La última vuelta del Scaife Mercedes Pinto Maldonado ebook mockup

La última vuelta del Scaife (extracto)

Queridos amigos y lectores:

Hoy quiero compartir con vosotros un extracto de mi novela La última vuelta del Scaife. Quizá no es mi obra más conocida, aunque sé que quienes la han leído le tienen un especial cariño. Lo he dicho en muchas ocasiones, este es mi hijo el amado, porque fueron dos años de duro trabajo y porque creo que resultó una historia bella, universal e intemporal. El texto que os traigo, en su esencia, es de rabiosa actualidad. 

Espero que os guste.

***

En el camarote del Woermann, mientras los protagonistas de La última vuelta del scaife viajaban a África del Sudoeste, surgió una conversación entre un judío ortodoxo y un sacerdote católico.

«El padre Marcus fue mi compañero durante gran parte del largo viaje, resultaba muy grato amanecer con sus cordiales buenos días. Los demás ocupantes del camarote también se mostraban contentos de tenerlo entre ellos. Siempre dispuesto a servir y a mantener una buena conversación. Tuve oportunidad de entablar con él muchos diálogos que para mí fueron muy reveladores.

Yo era un joven callado, quizás porque me gustaba escuchar, pero con el padre Marcus intervenía en las conversaciones, incluso acaloradamente, con mucha más frecuencia de lo que era normal en mí.

Una mañana, nos encontrábamos hablando en el camarote de las diferencias de nuestras respectivas religiones y le pregunté:

–¿Por qué los cristianos están tan convencidos de que Jesús fue el Mesías?

El sacerdote, sorprendido por mi directa y clara pregunta, adoptó un gesto más circunspecto de lo que era habitual en él y me contestó:

–No nos faltan razones; razones que avala la Torah que viaja contigo. Según quien la interprete, claro está. Por eso, también tú, que sé eres un estudioso de ésta, encontrarías otras muchas  con las que argumentar lo contrario. Quizás no sea esa la cuestión, aunque podríamos discutirlo. Yo creo que la pregunta sería por qué nos empeñamos en agarrarnos a aquellas cosas que nos diferencian entre nosotros si estamos de acuerdo en lo importante. Es posible que tengamos miedo, miedo a perder nuestra identidad.

–Nunca lo había visto de ese modo –dije con curiosidad.

Pero el padre no había terminado y no quería acabar el comentario sin decirme esto último:

–Si yo aceptara tu credo dejaría de ser católico, lo que siempre he sido, algo que me ha permitido formar parte de un grupo que me ha marcado y guiado toda mi vida, para pertenecer ahora a otra comunidad que al fin y al cabo adolece del mismo defecto que la mía: basar su evangelización en todo aquello que la diferencia del resto de las religiones y no en el credo común de todas ellas, que es lo verdaderamente importante. Dime una cosa Josué, si estamos de acuerdo en lo fundamental, ¿por qué no aceptamos nuestras diferencias? Es posible que los dirigentes de cada una de las distintas formas de culto sean los culpables y hayan empañado el auténtico mensaje en su propio interés, ya que su poder es proporcional al número de fieles; fieles que mantienen gracias a esas diferencias –el padre seguía con su explicación, manifestando abiertamente que aquella cuestión le interesaba especialmente–. Que yo crea que Jesús fue el Mesías y tú todavía lo estés esperando son creencias heredadas de nuestros maestros, quiero decir que, con toda probabilidad, si tú hubieras nacido en una comunidad cristiana, en estos momentos dirigirías tus oraciones a Jesucristo y no tendrías la menor duda de que fue el Mesías y el hijo de Dios. ¿No te parece absurdo que la verdadera identidad de Jesús dependa de que quien hable de él pertenezca a una religión u otra por puro azar? De todas formas, si quieres saber si fue el Mesías o no, deberías de buscar tú mismo la respuesta, porque si yo intentara aclarar tu duda, en el fondo, pensarías que detrás de mis explicaciones se encierra cierto intento de manipulación para captar fieles y, créeme, nada más lejos de mi intención. ¿Por qué crees que me mandan tan lejos? Se me escapan los peces más gordos, no tengo el poder de convencer y en la comunidad a la que pertenecía en un principio provocaba más perjuicio que beneficio.

