Archivo | noviembre, 2011

Por un puñado de nueces (Para el concurso de María Jesús Paradela. Última entrega)

30 nov

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Le faltaban unos meses para cumplir los veintitrés años y acababa de licenciarse en Filología Clásica. Había sido un curso particularmente duro, sobre todo las últimas semanas; tenía especial interés en sacar todas las asignaturas aquel verano y así poder pasar, un año más, parte del otoño con su abu Lala, que así la llamaba desde que comenzara a hablar a los dos años. La última vez que la vio fue el día de su cumpleaños, el dieciocho de mayo, cuando se presentó en la residencia (con trescientos kilómetros de autobús a la espalda, y en zapatillas y delantal) con una tarta de nueces enorme para que la compartiera con sus compañeros, y desde entonces, solo en una ocasión consiguió hablar por teléfono con ella; aunque recibía puntualmente sus cartas semanales. La abuela dedicaba las mañanas de domingo a escribirle. El lunes le entregaba la carta a un vecino para que la llevara a correos junto a las suyas y a Andrea le llegaban al colegio mayor jueves tras jueves, sin fallar. Si acaso, alguna vez habían llegado el miércoles anterior, o el viernes siguiente, pero siempre por causa de los festivos del calendario. No pocas veces venían acompañadas de algún paquete; siempre eran libros que Sara, la abu Lala, elegía con toda la intención de colaborar en la educación de su nieta, con algún billete en la última página. “No se te ocurra coger el dinero hasta que lo termines de leer. ¿Me lo prometes?”, solía poner sobre su rúbrica en la primera hoja. Andrea siempre obedeció, por mucho que le hiciese “falta” el dinero; era muchas cosas, menos desleal. Y siempre se alegró de haber leído hasta el final.

libros y censura 005[1]

Ella, en cambio, le habría escrito en diez o doce ocasiones durante los cinco años de carrera, normalmente para pedirle dinero; era una manirrota. Ni siquiera le mandaba unas letras para anunciarle su llegada; también era una descastada. El amor de su abu era un valor seguro, tal vez por eso siempre la dejaba para el final, aunque se lamentaba de su dejadez un millón de veces al día; como un millón de veces, entre cafés y apuntes de historia, recordaba cuánto la quería. Tenía ciento noventa y ocho cartas llenas de sabios consejos, mimos y besos, muchos besos. Y flores, la abuela siempre doblaba sus cartas sobre una flor, bien de temporada, que la hubiese encontrado en el bosque o cultivada por ella misma. La última había sido toda una sorpresa para Andrea, porque nunca imaginó que los polvitos naranjas que se echaban al arroz fuesen el delicado tesoro de tan bella flor.

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Le gustaba contarlas en los momentos bajos, cuando se sentía falta de afecto,  y releer esta o aquella, al azar, hasta que se sentía mejor. Eran mensajes extensos, tres o cuatro páginas escritas sin prisa, con esmero y buena letra, con entrega; que demostraban cómo cada domingo, después de dar de comer a sus animales al amanecer, nada había más importante para la abu Lala que escribir a su niña. Andrea, cada jueves, a la vuelta de la universidad, recogía la carta de recepción y, nada más almorzar, se encerraba en su cuarto para disfrutar de los textos más hermosos y tiernos que había leído. A menudo, las cartas de la abu Lala conseguían barnizar su mirada. Todas hablaban de amor: de la amistad, del respeto, de lo gratificante de vivir con sencillez, de la importancia de trabajar con alegría… Todas cartas de amor. Las guardaba con celo, porque algún día tendría tiempo y las encuadernaría como se merecían, y cuando sus hijos le pidieran consejo se las daría a leer. “Cartas de amor de la abu Lala”, sería el título.

más sobre educación 004[1]

