Le faltaban unos meses para cumplir los veintitrés años y acababa de licenciarse en Filología Clásica. Había sido un curso particularmente duro, sobre todo las últimas semanas; tenía especial interés en sacar todas las asignaturas aquel verano y así poder pasar, un año más, parte del otoño con su abu Lala, que así la llamaba desde que comenzara a hablar a los dos años. La última vez que la vio fue el día de su cumpleaños, el dieciocho de mayo, cuando se presentó en la residencia (con trescientos kilómetros de autobús a la espalda, y en zapatillas y delantal) con una tarta de nueces enorme para que la compartiera con sus compañeros, y desde entonces, solo en una ocasión consiguió hablar por teléfono con ella; aunque recibía puntualmente sus cartas semanales. La abuela dedicaba las mañanas de domingo a escribirle. El lunes le entregaba la carta a un vecino para que la llevara a correos junto a las suyas y a Andrea le llegaban al colegio mayor jueves tras jueves, sin fallar. Si acaso, alguna vez habían llegado el miércoles anterior, o el viernes siguiente, pero siempre por causa de los festivos del calendario. No pocas veces venían acompañadas de algún paquete; siempre eran libros que Sara, la abu Lala, elegía con toda la intención de colaborar en la educación de su nieta, con algún billete en la última página. “No se te ocurra coger el dinero hasta que lo termines de leer. ¿Me lo prometes?”, solía poner sobre su rúbrica en la primera hoja. Andrea siempre obedeció, por mucho que le hiciese “falta” el dinero; era muchas cosas, menos desleal. Y siempre se alegró de haber leído hasta el final.
Ella, en cambio, le habría escrito en diez o doce ocasiones durante los cinco años de carrera, normalmente para pedirle dinero; era una manirrota. Ni siquiera le mandaba unas letras para anunciarle su llegada; también era una descastada. El amor de su abu era un valor seguro, tal vez por eso siempre la dejaba para el final, aunque se lamentaba de su dejadez un millón de veces al día; como un millón de veces, entre cafés y apuntes de historia, recordaba cuánto la quería. Tenía ciento noventa y ocho cartas llenas de sabios consejos, mimos y besos, muchos besos. Y flores, la abuela siempre doblaba sus cartas sobre una flor, bien de temporada, que la hubiese encontrado en el bosque o cultivada por ella misma. La última había sido toda una sorpresa para Andrea, porque nunca imaginó que los polvitos naranjas que se echaban al arroz fuesen el delicado tesoro de tan bella flor.
Le gustaba contarlas en los momentos bajos, cuando se sentía falta de afecto, y releer esta o aquella, al azar, hasta que se sentía mejor. Eran mensajes extensos, tres o cuatro páginas escritas sin prisa, con esmero y buena letra, con entrega; que demostraban cómo cada domingo, después de dar de comer a sus animales al amanecer, nada había más importante para la abu Lala que escribir a su niña. Andrea, cada jueves, a la vuelta de la universidad, recogía la carta de recepción y, nada más almorzar, se encerraba en su cuarto para disfrutar de los textos más hermosos y tiernos que había leído. A menudo, las cartas de la abu Lala conseguían barnizar su mirada. Todas hablaban de amor: de la amistad, del respeto, de lo gratificante de vivir con sencillez, de la importancia de trabajar con alegría… Todas cartas de amor. Las guardaba con celo, porque algún día tendría tiempo y las encuadernaría como se merecían, y cuando sus hijos le pidieran consejo se las daría a leer. “Cartas de amor de la abu Lala”, sería el título.
Desde que Sara enviudara, hacía ya tres lustros, vivía sola en la única vivienda que había conocido, prácticamente engullida por el bosque, sin más compañía que algunos animales de granja, entre ellos tres gatos y su vieja y querida perra Sofi. Sus hijos habían conseguido al fin que instalara un teléfono, pero lo cierto es que casi nunca contestaba; decía, con su característica sorna, que el murmullo de los árboles y el canto de los pájaros no le permitían oír el rin-rin.
Nadie se lo había comunicado, ni siquiera el calendario (del cual carecía), pero no le hacía falta, sabía, por el olor de la mañana, por el tímido ocre de las hojas y por el color y el tamaño de las motitas de cielo que se colaban entre las copas de los árboles, que su niña llegaría de un día para otro. “Bruja abu”, le decía Andrea cuando encontraba su camita limpia y perfumada de espliego y el pastel de nueces aún caliente sobre la vieja mesa. El pastel de nueces de la abu Lala era con diferencia el bocado más delicioso que había probado en su vida.
—¡Hmmm…! ¡Hmmm…! Tú debes ser la diosa de la gastronomía —le dijo la última vez que probó su tarta—, te lo digo yo, que de esto de dioses entiendo un rato; aparte de ser una vieja bruja, entrañable, tierna, sabia… —y se la comía a besos con el primer bocado todavía en el paladar.
