EL AMOR ES UN VALOR, NO TIENE PRECIO

columpio

Vivía en una urbanización de esas de «gente bien», aunque ella nunca se consideró tal. A veces, cuando se acercaba en coche al centro entre las seis o las siete de la tarde y pasaba por la parada del autobús, se quedaba mirando a los trabajadores que aguardaban la vuelta a casa. Tener que detenerse casi siempre en un semáforo cercano le daba la oportunidad de observar la escena y sentirla. Y de hacerse tantas preguntas… Allí estaba, Juan, Manuel, Pilar, Antonio… daba igual, todos tenían las mismas manos, agrietadas de tanto dar; todos con la misma mirada, ajena de tanto escaparse del lujo del entorno; todos con la mochila a los pies, encerrando los restos del almuerzo, el cansancio y las ganas de despedir la dura jornada. Pero aquella chica morena… ¡era una chiquilla! Le sobrecogió contemplar la inocencia y la desolación tras un rostro tan joven. La mismas manos, igual mirada, idéntica mochila… pero comenzando a vivir. El semáforo cambió de color y el vehículo se puso en marcha.

De repente la avenida no le parecía tan hermosa y verde, ni las señoriales casas que salpicaban los parques se le antojaban pintadas por un alegre artista. Una bruma espesa y sucia se había interpuesto entre sus ojos y el paisaje. «De vuelta a casa, Alicia ―se dijo a sí misma encerrada en su BMW―, te falta el aire, no estás de ánimos para ir de compras». Y giró en la siguiente rotonda.

Al día siguiente, como tantas veces, fue caminando bajo los cercenados árboles hasta el chalé vecino para tomar café con su amiga Laura. Ya sentadas en el porche del jardín, le preguntó:

―¿Qué se oye? Parece como si alguien gimoteara.

―Es la nueva chica de la limpieza, acabo de despedirla y anda lloriqueando mientras termina el trabajo de su último día.

―¿Algún problema? Todo parece ordenado y reluciente.

―Estaba saliendo con mi hijo. ¿Te imaginas, una chica de no sé qué país de Centroamérica, más ignorante que las piedras…? No puedes fiarte de nadie…

―Pero… ¿qué vas a decirle a Samuel? Tiene edad suficiente…

―No digas tonterías, Alicia, no he invertido en mi hijo media vida y la mitad de mi dinero para que termine criando mulatitos. Se le pasará. Tú también tienes un hijo de la misma edad del mío, dime, ¿qué harías tú? ―argumentó mientras sujetaba su taza para tomar un sorbo, con el meñique tan tieso como su espalda.

―No estoy segura, no me lo he planteado, Hugo no parece muy interesado en tener novia por el momento. Pero…

―Ya terminé, señora. Encantada de haber trabajado para usted ―interrumpió la joven asistenta.

―Suerte, Celia ―contestó la señora casi sin mirarla.

Era ella, la muchacha que había visto en la parada del autobús el día antes. Así tan de cerca, le pareció una chica preciosa.

―Bah… lo superará, este hijo mío es un caprichoso.

Mientras disfrutaban del interminable desayuno rodeadas de los jardines mejor cuidados de la manzana, Laura comenzó un largo monólogo para justificar su actitud. Al rato llegó Samuel de la facultad.

―Me ha llamado Celia…

―¿No vas a saludar? ―apeló a su obligada educación la madre.

―¿La has echado porque estábamos saliendo? Necesitaba ese trabajo…

―Es una muerta de hambre, hijo, una oportunista, debes salir con chicas de tu universidad…

―Estudia en mi universidad, mamá, es la mejor alumna de su promoción.

―Bueno, bueno, no hay que ser tan trágicos. ¿Sabes que han llamado esta mañana a tu padre del concesionario? Tu Mercedes deportivo llega esta misma tarde.

―¡Tan pronto! Vaya… Lo tendré para el fin de semana, es genial ―contestó el muchacho.

Habían pasado ya diez años desde aquel día. Saúl se columpiaba bajo la vieja higuera y Alicia lo miraba extasiada desde la ventana de la cocina: era un niño tan bonito como alegre. Le encantaba cuando su hijo y su nuera lo dejaban en casa por motivos de trabajo. Hugo estaba en Madrid asistiendo a un simposio de siquiatría y Celia en Atlanta dando una conferencia de nuevas técnicas de microcirugía. Ese pequeño tenía un futuro muy prometedor. Sumida en sus pensamientos, todos gratos, sonó el teléfono:

―Dime, Laura ―conocía el número de su vecina.

―Verás, Samuel se ha metido en otro lío y no puedo llamar al abogado hasta que no pagué sus últimos servicios…

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