Desde que Sara enviudara, hacía ya tres lustros, vivía sola en la única vivienda que había conocido, prácticamente engullida por el bosque, sin más compañía que algunos animales de granja, entre ellos tres gatos y su vieja y querida perra Sofi. Sus hijos habían conseguido al fin que instalara un teléfono, pero lo cierto es que casi nunca contestaba; decía, con su característica sorna, que el murmullo de los árboles y el canto de los pájaros no le permitían oír el rin-rin.
Nadie se lo había comunicado, ni siquiera el calendario (del cual carecía), pero no le hacía falta, sabía, por el olor de la mañana, por el tímido ocre de las hojas y por el color y el tamaño de las motitas de cielo que se colaban entre las copas de los árboles, que su niña llegaría de un día para otro. “Bruja abu”, le decía Andrea cuando encontraba su camita limpia y perfumada de espliego y el pastel de nueces aún caliente sobre la vieja mesa. El pastel de nueces de la abu Lala era con diferencia el bocado más delicioso que había probado en su vida.
—¡Hmmm…! ¡Hmmm…! Tú debes ser la diosa de la gastronomía —le dijo la última vez que probó su tarta—, te lo digo yo, que de esto de dioses entiendo un rato; aparte de ser una vieja bruja, entrañable, tierna, sabia… —y se la comía a besos con el primer bocado todavía en el paladar.
—Anda Miniña —le decía Miniña, nunca le gustó su nombre—, que vas a terminar tarumba de tanto estudiar; como si el bosque no contará todo lo que debemos saber…
—No lo dudo, Abu, pero yo no podría vivir sin hombres —Le gustaba provocarla.
—Calla, calla, no escandalices a esta pobre anciana. Además, yo vivo con un hombre –Y se llevaba la mano al corazón.

domingo 6 de noviembre 019[1]

—¡Vieja loca! ¿Cómo puñetas se puede vivir en un lugar así? —despotricaba Andrea dando saltos sobre su asiento a causa de lo abrupto del estrecho sendero—. ¡Joder! —exclamó, después de que la rama de un árbol agrediera vilmente el rojo de su flamante Toyota, cuyas letras mensuales terminaba pagando siempre Sara— ¡¿Es que nadie pasa por este maldito camino?!
Llovía a jarros. Entre la espesura de la vegetación y lo cerrado del cielo apenas distinguía el morro del coche, a pesar de ser aún las cinco de la tarde.
—¡Me cago en todo lo que he estudiado! —Un viejo tronco había provocado un estruendo metálico en el suelo exterior del coche que le hizo temer lo peor—. Miró el móvil, como siempre, no había cobertura. Se le erizó el vello de solo pensar que se quedará allí tirada.
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Le extrañó no encontrarla en el umbral, y más aún que la luz de la cocina estuviese apagada teniendo en cuenta la escasa claridad del día. La puerta estaba entreabierta.
—¡Abu! ¡Abu Lala, ya estoy aquí! ¡Sofi!
Nada, no obtuvo más respuesta que los ensordecedores golpes de la fuerte lluvia contra el tejado.
Sacó su impermeable del maletero y se dispuso a buscar por los alrededores. No tuvo que caminar mucho. Bajo el viejo nogal…
Yacía bocabajo, semienterrada entre maleza y agua roja, con una mano agarrada a la desvencijada cesta de las nueces y la otra abierta como el ala de una paloma muerta. Su blanco moño lo habían deshecho las horas de lluvia, y en él, enredadas como víboras, pululaba un enjambre de lombrices. La vieja Sofi gemía inmóvil a su lado.
—¡Salid de ahí, cabronas! Dejad dormir a mi abu… Dejad dor… mir a mi abu Lala —Y la tormenta, preñada de rayos y truenos, se aferró a su garganta.
Y todo por un puñado de nueces.

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Ha sido un honor participar con todos vosotros en este concurso, y un placer conoceros, me llevo un gratísimo recuerdo de estos encuentros mensuales. Espero que nos sigamos leyendo.

Nos vemos después de Reyes, espero.

Un abrazo enorme para cada uno de vosotros.

Necesito un descanso

28 nov

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Queridos amigos y comentaristas, necesito un descanso, mi agenda no da más de sí,  y no me lo voy a pensar más, he decidido tomármelo en este momento. Por supuesto volveré, el año próximo, después de Reyes, salvo catástrofe natural. Y, naturalmente, el día 3, sábado, colgaré la entrada de la última entrega para el concurso de María Jesús Paradela, leeré a los participantes y emitiré mi voto el domingo. Así que, aunque es algo pronto, os deseo a todos feliz Navidad y que en el año que viene se os cumplan todos vuestros sueños; pero no por ello dejéis de soñar, ¿de acuerdo?

Si queréis comunicaros por algún motivo conmigo, no tenéis más que enviarme un correo.

Os echaré de menos, pero será poco más de un mes.

Un fortísimo abrazo para cada uno de vosotros.

