MATILDE LA CONFESORA

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Era la dueña de una pequeña tienda de comestibles del barrio. Ya ni recordaba desde cuándo vivía tras aquel ajado mostrador. Levantaba la persiana antes del amanecer para que ni uno de sus vecinos se fuese al trabajo sin el bocadillo de pan recién hecho. Matilde era mucho más que la tendera que siempre tenía el ingrediente que le había faltado a la del cuarto para el arroz del domingo o la que se quedaba con las llaves de la Frasquita para cuando llegara su hijo del colegio. Solo cerraba las puertas el Jueves Santo y el día de Navidad, durante el resto del año, nadie dijo haber encontrado jamás la tienda de la Matilde cerrada. Era un icono en la vecindad, servicial, generosa, atenta, alegre y, con los años, se había convertido en la confesora y el paño de lágrimas de todas la mujeres que le compraban el pan a diario. Se sabía las miserias, secretos, verdades y mentiras de los alrededores. A veces se la veía echada en el mostrador, intentando aliviar en algo el peso de sus pies y las horas de trabajo, mientras escuchaba los pecados y pesares de fulana o mengana.

El día anterior Paco el butanero amaneció muerto en la cama. Su mujer había pasado la noche cuidando a la madre en el hospital y durmió solo. La gente decía que se suicidó con lo que siempre le había dado de comer: dejó la bombona de la estufa abierta y cerró la puerta. La policía pareció darlo por hecho: había sido un suicidio.

Desde el mostrador Matilde veía el trajín, el ir y venir de ambulancias y coches patrulla, mientras los vecinos entraban y salían para mantenerla al tanto del último cuchicheo. «La policía lo tiene claro, se ha suicidado, hija mía ―le contaba Dolores muy apesadumbrada―. A saber lo que se le pasó por la cabeza al pobre hombre. Ya ves tú, joven, con trabajo, con la Maite embarazada… ¡Qué cosas! Las cabezas que no están buenas en estos tiempos y ya está…». Matilde aguantaba la retahíla, cansada del duro día, mientras recordaba cómo la joven Maite le decía la tarde anterior que ya no aguantaba más, que casi pierde el niño de la última paliza y que antes de coger el autobús para el hospital se pasó de nuevo por la tienda y le dijo: «Se acabó, esta noche ha sido la última vez que me pone una mano encima. Se ha quedado dormido, más borracho que nunca, con la estufa puesta… y sé que no va a despertar. Me voy, es tarde. Mañana guárdame solo una barra de pan, para mí tengo de sobra».

Cuando el agente de policía entró en la tienda para hacerle algunas preguntas, ella solo dijo que la conocía de venderle a diario dos barras de pan, nada más. Porque, a ver, quién era ella para revelar un secreto de confesión.

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12 comments

  1. En mi barrio donde todavía sobrevive el concepto clásico de unidad con entidad propia, es posible todavía disfrutar del negocio pequeño que abastece de pan caliente y recién horneado a todos los vecinos, donde la plaza y los bancos cumplen su función social allí tenemos nuestra propia Matilde, que en este caso se llama – en realidad nadie sabe su nombre- solo la conocemos con el nombre de “Reina”. Te puedo asegurar que ella domina a la perfección el papel de confidente y consejera espiritual. Siempre pienso, el día que ella hable….tal vez el concepto barrio desaparezca.
    Un abrazo Mercedes. Tiempo que no te visitaba.

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