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La verdad es el camino

6 nov

No encontraba nada más difícil que decir siempre la verdad; siquiera conversar con el pez trémulo de su pecera; siquiera esquivar la eterna y atenta mirada de la luna llena; siquiera burlar al siempre certero Cupido; o alcanzar una estrella de un solo salto. No hallaba pirueta más imposible que mirar frente a frente, con la garganta abierta, de par en par, y las pupilas recién lavadas.
Sentía tanto haberse instruido en el engaño por el camino… ¡Cómo lo sentía! A veces pensaba que la vida se dividía irremediablemente en dos tramos: en el primero te afanabas en aprender a mentir y en el segundo en desaprender las falsas lecciones; en recuperar la inocencia, la ingenuidad, el candor… en desandar el camino. Pero no parecía posible volver atrás. Seguía, y seguía, y seguía… No parecía posible sobrevivir sin mentir cada vez más y mejor. Y a veces quería morirse; y moría por una verdad. “¡Mi reino por la verdad!”, exclamó.
Tal vez porque estuvo demasiado tiempo en el nido, y siempre hubo quien le pusiera una tierna lombriz en el pico; tal vez por ello supo tarde que a veces, las más de las veces, el alimento nace del mismo barro; y ya con canas se espantó.
Estaba cansada, hastiada de tanta farsa, del “ser” y el “estar” sobre peanas de lodo. Sentía que un leve soplido arrasaría como ventisca el escaso polvo que quedaba de la niña que fue. Y que debía cerrar y sellar puertas y ventanas antes de la llegada del invierno. Pero brillaba tanto el oro bajo el cielo al otro lado… “¡Fuera ángeles y demonios seductores!, no me interesáis. ¡Fuera risas y llantos!, dejad mi semblante sereno. ¡Fuera de mi casa, duendes hechiceros, que venís cargados de sorpresas, blancas o negras!, no alborotéis a la niña, que duerme; que sueña arrebujadita en la la existencia plena, verdadera. En la verdad”, gritaba a la noche que quería despertarla y llevársela.

Recordad, estimados visitantes, que siempre leo vuestros comentarios con mucha atención.

Hasta el domingo próximo, espero.

El niño que fuiste

25 sep

Cuando te veo desarrapado, sucio, sentado en cualquier acera
con la mano extendida, pidiendo caridad… se me desborda el corazón.

Pienso cuándo fue que te dejaron de querer, si acaso te
amaron alguna vez. Escucho tu primer llanto vencedor entre las piernas de tu
madre. ¡Bravo!, hace nueve meses que te esperaban, y aquí estás, dispuesto a
salvar el mundo, por qué no. Te veo dando tus primeros pasos buscando unos
brazos; te imagino balbuceando tus primeras palabras: papá, mamá, agua…, o
corriendo tras una pelota por las calles de tu barrio, o riendo y saltando
tapias con tus amigos; me mojo con la humedad de esas lágrimas tiernas y claras
de tu inocencia, cuando el gris todavía no tenía cabida en el arcoíris. Tú
también fuiste niño, y en tu interior había un Mozart, un Einstein, un Picasso,
un Alejandro Magno… todos, todos los hombres podían crecer en tu alma libre y
diáfana, sin puertas. Porque también tú naciste para triunfar, con un millón de
caminos por recorrer.  Y querrías ser de
mayor bombero, o médico, o policía, porque los sueños eran tu reino.

Y te pregunto, ¡Dios Santo!, ¿en qué lugar del camino quedó
tu candidez?, ¿cuántos fuimos detrás y la pisoteamos sin escrúpulos? ¿Quién te
hizo tanto daño como para decidir esperar la muerte en una esquina con la
simple compañía de un poco de vino? Perdóname, sé que yo también soy parte
del “quién”.

No sé quién eres, pero sé quién fuiste, porque lo veo en tu
seca mirada, y él también ve en mí la niña que fui.

Perdóname por apartarme un
metro cuando me sales al paso, no recordaba que los niños se olvidan de
ducharse.

Hasta el próximo día 30, viernes, espero, con la 5ª entrega para el concurso de María Jesús Paradela.

La princesa

8 may

Tenía al menos un millón de sueños, muchos más que posibilidades, como correspondía a una muchacha de quince años. Quería ser cantante, patinadora artística, actriz, periodista… Eso, periodista, definitivamente. Pero no como esos que se sentaban frente a ella a la hora del almuerzo y repetían como papagayos lo que otros habían escrito; a ella le iba la acción, sería reportera de guerra. Reportera de guerra para empezar, y todo lo demás también, claro, al fin y al cabo a esa edad la vida es infinita y todo es posible. Imaginaba que encontraría su príncipe azul por esos mundos lejanos y misteriosos; que sería valiente, comprometido, apasionado, atractivo e inteligente, y que hablaría todas las lenguas. Sí, esto último era importante, siempre le habían fascinado las personas que hablaban muchos idiomas. También ella se ocuparía de aprenderlos.

Sus padres se reían cuando la escuchaban hablar de su futuro como quien cuenta un pasado cierto, les hacía gracia la desbordante imaginación de su hija. Pero no le afectaba, muy al contrario, la incredulidad de sus progenitores era un acicate más. “Ya veréis cuando me veáis en la tele contando lo que pasa al otro lado del mundo —les decía—, ya veréis. Claro, como vosotros solo os preocupáis de trabajar…”.

Bastaron apenas dos años para cambiar sus sueños por preocupaciones. Ya no imaginaba, vivía obsesionada: por conseguir el dinero para poder comprar la próxima lata de leche para su bebé, porque su príncipe gris encontrara por fin un trabajo y porque ese mes no le cortaran la luz, aquel invierno estaba siendo el más frío y duro de su corta vida.

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