 

Normas básicas del novelista. 4ª El anacoluto

19 nov

Cuando entregados e ilusionados nos disponemos a leer un texto, lo primero que deseamos fervientemente es enterarnos del contenido sin tener que apartar los tropezones; luego ya veremos qué más nos encontramos. Y cuando se trata de una novela (en la cual desde la primera página a la última hay un largo trecho por recorrer y entraña un argumento hilvanado con subtramas), poder comprender, sin la necesidad de poseer una inteligencia brillante o terminar con el intelecto seriamente perjudicado por el esfuerzo, es básico para que aquello que abordamos con entusiasmo no se convierta en una tortura. Cualquier buen cuentista ha de cumplir dos premisas fundamentales: tener algo que contar y contarlo bien, con su propio estilo, pero bien. De ahí que considere el anacoluto uno los mayores enemigos de la novela. Aunque en contadas ocasiones contribuya a dar énfasis o belleza a una oración, y escrito con toda la intención pueda tener el efecto de un tropo muy oportuno, pienso que este tipo de recursos debe ser utilizado con economía y talento; porque no podemos olvidar que entre un texto y el lector debe haber una comunicación fluida, que, repito, no por ello carente de belleza o estilo.
Dice el diccionario:
R.A.E: Anacoluto. Inconsecuente. Inconsistencia en la construcción del discurso.
elmundo.es: Anacoluto. m. GRAM. Construcción que rompe el orden lógico y gramatical de un mensaje por la falta de coherencia sintáctica entre los elementos de la oración: el anacoluto es una incorrección gramatical que debe evitarse.
O sea, el anacoluto es el resultado de una idea expresada por un incapaz para tal menester, hasta el punto de correr el riesgo de terminar diciendo lo contrario a lo desado.
Hay un célebre escritor, archibestsellerado, hiperrecononcido y megapremiado, cuyos libros son un enchorizamiento de anacolutos dignos de estudio. Podría poneros cientos de ejemplos, pero creo que para muestra un botón (si alguien está interesado puedo pasarle alguna de las muchas páginas de internet donde podrá encontrarlos).
En una de sus obras, vendida y traducida hasta la saciedad, el laureado autor dice:
“Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana, los nombres no cambian y se quedan fijos en la memoria cuando se quedan, sin que nada ni nadie pueda arrancarlos”.
Os agradecería enormemente que reflexionarais largo y tendido sobre esta frase y me sacarais de esta duda, causa del suicidio en masa de mis neuronas. ¡¿Qué puñetas quiere decirnos el escritor?! ¿Acaso que “siente saber su nombre porque sabe que mañana la perderá”? ¡Narices!, pues que lo diga. ¿O quería decir…? A saber… Nunca podremos estar seguros, porque ha sido incapaz de expresarlo. Ni esto ni tantas cosas…
Insisto encarecidamente, este es solo un ejemplo de los cientos anacolutos que plagan las obras del aludido escribidor.
Podría jurar que si en una de mis redacciones de E.G.B se me hubiese ocurrido introducir una frase remotamente parecida a la anterior, hoy no tendría el Graduado Escolar sin haberla rectificado.
Ya sé, alguno está pensando que es su manera de contar, que le gustan sus historias, que ha disfrutado leyéndolo, incluso que es un magnífico escritor. Vale, toda opinión es respetable, nada que objetar; pero, por favor, pensad en cuánto hay en todo ello de propaganda y cuánto de libre opinión.
Al igual que muchos de los que me estáis leyendo, suelo terminar el día con un buen número de textos en mi haber, vuestros, de otros blogs, de prensa, o de la última novela que me traigo entre manos. Puedo aseguraros que muchos de vosotros escribís con más claridad y sensibilidad que tantos consagrados. Cada vez estoy más convencida de que si quieres disfrutar leyendo basta con darse un garbeo por la red; las mesas de novedades de las librerías encierran desagradables y enrevesadas sorpresas.
Hasta dentro de diez días, con la sexta y última entrada para el concurso de María Jesús Paradela , espero.

La promesa de la bella Isa

12 nov

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Cansado, después de toda una noche faenando en la mar para arrancarle al fin un par de kilos de morralla, se adentró con el mismo miedo de cada amanecer en su dormitorio. Isabelita dormía en su cuna como un ángel entre nubes, y ella… ella también. Un solo beso en la frente le reveló que lo había vuelto a hacer. No era presa de un dulce sueño, sino de la pesadilla contra la que ambos luchaban desde que se conocieran. “Isa -susurró su nombre-, ¿qué has hecho? Me lo prometiste la última…”. Fue interrumpido por la voz agónica y rota de su joven esposa: “No, Darío, te prometí que lo intentaría, pero… Lo siento, lo siento tanto… Estoy tan cansada…”. Y volvió a entregarse en los brazos de un siniestro Morfeo.

