LAS MARGARITAS

images (38)

 

Allí estaba, en la casa de la persona más aventurera y voluble que había conocido. «No sufras porque te haya echado el casero, hermana, tú sigue escribiendo esas novelas románticas que tanto me gustan. Vete a vivir a mi casa, me he enamorado… sí, sí, otra vez, y no pienso abandonar Australia en mucho tiempo». Así era ella, siempre enamorada hasta las trancas del último.

Le sorprendió el asombroso espectáculo que encontró en la puerta, ¡toda la fachada estaba rodeada de margaritas! A Ana le encantaban, pero llevaba casi un año fuera de casa, ¿cómo era posible que aquellas flores lucieran como recién pintadas?

A la mañana siguiente satisfizo su curiosidad. Se estaba tomando el café cuando escuchó unas pisadas muy cerca:

―¡Buenos días! ―saludó con entusiasmo, estaba feliz de vivir en aquel lugar, tenía todo lo que necesitaba, soledad, silencio y belleza. Además de no tener que pagar ni un euro por ella. Era el sitio perfecto para ponerse manos a la obra con su próxima novela.

―Buenos días. Perdón, no sabía que hubiese nadie en casa.

―Me llamo Celia, soy la hermana de Ana. ¿Y tú?

―Simón, soy el jardinero ―contestó el joven, con un halo de tristeza impropio de su edad.

―Encantada, Simón. Las margaritas están preciosas…

―Gracias ―la interrumpió al tiempo que se quitaba el guante para darle la mano.

Celia se dio cuenta de que no tenía ganas de conversar, era como si quisiera terminar su trabajo y marcharse cuanto antes.

Entró en casa, abrió su portátil y se sentó junto a la ventana. Desde allí observaba al jardinero. Era un hombre muy interesante, bastante atractivo. A pesar del atuendo de trabajo, tenía un aire aristocrático; cuando le dio la mano notó un tacto suave, tenía las uñas muy cuidadas y su pelo brillaba bajo el sol como el azabache.

Simón iba cada mañana, muy temprano, una media hora, el tiempo justo para regar y limpiar de malas hierbas y hojas secas las margaritas. Ella lo observaba tras las cortinas, le inspiraba tanto mirarlo, que su novela se estaba convirtiendo en el relato de una parte de su vida.

A las cinco semanas, Celia fue a hacerse su primera revisión rutinaria en el ambulatorio de aquel bendito pueblo. Como su hermana Ana, tenía problemas de alergia primaveral y necesitaba vigilancia y medicación. Cuando entró en la consulta casi le da un pasmo. Detrás de la mesa estaba Simón. Lo comprendió todo. No, no, Simón no era jardinero, sino el último amor de su hermana. Él era el chico que le regaló margaritas cada mañana durante cuatro meses, hasta que se marchó. Ana se lo contó en varias ocasiones. Era su alergólogo, seguramente lo conoció en una de sus visitas, igual que ella. Actuaron como si no se conocieran.

Celia había estado escribiendo toda la noche, la novela estaba prácticamente terminada, en tiempo récord. Aquel lugar era especialmente estimulante para escribir. Pero se le resistía el final:

 

Salió al porche y, sin saludar, le habló:

―No va a regresar, Simón, ha vuelto a enamorarse. No tienes que venir cada día a cuidar sus margaritas.

―Lo sé, sé que no volverá ―le contestó dejando su tarea por un momento. Celia encontró un nuevo brillo en su mirada.

―Entonces, ¿por qué vienes cada mañana?

―Yo también he vuelto a enamorarme. ¿Te gustan las margaritas?

―Me encantan ―él le mostró por primera vez una afable sonrisa.

―¿Recuerdas que hoy tenemos cita en la consulta?

―Allí estaré. Dame una hora, tengo que terminar una historia para dar comienzo a otra.

 

Se acabó, había aparecido el punto y final en la pantalla. Cerró el portátil, se asomó entre la abertura que dejaban las hojas de la cortina y allí estaba, entre las margaritas que tanto le gustaban a su hermana.

Después se dirigió al baño para darse una ducha, tenía cita con su alergólogo esa mañana. El espejo le contestó una vez más a su eterna pregunta: ciertamente, unos nacían para vivir grandes historias de amor y otros para contarlas. Pensó en Simón, también los había que ni las vivían ni las contaban. «Querida Celia ―habló a su reflejo―, tienes suerte, escribir es también vivir».

 

Dedicado a mi querido Club de Lectura con todo mi cariño.

Anuncios