Archivos por Etiqueta: La felicidad

La verdad es el camino

6 nov

No encontraba nada más difícil que decir siempre la verdad; siquiera conversar con el pez trémulo de su pecera; siquiera esquivar la eterna y atenta mirada de la luna llena; siquiera burlar al siempre certero Cupido; o alcanzar una estrella de un solo salto. No hallaba pirueta más imposible que mirar frente a frente, con la garganta abierta, de par en par, y las pupilas recién lavadas.
Sentía tanto haberse instruido en el engaño por el camino… ¡Cómo lo sentía! A veces pensaba que la vida se dividía irremediablemente en dos tramos: en el primero te afanabas en aprender a mentir y en el segundo en desaprender las falsas lecciones; en recuperar la inocencia, la ingenuidad, el candor… en desandar el camino. Pero no parecía posible volver atrás. Seguía, y seguía, y seguía… No parecía posible sobrevivir sin mentir cada vez más y mejor. Y a veces quería morirse; y moría por una verdad. “¡Mi reino por la verdad!”, exclamó.
Tal vez porque estuvo demasiado tiempo en el nido, y siempre hubo quien le pusiera una tierna lombriz en el pico; tal vez por ello supo tarde que a veces, las más de las veces, el alimento nace del mismo barro; y ya con canas se espantó.
Estaba cansada, hastiada de tanta farsa, del “ser” y el “estar” sobre peanas de lodo. Sentía que un leve soplido arrasaría como ventisca el escaso polvo que quedaba de la niña que fue. Y que debía cerrar y sellar puertas y ventanas antes de la llegada del invierno. Pero brillaba tanto el oro bajo el cielo al otro lado… “¡Fuera ángeles y demonios seductores!, no me interesáis. ¡Fuera risas y llantos!, dejad mi semblante sereno. ¡Fuera de mi casa, duendes hechiceros, que venís cargados de sorpresas, blancas o negras!, no alborotéis a la niña, que duerme; que sueña arrebujadita en la la existencia plena, verdadera. En la verdad”, gritaba a la noche que quería despertarla y llevársela.

Recordad, estimados visitantes, que siempre leo vuestros comentarios con mucha atención.

Hasta el domingo próximo, espero.

Soy una disfrutona (Para el concurso de María Jesús Paradela. 6ª Entrega)

28 oct

Soy una disfrutona, qué le vamos a hacer, nací así, con ese
don. Porque saber disfrutar de la vida es una gracia, y el que diga que el
trabajo es salud y dignifica, y tal y tal, se equivoca, pura envidia. Si lo
dice la misma palabra: “tra-ba-jo”; pues eso, que ¡qué trabajo cuesta trabajar!
Yo también lo hago, eh; digo, eso de ganarme el pan con el sudor de mi frente,
bueno, de mis sobacos, que a mí es lo único que me suda. ¡Ah!, no, que también
me suda el potorro; pero solo cuando se reúnen los “presis” de los G20, G8, G7…,
¿se me ha olvidado algún “G”?, o cuando salen en la tele esos… cómo se llaman…
sí, coño, uno con barba y otro con las cejas muy gordas…, o cuando la panadera
me coge por banda para contarme lo mala, malísima, que es su nuera; ni os
cuento cómo me suda. Mi madre, la pobre…, se pasaba el día diciéndome “Hija,
¿es que a ti te da todo lo mismo?”. “Casi”, le respondía yo con una seguridad a
la que nunca se acostumbró. Ella era de una personalidad germana
que partía el hielo, no recuerdo que ni una sola vez se permitiera una relajada
conversación en la sobremesa; “la obligación antes que la devoción -era su lema-,
y primero a recoger la cocina”. Y después la plancha, y después preparar la cena,
y después… qué se yo. No creo que ella lo supiera nunca, pero me enseñó mucho
de lo que sé, sobre todo aprendí  a tener
claro en lo que nunca me convertiría.