Con las manos apoyadas en el alicatado y los brazos extendidos, desnudo bajo la ducha, sintió unas ganas irrefrenables de buscar la maldita jeringuilla y acabar de una vez con la vida de los dos. Pero Isabelita…Todavía húmedo, sin más vestido que su piel, se metió en la cama y la apretó con ternura contra su pecho. Apenas juntaban cincuenta años entre los dos y la pujante libido, reprimida durante días, le dolía tanto como su decepción. Ella, aunque no podía responder a su llamada como quisiera, se estremeció de amor. “Te lo prometo —dijo tras el agua de sus arrepentidas lágrimas—, no volverá a ocurrir”.

Y lo cumplió. Aquel atardecer, después de prepararle su cena favorita y despedirlo en la orilla, y de dar el último biberón del día a Isabelita y cantarle la más bonita de las nanas para dormirla, se dispuso a dar fin al monstruo que llevaba torturando durante tres años al hombre más bueno y honrado que había conocido. Llamó por teléfono a su hermana y le dijo que si podía pasar por la farmacia después del trabajo y comprar una lata de leche para la pequeña. “No llames al timbre —le habló, apenas conteniendo el peso de su garganta—, abre con tu llave, ya sabes el sueño tan ligero que tiene Isabelita”. Estaba segura de que no tardaría más de media hora en llegar a casa.

Después se puso aquel camisón de raso blanco que tanto le gustaba, se soltó el pelo y se fue a buscarlo. Treinta metros de arena eran el espacio que mediaba entre volver a decepcionarlo o devolverle por fin la libertad y la paz que le pertenecían.

Han pasado veinte años y aún se comenta a diario en la taberna de los pescadores cómo la bella Isa recorrió la playa descalza, envuelta en una nube blanca que junto a su melena ondeaba la brisa del atardecer de septiembre, y cómo se perdió en el mar en busca de su amado marinero.

“Para hacer una cosa así, seguro que se había metido de todo”, decían las malas lenguas. No, ese día no. Ella era todo lo que se rumoreaba y más, pero cumplía sus promesas.

Hasta el próximo domingo, espero.

La verdad es el camino

6 nov

No encontraba nada más difícil que decir siempre la verdad; siquiera conversar con el pez trémulo de su pecera; siquiera esquivar la eterna y atenta mirada de la luna llena; siquiera burlar al siempre certero Cupido; o alcanzar una estrella de un solo salto. No hallaba pirueta más imposible que mirar frente a frente, con la garganta abierta, de par en par, y las pupilas recién lavadas.
Sentía tanto haberse instruido en el engaño por el camino… ¡Cómo lo sentía! A veces pensaba que la vida se dividía irremediablemente en dos tramos: en el primero te afanabas en aprender a mentir y en el segundo en desaprender las falsas lecciones; en recuperar la inocencia, la ingenuidad, el candor… en desandar el camino. Pero no parecía posible volver atrás. Seguía, y seguía, y seguía… No parecía posible sobrevivir sin mentir cada vez más y mejor. Y a veces quería morirse; y moría por una verdad. “¡Mi reino por la verdad!”, exclamó.
Tal vez porque estuvo demasiado tiempo en el nido, y siempre hubo quien le pusiera una tierna lombriz en el pico; tal vez por ello supo tarde que a veces, las más de las veces, el alimento nace del mismo barro; y ya con canas se espantó.
Estaba cansada, hastiada de tanta farsa, del “ser” y el “estar” sobre peanas de lodo. Sentía que un leve soplido arrasaría como ventisca el escaso polvo que quedaba de la niña que fue. Y que debía cerrar y sellar puertas y ventanas antes de la llegada del invierno. Pero brillaba tanto el oro bajo el cielo al otro lado… “¡Fuera ángeles y demonios seductores!, no me interesáis. ¡Fuera risas y llantos!, dejad mi semblante sereno. ¡Fuera de mi casa, duendes hechiceros, que venís cargados de sorpresas, blancas o negras!, no alborotéis a la niña, que duerme; que sueña arrebujadita en la la existencia plena, verdadera. En la verdad”, gritaba a la noche que quería despertarla y llevársela.

Recordad, estimados visitantes, que siempre leo vuestros comentarios con mucha atención.

Hasta el domingo próximo, espero.

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