LAS MARGARITAS

29 jul

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Allí estaba, en la casa de la persona más aventurera y voluble que había conocido. «No sufras porque te haya echado el casero, hermana, tú sigue escribiendo esas novelas románticas que tanto me gustan. Vete a vivir a mi casa, me he enamorado… sí, sí, otra vez, y no pienso abandonar Australia en mucho tiempo». Así era ella, siempre enamorada hasta las trancas del último.

Le sorprendió el asombroso espectáculo que encontró en la puerta, ¡toda la fachada estaba rodeada de margaritas! A Ana le encantaban, pero llevaba casi un año fuera de casa, ¿cómo era posible que aquellas flores lucieran como recién pintadas?

A la mañana siguiente satisfizo su curiosidad. Se estaba tomando el café cuando escuchó unas pisadas muy cerca:

―¡Buenos días! ―saludó con entusiasmo, estaba feliz de vivir en aquel lugar, tenía todo lo que necesitaba, soledad, silencio y belleza. Además de no tener que pagar ni un euro por ella. Era el sitio perfecto para ponerse manos a la obra con su próxima novela.

―Buenos días. Perdón, no sabía que hubiese nadie en casa.

―Me llamo Celia, soy la hermana de Ana. ¿Y tú?

―Simón, soy el jardinero ―contestó el joven, con un halo de tristeza impropio de su edad.

―Encantada, Simón. Las margaritas están preciosas…

―Gracias ―la interrumpió al tiempo que se quitaba el guante para darle la mano.

Celia se dio cuenta de que no tenía ganas de conversar, era como si quisiera terminar su trabajo y marcharse cuanto antes.

Entró en casa, abrió su portátil y se sentó junto a la ventana. Desde allí observaba al jardinero. Era un hombre muy interesante, bastante atractivo. A pesar del atuendo de trabajo, tenía un aire aristocrático; cuando le dio la mano notó un tacto suave, tenía las uñas muy cuidadas y su pelo brillaba bajo el sol como el azabache.

Simón iba cada mañana, muy temprano, una media hora, el tiempo justo para regar y limpiar de malas hierbas y hojas secas las margaritas. Ella lo observaba tras las cortinas, le inspiraba tanto mirarlo, que su novela se estaba convirtiendo en el relato de una parte de su vida.

A las cinco semanas, Celia fue a hacerse su primera revisión rutinaria en el ambulatorio de aquel bendito pueblo. Como su hermana Ana, tenía problemas de alergia primaveral y necesitaba vigilancia y medicación. Cuando entró en la consulta casi le da un pasmo. Detrás de la mesa estaba Simón. Lo comprendió todo. No, no, Simón no era jardinero, sino el último amor de su hermana. Él era el chico que le regaló margaritas cada mañana durante cuatro meses, hasta que se marchó. Ana se lo contó en varias ocasiones. Era su alergólogo, seguramente lo conoció en una de sus visitas, igual que ella. Actuaron como si no se conocieran.

Celia había estado escribiendo toda la noche, la novela estaba prácticamente terminada, en tiempo récord. Aquel lugar era especialmente estimulante para escribir. Pero se le resistía el final:

 

Salió al porche y, sin saludar, le habló:

―No va a regresar, Simón, ha vuelto a enamorarse. No tienes que venir cada día a cuidar sus margaritas.

―Lo sé, sé que no volverá ―le contestó dejando su tarea por un momento. Celia encontró un nuevo brillo en su mirada.

―Entonces, ¿por qué vienes cada mañana?

―Yo también he vuelto a enamorarme. ¿Te gustan las margaritas?

―Me encantan ―él le mostró por primera vez una afable sonrisa.

―¿Recuerdas que hoy tenemos cita en la consulta?

―Allí estaré. Dame una hora, tengo que terminar una historia para dar comienzo a otra.

 

Se acabó, había aparecido el punto y final en la pantalla. Cerró el portátil, se asomó entre la abertura que dejaban las hojas de la cortina y allí estaba, entre las margaritas que tanto le gustaban a su hermana.