Me gano la vida en un geriátrico desde hace veinte años (ya
os he dicho que trabajo, naturalmente), y es rara la semana que no nos visita
la muerte un par de veces. Ella, mi madre, que recibió su pertinente visita
hace ya tres años, gustaba de preguntarme cada noche antes de acostarse: “¿Qué
tal el día, hija?, ¿has tenido que amortajar a alguno?, ¿qué edad tenía?”. Siempre
le daba contestaciones peregrinas: “a una docena, madre”, o “sí, a un par de
ellos con quince años”. Solo una vez le comenté una vivencia real, con la
intención de hacerla reflexionar: “Sí, madre, hoy se han ido al otro barrio un
abuelo de noventa años y una anciana con ochenta y cuatro, y ¿sabes lo último que
me ha dicho la abuela?”. “¡Ay, qué vida esta! Dime, hija, dime”. Ella era así
de mística para sus cosas. “Que buscara a su hijo y le dijera que los
cincuenta mil euros estaban en una bolsa atados a la tubería del fregadero de
la cocina. La mujer llevaba cinco años sin hablarse con él por culpa de los
puñeteros cincuenta mil euros”. “Mira tú, la pobre, hasta última hora fue buena
con el hijo”, me dijo después de uno de sus “sentidos” suspiros. ¡Ay que
joderse, señores! Tenía el propósito de contarle después la despedida del
abuelo de noventa años, la lección tenía dos partes. Le hubiera dicho que,
cuando fui a cambiarle la entremetida, posó su mano temblorosa y ya fría en mi
brazo y me dijo: “déjalo, niña, ya no hace falta. Escucha, mi hija vendrá esta
tarde, no creo que pueda esperarla, dile que me voy tranquilo y que la quiero”.
Sí, se lo hubiera contado, pero… ¿para qué?

Por eso, porque no quiero parecerme a mi madre, ni dejar en
este mundo cincuenta mil euros; porque solo hay dos maneras de despedirse y yo
quiero hacerlo con un “te quiero”; porque sé lo que se siente cuando envuelves
en sábanas blancas lo que ya no es más que cartón viejo… Soy una disfrutona,
qué le vamos a hacer.

Hasta el próximo domingo, espero.

Un cuento sencillo: “Si eres tan listo ¿por qué no sonríes?”

23 oct

—Hola, María.
¿Qué haces ahí sentada en la acera?

—Estoy
esperando a mi papá, vamos a ir a darle de comer a las gallinas. ¿Quieres
venir?

—No puedo, yo
también estoy esperando al mío, llega hoy de Nueva York. Dice mamá que vamos a
ir a comer con unos amigos muy interesantes.

—¡Hala!, de
Nueva York. Eso está muy lejos, me imagino que te contará historias increíbles.
Yo le vi una tarde entrar en tu casa, es muy guapo. Aunque me pareció que
estaba un poco triste y cansado.

—Claro, es
que mi padre tiene un puesto muy importante, ¿sabes? Tiene mucha
responsabilidad y muchos problemas. Siempre dice que la gente que sonríe mucho
es porque es vaga o inconsciente.

—¿Inco… qué?

—Inconsciente,
María, que no tiene ni idea de lo mal que está el mundo de las finanzas y esas
cosas. Vamos, que son tontos. Por eso mi padre es tan serio.

—¡Ah!

—Laura, entra
en casa y cámbiate, te vas a poner perdida. Al final no iremos a esa comida, tu
padre ha tenido que coger otro vuelo urgentemente.

—¿Nos vamos,
María?

—Sí, papá, que
seguro que las gallinas están hambrientas. ¡Hasta luego, Laura!

—Adiós.

—¿Sabes,
papá? Yo creo que tú eres el padre más listo del mundo.

—¡Ah, sí! ¿Y
eso por qué?

—Porque
sonríes todo el tiempo.

—Tú sí que
eres lista, pequeña.

Hasta el próximo domingo, con la 6ª entrega del concurso de María Jesús Paradela, espero.

