Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Relatos sobre infidelidad: El chantaje (parte I)

Un domingo más intentaba concentrarse en su lectura y disfrutar de la poca tranquilidad que le ofrecía la semana.

Levantó la vista y fijó su mirada en los retratos que adornaban la amplia mesa de su despacho. Todas eran fotografías de sus tres hijos y de Marta elegidas por él; todas les recordaban momentos felices. A sus cincuenta y cuatro años podía afirmar sin titubear que había sido un hombre feliz, y su familia también.

Era el momento de hablar con Marta, no podía demorar más una conversación que, sin lugar a dudas, agitaría las tranquilas aguas de su hogar.

La encontró en el jardín, sembrando flores. Ella siempre encontraba un rincón donde sembrar. En la ventana un altavoz bluetooth arrojaba notas de canciones de los ochenta mientras ella tarareaba distraída.

––¿Te apetece un vino? ––le preguntó Agustín.
––Jesús, qué susto me has dado. ¿Un vino? Sí, dame unos minutos para recoger todo esto.
––Bien. Voy abriendo una botella.
––Blanco y bien frío, por favor ––apuntó ella con una sonrisa cómplice.

Estaba esperando ese momento. Por su manera de hablarle y su mirada supo que, por fin, su marido le contaría el motivo de su extraño comportamiento en las últimas semanas.
Lo encontró abriendo una lata de berberechos para acompañar el albariño. Marta se sentó en la mesa de la cocina y esperó a que terminara su tarea. Él llenó una tercera parte de cada copa y tomó asiento frente a ella.

––No soy perfecto, Marta, he cometido un error imperdonable.
Ella no lo interrumpió mientras él se tomaba su tiempo para continuar.
––En el último congreso… tuve una aventura.
Marta sintió cierto alivio a pesar de una confesión que había dado al traste con las mil promesas de amor y fidelidad que ambos habían pronunciado durante más de tres décadas. Al fin y al cabo, era obvio que estaba arrepentido y que él mismo estaba imponiéndose la más dura de las penitencias: el verdadero arrepentimiento.
Bebió un trago corto y lo miró entre decepcionada y comprensiva.
––Bueno, como bien dices, no eres perfecto. Es algo que supe la primera vez que dejaste la ropa interior tirada en el suelo del baño.

Marta intentó bromear con la intención de ayudarlo a pasar tan amargo trago, sabía que la amaba y simplemente había sucumbido a una tentación que lo acechaba desde que era joven. Agustín era un hombre apuesto y con mucho éxito en su trabajo, no debió ser fácil resistirse tantos años.

––Fue una tontería, ya sabes cómo son estos congresos…
––No necesito saber más. Creo que me vendrá bien dar un buen paseo. ¿Te importaría comer solo? Necesito estar sola; pero estoy bien, tranquilo, esto no tiene por qué afectar a nuestras vidas, únicamente necesito encajar esta nueva imperfección tuya.

Imaginó quién había conseguido que a esas alturas su marido le fuera infiel, seguramente la nueva becaria, a la que tuvo la oportunidad de conocer en un congreso anterior al que pudo acompañar a su esposo.

––La aventura no terminó con el congreso, hay más.
Ahora sí, Marta sintió un estacazo en el corazón.
––¿Vas a dejarme por esa becaria? ––le preguntó mientras sus ojos se humedecían.
––No, no es eso. ¿Cómo puedes pensar algo así? Es mucho más complejo.
––¿Complejo? Explícate porque estoy a punto de sufrir un síncope. Y no, no voy a compartirte con esa niña pija…

A Marta solo se le ocurrió la posibilidad de que su marido estuviera enamorado de las dos, o ni siquiera eso, que simplemente le estuviera pidiendo permiso para llevar una doble vida. Estaba atónita, no podía creerse sus propias conclusiones. A través del agua de sus lágrimas veía a un hombre abatido. Agustín no era excesivamente guapo, su atractivo radicaba en su eterna jovialidad: su fresca sonrisa, su mirada limpia, su elegancia, su vitalidad, su esbeltez… Por mucho que hubiese trabajado siempre parecía como recién levantado. Tenía bastante éxito entre las mujeres, algo que él parecía ignorar.