 

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Yo seguía sus palabras con gran atención, nunca me habían hablado en aquellos términos sobre un tema tan crucial en mi religión.

–Y después de este discurso –continuó ahora con su acostumbrado tono amable–, déjame decirte que no me cabe ninguna duda de que Jesús fue un judío extraordinario, fiel al mensaje del Padre hasta su muerte, y que cuando he sido asaltado por alguna vacilación sobre si fue o no el esperado Mesías, he buscado la respuesta en su propio ejemplo y mis dudas se han disipado como la noche cuando es sorprendida por el resplandeciente sol.

–Pero… aceptar que una de las religiones está en lo cierto sobre este tipo de cuestiones implica también admitir que las demás están equivocadas –dije en un nuevo intento de encontrar la respuesta.

–Déjame contarte una historia Josué: Hubo una vez un pueblo nómada que llevaba varios días sediento porque no encontraba agua a su paso. Dos de sus hombres, desesperados por la dura situación, decidieron buscar nuevas rutas. Cada uno de ellos propuso un camino diferente, convencido de que su propuesta era la más acertada. Finalmente, el grupo se dividió: unos siguieron al líder que proponía desviarse hacía la derecha y otros al que opinaba que era mucho mejor la ruta de la izquierda. Al día siguiente, los dos grupos se volvieron a encontrar a las orillas de un claro y fresco arroyo que calmó la sed de todos. Solo perdieron la vida aquellos que dejaron de caminar, en uno y otro grupo, faltos de esperanza. Dime, Josué: ¿Quién crees tú que estaba equivocado?

Había prestado gran atención a la historia del padre Marcus y elaboré mi respuesta con suma rapidez:

–Los que dejaron de caminar por falta de esperanza.

–Bien, Josué, tú mismo has disipado tus dudas –dijo el sacerdote dando por terminada la conversación.

Pero no estábamos solos en el camarote, desde una de las literas salió la voz de su ocupante. Un hombre de unos treinta años, que durante el tiempo que llevaba viajando con nosotros apenas se había dignado a saludar. Se incorporó y, mirando en nuestra dirección, nos sorprendió con una pregunta:

–Y ¿qué pasa si decides emprender tu propia búsqueda y no formar parte de ningún grupo? Como usted mismo ha dicho, lo importante es no desfallecer y conservar la esperanza –dijo mirando ahora directamente al padre Marcus.

El sacerdote contestó con gran aplomo a la cuestión del nuevo miembro de la tertulia:

–Supongo que nada, si finalmente llegas al arroyo y calmas tu sed. Pero déjeme decirle que si el camino ya es lo bastante duro estando acompañado de personas que te apoyan y alientan cada vez que te sientes abordado por el desánimo, mucho más lo será si no cuentas con esa ayuda. No es baladí el carácter milenario de las distintas religiones, realmente han calmado la sed de muchos de sus fieles. Y ¿con quién tengo el gusto de conversar? –dijo para finalizar su intervención, tirando de su alzacuellos hacía fuera en un intento de dar un leve descanso a su oprimida y seca garganta.

–Ian, Ian Newman. Gracias por contestar a mi pregunta padre Marcus. –Seguidamente volvió a echarse en su cama, aparentemente satisfecho por la respuesta obtenida».

 

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Pensar para combatir las mentiras del poder y ser feliz

Pensar para combatir las mentiras del poder y ser feliz

Ningún sistema educativo enseña a pensar. Menos aún para combatir las mentiras del poder. Aunque me consta que hay profesores que instruyen a sus alumnos en la observación, la investigación y la crítica a todo lo establecido.

Por mera supervivencia, quien ostenta el poder se ocupa, entre otras cosas, de adoctrinar al pueblo hasta convencerlo de que su gobierno es lo que necesita para su bienestar. El poder tiende a estrechar el cerco para mantener a la manada controlada y sumisa. Cualquier clase de poder. Y solo cede cuando el pueblo se rebela y ve peligrar su trono. En realidad, no cede, simplemente se rinde.