El dolor

11 sep

Si tuviéramos que describir el dolor, probablemente la
mayoría de nosotros empezaría por discernir entre el físico y el psíquico,
incluso estaríamos de acuerdo en que ambos pueden llegar a ser igualmente
intensos e insoportables. Es más, seguro que muchos sostendrían la idea de que
el dolor psíquico, del alma o del espíritu es el más agudo y penetrante. Creo
que esta última observación es discutible; recuerdo, por ejemplo, uno de mis
partos y creo que ante tamaño dolor cualquier otro quedaría ahogado. Queramos o
no, el cuerpo es nuestro sostén, por el momento, y si de algo estoy segura es de
que hasta para llorar en espíritu hay que tener un mínimo de salud física. Pero
estas primeras palabras son una mera aclaración, mi reflexión de hoy se centra
en ese dolor que produce el mundo de los afectos. Aludiendo al gran Unamuno, diría
que es el “sentimiento trágico de la vida” el que nos produce constantes punzadas
por las cuestiones más nimias, que a menudo son provocadas más por nuestro desmesurado
ego que por un noble amor al mundo.  Nos
duele el desarraigo, que nos roben algo que sentíamos nuestro; nos duele dejar
de participar en la vida de los otros, amar en la distancia y en el tiempo; nos
duele la traición, como si todo lo que dimos, supuestamente con generosidad,
debiese ser constantemente recompensado… Nos duele la imperfección del mundo,
como si nosotros estuviésemos en otro más elevado; nos duele nuestro ego,
comprobar que nunca un hombre se parece más a otro que cuando odia o ama. En
definitiva, nos duele que el mundo campe por sus respetos sin contar con
nosotros. Algún día entenderemos que nada nos pertenece, siquiera nuestra
propia vida.

En mi último cumpleaños, cuando me preguntaron qué quería
que me regalaran, contesté que sabiduría. Sé que no hay otro analgésico para el
dolor del alma y que es la única capaz de ahogar mi ego. Me regalaron un libro
electrónico, conectado las veinticuatro horas a una de las mayores bibliotecas
del mundo. “Toma, hemos conseguido lo que pediste, ahora te toca a ti abrir las
puertas a tanta sabiduría”, me dijeron después de haber pedido en secreto ante
mi tarta encendida la sapiencia que tanto anhelo. Tenéis que reconocer que
tengo una familia increíble.

Hasta el próximo domingo, espero.

El color de la felicidad

12 jun

Era muy joven, casi una niña. En aquella comunidad de vecinos parecía un tierno brote entre un ramo de flores casi marchitas, como una actriz novata que se hubiera colado en una obra en la que no había papel para ella. Acababa de dejar su colegio, su familia, sus amigas… su infancia. Hasta entonces había sido la niña buena: la más dócil, aplicada y obediente de los hermanos. Ahora, casi al otro lado del tiempo, cuando volvía la vista atrás, desde su sofá, su cómoda vida y su soledad buscada; cuando desde el silencio de su segura urbanización, sitiada por las cámaras de vigilancia, los jardines de diseño y la “exquisita educación” de sus vecinos, era asaltada por aquellas imágenes en blanco y negro, ¡tan lejanas!  —las únicas que burlaban el eficaz sistema de seguridad—, daba gracias a Dios por tener a sus hijos en buenas universidades, los recibos pagados, el frigorífico americano repleto, unas vistas envidiables, tiempo para escribir y ese silencio que tanto amaba. Pero en lo más recóndito de su alma, sabía que todo aquello no lo había pagado el dinero. No, no debía engañarse: su feliz presente era en gran parte el legado de aquella pequeña y pobre comunidad que le enseñó a reír en la adversidad, a compartir, a desvelarse por el del tercero y, especialmente, le enseñó que, más allá de los grises del paisaje, sobrevive la felicidad. Y ahora, cada primavera, cuando llega la época de las limpiezas de temporada y su asistenta se afana en la cocina, ¡cuánto daría por ver en ella a sus vecinas, riéndose de su triste presente y peor pasado, contando las anécdotas del día mientras mojaban, una y otra vez, sus trapos en el agua templada, para dejar la cocina de la niña de la comunidad como el jaspe! ¡Cuánto daría por sacar su silla de anea al fresco de la noche y escuchar aquellos cuentos de ensueño!, ¡porque fuera viernes noche de aquel invierno y, con sus bebés oliendo a lavanda, encaminarse ilusionada a casa de la vecina de enfrente para soñar con los regalos del “Un, dos, tres…”! Sonrió para sí, ciertamente “la felicidad mora más allá del arcoíris, pero ¡qué bellos sus colores”.

Hasta el domingo próximo, espero.

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