HIJOS DE ATENEA

10 sep

Hijos de Atenea reducida

Después de reflexionar durante tiempo y valorar todas las posibilidades teniendo en cuenta el momento editorial actual, me decidí por autopublicar mi última novela. Tenía con ella un pequeño compromiso, pero hablé con mi editora y comprendió mi decisión. Sé que publicar sola y en digital tiene muchas desventajas, no soy tan ingenua, entre ellas que la edición en papel queda muy lejos, pero aun así pienso que es una decisión acertada; tal vez dentro de un tiempo, cuando todo se calme y se reconduzca, sea el momento de barajar otras opciones, habrá más historias. Ha sido más de un año de trabajo, los dos últimos meses una locura debido a las correcciones, portada, sinopsis, book tráiler… Pero ya está en Amazon disponible para los lectores. Espero contaros muy pronto datos y resultados de este “experimento”.

Ahora os dejo la sinopsis, el enlace a Amazon y el book tráiler (solo un minuto, pero intenso).

Sinopsis:

En la Angola de 1855 nace Bahati Pasolargo,  un bosquimano educado en la sabana por un misionero jesuita heterodoxo. El legado de sabiduría recibido de su amado maestro durante la infancia lo convertirá en un nativo con una formación excepcional en el África austral. Sus conocimientos comenzarán a dar fruto en la travesía que hará como esclavo en 1870 en el último barco negrero que llegó a La Habana. En la bodega del buque, en la situación más hostil e inhumana imaginable, nacerá Ojosdeagua, un niño que desde su nacimiento será el eje de la existencia del joven san. Ya en Cuba, siendo parte de las posesiones de un amo singular, el vínculo afectivo entre el muchacho y el niño forjará el destino de ambos.

La  vida de los dos protagonistas encarna un gran paso en nuestra historia. Ellos, como los últimos esclavos vendidos bajo la legalidad y convencidos de que el conocimiento es la llave de la libertad, cierran una puerta que nunca debió abrirse. Bahati y Ojosdeagua representan la lucha y la superación desde la perspectiva de la sabiduría. Son hijos de Atenea.

Enlace a Amazon:  myBook.to/hijosdeatenea

Book tráiler:

JULIO CORTÁZAR Y LAS EDITORIALES

7 sep

Con motivo del centenario del nacimiento de Julio Cortázar, el 26 de agosto de 1914, emitieron en televisión un documental interesantísimo sobre su vida y obra. En él lee sus textos, habla de su exilio y de su visión de los lugares y momentos que le tocó vivir. Os traigo solo unos minutos del extenso reportaje original, que por fin he encontrado. Debía tener unos cuarenta y cinco años, o sea, hace de esto más de cincuenta, y así de valiente se expresaba cuando hablaba de las editoriales y de la soledad del escritor. Algunos nos acusan a otros tantos de haber abierto la Caja de Pandora, pues anda que no hace años que está de par en par. Creo que lo peor de estos tiempos literarios es que estamos confundiendo educación con servilismo.
El momento al que aludo está en el minuto 11:00, pero todos valen la pena.

SORTEO MUNDIAL DE MIS LIBROS EN PAPEL

7 ago

Mal y Sca

Queridos seguidores, amigos y lectores amantes de la celulosa y la tinta, durante este mes de agosto tenéis la oportunidad de conseguir un ejemplar en papel de «Maldita» y otro de «La última vuelta del scaife». Estoy dispuesta a enviarlos a China si hace falta.

En este enlace tenéis las sencillas bases del sorteo. ¡Mucha suerte a todos!

https://www.facebook.com/events/1592000924360375/?source=1

LAS MARGARITAS

29 jul

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Allí estaba, en la casa de la persona más aventurera y voluble que había conocido. «No sufras porque te haya echado el casero, hermana, tú sigue escribiendo esas novelas románticas que tanto me gustan. Vete a vivir a mi casa, me he enamorado… sí, sí, otra vez, y no pienso abandonar Australia en mucho tiempo». Así era ella, siempre enamorada hasta las trancas del último.

Le sorprendió el asombroso espectáculo que encontró en la puerta, ¡toda la fachada estaba rodeada de margaritas! A Ana le encantaban, pero llevaba casi un año fuera de casa, ¿cómo era posible que aquellas flores lucieran como recién pintadas?

A la mañana siguiente satisfizo su curiosidad. Se estaba tomando el café cuando escuchó unas pisadas muy cerca:

―¡Buenos días! ―saludó con entusiasmo, estaba feliz de vivir en aquel lugar, tenía todo lo que necesitaba, soledad, silencio y belleza. Además de no tener que pagar ni un euro por ella. Era el sitio perfecto para ponerse manos a la obra con su próxima novela.

―Buenos días. Perdón, no sabía que hubiese nadie en casa.

―Me llamo Celia, soy la hermana de Ana. ¿Y tú?

―Simón, soy el jardinero ―contestó el joven, con un halo de tristeza impropio de su edad.

―Encantada, Simón. Las margaritas están preciosas…

―Gracias ―la interrumpió al tiempo que se quitaba el guante para darle la mano.

Celia se dio cuenta de que no tenía ganas de conversar, era como si quisiera terminar su trabajo y marcharse cuanto antes.

Entró en casa, abrió su portátil y se sentó junto a la ventana. Desde allí observaba al jardinero. Era un hombre muy interesante, bastante atractivo. A pesar del atuendo de trabajo, tenía un aire aristocrático; cuando le dio la mano notó un tacto suave, tenía las uñas muy cuidadas y su pelo brillaba bajo el sol como el azabache.

Simón iba cada mañana, muy temprano, una media hora, el tiempo justo para regar y limpiar de malas hierbas y hojas secas las margaritas. Ella lo observaba tras las cortinas, le inspiraba tanto mirarlo, que su novela se estaba convirtiendo en el relato de una parte de su vida.