Ante esta máxima difícil de rebatir, a los ciudadanos de a pie solo nos queda un arma: pensar por nosotros mismos para combatir las mentiras del poder y ser felices. Todo aquello que vemos, leemos o escuchamos debería pasar por un solo filtro: el de los valores universales como la generosidad, la honestidad, la capacidad de sacrificio, la compasión, la amabilidad… y la coherencia, por supuesto. Para conocer la valía de un líder solo hay que contrastar lo que dice con lo que hace.

Un país donde la masa crítica busca incansable la verdad, a pesar de los constantes mensajes de manipulación de los poderosos, está a salvo de la destrucción. Hoy siento que el nuestro lleva tiempo deambulando por una cuerda floja y a punto de perder el equilibrio.

Resulta inaudito y escandaloso el número de tramposos, ignorantes e inconscientes que en este momento ocupan los poderes públicos; en todos los bandos. Lo que antes era la anécdota en nuestros días es la norma.

Pero lo más obsceno de la sociedad actual es cómo las masas se posicionan y defienden lo insostenible creyendo en las palabras de quien demuestra día a día una falta de honradez y capacidad pasmosas.

Ellos, los de uno y otro bando, fueron los que nos llevaron a las trincheras para matarnos entre nosotros; ellos, los de uno y otro bando, fueron los que resolvieron que había llegado la hora de la reconciliación; ellos, los de uno y otro bando, son los que ahora deciden que de perdón nada, que les conviene buscar de nuevo el rencor ya enterrado. Lo verdaderamente asombroso es que haya un solo ciudadano dispuesto a regresar al odio y al horror de aquellos años.

Lo cierto es que hubo una guerra atroz en la que combatieron dos bandos y que los dos querían ganar a toda costa. Pero la victoria solo podía ser para uno. La auténtica verdad es que el que pierde no se convierte de repente en el bueno de la cruzada sino en el perdedor; la auténtica verdad es que el que gana no se convierte en el bueno sino en el ganador. Y la auténtica verdad es que la mayoría de los soldados fueron arrastrados a un odio que no les pertenecía y que solo querían volver a casa para salvar su vida y la de sus familias. Todo lo demás es historia; una historia que los poderes han decidido desenterrar y tergiversar una vez más para utilizarnos y manipularnos.

Pero vamos a lo sustancial de este artículo, que me caliento y me voy por las ramas:

Después de la Segunda Guerra Mundial y de que el planeta hubiese vivido la mayor masacre de seres humanos conocida nació la ONU. El 24 de octubre de 1945 los estados miembros, entonces 51 y hoy 193, ratificaron la Carta de la ONU. Una Carta que podríamos resumir en el reconocimiento de «la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno». Es una carta de generosidad, de unión y de compromiso con todos y cada uno de los países del mundo y sus habitantes.

Bien, que alguien me explique qué está pasando con la mayoría de los jefes de gobierno actuales. ¿Pero de verdad vamos a seguir por estos derroteros y volver a las andadas? ¿No estamos escarmentados? ¿Vamos a ponernos de perfil mientras los políticos hacen y deshacen sin ningún tipo de pudor ni compromiso con los ciudadanos de su país? ¿Vamos a volver a levantar las armas en una guerra que no nos pertenece? ¿Es que no queremos ser felices?

Pues yo sí que quiero ser feliz; y como yo, todos y cada uno de los seres humanos de mi planeta. Y tengo más que claro que la mayoría de los que actualmente se deberían encargar de esta noble misión están a otra cosa: unos se van de copas mientras les presentan una moción de censura; otros usan el Falcón para irse de concierto o se procuran un doctorado para llegar al poder; los hay que gobiernan mientras insultan a sus vecinos diciéndoles que tienen un bache en el ADN; también hay algunos que enarbolan la bandera de la paz mientras venden bombas, o que vociferan el reparto justo de la riqueza y luego se compran un casoplón de un millón de euros, o están todo el día en las televisiones exigiendo igualdad siendo multimillonarios, o…

Esto es una desvergüenza y me niego a seguir a esta tropa como si me fuera la vida en ello.

Enlazando con el principio creo que, si queremos alcanzar nuestra felicidad y la de nuestro prójimo, es urgente que dejemos de seguir a guías ciegos y pensemos por nosotros mismos. Obviamente, ellos solo luchan por su propio bienestar, y ni eso son capaces de conseguir por varias razones: la avaricia, la mentira, la prevaricación, la manipulación, el ansia de poder, la separación, el enfrentamiento… Son férreos enemigos de la prosperidad.

