Las emociones

La primera vez que tuve conciencia de que mi cuerpo no era solo carne (que bien cortada podría ser igual a los filetes de mis almuerzos), no debía tener más de tres años. Estaba asomada al balcón esperando a mi abuelo y, cuando lo vi aparecer por la bocacalle, mi corazón dio un vuelco. Unos duendecillos comenzaron a agitarse en mi interior, produciéndome el cosquilleo propio de la ilusión. Hubo de ocurrir cuando tuve la suficiente madurez como para tener una leve noción del paso del tiempo; de que ninguna situación se parece a la pasada o a la siguiente; de que el presente puede ser una fase de transición y, si tienes esperanza, ocurrirá algo mágico. Aprendí que la cotidianidad lo es porque en cualquier momento puede asaltarnos la emoción. Como el blanco debe al negro su existencia.

Después llegó aquel seis de enero… Mi corazón se desbordó ese amanecer, cuando encontré el muñeco, que tantas veces había visto en los anuncios, mirándome desde el sillón del comedor. “¡Papá, mamá, me lo han traído, los hombres de las capas han estado aquí y me lo han traído!”, gritaba emocionada a los pies de la cama de mis padres.

Con quince años, escuchando “C’est la vie”, de Emerson, Lake & Palmer, creí morir de gozo.  Y qué decir de aquella vez que un muchacho, mi muchacho, me dio la mano bajando por el Paseo de los Tristes. ¡Jesús!, me temblaban hasta las muelas del juicio. Ese paseo, para mí, es todo menos triste. Luego vinieron los hijos y empezaron a turbarme las emociones de los otros como si fueran mías.

Más tarde descubrí que no solo te conmueven los momentos felices, y sentí como se agitaban mis duendecillos por un desprecio, una desilusión o una pérdida. Que las lágrimas pueden ser ácidas, amargas o frías y punzantes como carámbanos. Y que es más fácil llorar de dolor que de alegría.

Hoy sé que todo eso es amor, y me alegro de ser algo más que una pieza de carne de la que saldrían un buen puñado de filetes.

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20 comments

  1. Mercedes, amiga: tu relato me parece muy real. la emoción del contacto con la mano del otro, la ilusión de ver tu muñeco soñado, la diferencia entre los sueños del niño y la dura realidad de la vida. Todas estas sensaciones son una realidad, y todos hemos tenido la suerte de tenerlas. Y digo todos, y todas, porque también la dura realidad es buena. Es el contraste entre la luz y la oscuridad, entre la tristeza y la alegría. Y estos contrastes son los que nos hacen vivir con plena intensidad nuestra existencia y amar la vida. Un cordial saludo.

  2. A veces pienso que ese puñado de emociones de las que hablas se convertirán en mi verdugo, pero otras muchas, me siento tan carnal y tan viva cuando las emociones me atacan que soy consciente de que no podría vivir sin ellas.
    Supongo, que la misma vida es la que se debe encargar de ayudarnos a dosificarlas, pero no hace bien su cometido. De ahí tus duendecillos.
    Besos amiga, me encanta ver que vuelves a tener vida en la red.

    Cita

  3. Maravillosa conclusión… El Amor se manifiesta con mil caras diferentes a lo largo de nuestras Vidas. Lo triste es no saber reconocerlo detrás de sus máscaras de dolor, de tristeza, de ausencia…

    Un Beso Fileteado (Con Patatas), Mercedes.

  4. Yo tampoco soy sólo de carne, creo que en mi cuerpo hay mucha sal disuelta y por eso me conmuevo tanto, el caso es que hablas de vida, de tu abuelo, de duendes y sentimientos, e inevitablemente he imaginado mi abuela (me llamaba “mi duendecillo”) y aquí estoy con la emoción a flor de piel. Después crecimos y es imposible no continuar a identificarnos en lo que dices, porque de una manera u otra, esos desencantos y esas lágrimas, las hemos derramado todos.

    Gracias por emocionarme.
    Un abrazo fuerte.
    Leo

  5. con tanto tejemaneje te había perdido, no te había puesto en los laterales plubicable. En fin un desastre, menos mal que hoy con el PC antiguo al buscarme te encontré.
    Hasta suena bien: “AL BUSCARME TE ENCONTRÉ”. No es la primera vez.

    Otro tipo de amor que también lleva carne y punzaditas.

    Un beso Á.

  6. Querida Mercedes:

    Conmovedor texto, escrito con la delicadeza y la verdad que te caracteriza en todo lo que haces. Qué bien descrita la emoción de la primera vez que tu chico te tomo de la mano por el “Paseo de los tristes” -¿de verdad se llama así?-. Afirmo que tú eres mucho más que un trozo de carne con ojos.

    Isolda estuvo en casa con María Sangüesa y me contó lo bien que te van las cosas. Me alegro de corazón.
    Un fuerte abrazo
    Elvira

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