LAS BUENAS NOVELAS Y LAS OTRAS

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Algunas novelas he leído a estas alturas de mi vida, un buen número me ha dejado huella, no siempre para bien. «La montaña mágica» me dio a conocer el sentido de la excelencia, «Las ratas» me adentraron en el mundo más sencillo y auténtico, «Los buscadores de conchas» me mostraron unos personajes con nervio, «El juego de los abalorios» me hizo dudar de esa línea que divide la realidad de la fantasía, «Tras la huella del hombre rojo» me arrancó espontáneas carcajadas, «El caracol de Byron» me enseñó lo elegantes que pueden llegar a ser las palabras bien hilvanadas, «El amor en los tiempos del cólera» me reconcilió con la novela romántica… y tantas… Todas ellas me cambiaron. Habían cumplido su misión principal: hacerme soñar, trasportarme a otra realidad; pero, además, una vez leída la última página de estas maravillosas historias sentía que no era la misma, que me habían aportado una visión del mundo enriquecedora y ahora se me antojaba más amplio el horizonte, y que habían reforzado mis valores humanos, además de enseñarme y engordar mis conocimientos como novelista.

Pero también las ha habido que pasaron por mi vida sin pena ni gloria y otras que me produjeron lo que yo llamo «una emoción indescriptible». Esta es la frase que suelo decir cuando alguien me pregunta esperanzado por una de sus creaciones, para no hacer daño si no me ha gustado.

No, no todo vale, ni todas las novelas que nos venden las redes, sus propios autores o las editoriales están avaladas por el mínimo de calidad o enjundia. De un tiempo a esta parte me ocurre con demasiada frecuencia que no estoy de acuerdo con una mayoría de lectores aceptable sobre el criterio de una novela, y no hablo de aquello a lo que todos llaman «una cuestión de gustos», sé discernir entre lo que es una mera cuestión de gustos y lo que es malo y punto. Por ejemplo, que no me parezca atractivo Antonio Banderas es una cuestión de gusto personal, pero que el feo de los hermanos Calatraba es feo no tiene discusión. Como decía, últimamente leo críticas y opiniones del todo desproporcionadas en bondades sobre una obra que, a mi modesto entender lector, no pasa de ser un encadenamiento de naderías sin el mínimo calado humano o la suficiente imaginación. Al margen de que la ausencia de corrección literaria se está convirtiendo en una costumbre ―conste que yo misma tengo obras con editoriales que no han pasado el proceso de corrección― y obviando que pudieran tener un número prudente de erratas, las hay que, con toda claridad, sus autores han elongado y elongado las frases solo para conseguir que el paquete final tenga un grosor aceptable. Se nota a la legua que es tal la obsesión del autor por poder decir a su familia y colegas «he escrito una novela, soy escritor, soy un intelectual», que dotan a la «nada», porque detrás no hay nada, de una complejidad pasmosa. Seguramente porque además de no tener nada que decir, no saben decirlo. Sí, puede que novelar sea el arte de estirar la masa, que en este caso podría ser un buen relato, pero si no hay masa… a ver qué estiramos. No hace tanto he leído una «novela» ―la última de una lista que empieza a ser preocupante― que… cómo diría, pues eso, que me produjo durante su lectura «una emoción indescriptible». Personajes de relleno, casi todos; frases elongadas inútilmente, una detrás de otra; situaciones absurdas que no aportan nada a la débil trama, la tónica; casualidades injustificables y encuentros entre los personajes del todo inverosímiles, más que páginas; gente tan guapa como plana e insustancial, todo el elenco de actores; frases hechas, incontables. Me imagino que este tipo de novelas no son más que el resultado de ponerse ante el papel en blanco a lo que salga, que para eso soy un erudito de las letras y puedo con lo que me echen, y porque yo lo valgo, oye, que me lo dicen todos los días cientos de seguidores en las redes.

Para ser novelista hay que tener un mínimo de imaginación, una percepción honda, sensible y personal del mundo y destreza enlazando las palabras; aunque esto último se aprende con el tiempo por mera devoción a la literatura. Aquel que no ve más allá del escaparate, que se empeña en describirnos lo guapo que es el chico que más liga y lo de puta madre que le cae el vaquero, sin más pretensión, no creo que esté capacitado para contarle al lector lo que hay en la trastienda. Porque, digo yo, ¿para qué quiero leerme un libro que me describa pedestremente lo que mis ojos ven sin esfuerzo?

A ver si despertamos y asumimos que el criterio de las personas a las que, por el motivo que sea, caemos bien o debemos algo hemos de recogerlo con mucha objetividad. Que solo las opiniones de aquellos que primero se encontraron con nuestra obra y, después de conmoverse, nos buscaron para contárnoslo tienen la suficiente espontaneidad y honestidad.

Como diría Frank McCourt, «me importa el pedo de un violinista» que un puñado de lectores se deshaga en halagos por un manojo de palabras sin sentido, cuando una novela antes de las cincuenta primeras páginas ya me produce «una emoción indescriptible», bajo mi punto de vista, es mala.

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