 

Me encantaría recibir vuestros comentarios al respecto sobre cómo combatir las mentiras del poder y ser feliz. Desafortunadamente, los que tenemos una bitácora de este tipo, desde la entrada en vigor de la nueva ley de protección de datos, si queremos cumplirla, tenemos que tener desactivada la opción de comentarios hasta que wordpress.com se ponga al día e implemente los cambios necesarios. Así pues, os invito a entrar en mi página de Facebook a dejar vuestro comentario. Es de sumo interés para mí.

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Gracias, queridos amigos y lectores.

 

Fuente imagen de cabecera: http://jjfrias.com

El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

El hijo consentido y la empresa familiar (microrrelato)

Hacía tiempo que Pedro esperaba y temía una conversación con uno de sus hijos. De los cinco hermanos, Roberto siempre fue el más independiente y reivindicativo. Todos tenían la misma participación en la empresa familiar y cada uno de ellos ocupaba un puesto adecuado a sus capacidades. Aunque en los últimos años, debido a las constantes exigencias y amenazas, Pedro había cedido demasiados privilegios a Roberto. Ahora se arrepentía de no haberse mantenido firme, su debilidad con el segundo de sus hijos había dado lugar a resquemores entre los hermanos y, lo peor de todo, lejos de contentar al joven su egoísmo crecía día a día.

El patriarca se encontraba en una situación delicada que solo tenía una solución: practicar la justicia con sus cinco hijos de una vez por todas.

Sobre estas cuestiones meditaba Pedro mientras miraba al presentador de los informativos sin escuchar sus palabras cuando se acercó Roberto y tomó asiento frente a él.

—Tenemos que hablar —le dijo Roberto a su padre con gesto serio.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó su padre entre el hartazgo y la compasión.

—Quiero marcharme de la empresa y montar mi propio negocio, creo que ni tú ni mis hermanos tenéis el espíritu emprendedor necesario para avanzar y conquistar nuevos mercados. Resulta muy complicado trabajar con personas tan conformistas…

—Estás en tu derecho, nada que objetar.

—También me voy de casa.

—Eres un hombre, tienes treinta y cinco años y todo el derecho a emprender tu camino, no seré yo quien se oponga.

En un principio, Pedro sintió cierto alivio; la tensión en la familia aumentaba día a día a causa de los constantes requerimientos de Roberto y su marcha podría ser la solución. Pero, por otro lado, la tristeza invadió su corazón; después de tantas concesiones solo había conseguido alimentar el individualismo de su hijo.

—Me alegra que me apoyes, necesitaré mi parte de la empresa, incluidos los clientes que he conseguido durante estos años. Y me gustaría hacer unas obras en casa para separar la parte que me corresponde.

—Como bien sabes, la empresa es indivisible; si quieres marcharte tendrás que poner tus acciones a la venta, no puedes irte arrancando un pedazo de nuestras vidas. Además, ningún cliente es tuyo; si has conseguido que aumente nuestro número de compradores ha sido gracias a que cedí cuando me pediste el puesto de director comercial. Estoy seguro de que cualquiera de tus hermanos hubiese conseguido tus logros o incluso más. Y, por supuesto, esta casa también es indivisible. Si quieres marcharte hazlo con todas las consecuencias, y si lo que quieres es hacer pedazos la empresa y la casa tendrás que consensuarlo con tus hermanos y conmigo.

La mirada de Roberto se tornaba cada vez más iracunda. De ninguna manera se iba a marchar con las manos vacías después de años de lucha. Él era el alma de la empresa, y estaba convencido de que de seguir sometiéndose al socio mayoritario y director general jamás conseguiría su sueño. Estaba cansado de sus hermanos; del absentismo de Sara a causa de la enfermedad de su hijo; de las pérdidas que suponía la mala gestión que hacía Oscar de los recursos humanos; de pagar entre todos a Laura la carrera de Administración de Empresas mientras ella se dedicaba a perder el tiempo con los amigos y de que Lucas, el mayor, censurara todas sus iniciativas con la connivencia de su padre, quien siempre tenía la última palabra a pesar de tener una idea ya obsoleta de lo que era gestionar una empresa.

