EL CHACHO DE LOS ÁVILA

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Él era el Chacho, el comodín de la familia, había estado toda la vida a la sombra de su hermano y su cuñada. Treinta años cuidándoles el jardín, llevando a los niños al colegio, encargándose de los recibos, de las reparaciones de la mansión… Se llamaba Lucas, pero nadie lo sabía o lo habían olvidado, porque para todo el mundo él era el bueno del chacho de los Ávila. A veces se preguntaba si alguien recordaba que en realidad era el hermano pequeño de don José María, el oftalmólogo más cotizado y respetado de toda Galicia.

Lucas era un hombre discreto, callado y trabajador. Se levantaba al amanecer, siempre había algo que sembrar o podar, encargos pendientes en la ciudad para su hermano, su cuñada o los chicos: entregar un documento en la universidad, comprar cartuchos para la impresora, pasar la ITV de algún vehículo, descambiar unas deportivas… El resto del día lo empleaba en las chapuzas propias de una casa tan grande: arreglando pestillos, limpiando la piscina, pintando portones… Con los años parecía estar consumiéndose y replegándose sobre sí mismo, como si estuviera en una eterna genuflexión a los Ávila, sus ojos no parecían ver más allá del suelo día a día.

Todos sabían que en algún bolsillo llevaba esa carta que nadie podría leer hasta después de su muerte. Ignacio, que siempre había sido un niño muy atrevido, intentó robársela en alguna ocasión mientras dormía, pero el chacho tenía el sueño muy ligero; el resto de la familia, su hermano, su cuñada Marina y su sobrina Alba, nunca mostraron curiosidad por saber lo que decían aquellas letras. De hecho, ninguno mostraba interés alguno por el Chacho más allá de las muchas veces que lo necesitaban.

Aquella tarde José María lo echó de menos al volver a casa. Desde las ventanas de la planta baja revisó con la mirada el jardín. El cobertizo estaba cerrado y reinaba un extraño y frio silencio. Salió para inspeccionar el terreno y lo encontró tirado en el suelo junto a los rosales. Enseguida sospecho que estaba sufriendo un infarto. Rápidamente buscó su móvil, pero Lucas se lo impidió agarrándole la mano con una fuerza inusitada para un moribundo.

Desde su roto corazón, sacó las fuerzas suficientes para hablarle:

―Hermano ―Jadeó exhalando la misma muerte y siguió―, dale esta cartas a Ignacio… ―continuó, poniendo sobre la mano de su hermano un sobre ambarino―, él tiene que saber por qué me resigné a vivir a vuestra sombra; debe saber que es mi hijo y que callar era la única manera de verlo crecer… Siento que hayas vivido tantos años esta mentira… Marina estaba tan sola, tú viajabas constantemente… Espero que sepas perdonarme.

―Lo sé, Lucas, siempre lo he sabido, al principio de nuestro matrimonio deseábamos tanto tener hijos que nos sometimos a toda clase de pruebas y… soy estéril.

―Entonces… Alba también es…

―Sí. Vete tranquilo, no solo te perdono, sino que te agradezco que me hayas regalado dos hijos maravillosos. Te prometo hablar con ellos y contarles la verdad.

―No… no… deja todo tal y como está…

Fue lo último que dijo Lucas antes de que su hermano le cerrara los ojos para siempre. Luego José María dejó la carta en el suelo y arrimó la llama de su mechero. Verdaderamente, a nadie le importaba que los Ávila hubiesen conseguido ser felices gracias a la generosidad del Chacho.

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