RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera, segunda y tercera parte de este relato sobre infidelidad. Hoy os traigo, por fin, el desenlace.

(Continuación)

—Marta…, he tenido tiempo de reflexionar durante estos días y me he dado cuenta de te quiero mucho más de lo que imaginaba, pero…

—Pero ¿qué?

—También he comprendido lo fácil que nos ha resultado pensar tan distinto en temas tan importantes como el aborto y lo complicado que es ahora, cuando hay que llevar las ideas a la práctica. No es lo mismo sentarse a dialogar sobre esto o aquello cuando sabes que tu vida no se verá afectada y después de un vino y una larga charla todo seguirá en su lugar. No sé si sería lo acertado permitir que nuestras vidas y las de nuestros hijos… Creo que deberíamos dejar la decisión a Elena. Me arrepiento de haberte metido en esto.

—Ohhh…, Agustín, me asombra tu cobardía en una lucha que te pertenece. De acuerdo, yo no soy nadie en esta cruzada; el destino de ese bebé está en tus manos y en las de esa becaria y, según la ley, la decisión es solo de ella. Pero fuiste tú quien resolvió que debía saberlo, fue tu conciencia la que te llevó a hacerme partícipe, porque de no haberlo hecho me habrías traicionado en lo más profundo. Pero ya veo que a la hora de la verdad prefieres la huida.

—Yo no lo veo así.

Sentados en la penumbra del salón, frente a frente, en los mismos sillones que durante años habían sido testigos de sus numerosas y largas conversaciones, por primera vez se sintieron como extraños. Ciertamente, había una larga distancia entre las ideas y la cruda realidad. Los dos seguían en sus posturas de siempre, pero ahora, llevadas a la práctica, parecían inconciliables.

—Pues estás equivocado. Para mí no es una cuestión de ideas encontradas, no creo que en esto haya más de una verdad; la verdad es una: ninguna vida pertenece a nadie. Estoy pensando en cuando tuvimos que traer a nuestra casa a tu padre a causa de su alzhéimer. Para los dos fue un parón en nuestras carreras, incluso nuestros hijos sufrieron un repentino cambio en sus vidas que les afectó en sus estudios. Estuvimos cinco años dedicados a hacerle la vida más fácil y solo conseguíamos frustrarnos cada vez más: él parecía no apreciar nuestro esfuerzo y era incapaz de agradecérnoslo. ¿Te acuerdas?

—Cómo olvidarlo, especialmente tú lo diste todo. Fuiste un ejemplo para nuestros hijos y creo que tu valerosa actitud ante la situación los hizo mejores personas, aunque disminuyeran sus calificaciones.

Dichas sus últimas palabras, Agustín comprendió lo que quería decirle su esposa. No solo era una gran luchadora, también tenía una inteligencia excepcional.

—En aquella situación sacrificarnos por un hombre enfermo y sin ningún futuro era ir en contra de la ley de supervivencia. Según tu teoría, lo lógico hubiese sido eliminarlo, abortarlo, pasar página. Dime, ¿por qué en ningún momento dudamos de que nuestro deber era atenderlo y olvidarnos de nosotros? Piénsalo.

—Era mi padre.

—Tu padre se había marchado de este mundo mucho antes de que viniera a casa. ¿Sabes?, es muy posible que pronto la ley nos conceda la libertad de decidir sobre las vidas de las personas sin futuro y que solo restan energía a una sociedad que no se puede permitir perder el tiempo en lo que es seguro que no dará beneficios. Puede que no tardemos en tener la vida de los enfermos terminales en nuestras manos. Lo que ahora parece una locura se puede convertir en la norma general cuando la ley te asiste y te adoctrinan…

—La ley del aborto es muy distinta a lo que estás comentando —se atrevió Agustín a interrumpir el discurso de su esposa—, hablamos de la multiplicación de unas células dentro de otro cuerpo; la vida en sus inicios no es más que un crecimiento celular…

—Me parece increíble que precisamente tú utilices unos argumentos tan pobres que, además, son falsos. La vida es una multiplicación celular desde su comienzo hasta el final; es más, es en su término cuando disminuye el crecimiento.

—Es una vida dentro de otra ya establecida, muchas mujeres lo ven como una invasión y se sienten incapaces de sobrellevar tanta responsabilidad, sobre todo si son jóvenes o han sido víctimas de una violación. Nadie tiene derecho a juzgar situaciones mucho más complicadas que las que podría vivir la mayoría.

—¿Acaso no invadió nuestras vidas y nuestra casa tu padre? ¿Vas a decirme que tú te sentías capaz de soportar tanta responsabilidad? ¿No recuerdas los momentos en los que llegamos incluso a perder el control? A pesar de todo lo acompañamos hasta el final porque era nuestra obligación moral. Te aseguro que si la ley permitiera acabar con las vidas de los que ya están acabados muchos se plantearían si cuidar a sus mayores o mandarlos a una mejor vida.

—Creo que estás disparatando —dijo Agustín mirándola con cierto asombro y tristeza a la vez.

