Archivo | febrero, 2012

Normas básicas del novelista. 5ª Antes de escribir

19 feb

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El escritor, en este caso el novelista, siente constantemente una necesidad incontrolable de plasmar sobre la página en blanco todo lo que le inquieta, tanto si lo percibe de su entorno como si lo siente o lo cocina en su imaginación, con la esperanza de compartirlo algún día, de comunicarse con alguien y ser entendido. Sentirse sobrecogido por la hoja inmaculada es humano, consecuencia de la responsabilidad que supone llenar un vacío; antes de comenzar todas las maravillas son posibles, pero una vez escrita la primera palabra ya solo queda continuar o quedarse mudo para siempre. Es como el miedo escénico del actor, no es que le inquiete no saber qué va a decir, se sabe su papel, o debería, sino que siente un gran respeto ante el espectador, el cual ha pagado su entrada con la esperanza de disfrutar, de aprender, de salir conmovido por una experiencia diferente.

Otra cosa muy distinta es mimetizar con la “nada” del papel, ponerse delante esperando que surja un “cuento” por ciencia infusa. No, las musas no visitan a los que miran embobados al vacío. Como mucho, al final resultará un enchorizamiento de naderías que no interesará a nadie. Al buen novelista la idea a comunicar le bulle en la mente mucho antes de plantarse ante el papel. Previamente ya conoce a los personajes principales: sus pasados, sus miedos, sus presentes y futuros. Como, naturalmente, sabe qué mensaje subyace en la trama y cómo lo va a argumentar. Lo que no quiere decir que durante el desarrollo de la historia no asomen nuevos personajes, o que alguno de ellos se rebele e interaccione con el resto sorpresivamente hasta el punto de cambiar algunos aspectos de la idea original; estas cosas pasan a nuestro pesar, son parte de la magia del proceso creativo de un cuento.

En varias ocasiones he escuchado a autores conocidos decir que sus historias surgen sobre la marcha, que comienzan a contar sin la más remota idea de “el qué”. Os digo que se les nota, y mucho, nada que ver con aquellos que han puesto en marcha su imaginación antes de abrir el Word, y no al revés. Y qué decir de los que comienzan cogiendo apuntes y haciendo un esquema general de la obra (planteamiento, nudo y desenlace)…, estos ya tienen asegurado un cuento coherente y el respeto de sus lectores. Tienen, además del don, el oficio.

El consejo de esta humilde escritora: “Si tienes algo que contar pero no sabes cómo, ten paciencia, espera el tiempo suficiente hasta que tus ideas echen raíces y cojan forma, infórmate, lee sobre el tema, verás que cuando menos te lo esperes aquella primera idea estará madura y lista para escribir. Y si no tienes nada que contar, ¿para qué escribir? , si este es un oficio de pobres y locos”.

Hasta dentro de dos semanas, espero.

Fragmento de “Mi casa de muñecas”

6 feb

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—Abuelo.

—Dime, Gorrión.

—¿Tú qué vas a regalarme para mi comunión? —preguntó Estelita a Rafael desde el balconcillo, mirando hacia el comedor.

—Es una sorpresa, no puedo decírtelo —contestó el abuelo sin levantar la vista de su tarea; se afanaba en cortar trozos de papel para el baño.

—Claro, si me lo dices no será una sorpresa.

—Eso es.

—¿Vale una cosa?

—A ver.

—Si me compras unos patines, no me lo cuentes y será una sorpresa. Quiero unos patines como los de Lupe.

Sólo se atrevía a pedir caprichos al abuelo, porque sabía que no se lo compraría si con ello ponía en peligro algo más necesario y esto la libraba de tener mala conciencia. Había estado un buen rato observando a las niñas de la calle desde el balcón, a Guadalupe especialmente, que se deslizaba, calle arriba calle abajo, sobre sus patines como una bala.

—Ya tengo tu regalo.

—¿Y te ha costado muy caro?

—Ni una peseta. —Seguía con los ojos en las tijeras.

—Pues vaya…—Se sintió decepcionada, pero enseguida corrió a abrazar a su abuelo.

—Cuidado Gorrión, que vas a hincarte las tijeras —dijo soltando lo que tenía entre manos para corresponder al cariño de la niña—. ¿Crees que algo que no cuesta dinero no puede ser bonito?

—Claro que sí —dijo en el oído de Rafael —, todo lo que tú me regalas es bonito —siguió, no muy convencida, apretando su cuello. El abrazo sí era sincero —. Ya sé lo que es, una paloma de papel. Seguro que la has coloreado —apuntó al recordar la afición de su abuelo por la papiroflexia.

—No, es un poco más grande, tanto que no podré llevártelo a la iglesia el día de tu comunión.

—¡Ah! Un caballo de papel.

—No te lo voy a decir, tendrás que esperar hasta después de la comunión, y compartirlo con tu hermana, ¿vale?, es para las dos.

—¿Un regalo de papel para las dos? —Su decepción iba en aumento.

—… —El abuelo dio por terminada la conversación y siguió con su tarea.

Cada rincón, cada detalle, estaba cortado, pegado y pintado escrupulosamente. Si la perfección existiera, la casa de muñecas que construyó Rafael habría sido su máxima expresión.

Hasta dentro de dos semanas, espero.

Un abrazo para cada uno de vosotros.

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