A las cinco semanas, Celia fue a hacerse su primera revisión rutinaria en el ambulatorio de aquel bendito pueblo. Como su hermana Ana, tenía problemas de alergia primaveral y necesitaba vigilancia y medicación. Cuando entró en la consulta casi le da un pasmo. Detrás de la mesa estaba Simón. Lo comprendió todo. No, no, Simón no era jardinero, sino el último amor de su hermana. Él era el chico que le regaló margaritas cada mañana durante cuatro meses, hasta que se marchó. Ana se lo contó en varias ocasiones. Era su alergólogo, seguramente lo conoció en una de sus visitas, igual que ella. Actuaron como si no se conocieran.

Celia había estado escribiendo toda la noche, la novela estaba prácticamente terminada, en tiempo récord. Aquel lugar era especialmente estimulante para escribir. Pero se le resistía el final:

 

Salió al porche y, sin saludar, le habló:

―No va a regresar, Simón, ha vuelto a enamorarse. No tienes que venir cada día a cuidar sus margaritas.

―Lo sé, sé que no volverá ―le contestó dejando su tarea por un momento. Celia encontró un nuevo brillo en su mirada.

―Entonces, ¿por qué vienes cada mañana?

―Yo también he vuelto a enamorarme. ¿Te gustan las margaritas?

―Me encantan ―él le mostró por primera vez una afable sonrisa.

―¿Recuerdas que hoy tenemos cita en la consulta?

―Allí estaré. Dame una hora, tengo que terminar una historia para dar comienzo a otra.

 

Se acabó, había aparecido el punto y final en la pantalla. Cerró el portátil, se asomó entre la abertura que dejaban las hojas de la cortina y allí estaba, entre las margaritas que tanto le gustaban a su hermana.

Después se dirigió al baño para darse una ducha, tenía cita con su alergólogo esa mañana. El espejo le contestó una vez más a su eterna pregunta: ciertamente, unos nacían para vivir grandes historias de amor y otros para contarlas. Pensó en Simón, también los había que ni las vivían ni las contaban. «Querida Celia ―habló a su reflejo―, tienes suerte, escribir es también vivir».

 

Dedicado a mi querido Club de Lectura con todo mi cariño.

El último atardecer

19 jul

Atardecer sandalias

Habían pasado veinte años desde la última vez que pisara esa playa, pocos días después de aquel atardecer en el que se quedó adormecido sobre la arena.

Iban cada tarde. Era el lugar más hermoso y solitario del mundo; solo aquel viejo pescador remendando sus redes y que conocía a María desde que era una niña. A veces la encontraba charlando con él.

Elías estaba tumbado bocabajo en la arena, contemplándola, y María sentada a su lado, frente a la leve brisa que hondeaba su negro cabello:

―Para mí eres mucho más que el amor de mi vida ―le dijo ella, con la garganta trémula, como si tras sus palabras hubiese otras contenidas―, contigo he aprendido a amar el mundo.

―… ―él la miraba tras el arrebol de la tarde, callado, disfrutando de su salvaje belleza. Junto al murmullo de las olas, su voz cobraba un color distinto, tan sensual… Le hubiese dicho que era el mundo el que aprendía a amar con ella, pero no quiso interrumpirla, prefería escucharla.

―¿Sabes que jamás me perdonaría hacerte sufrir?

-…

―¿Lo sabes?

―Claro que lo sé ―le contestó, y un placentero sopor venció sus párpados.

Cuando abrió los ojos solo encontró sus sandalias sobre la arena ya fría. Ni rastro, nunca más supo de ella. Fue como si se hubiese escondido con el sol tras el mar.

Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Hasta que decidió recoger sus sandalias de aquella playa deshabitada y no volver jamás.

Ni su familia ni los pocos amigos que tenían en común le dieron más razones que la que él ya conocía: se había marchado sin más y, seguramente, para siempre. Siquiera volvió a ver al viejo pescador recostado en su barca, solo sus sandalias.

Fueron veinte años de angustia y preguntas. Llegó a pensar que nunca lo quiso, que su año de amor fue una pantomima, que se había marchado con otro, que todo fue un sueño, que… En todo ese tiempo no pudo superar la dolorosa decepción.

Pero hacía unos meses había conocido a una chica a la que no podía entregarse a causa de la cruel decepción que sufrió por su primer amor.

―Vuelve a esa playa, Elías, no podremos ser felices hasta que no encuentres la respuesta que te atormenta desde hace veinte años.

Y volvió.

Estaba atardeciendo, como aquel día. Todo parecía ajeno al paso de tantos años. El pescador había vuelto, allí estaba, más viejo aún, medio atrapado en su propia red, mirando el mar.

Se acercó sigiloso y, sin esperar a que apartara los ojos del rojo horizonte, le preguntó:

―Hola, Manuel…

―Has vuelto ―le dijo, con la mirada como perdida. Había despedido el sol tantos días que le había robado los ojos.

―Sí, después de tanto tiempo he vuelto, necesito una respuesta para ser feliz.

―Estaba muy enferma, le quedaba poco tiempo de vida y decidió despedirse de ti antes de hacerte sufrir. Hizo bien, una complicación precipitó su marcha y murió dos semanas después. ¿Sabes?, aunque mis ojos ya no pueden contemplar este mar, todavía la veo correr por la playa y escucho su risa enredada en la espuma de las olas.

―Adiós, Manuel. Cuídate.

Caminó unos pasos, sacó de su mochila las sandalias y las dejó sobre la arena, en el mismo lugar que las encontró cuando despertó. Era el momento de dejar atrás el pasado y abrazar por fin la felicidad que le esperaba.

 

 

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