si quieres marcharte tendrás que poner tus acciones a la venta, no puedes irte arrancando un pedazo de nuestras vidas. Además, ningún cliente es tuyo; si has conseguido que aumente nuestro número de compradores ha sido gracias a que cedí cuando me pediste el puesto de director comercial. Estoy seguro de que cualquiera de tus hermanos hubiese conseguido tus logros o incluso más. Y, por supuesto, esta casa también es indivisible. Si quieres marcharte hazlo con todas las consecuencias, y si lo que quieres es hacer pedazos la empresa y la casa tendrás que consensuarlo con tus hermanos y conmigo.

La mirada de Roberto se tornaba cada vez más iracunda. De ninguna manera se iba a marchar con las manos vacías después de años de lucha. Él era el alma de la empresa, y estaba convencido de que de seguir sometiéndose al socio mayoritario y director general jamás conseguiría su sueño. Estaba cansado de sus hermanos; del absentismo de Sara a causa de la enfermedad de su hijo; de las pérdidas que suponía la mala gestión que hacía Oscar de los recursos humanos; de pagar entre todos a Laura la carrera de Administración de Empresas mientras ella se dedicaba a perder el tiempo con los amigos y de que Lucas, el mayor, censurara todas sus iniciativas con la connivencia de su padre, quien siempre tenía la última palabra a pesar de tener una idea ya obsoleta de lo que era gestionar una empresa.

—No puedo seguir viviendo y trabajando con vosotros, necesito gestionar mis propios recursos o jamás conseguiré despegar como empresario. Me siento atado de pies y manos a vuestro lado.

—Te entiendo. Y te repito: puedes irte, no soy quién para impedírtelo, pero no podrás llevarte lo que nos pertenece a todos. Ya te he permitido demasiado con la intención de conservarte a nuestro lado. Eres el que recibe más beneficios de la empresa; el que ocupa la mejor habitación de esta casa y el único que hace tiempo toma decisiones sin contar con el resto. Créeme si te digo que en estos momentos nada me haría más feliz que tu marcha y recuperar la paz, pero lo que me pides es un imposible. Ni siquiera está en mi mano concedértelo; la empresa y esta casa no son mías, son de todos.

—No, papá. ¡Yo soy el dueño del espacio que habito y de lo que he conseguido durante mis años de trabajo! ¡Ninguno de vosotros habéis luchado como yo!

—Ninguno ha tenido tus ventajas. No voy a continuar con esta conversación y menos con el tono en el que me hablas, me estás faltando al respeto y no puedo consentirlo. Habla con tus hermanos, puede que quieran comprarte tu parte en la empresa y en la casa, y después puedes irte, no sin antes pagar tu parte de las deudas; las deudas también son de todos.

—Pero… ninguno de nosotros podría sobrevivir en esas condiciones.

—Por eso seguimos juntos.

—Me buscaré un buen abogado y lucharé por lo que me pertenece hasta el final.

—Estás en tu derecho, hijo. Ahora vete, tengo que ocuparme de nuestra empresa, no puedo ni debo seguir perdiendo el tiempo contigo.

Pedro supo que con todos los privilegios que había concedido a su hijo durante años no había conseguido su propósito de mantener la empresa y la familia unidas; muy al contrario, sin darse cuenta había ido fraguando los cimientos de un conflicto que podría eternizarse. Y es que, cuando no se practican la justicia y la igualdad, los enfrentamientos están servidos.

 

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