Después se dirigió al baño para darse una ducha, tenía cita con su alergólogo esa mañana. El espejo le contestó una vez más a su eterna pregunta: ciertamente, unos nacían para vivir grandes historias de amor y otros para contarlas. Pensó en Simón, también los había que ni las vivían ni las contaban. «Querida Celia ―habló a su reflejo―, tienes suerte, escribir es también vivir».

 

Dedicado a mi querido Club de Lectura con todo mi cariño.

El último atardecer

19 jul

Atardecer sandalias

Habían pasado veinte años desde la última vez que pisara esa playa, pocos días después de aquel atardecer en el que se quedó adormecido sobre la arena.

Iban cada tarde. Era el lugar más hermoso y solitario del mundo; solo aquel viejo pescador remendando sus redes y que conocía a María desde que era una niña. A veces la encontraba charlando con él.

Elías estaba tumbado bocabajo en la arena, contemplándola, y María sentada a su lado, frente a la leve brisa que hondeaba su negro cabello:

―Para mí eres mucho más que el amor de mi vida ―le dijo ella, con la garganta trémula, como si tras sus palabras hubiese otras contenidas―, contigo he aprendido a amar el mundo.

―… ―él la miraba tras el arrebol de la tarde, callado, disfrutando de su salvaje belleza. Junto al murmullo de las olas, su voz cobraba un color distinto, tan sensual… Le hubiese dicho que era el mundo el que aprendía a amar con ella, pero no quiso interrumpirla, prefería escucharla.

―¿Sabes que jamás me perdonaría hacerte sufrir?

-…

―¿Lo sabes?

―Claro que lo sé ―le contestó, y un placentero sopor venció sus párpados.

Cuando abrió los ojos solo encontró sus sandalias sobre la arena ya fría. Ni rastro, nunca más supo de ella. Fue como si se hubiese escondido con el sol tras el mar.

Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Hasta que decidió recoger sus sandalias de aquella playa deshabitada y no volver jamás.

Ni su familia ni los pocos amigos que tenían en común le dieron más razones que la que él ya conocía: se había marchado sin más y, seguramente, para siempre. Siquiera volvió a ver al viejo pescador recostado en su barca, solo sus sandalias.

Fueron veinte años de angustia y preguntas. Llegó a pensar que nunca lo quiso, que su año de amor fue una pantomima, que se había marchado con otro, que todo fue un sueño, que… En todo ese tiempo no pudo superar la dolorosa decepción.

Pero hacía unos meses había conocido a una chica a la que no podía entregarse a causa de la cruel decepción que sufrió por su primer amor.

―Vuelve a esa playa, Elías, no podremos ser felices hasta que no encuentres la respuesta que te atormenta desde hace veinte años.

Y volvió.

Estaba atardeciendo, como aquel día. Todo parecía ajeno al paso de tantos años. El pescador había vuelto, allí estaba, más viejo aún, medio atrapado en su propia red, mirando el mar.

Se acercó sigiloso y, sin esperar a que apartara los ojos del rojo horizonte, le preguntó:

―Hola, Manuel…

―Has vuelto ―le dijo, con la mirada como perdida. Había despedido el sol tantos días que le había robado los ojos.

―Sí, después de tanto tiempo he vuelto, necesito una respuesta para ser feliz.

―Estaba muy enferma, le quedaba poco tiempo de vida y decidió despedirse de ti antes de hacerte sufrir. Hizo bien, una complicación precipitó su marcha y murió dos semanas después. ¿Sabes?, aunque mis ojos ya no pueden contemplar este mar, todavía la veo correr por la playa y escucho su risa enredada en la espuma de las olas.

―Adiós, Manuel. Cuídate.

Caminó unos pasos, sacó de su mochila las sandalias y las dejó sobre la arena, en el mismo lugar que las encontró cuando despertó. Era el momento de dejar atrás el pasado y abrazar por fin la felicidad que le esperaba.

