BILLETE DE VUELTA

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Hacía más de siete años que no pisaba su hogar. Se fue dos días después de cumplir los dieciocho años; una amiga le prometió trabajo y cobijo en Canadá y con el dinero que recogió, después de soplar las velas, y lo que tenía ahorrado se compró el billete de avión. La amiga no resultó serlo tanto, pero consiguió empleo de limpiadora en una fábrica de maderas y matricularse en la universidad. No lo soportaba más, estaba cansada de vivir en una casa desierta de amor, había crecido en la más absoluta soledad. Su madre y su hermana la habían obligado a dejar los estudios; pero no les debía nada. Sí, trabajaría, aunque para labrarse un futuro, no para ellas.

Nunca les dio su dirección ni su teléfono, pero alguien supo de su paradero y mientras se enfundaba la bata blanca sonó su móvil:

―¿Susana?, ¿eres tú?

―Sí, sí, ¿quién es?

―Soy tu tía Isi… ¿Cómo estás?

―…

―Verás… tu hermana ha tenido un grave accidente… pensé que te gustaría saber que tienes dos sobrinas… Bueno, no sé si sabes que tu madre también murió hace dos años…

―… ―se sentía la garganta como de corcho.

―¿Susana? ¡Susana! ¿Me oyes? ―Alguien colgó.

Dudó, pero solo unas horas. A los dos días llamó a la puerta del hogar del que huyó desesperadamente años atrás. No llegó a tiempo al entierro.

Sentía más rabia que tristeza. Tenía veinticinco años, una pequeña casa en Canadá, amigos, una carrera prometedora y un chico muy guapo que bebía los vientos por ella. Sus primos y tíos habían dado por hecho que todo le pertenecía: los ahorros de su hermana, la casa, el coche, el gato y… las niñas. Pero no, ella tenía otra vida muy lejos de allí, pronto acabaría su doctorado, y siempre tuvo claro que jamás sería madre.

Sentada en la alfombra del salón, con la chimenea encendida, miraba distraídamente el billete de vuelta. Las niñas jugaban a las muñecas, pero Clara parecía tener la mente en otro lugar. Buscó su mirada y la encontró llena de agua. Se acercó y le preguntó:

―¿Echas de menos a mamá?

―Mamá nunca estaba ―le contestó la niña mirando su muñeca mientras el agua resbalaba por sus mejillas. Susana pensó que la maternidad no había cambiado a su hermana, era igual que su madre.

―Entonces, ¿qué tienes, pequeña?

―No quiero volver a ese colegio y no quiero que te vayas ―contestó entre jipidos. Después echó la cabeza en el pecho de su tía.

Susana supo que era el momento de deshacer el entuerto, ella no era como las anteriores mujeres de su familia y aquellas pequeñas merecían saberlo; tenían derecho a saber que el egoísmo no era la única opción. Alargó la mano y echó el billete de vuelta a las llamas.

*****

Hay momentos en los que surge algo tan importante que todo lo demás queda en la sombra; pero pocas personas renuncian, siquiera una vez, a apostar por sí mismas.

Desde aquí, mi más sincera admiración a todos los que cambian el rumbo de sus vidas por amor.

 

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