LA TRAICIÓN ENTRE AUTORES

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Es cierto, aunque me ha costado reconocerlo, existe la competencia desleal entre los escritores, yo diría que existe la traición pura y dura. Digo que existe, que me he encontrado con ella cara a cara, pero no que sea la normalidad en el colectivo.

Supongo que como en todas las disciplinas, la voraz competencia a la que nos vemos abocados es el caldo de cultivo de donde emergen las puñaladas sibilinas que sufrimos de cuando en vez algunos autores. Las hay que te dejan en tal pasmo que te cuesta reaccionar por tiempo. Por supuesto, como en todos los grupos en los que sus miembros no están unidos por la veneración que se tienen unos a otros sino por una pasión común, nadie debería esperar más que el mínimo respeto y, excepcionalmente, cierta admiración si se destaca por una labor excelente.  Claro está, no hay leyes ni normas, sino más bien un código ético tácito, imprescindible para que el objetivo común, en este caso la literatura, sobreviva a cualquier capricho o maniqueísmo de sus integrantes. Me explico: cuando nace una obra brillante, sea de quien fuere, debería recibirse por todos como motivo de alegría, está claro que si el objetivo común, la literatura, se enriquece, todos a su vez lo hacemos. Que las obras que lideren el panorama actual de las letras realmente sean las mejores debería ser gozo para todos, significaría que el mundo se estaría nutriendo de la creatividad más sobresaliente, que el verdadero maestro estaría marcando las pautas a los aprendices. Desgraciadamente, esto no es siempre así. Los hay incapaces de mirar más allá de su ombligo, temo que algún día de tanto mirárselo sean fagocitados por esa reminiscencia que les dejó su época fetal. La literatura les importa tanto como comprar huevos extras o medianos. Tan obsesionados están por formar parte de la élite intelectual, lo merezcan o no, que son serviles con el amo tirano hasta perder la dignidad con tal de que este los favorezca con respecto al resto, que alaban creaciones execrables por el mero hecho de ser correspondidos en el trato y que traicionan a los compañeros, a la literatura y a las obras que ellos mismos escriben sin que se les mueva un pelo. Insisto, esto es importante, es una minoría, aunque empieza a hacer un ruido muy desagradable.

No quiero pensar en la cantidad de grandes obras que habrán quedado ahogadas por causa de las malas artes de unos pocos ―los hay muy poderosos y con magnánima paciencia y capacidad de persuasión―. Por suerte, a pesar de todo han sobrevivido muchas, y hoy podemos disfrutar de «Rayuela», «Cumbres borrascosas», «La montaña mágica», «El juego de los abalorios», «Orgullo y prejuicio», «Madame Bobary», « Moby Dick», «Crimen y castigo»… y tantas y tantas obras que han hecho del mundo un lugar más habitable.

Me pregunto cuántas se salvarán en nuestros días de la plaga traidora que están sembrando unos pocos.

Cuando veo a un escritor emergente que no le duelen prendas en deshacerse en halagos ante otro cuya obra tiene gran valía, me digo: “Bien, bien, no sé lo lejos que llegarás, pero estás en el camino, demuestras que la creación está por encima del creativo”.

Me despido agradeciendo a esa mayoría de compañeros honorables, que está labrando su futuro sin dar codazos, su talante, su gran labor literaria y el apoyo constante que me brindan.

 

 

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