—No puedo seguir viviendo y trabajando con vosotros, necesito gestionar mis propios recursos o jamás conseguiré despegar como empresario. Me siento atado de pies y manos a vuestro lado.

—Te entiendo. Y te repito: puedes irte, no soy quién para impedírtelo, pero no podrás llevarte lo que nos pertenece a todos. Ya te he permitido demasiado con la intención de conservarte a nuestro lado. Eres el que recibe más beneficios de la empresa; el que ocupa la mejor habitación de esta casa y el único que hace tiempo toma decisiones sin contar con el resto. Créeme si te digo que en estos momentos nada me haría más feliz que tu marcha y recuperar la paz, pero lo que me pides es un imposible. Ni siquiera está en mi mano concedértelo; la empresa y esta casa no son mías, son de todos.

—No, papá. ¡Yo soy el dueño del espacio que habito y de lo que he conseguido durante mis años de trabajo! ¡Ninguno de vosotros habéis luchado como yo!

—Ninguno ha tenido tus ventajas. No voy a continuar con esta conversación y menos con el tono en el que me hablas, me estás faltando al respeto y no puedo consentirlo. Habla con tus hermanos, puede que quieran comprarte tu parte en la empresa y en la casa, y después puedes irte, no sin antes pagar tu parte de las deudas; las deudas también son de todos.

—Pero… ninguno de nosotros podría sobrevivir en esas condiciones.

—Por eso seguimos juntos.

—Me buscaré un buen abogado y lucharé por lo que me pertenece hasta el final.

—Estás en tu derecho, hijo. Ahora vete, tengo que ocuparme de nuestra empresa, no puedo ni debo seguir perdiendo el tiempo contigo.

Pedro supo que con todos los privilegios que había concedido a su hijo durante años no había conseguido su propósito de mantener la empresa y la familia unidas; muy al contrario, sin darse cuenta había ido fraguando los cimientos de un conflicto que podría eternizarse. Y es que, cuando no se practican la justicia y la igualdad, los enfrentamientos están servidos.

 

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE IV. FINAL)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera, segunda y tercera parte de este relato sobre infidelidad. Hoy os traigo, por fin, el desenlace.

(Continuación)

—Marta…, he tenido tiempo de reflexionar durante estos días y me he dado cuenta de te quiero mucho más de lo que imaginaba, pero…

—Pero ¿qué?

—También he comprendido lo fácil que nos ha resultado pensar tan distinto en temas tan importantes como el aborto y lo complicado que es ahora, cuando hay que llevar las ideas a la práctica. No es lo mismo sentarse a dialogar sobre esto o aquello cuando sabes que tu vida no se verá afectada y después de un vino y una larga charla todo seguirá en su lugar. No sé si sería lo acertado permitir que nuestras vidas y las de nuestros hijos… Creo que deberíamos dejar la decisión a Elena. Me arrepiento de haberte metido en esto.

—Ohhh…, Agustín, me asombra tu cobardía en una lucha que te pertenece. De acuerdo, yo no soy nadie en esta cruzada; el destino de ese bebé está en tus manos y en las de esa becaria y, según la ley, la decisión es solo de ella. Pero fuiste tú quien resolvió que debía saberlo, fue tu conciencia la que te llevó a hacerme partícipe, porque de no haberlo hecho me habrías traicionado en lo más profundo. Pero ya veo que a la hora de la verdad prefieres la huida.

—Yo no lo veo así.

Sentados en la penumbra del salón, frente a frente, en los mismos sillones que durante años habían sido testigos de sus numerosas y largas conversaciones, por primera vez se sintieron como extraños. Ciertamente, había una larga distancia entre las ideas y la cruda realidad. Los dos seguían en sus posturas de siempre, pero ahora, llevadas a la práctica, parecían inconciliables.

