El color de la felicidad

Era muy joven, casi una niña. En aquella comunidad de vecinos parecía un tierno brote entre un ramo de flores casi marchitas, como una actriz novata que se hubiera colado en una obra en la que no había papel para ella. Acababa de dejar su colegio, su familia, sus amigas… su infancia. Hasta entonces había sido la niña buena: la más dócil, aplicada y obediente de los hermanos. Ahora, casi al otro lado del tiempo, cuando volvía la vista atrás, desde su sofá, su cómoda vida y su soledad buscada; cuando desde el silencio de su segura urbanización, sitiada por las cámaras de vigilancia, los jardines de diseño y la “exquisita educación” de sus vecinos, era asaltada por aquellas imágenes en blanco y negro, ¡tan lejanas!  —las únicas que burlaban el eficaz sistema de seguridad—, daba gracias a Dios por tener a sus hijos en buenas universidades, los recibos pagados, el frigorífico americano repleto, unas vistas envidiables, tiempo para escribir y ese silencio que tanto amaba. Pero en lo más recóndito de su alma, sabía que todo aquello no lo había pagado el dinero. No, no debía engañarse: su feliz presente era en gran parte el legado de aquella pequeña y pobre comunidad que le enseñó a reír en la adversidad, a compartir, a desvelarse por el del tercero y, especialmente, le enseñó que, más allá de los grises del paisaje, sobrevive la felicidad. Y ahora, cada primavera, cuando llega la época de las limpiezas de temporada y su asistenta se afana en la cocina, ¡cuánto daría por ver en ella a sus vecinas, riéndose de su triste presente y peor pasado, contando las anécdotas del día mientras mojaban, una y otra vez, sus trapos en el agua templada, para dejar la cocina de la niña de la comunidad como el jaspe! ¡Cuánto daría por sacar su silla de anea al fresco de la noche y escuchar aquellos cuentos de ensueño!, ¡porque fuera viernes noche de aquel invierno y, con sus bebés oliendo a lavanda, encaminarse ilusionada a casa de la vecina de enfrente para soñar con los regalos del “Un, dos, tres…”! Sonrió para sí, ciertamente “la felicidad mora más allá del arcoíris, pero ¡qué bellos sus colores”.

Hasta el domingo próximo, espero.

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21 comments

  1. Los jóvenes tiempos son irreemplazables. Creo que nunca podemos olvidar esos momentos de comunicación con los amigos, esa felicidad que disfrutábamos de cada momento de nuestra juventud. Éramos tan generosos que transmitíamos nuestra felicidad interior a nuestros vecinos, a nuestros mayores, a nuestros amigos. Nunca llegaba la hora de acostarnos y nos levantábamos con la ilusión de comenzar un nuevo día. Describes maravillosamente esa sensación de intercambio humano, de felicidad humilde. Me has hecho recordar viejos tiempos, Mercedes. Gracias.

  2. Entre las líneas de tu relato, encuentro una verdad de esas que grabó en mi mente mi abuela: “Hoy somos el resultado de lo que ayer hicimos.” Y me resulta imposible no recorrer, mientras te leo, los recuerdos. Cada día estoy más convencido que cuando los sueños se realizan, es porque por ellos hemos recorrido y sudado todos los arcoiris que soñamos en pasado.
    Un abrazo fuerte, Mercedes.
    Leo

  3. La nostalgia del tiempo pasado…. El recuerdo siempre cubre de una pátina inmaculada las vivencias del ayer. Nos pasa a todos, por fortuna, porque olvidamos lo malo y conservamos lo bueno. También yo recuerdo mucho y me sonrío soñadora.
    Un texto precioso, de esos que se leen con la sonrisa dibujada y los ojos iluminados. Tenemos más, pero no por ello somos más felices, pues la felicidad es una actitud interna que no va conexa a materialidades. Sabia reflexión.
    Un beso, Mercedes.

  4. Si su presente es feliz y su soledad buscada, no entiendo por qué echa en falta a las vecinas y con ellas el pasado. ¿O es que su sistema de seguridad no es tan buena como ella imagina? No entiendo por qué no sale del sofá. O quizás sí lo entiendo y no quiero confersarlo.