—Anda Miniña —le decía Miniña, nunca le gustó su nombre—, que vas a terminar tarumba de tanto estudiar; como si el bosque no contará todo lo que debemos saber…
—No lo dudo, Abu, pero yo no podría vivir sin hombres —Le gustaba provocarla.
—Calla, calla, no escandalices a esta pobre anciana. Además, yo vivo con un hombre –Y se llevaba la mano al corazón.
—¡Vieja loca! ¿Cómo puñetas se puede vivir en un lugar así? —despotricaba Andrea dando saltos sobre su asiento a causa de lo abrupto del estrecho sendero—. ¡Joder! —exclamó, después de que la rama de un árbol agrediera vilmente el rojo de su flamante Toyota, cuyas letras mensuales terminaba pagando siempre Sara— ¡¿Es que nadie pasa por este maldito camino?!
Llovía a jarros. Entre la espesura de la vegetación y lo cerrado del cielo apenas distinguía el morro del coche, a pesar de ser aún las cinco de la tarde.
—¡Me cago en todo lo que he estudiado! —Un viejo tronco había provocado un estruendo metálico en el suelo exterior del coche que le hizo temer lo peor—. Miró el móvil, como siempre, no había cobertura. Se le erizó el vello de solo pensar que se quedará allí tirada.![]()
Le extrañó no encontrarla en el umbral, y más aún que la luz de la cocina estuviese apagada teniendo en cuenta la escasa claridad del día. La puerta estaba entreabierta.
—¡Abu! ¡Abu Lala, ya estoy aquí! ¡Sofi!
Nada, no obtuvo más respuesta que los ensordecedores golpes de la fuerte lluvia contra el tejado.
Sacó su impermeable del maletero y se dispuso a buscar por los alrededores. No tuvo que caminar mucho. Bajo el viejo nogal…
Yacía bocabajo, semienterrada entre maleza y agua roja, con una mano agarrada a la desvencijada cesta de las nueces y la otra abierta como el ala de una paloma muerta. Su blanco moño lo habían deshecho las horas de lluvia, y en él, enredadas como víboras, pululaba un enjambre de lombrices. La vieja Sofi gemía inmóvil a su lado.
—¡Salid de ahí, cabronas! Dejad dormir a mi abu… Dejad dor… mir a mi abu Lala —Y la tormenta, preñada de rayos y truenos, se aferró a su garganta.
Y todo por un puñado de nueces.
Ha sido un honor participar con todos vosotros en este concurso, y un placer conoceros, me llevo un gratísimo recuerdo de estos encuentros mensuales. Espero que nos sigamos leyendo.
Nos vemos después de Reyes, espero.
Un abrazo enorme para cada uno de vosotros.



Me has hecho llorar.
Precioso cierre a este genial concurso que me ha dado la oportunidad de conocerte.
Un abrazo grande grande
¡suerte!
Otra vez triste… otra vez deseando otro final
Pero también muy cargado de lo que es el sentimiento que -casi- todos sentimos por nuestros abuelos.
Un placer leerte y suerte en el concurso.
Feliz descanso.
Gracias a ti, Mercedes: ha sido un placer y un privilegio contar con tu participación.
Genial como siempre
El final, quiero creer que es ficción.
Un verdadero placer contactar contigo y disfrutar de tu escritura.
Un abrazo y Suerte
El incondicional amor de los abuelos.
Estremecedor relato.
Querida Mercedes, ya es la segunda vez que leyéndote me produce un “quejio” en el estómago, espero que no se vuelva a repetir.
De verdad que es todo un placer leerte y compartir concurso contigo, aunque como ya digo, en ocasiones y aunque en esta ocasión pudiera ser algo más esperado, los giros y la manera tan descriptiva de detallarlos, me dejan el alma dolorida.
Mucha suerte, amiga, continuaremos leyéndonos.
Un abrazo
Gracias a ti
Cuánto corazón hay en este puñado de nueces. Mucha suerte, guapa
Y todo por un puñado de este cariño tan especial que dan las abuelas…. y al cual no siempre se sabe corresponder con la misma generosidad y prontitud, Y algún trozo de pastel nos atraganta para siempre.
Un gran abrazo
Y suerte en el concurso.
Mercedes, uff, me has hecho llorar…una preciosa historia que habla de amor hasta el final, amor puro, del bueno…del que muchos abuelos profesan a sus nietos y que se guarda para siempre en el fondo del álma.Descrito con maestria con tu brillante pluma como siempre.
Tambien yo te agradezco tu valiosa compañia y la cercania de tu cariño.
Un beso
Me ha gustado mucho tu relato, y al final, pues claro, uno que es abuelo solidario se pone tierno y se le humedecen los ojillos…
Gracias a ti.
Suerte
Besos y salud
Magníficooooooo. Me ha enamorado tu relato.
