UNA MUÑECA CON GAFAS DE SOL

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Su muñeca volvió a casa hacía ya dieciocho años, once meses después de casarse, con el vientre lleno de esperanza y el corazón desolado.

―Se acabó, papá ―le dijo con los ojos llenos de moratones y lágrimas, detrás de las gafas de sol que tanto odiaba él―. No volveré, mi hijo tiene derecho a ser feliz ―Y se acarició la tripa.

Consiguieron una orden de alejamiento y todo pareció volver a la normalidad. Tomás y María colmaron a su hija de cariño y protección, y compraron mil cosas para preparar la llegada del pequeño, al que llamarían como su abuelo. Pero aquel indeseable la vigilaba, sabía que esperaba un hijo suyo.

Siete años tenía Tomasito cuando un día la muñeca se sentó a la mesa con aquellas horribles gafas de sol. Nadie dijo una sola palabra durante el almuerzo; el silencio dolía. Antes de que cayera la noche, Tomás salió a dar su paseo de costumbre, pero esta vez llevaba un arma mortal en el bolsillo.

Llamó a su puerta y, antes de que pudiera parpadear, le pegó dos tiros en el pecho. Solo pensaba en la felicidad de su hija y su nieto; en que no volvieran a sentir miedo cuando salían a la calle o sonaba el timbre. Solo quería que su muñeca no volviera a ponerse las gafas que escondían los golpes. El verdugo quedó tirado en el umbral y él se dirigió a la comisaría más cercana a confesar su crimen, con la cabeza alta y la satisfacción en el rostro.

Le cayeron veinte años por intento de asesinato con toda la alevosía y premeditación que reunió en su ser. Sí, por intento, porque aquella mala bestia, después de tres meses en el hospital, consiguió salvar la vida para poder seguir arruinando las de su muñeca y el pequeño.

No le dolían las alambradas, ni las rejas, vivía preso, pero de su propio mundo: solo pensaba que él estaba encerrado y no podía hacer ya nada para liberar a los que más amaba del peor de los carceleros. Su hija y su esposa lo visitaban cada semana y le contaban cómo crecía el pequeño Tomás. Se moría por verlo, pero prohibió a su muñeca que lo llevara. A veces solo aparecía María, con la excusa de que la niña había tenido que ir al médico o a gestionar alguna cuestión ineludible. Él estudiaba cada gesto de su mujer, cada palabra… sabía que había algo más.

Once años llevaba preso. Aquel día, se sentó en el comedor a la una de la tarde, como siempre, con la mirada perdida, entre centenares de internos, pero en la más absoluta soledad. Sintió que alguien tocaba su hombro. Con desidia, giró la cabeza:

―¿Puedo sentarme contigo? ―le dijo un joven preso, nuevo en el centro penitenciario.

―¡Eres tú!  Qué mayor… estás, eres ya un hombre ―le habló con la voz quebrada, casi sollozando―. ¿Qué haces aquí, Tomasito? ¿Qué has hecho, hijo?

Se levantó y se colgó del cuello de su nieto sollozando. Cuando hubo terminado, y Tomasito pudo desprenderse de él, le puso sobre una mano las malditas gafas de sol.

―Lo he hecho, abuelo, se acabó por fin, ya no las necesitará más.

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8 comments

  1. ¡¡Uff!! ¡Qué duro! ¡ Cuántas vidas estropeadas por culpa de una mente enferma! Porque una persona que es capaz de maltratar… no tiene una mente sana. En centros psiquiátricos intentando curarse deberían estar estas mentes… ¡La mejor orden de alejamiento!
    Mercedes , una vez mas… llegando al alma…

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