—Pues estás equivocado. Para mí no es una cuestión de ideas encontradas, no creo que en esto haya más de una verdad; la verdad es una: ninguna vida pertenece a nadie. Estoy pensando en cuando tuvimos que traer a nuestra casa a tu padre a causa de su alzhéimer. Para los dos fue un parón en nuestras carreras, incluso nuestros hijos sufrieron un repentino cambio en sus vidas que les afectó en sus estudios. Estuvimos cinco años dedicados a hacerle la vida más fácil y solo conseguíamos frustrarnos cada vez más: él parecía no apreciar nuestro esfuerzo y era incapaz de agradecérnoslo. ¿Te acuerdas?

—Cómo olvidarlo, especialmente tú lo diste todo. Fuiste un ejemplo para nuestros hijos y creo que tu valerosa actitud ante la situación los hizo mejores personas, aunque disminuyeran sus calificaciones.

Dichas sus últimas palabras, Agustín comprendió lo que quería decirle su esposa. No solo era una gran luchadora, también tenía una inteligencia excepcional.

—En aquella situación sacrificarnos por un hombre enfermo y sin ningún futuro era ir en contra de la ley de supervivencia. Según tu teoría, lo lógico hubiese sido eliminarlo, abortarlo, pasar página. Dime, ¿por qué en ningún momento dudamos de que nuestro deber era atenderlo y olvidarnos de nosotros? Piénsalo.

—Era mi padre.

—Tu padre se había marchado de este mundo mucho antes de que viniera a casa. ¿Sabes?, es muy posible que pronto la ley nos conceda la libertad de decidir sobre las vidas de las personas sin futuro y que solo restan energía a una sociedad que no se puede permitir perder el tiempo en lo que es seguro que no dará beneficios. Puede que no tardemos en tener la vida de los enfermos terminales en nuestras manos. Lo que ahora parece una locura se puede convertir en la norma general cuando la ley te asiste y te adoctrinan…

—La ley del aborto es muy distinta a lo que estás comentando —se atrevió Agustín a interrumpir el discurso de su esposa—, hablamos de la multiplicación de unas células dentro de otro cuerpo; la vida en sus inicios no es más que un crecimiento celular…

—Me parece increíble que precisamente tú utilices unos argumentos tan pobres que, además, son falsos. La vida es una multiplicación celular desde su comienzo hasta el final; es más, es en su término cuando disminuye el crecimiento.

—Es una vida dentro de otra ya establecida, muchas mujeres lo ven como una invasión y se sienten incapaces de sobrellevar tanta responsabilidad, sobre todo si son jóvenes o han sido víctimas de una violación. Nadie tiene derecho a juzgar situaciones mucho más complicadas que las que podría vivir la mayoría.

—¿Acaso no invadió nuestras vidas y nuestra casa tu padre? ¿Vas a decirme que tú te sentías capaz de soportar tanta responsabilidad? ¿No recuerdas los momentos en los que llegamos incluso a perder el control? A pesar de todo lo acompañamos hasta el final porque era nuestra obligación moral. Te aseguro que si la ley permitiera acabar con las vidas de los que ya están acabados muchos se plantearían si cuidar a sus mayores o mandarlos a una mejor vida.

—Creo que estás disparatando —dijo Agustín mirándola con cierto asombro y tristeza a la vez.

—¿Disparatando? Fíjate que teniendo en cuenta el envejecimiento de la población, la escasa natalidad y el problema de la inmigración me atrevería a decir que no tardaremos mucho en ver cómo cambian las leyes. Es muy posible que pronto sea legal eliminar a ancianos e ilegal abortar. Pero te diré que si no conservamos nuestra moral por encima de la ley el ser humano perderá su esencia: su humanidad. Entonces sí que estaremos abocados a la exterminación. No hemos llegado hasta aquí gracias a nuestro egoísmo sino a nuestra generosidad, nuestro sentido de grupo y nuestra dedicación y cuidado hacia los más débiles.

—Muy bien, ¿y qué pasa con esas adolescentes que no tienen ni los medios ni la madurez para educar a un hijo? ¿Qué hacemos con esos embriones con malformaciones? ¿Qué…? No es tan fácil como lo planteas.

—Sabes que en algún lugar tengo una sobrina fruto de una violación. Por supuesto que no es fácil. ¿Eliminamos los problemas interrumpiendo la vida de los más inocentes?

—Sigo pensando que tu hermana debería haber abortado en cuanto lo supo.

