LA ESCAPARATISTA

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No se lo podía creer, ahí estaba, sobre su mesa, toda suya. Después de años viéndola a través de un escaparate, soñando con ella despierto y dormido, lo había conseguido. Hubo momentos en los que casi estuvo a punto de cometer una locura y probar esa técnica que usaban algunos ladrones llamada alunizaje. Pero no, a él le habían enseñado que las cosas se consiguen con esfuerzo; que los atajos siempre pasan la factura. Finalmente supo aguardar su momento. Cierto, haber sido capaz de esperar y ganársela con el sudor de su frente ya era en sí una gran satisfacción.

Era preciosa, no se cansaba de mirarla, casi no se atrevía a tocarla, no fuera que despertara y le robaran su sueño una vez más. Imaginó cómo sonaría entre sus manos… pero no, todavía no. La desprendió del suave paño que la envolvía como fascinado, con toda la delicadeza que se merecía.

Después se atrevió y deslizó la mano suavemente por el pulido ébano, sus curvas le recordaron la mala imitación Fender que colgaba de su dormitorio. Nada que ver, esta era auténtica.

Antes de hacerla suya, se deleitó un poco más, recordando cómo mañana tras mañana, año tras año, de camino a su trabajo, la había deseado al otro lado del cristal. Llegó a envidar cada instrumento que la rodeaba y hasta la luz que la bañaba en las mañanas de invierno, cuando los días se desperezaban más lentos que la ciudad.

La alzó sobre la mesa y el agua acudió a sus ojos mientras contemplaba su desnudez, estaba estremecido. Había llegado el momento ansiado: la rodeó con sus brazos y comenzó a tocarla ansioso por escuchar sus susurros. Pero ella tuvo un mal despertar y las notas se tornaron gritos y lamentos que llegaron a los confines de su barrio. La ira se apoderó de él. Iracundo, la apretó con fuerza contra sí en un vano intento de ahogar el sonido equivocado.

De súbito la puerta de su casa se abrió:

―¡Policía! ¡Suéltala!

―¡Es mía! ¡Es mía! ―gritaba una y otra vez mientras, como poseído, le comprimía el cuello entre sus manos.

Un certero disparo del agente atravesó su frente y todo terminó. La bonita sudafricana que arreglaba cada mañana el escaparate de la tienda de música quedó libre al fin, ya nunca más tendría que esconderse tras la guitarra Fender cada vez que aquel hombre se parara al otro lado del vidrio para mirarla con ojos lascivos.

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3 comments

  1. Un relato contundente y muy atractivo. Yo tuve una de esas… Una guitarra Fender, quiero decir, no una negrita ;-)… y había algo en aquel trasto que atraía, que seducía y provocaba a tocarla en todos los sentidos. Finalmente me dejó. Se enamoró de un guitarrista más joven y rubio, que todavía la exhibe por ahí, como un trofeo. Ahora me conformo con verlas pasar a mi lado… a las negritas, quiero decir.
    Felicidades, Mercedes. Leerte es fácil y despierta la inspiración. Un abrazo.

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