LOS PREMIOS Y LOS PREMIADOS DEL PLANETA

 

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No voy a descubrir la pólvora si digo que al menos cinco (por ser indulgente) de cada diez premios que se concenden en cualquier disciplina están amañados u otorgados con anterioridad. De antemano quiero manifestar mi escaso apego a los premios, de hecho creo que desde que empezara a publicar, hace más de diez años, me habré presentado a tres, cuatro como mucho, y siempre modestos. Simplemente me parecen injustos de base, especialmente en el arte, ya que, aún con un jurado honesto y objetivo, siempre serán subjetivos.

Reconozco que como a cualquier mortal me llamaban la atención las fajas rojas que ponen a los libros premiados. Piqué muchas veces, y otras tantas me decepcioné. Recuerdo uno en concreto que era un enchorizamiento de naderías y que terminé de leerlo por la misma razón que desenvuelves hasta el final un regalo de esos de broma, presentado en una preciosa caja con un pomposo lazo; lo abres y hay otra caja en su interior, y otra, y otra… Piensas que en la última encontrarás algo que justifique el gasto en el envoltorio; pero la gran decepción está al final: sigue habiendo nada. Lo cierto es que la mayoría somos gente honrada y confiada, pensamos que nadie es capaz de jugar con nuestras ilusiones. Nos cuesta creer que haya personas, talentos intelectuales, seleccionados con esmero y a menudo curtidos en el humanismo y las letras, capaces de tamaña vileza y atentado cultural como lo es amañar un gran premio literario por mero interés o como pago a favores de amigos. Si nosotros, que no tenemos más que el pan de cada día, somos incapaces de quedarnos con esos cinco euros que se le colaron al camarero y los devolvemos, ¿cómo podemos encajar que otros que tienen mucho más, a los que la moral y la rectitud se les supone, que llevan a hombros la sapiencia de su país, sean capaces de hacer un arreglo por teléfono con un amiguete para otorgar un premio antes incluso de que se haya anunciado la convocatoria? Y para hacer más grave aún la componenda, ¿cómo pueden estos señores del jurado callar durante meses mientras ven cómo la lista de ilusos aspirantes engorda? Pues sí, hay que ser de otra pasta, porque tengo la completa seguridad de que la mayoría de nosotros pereceríamos de pura mala conciencia.

Yo misma fui testigo y objeto de uno de estos fraudes, aunque de una envergadura menor: «¿Por qué no presentas tu novela al premio tal? Este año vuelvo a estar en el jurado y me toca a mí elegir al premiado, tienes muchas posibilidades de que tu manuscrito sea el elegido, yo me ocuparé», me propuso alguien. Todavía no se había anunciado la convocatoria de ese año.

Lo que no entiendo es por qué nos resignamos; qué nos lleva a permitir estas tropelías contra la cultura como si no tuviera que ver con nosotros; qué fuerza nos hace comprar el libro de la faja roja a sabiendas de que es una mentira y por qué extraña razón miles y miles de escritores siguen presentándose cada año a los premios más simulados y artificiales de este país. El ganador es solo uno y escogido con anterioridad, el resto los teloneros, el relleno de esa larga lista para que la farsa quede más lucida. Conozco a varios eternos finalistas, autores honestos, que creían en los sueños, cuyas obras superan con creces a las de los premiados. Sí, yo conozco a varios de los auténticos ganadores, pero la mayoría de los lectores no oye hablar de ellos porque sus libros no llevan la banda escarlata, tal vez siquiera sean publicados, y porque una vez otorgado el premio ya no son necesarios, son un estorbo.

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