—Pues yo sigo pensando que la pena de muerte debe aplicarse al violador; aunque ya sé que esto no es muy ético por mi parte, pero si hay que elegir…

—Yo creo que la vida habría sido más fácil para ella si hubiese abortado.

—No lo creo, aquel episodio de su vida no se hubiese borrado con el aborto. Es más, la generosidad que mostró dándola en adopción la ayudó a superar todo aquello. Esa pequeña debe tener ahora unos diez años y está creciendo con un matrimonio que siempre tuvo vocación de ser padres.

Agustín se sentía abrumado y cansado, llevaba un par de noches sin dormir y el día había sido intenso. La vehemencia con la que Marta defendía sus ideas llegaba a angustiarlo. Hubiese seguido argumentando su postura, pero ya sabía que, como siempre, la partida terminaría en tablas. Tiró del nudo de su corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa antes de hablar con la intención de concluir la conversación.

—De cualquier manera, lo tengo decidido: no voy a comprar a ese bebé para darlo en adopción, es de locos. A partir de ahí…, en fin, la ley está de parte de Elena, que haga lo que crea conveniente; pero me niego a aceptar el chantaje. Como tú bien dices, esas leyes para las que tantos años has trabajado no me dan ningún derecho sobre ese embarazo, es a ella a quien le otorgan todos los derechos. Eso sí, si decidiera tenerlo me concederían todos los deberes como padre. Y sí, tengo moral, una moral que incluye el cumplimiento de las leyes, así que de ninguna manera voy a darle a esa… mujer una plaza fija en mi equipo y todos nuestros ahorros a cambio de un hijo. Estoy agotado, me tomo un yogur y me voy a la cama.

En ese momento sonó el móvil de Agustín. Era la becaria.

—¿Sabes la hora que es? —le preguntó sin molestarse en saludarla.

—Sí, lo sé. Pero pensé que te encantaría la noticia que tengo que darte.

Agustín notó a Elena como cansada, hablaba sin su natural tono altivo y chirriante.

—Sé breve, estoy agotado.

—Se acabó. Ya no hay bebé, lo he perdido hace una hora.

—Vaya…, no sé qué decir…

Ciertamente, en ese momento no podía analizar su reacción interior con claridad. Sintió un gran alivio, pero acompañado de una cierta desazón.

—No tienes que decir nada. Voy a tomarme unos días de descanso y después me iré, voy a aceptar un puesto de becaria en Zamora, así que me perderás de vista para siempre. Adiós, Agustín.

Y colgó, sin más. Él se quedó unos segundos contemplando el móvil con perplejidad ante la atenta mirada de Marta y después reaccionó.

—Se acabó. Elena ha perdido el niño. No puedo creerme que haya despertado de esta pesadilla. Todo ha terminado, Marta, podemos pasar página y recuperar nuestra vida.

—Sabes que siempre he envidiado tu facilidad para olvidar, esa manera tuya de caminar por la vida casi de puntillas, como evitando el contacto con la realidad. Para ti cualquier problema parecía un mero contratiempo fácil de solventar. Me has ayudado tanto… Pero esto es distinto. Lo siento, Agustín, no puedo regresar a nuestra rutina como si no hubiese pasado nada. Sí ha pasado; ha pasado que no solo pensamos diferente, es que en la práctica lo somos y…  ahora me resulta insoportable. No sabes cuánto me gustaría en este momento que no me hubieses contado tu aventura, abrir una botella de vino y poder filosofar sobre los problemas del mundo desde la maravillosa distancia de quien no los ha vivido en realidad.

—Pero no puedes echar por la borda todo lo que hemos construido, date unos días para pensar y hablamos cuando estés más tranquila.

Agustín se acercó a ella y le cogió las manos mientras le mantenía la mirada implorándole.

—Me marcharé mañana mismo, pero no sé si para unos días o para el resto de mi vida. Lo siento.

 

FIN.

 

 

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

RELATOS SOBRE INFIDELIDAD: EL CHANTAJE (PARTE III)

Antes de leer este relato sobre infidelidad te aconsejo leer la primera y la segunda parte de este relato sobre infidelidad.