 

 

PODCAST EN “FUERA DE ÓRBITA”

8 jul

20140510_181741Si tenéis curiosidad por saber sobre mi experiencia literaria editorial, en este podcast os cuento todo.

Desde aquí mi más sincero agradecimiento a «Fuera de Órbita» y a Carles por el magnífico trato que he recibido y por su profesionalidad. Ha sido todo un placer.

http://www.fueradeorbita.org/

LA TRAICIÓN ENTRE AUTORES

29 jun

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Es cierto, aunque me ha costado reconocerlo, existe la competencia desleal entre los escritores, yo diría que existe la traición pura y dura. Digo que existe, que me he encontrado con ella cara a cara, pero no que sea la normalidad en el colectivo.

Supongo que como en todas las disciplinas, la voraz competencia a la que nos vemos abocados es el caldo de cultivo de donde emergen las puñaladas sibilinas que sufrimos de cuando en vez algunos autores. Las hay que te dejan en tal pasmo que te cuesta reaccionar por tiempo. Por supuesto, como en todos los grupos en los que sus miembros no están unidos por la veneración que se tienen unos a otros sino por una pasión común, nadie debería esperar más que el mínimo respeto y, excepcionalmente, cierta admiración si se destaca por una labor excelente.  Claro está, no hay leyes ni normas, sino más bien un código ético tácito, imprescindible para que el objetivo común, en este caso la literatura, sobreviva a cualquier capricho o maniqueísmo de sus integrantes. Me explico: cuando nace una obra brillante, sea de quien fuere, debería recibirse por todos como motivo de alegría, está claro que si el objetivo común, la literatura, se enriquece, todos a su vez lo hacemos. Que las obras que lideren el panorama actual de las letras realmente sean las mejores debería ser gozo para todos, significaría que el mundo se estaría nutriendo de la creatividad más sobresaliente, que el verdadero maestro estaría marcando las pautas a los aprendices. Desgraciadamente, esto no es siempre así. Los hay incapaces de mirar más allá de su ombligo, temo que algún día de tanto mirárselo sean fagocitados por esa reminiscencia que les dejó su época fetal. La literatura les importa tanto como comprar huevos extras o medianos. Tan obsesionados están por formar parte de la élite intelectual, lo merezcan o no, que son serviles con el amo tirano hasta perder la dignidad con tal de que este los favorezca con respecto al resto, que alaban creaciones execrables por el mero hecho de ser correspondidos en el trato y que traicionan a los compañeros, a la literatura y a las obras que ellos mismos escriben sin que se les mueva un pelo. Insisto, esto es importante, es una minoría, aunque empieza a hacer un ruido muy desagradable.

No quiero pensar en la cantidad de grandes obras que habrán quedado ahogadas por causa de las malas artes de unos pocos ―los hay muy poderosos y con magnánima paciencia y capacidad de persuasión―. Por suerte, a pesar de todo han sobrevivido muchas, y hoy podemos disfrutar de «Rayuela», «Cumbres borrascosas», «La montaña mágica», «El juego de los abalorios», «Orgullo y prejuicio», «Madame Bobary», « Moby Dick», «Crimen y castigo»… y tantas y tantas obras que han hecho del mundo un lugar más habitable.

Me pregunto cuántas se salvarán en nuestros días de la plaga traidora que están sembrando unos pocos.

Cuando veo a un escritor emergente que no le duelen prendas en deshacerse en halagos ante otro cuya obra tiene gran valía, me digo: “Bien, bien, no sé lo lejos que llegarás, pero estás en el camino, demuestras que la creación está por encima del creativo”.

Me despido agradeciendo a esa mayoría de compañeros honorables, que está labrando su futuro sin dar codazos, su talante, su gran labor literaria y el apoyo constante que me brindan.

 

 

Entrevista en iCruceros

24 jun

He sido entrevistada en “iCruceros” junto a Dani Rovira y Javier Sierra. Todo un honor.

http://icruceros.eu/10o-numero-de-icruceros/

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