Un abrazo intenso.
Un cuento lleno de amor. Me ha encantado leerte Mercedes, no sólo tus entradas del blog, sino también tu “Última vuelta del Scaife” (ahora lo tiene mi hermana para leerlo).
Suerte para el concurso y hasta tu vuelta, que descanses. Feliz Navidad.
Un beso
Un placer leerte, este relato es precioso, y no sé por qué, me ha venido a la mente el libro de Susana Tamaro, “donde el corazón te lleve”, nuestras abuelas fueron y son entrañables.
Mucha suerte en todo lo que te propongas.
Un abrazo y que descanses.
Precioso y emotivo relato, se me ha encogido el corazón.
Suerte y un abrazo
Mercedes, ha sido todo un placer conocerte y compartir contigo estas lecturas, en el concurso y fuera de él. Yo seguiré compartiendo momentos como este que nos has regalado, con esta historia tan tierna, algo triste pero que eso suele pasar con los abuelos/as que se nos van cuando menos lo esperamos.
Un abrazo fuete, descansa y vuelve cuando quieras. Ahh y mucha suerte!
Mercedes es un placer leer tu cuento, está plagado de vida y de amor y se nota en cada palabra y lo ddigo bien de vida, porque esa única muerte que aquí aparece no es tal, es un personaje inolvidable.
Espero que después de Navidad vuelvas para disfrutar de tus letras.
Besitos
Qeiroda amiga> Al filo de las doce, hago este ultimo comentraio, porque una vez leida la historia, no puedo por menos que decirte lo que me ha gustado, y difrutado con su lectura. Un relo tomo los tuyos, bien escritos, con cuerpo, con verdad, con sentimiento,
Para m’i tambien ah sido una honor participar contigo, en este concurso, y expresarte, mi alegria por conecerte. No te quepa duda que seguire leyendote.
*diisculpa por no poner acentos, escribo desde un hotel, y no encuentro la mitad de los signos
¡Ay los abuelos!. Entrañables y llenos de sabiduría.Dicen que está la enseñanza del maestro, la experiencia de los padres y la sabiduría de los abuelos. Disfruté de una abuela solamente, pero condensada en amor y sabiduría, en ternura y calor. Así me la has recordado Mercedes. El relato me ha encantado. Una secuencia de sabia natuaraleza, de común unión con ella hasta en lo más duro y fuerte… la vida , la naturalez y las emociones. Siempre tan compenetradasEespero que haya suerte en tu relato. Un fuerte abrazo.
Ahora que estoy en el punto medio, o sea, soy hijo y padre y veo a las nietas cómo se comportan con sus abuelos, veo que tienes mucha razón cuando reflexionas sobre el valor seguro del amor de los abuelos, lo que implica, en demasiadas ocasiones, el despegue afectivo de los nietos que se dedican a sus cosas… Lo malo es que algunas veces llegan tarde. A mí mismo me ocurrió con mis abuelos, y me temo que pasa con demasiada frecuencia.
El texto, como se viene opinando desde arriba, es estremecedor y escrito con tu habitual delicadeza y sabiduría de gran narradora que sabe dotar de personalidad propia a sus protagonistas con diálogos ajustados a sus caracteres.
Un beso
Mercedes,
la ternura de esa abuela apela a los recuerdos o deseos infantiles de todos nosotros. Me ha parecido un relato muy hermoso, incluso con el final tan triste.
Que descanses estos días
Besos
Pero qué tristeza, ternura y delicadeza se esconden en esas nueces…
Suerte en el concurso.
Es un privilegio y un lujo leerte.
Besos, Mercedes.
Bueno, excepente final para el concurso, escribes pura sensibilidad y muy bien, para ami el premio deberia ser para ti. Un beso.
Por supuesto que te leeré o te leeremos después de Reyes, aunque sea con unos días de retraso.
A mí no me has hecho llorar pero también se me ha barnizado la mirada como Andrea cuando recibía las cartas de su abuela en la residencia.
Qué historia tan bien narrada, con todos los elementos precisos para hacerla atractiva, innolvidable y apasionante.
Debes de saber que eres una referencia para mí jajaja, por tanto, no faltes, te necesitamos (mejor escribir y emplear el plural mayestático para expresar mayora dignidad y autoridad jaja).
Ya sabes que siempre me gusta todo lo que escribes, por tanto, mucha suerte en el concurso y feliz descanso.
un fuerte abrazo
Hola Mercedes: Sé que posiblemente no me leerás, epro de toda maneras quiero dejar m imensaje navideño de amor y paz.
Ademas tengo que decirte que te hecho de menos. Escribes tan bonito y llano, y esto hoy en dia es difícil de encontrar. Espero qe continuaras con el blog, porque deseo seguir aprendiendo de tí maestra.
Te dejo un ramillete de abrazos y otro mas florido de besos cibernéticos.