El último atardecer

Atardecer sandalias

Habían pasado veinte años desde la última vez que pisara esa playa, pocos días después de aquel atardecer en el que se quedó adormecido sobre la arena.

Iban cada tarde. Era el lugar más hermoso y solitario del mundo; solo aquel viejo pescador remendando sus redes y que conocía a María desde que era una niña. A veces la encontraba charlando con él.

Elías estaba tumbado bocabajo en la arena, contemplándola, y María sentada a su lado, frente a la leve brisa que hondeaba su negro cabello:

―Para mí eres mucho más que el amor de mi vida ―le dijo ella, con la garganta trémula, como si tras sus palabras hubiese otras contenidas―, contigo he aprendido a amar el mundo.

―… ―él la miraba tras el arrebol de la tarde, callado, disfrutando de su salvaje belleza. Junto al murmullo de las olas, su voz cobraba un color distinto, tan sensual… Le hubiese dicho que era el mundo el que aprendía a amar con ella, pero no quiso interrumpirla, prefería escucharla.

―¿Sabes que jamás me perdonaría hacerte sufrir?

-…

―¿Lo sabes?

―Claro que lo sé ―le contestó, y un placentero sopor venció sus párpados.

Cuando abrió los ojos solo encontró sus sandalias sobre la arena ya fría. Ni rastro, nunca más supo de ella. Fue como si se hubiese escondido con el sol tras el mar.

Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Hasta que decidió recoger sus sandalias de aquella playa deshabitada y no volver jamás.

Ni su familia ni los pocos amigos que tenían en común le dieron más razones que la que él ya conocía: se había marchado sin más y, seguramente, para siempre. Siquiera volvió a ver al viejo pescador recostado en su barca, solo sus sandalias.

Fueron veinte años de angustia y preguntas. Llegó a pensar que nunca lo quiso, que su año de amor fue una pantomima, que se había marchado con otro, que todo fue un sueño, que… En todo ese tiempo no pudo superar la dolorosa decepción.

Pero hacía unos meses había conocido a una chica a la que no podía entregarse a causa de la cruel decepción que sufrió por su primer amor.

―Vuelve a esa playa, Elías, no podremos ser felices hasta que no encuentres la respuesta que te atormenta desde hace veinte años.

Y volvió.

Estaba atardeciendo, como aquel día. Todo parecía ajeno al paso de tantos años. El pescador había vuelto, allí estaba, más viejo aún, medio atrapado en su propia red, mirando el mar.

Se acercó sigiloso y, sin esperar a que apartara los ojos del rojo horizonte, le preguntó:

―Hola, Manuel…

―Has vuelto ―le dijo, con la mirada como perdida. Había despedido el sol tantos días que le había robado los ojos.

―Sí, después de tanto tiempo he vuelto, necesito una respuesta para ser feliz.

―Estaba muy enferma, le quedaba poco tiempo de vida y decidió despedirse de ti antes de hacerte sufrir. Hizo bien, una complicación precipitó su marcha y murió dos semanas después. ¿Sabes?, aunque mis ojos ya no pueden contemplar este mar, todavía la veo correr por la playa y escucho su risa enredada en la espuma de las olas.

―Adiós, Manuel. Cuídate.

Caminó unos pasos, sacó de su mochila las sandalias y las dejó sobre la arena, en el mismo lugar que las encontró cuando despertó. Era el momento de dejar atrás el pasado y abrazar por fin la felicidad que le esperaba.

 

 

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