Mis letras han insuflado vida a muchos personajes, todos ellos transitan ahora por las bibliotecas y libros electrónicos de sus lectores. Pero he de reconocer que el abuelo Rafael ha sido el único que “era” antes de que yo siquiera tuviese imaginación; él es el personaje más auténtico y amado de mis historias. El mundo ya disfrutaba de su existencia sin que yo hubiese teñido aún el blanco de mis páginas. En realidad se llamaba Miguel; no fui capaz de poner la mínima distancia entre su nombre y el del personaje y me busqué otro Arcángel. No se merecía menos.
Estela no tiene nada que ver conmigo, “Pretérito imperfecto” es una novela, una historia fabulada con una trama tremenda; pero la relación que tuvo de niña con su abuelo es tan real como el amanecer.
Rafael representa ese poso de la memoria en el que se cultiva nuestro futuro. Queda allí, como olvidado. Pero cuando llegamos a esa etapa lúcida de la madurez y escudriñamos nuestro interior ¡ahí está! Entonces nos damos cuenta de que no somos autosuficientes, no, no nos hemos hecho a nosotros mismos. Es cuando entendemos que esa frase de “yo no le debo a nadie” debió atragantársenos como si masticáramos las cenizas de nuestros ancestros.
Es una cuestión de justicia reconocer que nada seríamos sin la generosidad de los que nos vieron crecer. Cuarenta y cuatro años tenía Estela cuando comprendió que a pesar de su duro y caótico pasado, la posibilidad de ser feliz seguía viva gracias al poso que dejó en su alma el abuelo Rafael.
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