(Continuación)

Encontró la casa vacía. Le extrañó que Marta no hubiese regresado del trabajo y más que no le hubiese mandado un mensaje para avisar de su retraso; aunque teniendo en cuenta la delicada situación que padecían tenía lógica su hermetismo.

Se dio una ducha y se sentó a esperarla en el salón, sin hacer nada, algo muy extraño en un hombre que siempre tenía mil artículos pendientes por leer y un puñado de llamadas por hacer.
No tardó mucho en escuchar un tímido saludo.

––Hola.
––Buenas tardes, Marta. Empezaba a preocuparme. ¿Todo bien?
––He estado consultando algunas sentencias sobre el aborto y he encontrado un caso que podría ayudarnos en el supuesto de que…
––Déjalo, Marta, Elena ya ha tomado una decisión, es posible que a estas horas ya no haya nada por lo que luchar.
––En ese caso todo está hablado. Voy a hacerme una ensalada, ¿te apetece una?
––Sí. Gracias.
Pero antes de encaminarse cabizbaja a la cocina se dirigió de nuevo a su marido, no muy segura de lo que iba a pedirle.
––Agustín… ¿podrías darme el número de teléfono de esa chica?
––No creo que sea buena idea que te involucres y menos ahora, ya está todo hablado.
––Por favor.

Agustín cogió el móvil de la mesa y buscó el contacto. Después se levantó y, antes de enseñarle la pantalla del teléfono, hizo un intento de acercarse a su esposa para abrazarla. Pero ella lo paró en seco poniendo las palmas de sus manos sobre su pecho.

––Todavía no. Déjame ver ese número.

Ella copió el contacto en su móvil y se marchó. Y él volvió a sentarse en el mismo lugar para observar durante casi una hora cómo su esposa se paseaba por el jardín mientras hablaba con la becaria.
No podía creerse en lo que se había convertido su vida en tan pocas semanas. Mientras veía a Marta deambular por el jardín, entre sus flores y bajo el más bello atardecer creyó volverse loco. Pensó en sus tres hijos: ¿qué iba a decirles si finalmente las dos mujeres llegaban a un entendimiento? Por otro lado, su esposa y él ya no tenían edad para ser padres, especialmente ella con los cincuenta y siete años cumplidos. Era una verdadera locura y solo esperaba despertar de aquella pesadilla.

Las sombras de la noche ya invadían el salón cuando Marta entró.
––Todavía hay esperanza ––le dijo sentándose frente a él.
––¿Qué quieres decir?
––Me parece que esa becaria desde el principio tenía muy claro lo que quería. Es más, yo diría que ya tenía planes antes de viajar contigo a ese congreso. Confieso que estoy atónita. No te quiere a ti, algo que estaba más que claro, nadie que ama obliga a amar. Quiere un puesto de trabajo fijo y dinero. Conozco tu ingenuidad, es lo que más me gusta de ti, pero haber caído en las redes de esa arpía a tu edad… Si le consigues una plaza fija y le damos gran parte de nuestros ahorros tendrás la custodia absoluta de tu hijo.
––¿Qué? No puedo hacer eso, jamás he utilizado mi puesto como jefe de servicio para favorecer a nadie. Y tampoco me parece ni moral ni legal comprar a mi propio hijo.
––No creo que en este momento puedas apelar a la moralidad. De cualquier manera, me siento responsable, tanto tú como ella me habéis hecho partícipe de una decisión que tengo más que clara. No porque sea tu hijo, eso es lo de menos, sino porque parece ser que soy la que ahora tiene que mover ficha y sabes muy bien lo que pienso. Desde luego, prefiero comprar una vida antes que eliminarla.
––Este no es uno de tus casos imposibles, se trata de nosotros, de nuestra vida, nuestros hijos… ¿Qué les vamos a decir? ¿Has pensado en la edad que tendremos cuando vaya a la universidad?
––Te recuerdo que en un principio fuiste tú el que me habló de criarlo con nosotros. De todas formas, hay otras opciones: dale lo que pide y que lo dé en adopción. Yo me encargaré de todo el proceso legal, seremos sus tutores hasta que encuentre una buena familia. Obviamente, a esa chica le da lo mismo con quién se esté, solo se importa ella misma.

(Continuará…)