    Un beso.

    eM i

  5. Nada mejor, nada más humano que saber dónde están las raíces por las que se bebe la savia que nos sustenta en la vida y hace que crezcamos con robustez. Si en cada caso -incluso cuando las cosas van bien- nos acordamos de lo que fuimos, de dónde venimos a quién le debemos el presente, ni siquiera el éxito nos romperá por dentro.
    Como suelo repetir, aunque por desgracia no siempre sea así, la infancia es el verdadero paraíso, al que tantas veces deseamos regresar. Para ello tenemos el recuerdo.
    ¡Qué hermosura de texto, Mercedes! Lo digo por si no había quedado aún claro…

  6. Pues ahora que me toca vivir en blanco y negro porque el tapiz espeso y gris que tapa el azul no deja pasar la luz que ilumina los colores – a veces el diseño es monocromo- buscaré, no en el pasado, sino en mí misma, la gracia de las cosas incoloras: el relato de una amiga, el viajecito a estrechar a los que cruzaron el charco, disfrutar de Hong Kong en el google earth, la sonrisa despistada de mi madre cuando me vea llegar, el aroma de la casa que quizás esté dando las últimas bocanadas, el sonido del llanto de la sobrina que va a nacer…

    Y así, tocar un poquito de arcoiris, aunque sea sin mirar.

    Un abrazo compi, gracias por los colores, los voy a necesitar. Á.

  7. El pasado con sus raices recordemos que son los cimientos

    Mercedes
    Que la semana se presente buenisima, son mis deseos para l@s amig@s blogger@s.
    Recibe mi cariño

    …………….
    Frase de la semana:
    Mira en cada atardecer, la promesa de un mañana.
    (web)

  8. Quizá mi juventud, cada vez menos joven, pero juventud al fin y al cabo, no me permita reconocer en mi propia mente esas imágenes, esos colores y hasta esos olores que sin mencionarlos describes, lo cierto es que el texto me ha generado una nostalgia extraña, algo así como nostalgia a lo no vivido…
    Como siempre, después de leer tus escritos, me limpio la baba y me despido…
    Besos, amiga.
    Cita

  9. Sin embargo, el sabor de la felicidad es leer textos como el tuyo. Textos que casi puedo tocar con la punta de las emociones.
    Es compatible lo que escribes con la saudade que arremete contra el corazón, contra la razón o la sinrazón de los sentimientos.

    Y puedo estar de acuerdo contigo, o con lo que creo que he podido entender… recogemos la siembra de hace años… esa terreno sensitivo que no entiende de barbechos. O algo así. En fin, espero que me entiendas…

    Te dejo un saludo…

    Felicidades

    Mario

  10. No es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero a veces fue tan diferente que cualquier precio es insuficiente para revivir su aroma, su sonido… Su momento.

    Un Dos Tres… Responda otra vez… Campaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaana y se acabó!!!

  11. Querida Mercedes, llego tarde, pero no menos impresionada con tu texto. Las raíces son tan importantes, ahí llevamos grabado lo que seremos en el futuro. ¡Ay del que no tenga dónde sustentarse! Tienes toda la razón, la felicidad está en los recuerdos, en los sueños de entonces y en los que nos ayudaron de la mejor manera a conseguirla. Y no creo que la infancia sea el tiempo más feliz, aunque como dice Isabel, nos sirve para quedarnos con lo bueno de nuestros referentes.
    Un beso de arco iris constantes, amiga.

  12. Yo no me siento identificada en lo material, porque tenía más de niña de lo que tengo hoy. Pero sí en lo humano.
    La memoria nos reconcilia con el pasado, nos lo trae de nuevo y nos hace felices.
    La felicidad, efectivamente, no es patrimonio de nadie. Como el sol, a Dios gracias, que sale para todos. Eso sí que es democracia.
    Tener más no nos hace más felices porque la felicidad está en la esencia de las cosas pequeñas.

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