CUENTO DE NAVIDAD

S y A

Siempre volvía por Navidad. El director de una gran empresa debía aparentar que a él también lo esperaban con los brazos abiertos en algún lugar. Los días previos a las vacaciones todos se preguntaban unos a otros lo mismo: «¿Cuándo sale tu vuelo? ¿Dónde pasarás las fiestas este año?» Él siempre contestaba igual: «En casa, con la familia». Pero lo cierto es que en España solo le esperaba un padre solitario y resentido que, al igual que él, abrigaba un único deseo en estas fechas: que pasaran pronto y volver a encerrarse en su guarida.

Ni siquiera se molestaba en ir a recibirlo al aeropuerto. Después de once horas de vuelo, en tierra encontraba miles de abrazos, pero ninguno era para él. La vieja urbanización le pareció más melancólica y desangelada que nunca, cuando se bajó del taxi sintió un pequeño ahogo, un desagradable pellizco en la boca del estómago. Cada regreso era para él una silenciosa tortura. «Aguanta, Saúl, en diez días todo habrá pasado», se consolaba a sí mismo.

El paso de los años había sido una lenta glaciación, lo que comenzó como una invisible película de hielo se había convertido en un iceberg infranqueable. Pero ahí estaban, ocupando los dos viejos sillones, con todo por contar y nada que decir:

―Dolores ha estado aquí hace un rato para dejar unos entremeses y algo de pavo para la cena. Dice que con un golpe de horno estará perfecto ―comentó su padre mirando el televisor.

―¿Qué tal está Dolores?

―Más vieja y cascarrabias.

Sintió que le faltaba el aire:

―Voy a acercarme al centro, compraré una botella de vino para la cena ―no se le ocurrió una excusa mejor.

―Llévate el coche, las llaves están en el aparador.

―Iré caminando, no tardaré más de una hora.

―Bien, aquí estaré.

Hacía frío, la gente se arrebujaba en sus abrigos, pero él llevaba el chaquetón abierto y la bufanda suelta, agradeciendo la gélida brisa que se paraba en su rostro. Todo le recordaba a ella, cada bar, cada tienda, cada fuente… Pudo quedarse y construir un hogar con Ana y… Ella quería tenerlo, pero todo le esperaba en California: un trabajo con grandes expectativas, un apartamento a estrenar, la posibilidad de viajar y de cumplir sus sueños y los de sus padres… «Tendremos otros hijos. Volveré a por ti cuando consiga ahorrar un poco», le dijo el día antes de partir. Pero no volvió a llamarla, ni contestó a ese único email que le escribió. Luego pasó el tiempo, lleno de éxitos y reconocimientos… y de mujeres, todas tan perfectas como frías. Su padre nunca le perdonó que lo privara de disfrutar de la única posibilidad de ser abuelo que había conocido. Y su madre… su madre solo quería lo mejor para él.

Al pasar por la tienda de regalos recordó el día que le compró el corazón de plata y que llevaron a una joyería para que lo dividieran en dos piezas; podían haber comprado uno de esos que ya venían separados de fábrica, pero ellos querían asegurarse que ninguna de las partes encajara más que con su única mitad. Después grabaron la «A» de Ana para él y la «S» de Saúl para ella. Lo compró con la escueta paga que sus padres le daban para todo el mes, tuvo que ir andando a la facultad durante semanas. Buscó la cartera en su pecho y palpó el pequeño bulto: seguía ahí. Habían pasado diecinueve años y el dulce de su piel seguía vivo en su paladar. No supo cuánto la quería hasta pasado el tiempo; hasta que descubrió, después de la borrachera de los primeros meses, que el éxito y el dinero solo alimentan el ego personal y la envidia de los demás, que son un sinsentido cuando no los compartes. Pero ya era tarde, hacía mucho tiempo que se le había hecho tarde y que el daño era irreparable.

Sumido en sus pensamientos se adentró en el primer centro comercial que encontró, las luces de colores, los villancicos, la calefacción y la gente que corría cargada de regalos lo hicieron sentir un extraño, como si se adentrara en terreno hostil, pero tenía que justificar su salida y comprar esa botella de vino; aunque hubiese preferido mil veces comprar un bonito regalo a alguien amado. No se preocupó lo más mínimo en escoger el caldo con criterio, cogió la más cara, dando por hecho que el precio era sinónimo de garantía, solo quería marcharse y dejar atrás la «feliz Navidad».

Iba guardando su tarjeta de crédito mientras salía de la gran superficie, en un movimiento torpe el medio corazón cayó al suelo. Una bonita muchacha lo recogió y se lo puso en la mano.

―¡Gracias! ―le dijo, encontrando en sus ojos algo familiar.

―De nada ―contestó la chica, sin hacer el mínimo intento de marcharse.

―Bien… Feliz Navidad ―balbució él algo incómodo, decidido a ponerse en marcha en cuanto consiguiera meter su talismán en la dichosa cartera.

A punto ya de marcharse, la muchacha llamó su atención:

―Perdone… Verá, le importaría esperar aquí un momento. Deme cinco minutos y le traeré un regalo de Navidad, no sé si bueno o malo para usted, lo comprobaremos más tade, pero estoy segura de que le sorprenderá.

―¿Por qué habría de esperarte?

―¿Y por qué no? Solo cinco minutos, ¿de acuerdo? ―y se adentró en un portal cercano.

Esperó, no tenía nada que perder.

Fueron más de cinco minutos, estaba a punto de irse cuando la muchacha volvió a salir del edificio.

―No ha sido fácil convencerla de que se quitara este colgante, he tenido que contarle una mentirijilla, pero aquí está. Me permite el suyo, me muero por comprobar si es la otra mitad, según mi madre, solo encaja con el pedazo que le arrancaron ―Saúl comprobó que le mostraba medio corazón de plata del mismo tamaño que el suyo, aunque ya había anochecido y no pudo ver la letra grabada.

―Eso es imposible, el que yo llevo en la cartera igualmente encaja exclusivamente con su mitad. Lo siento, tengo que marcharme.

―Déjeme comprobarlo, ¿qué le cuesta?

Cedió, era cierto, ¿qué le costaba? Y sí, encajaba a la perfección, la «S» con la «A». Sintió que se le helaba la sangre. Se quedó mirando el perfecto corazón largo rato, petrificado entre el río de gente que transitaba la vía.

―Llevo dieciocho Navidades pidiendo un solo regalo y por fin me lo han concedido ―dijo la chica con lágrimas en los ojos.

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12 comments

  1. ¡Un fabuloso cuento de Navidad! Removiendo emociones, dando lecciones de vida… ¿para qué sirven el éxito y el dinero si no hay con quien compartirlos?… Además de gran escritora, una gran maestra. Para mí, lo eres.
    Un abrazo
    Mónica

  2. Precioso cuento, me ha encantado.
    Solo un pequeño apunte: Me ha llamado la atención que hayas escrito “calló” de callar en lugar de cayó de caer.
    Un abrazo

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