—¿Disparatando? Fíjate que teniendo en cuenta el envejecimiento de la población, la escasa natalidad y el problema de la inmigración me atrevería a decir que no tardaremos mucho en ver cómo cambian las leyes. Es muy posible que pronto sea legal eliminar a ancianos e ilegal abortar. Pero te diré que si no conservamos nuestra moral por encima de la ley el ser humano perderá su esencia: su humanidad. Entonces sí que estaremos abocados a la exterminación. No hemos llegado hasta aquí gracias a nuestro egoísmo sino a nuestra generosidad, nuestro sentido de grupo y nuestra dedicación y cuidado hacia los más débiles.

—Muy bien, ¿y qué pasa con esas adolescentes que no tienen ni los medios ni la madurez para educar a un hijo? ¿Qué hacemos con esos embriones con malformaciones? ¿Qué…? No es tan fácil como lo planteas.

—Sabes que en algún lugar tengo una sobrina fruto de una violación. Por supuesto que no es fácil. ¿Eliminamos los problemas interrumpiendo la vida de los más inocentes?

—Sigo pensando que tu hermana debería haber abortado en cuanto lo supo.

—Pues yo sigo pensando que la pena de muerte debe aplicarse al violador; aunque ya sé que esto no es muy ético por mi parte, pero si hay que elegir…

—Yo creo que la vida habría sido más fácil para ella si hubiese abortado.

—No lo creo, aquel episodio de su vida no se hubiese borrado con el aborto. Es más, la generosidad que mostró dándola en adopción la ayudó a superar todo aquello. Esa pequeña debe tener ahora unos diez años y está creciendo con un matrimonio que siempre tuvo vocación de ser padres.

Agustín se sentía abrumado y cansado, llevaba un par de noches sin dormir y el día había sido intenso. La vehemencia con la que Marta defendía sus ideas llegaba a angustiarlo. Hubiese seguido argumentando su postura, pero ya sabía que, como siempre, la partida terminaría en tablas. Tiró del nudo de su corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa antes de hablar con la intención de concluir la conversación.

—De cualquier manera, lo tengo decidido: no voy a comprar a ese bebé para darlo en adopción, es de locos. A partir de ahí…, en fin, la ley está de parte de Elena, que haga lo que crea conveniente; pero me niego a aceptar el chantaje. Como tú bien dices, esas leyes para las que tantos años has trabajado no me dan ningún derecho sobre ese embarazo, es a ella a quien le otorgan todos los derechos. Eso sí, si decidiera tenerlo me concederían todos los deberes como padre. Y sí, tengo moral, una moral que incluye el cumplimiento de las leyes, así que de ninguna manera voy a darle a esa… mujer una plaza fija en mi equipo y todos nuestros ahorros a cambio de un hijo. Estoy agotado, me tomo un yogur y me voy a la cama.

En ese momento sonó el móvil de Agustín. Era la becaria.

—¿Sabes la hora que es? —le preguntó sin molestarse en saludarla.

—Sí, lo sé. Pero pensé que te encantaría la noticia que tengo que darte.

Agustín notó a Elena como cansada, hablaba sin su natural tono altivo y chirriante.

—Sé breve, estoy agotado.

—Se acabó. Ya no hay bebé, lo he perdido hace una hora.

—Vaya…, no sé qué decir…

Ciertamente, en ese momento no podía analizar su reacción interior con claridad. Sintió un gran alivio, pero acompañado de una cierta desazón.

—No tienes que decir nada. Voy a tomarme unos días de descanso y después me iré, voy a aceptar un puesto de becaria en Zamora, así que me perderás de vista para siempre. Adiós, Agustín.

Y colgó, sin más. Él se quedó unos segundos contemplando el móvil con perplejidad ante la atenta mirada de Marta y después reaccionó.

—Se acabó. Elena ha perdido el niño. No puedo creerme que haya despertado de esta pesadilla. Todo ha terminado, Marta, podemos pasar página y recuperar nuestra vida.

—Sabes que siempre he envidiado tu facilidad para olvidar, esa manera tuya de caminar por la vida casi de puntillas, como evitando el contacto con la realidad. Para ti cualquier problema parecía un mero contratiempo fácil de solventar. Me has ayudado tanto… Pero esto es distinto. Lo siento, Agustín, no puedo regresar a nuestra rutina como si no hubiese pasado nada. Sí ha pasado; ha pasado que no solo pensamos diferente, es que en la práctica lo somos y…  ahora me resulta insoportable. No sabes cuánto me gustaría en este momento que no me hubieses contado tu aventura, abrir una botella de vino y poder filosofar sobre los problemas del mundo desde la maravillosa distancia de quien no los ha vivido en realidad.

—Pero no puedes echar por la borda todo lo que hemos construido, date unos días para pensar y hablamos cuando estés más tranquila.

Agustín se acercó a ella y le cogió las manos mientras le mantenía la mirada implorándole.

—Me marcharé mañana mismo, pero no sé si para unos días o para el resto de mi vida. Lo siento.

 

FIN.

 

 

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