––Está embarazada.
––Necesito otro vino ––dijo ella después de apurar su copa.
––Me está chantajeando, o eso parece. Dice que no tiene aptitudes para ser madre soltera, que siempre tuvo claro que sus hijos crecerían en un hogar con un padre y una madre y que si la dejo abortará, que no está dispuesta a llevar el embarazo en solitario. Lo cierto es que nunca fuimos nada; no hay nada que dejar…

Agustín agachó la cabeza mientras deslizaba su copa sobre la encimera haciendo pequeños círculos. Le costaba mirarla a los ojos, derrotado por la vergüenza y la culpa. Todo lo atroz que en ese momento sintiera o pensara Marta sobre él estaba más que justificado. Sabía que obtener su perdón era una quimera y que en ese momento su felicidad matrimonial se había esfumado.

––¿Por qué me lo dices ahora? Han pasado tres meses, está claro que pensabas guardarte el secreto. ¿Qué sentido tiene contarme lo de su embarazo? Sabes lo que pienso sobre el aborto, tu confesión me hace responsable y partícipe. Solo tenías que haberte negado y guardar silencio.
––Pensé que tenías derecho a saberlo. Esconderte una aventura pasajera…, bueno, es algo muy distinto a ocultarte que consentí un aborto por cobardía.
––Es maravilloso, de verdad que estoy colapsada de la impresión ––dijo Marta elevando el tono de voz mientras bajaba la cabeza para mirar a los ojos a un marido que no reconocía. Él seguía con la vista fija en su copa intentando evitarla––. A ver si te estoy entendiendo, ¿me estás pidiendo que te dé permiso para seguir con ella y así evitar mi cargo de conciencia?
––No tendría ningún tipo de relación con esa chica ni aunque me fuera la vida en ello. Lo que te estoy proponiendo es que nos hagamos cargo de este niño. Si te parece bien, voy a plantearle que lleve a término el embarazo y que después me ceda la custodia. Ya sé que es una locura y que probablemente se negará, pero es lo único que podemos hacer para que ese bebé venga al mundo.
––Voy a darme ese paseo, soy incapaz de seguir con esta conversación sin perder el control.
Marta se dirigió a la salida del jardín mientras se enjugaba las lágrimas con los dedos. Agustín levantó al fin la vista para verla marchar; iba con actitud altiva, en un vano intento de mantener la dignidad.

No volvieron a hablar ese día, se cruzaron un par de veces por la casa, pero por primera vez durmieron en cuartos separados. Él sabía que su esposa necesitaba tiempo y espacio y que debía ser paciente. Mientras tanto, esa misma tarde recibió una llamada de Elena. Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar con la atrevida becaria, pero llevaba a su hijo en el vientre.

––Hola. Dime ––contestó sin disimular su hastío.
––Hola, Agustín. Perdona que te moleste, pero después de nuestra última conversación no hemos vuelto a hablar y, bueno, dijiste que me llamarías… Los días pasan y necesito una respuesta, si no piensas hacerte responsable de los dos me gustaría abortar cuanto antes.

En ese momento a él le hubiese gustado desahogarse y decirle todo lo que pensaba de ella: que era una oportunista sin escrúpulos y que su único deseo en ese momento era borrar de su vida aquella semana en la que cayó en su trampa como un estúpido adolescente. Le habría dicho que era una arpía, una indeseable, una mujer que no conocía la decencia. Pero consiguió contenerse, todavía no sabía si sería la madre de su hijo el resto de su vida.

––Te informaré en cuanto haya tomado una decisión, estoy valorando con mi esposa todas las posibilidades. Por favor, deja de llamarme para hacerme la misma pregunta.
––Las posibilidades son dos ––le dijo ella con una frialdad que a Agustín le produjo escalofríos––: el bebé y yo vamos en el mismo lote. O los dos o ninguno.
––¿Cómo puedes exigirme con esa frivolidad que acepte tus condiciones? No hablamos de un producto, estás hablando de tu hijo.
––Los dos o ninguno ––repitió ella––. Lo siento, no me veo capaz de criarlo sola.
––¿Crees que obligándome conseguirías siquiera mi respeto? ¿Es acaso una cuestión de dinero? ¿Cuánto pides? ¿Qué pretendes?
––Espero esa llamada lo antes posible ––dijo ella antes de colgar y sin despedirse.

 

(continuará)

 

Fuente imagen de cabecera: incorrectas.com
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