![16 de octubre 006[1] 16 de octubre 006[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/16-de-octubre-0061_thumb1.jpg?w=639&h=500)
Le faltaban unos meses para cumplir los veintitrés años y acababa de licenciarse en Filología Clásica. Había sido un curso particularmente duro, sobre todo las últimas semanas; tenía especial interés en sacar todas las asignaturas aquel verano y así poder pasar, un año más, parte del otoño con su abu Lala, que así la llamaba desde que comenzara a hablar a los dos años. La última vez que la vio fue el día de su cumpleaños, el dieciocho de mayo, cuando se presentó en la residencia (con trescientos kilómetros de autobús a la espalda, y en zapatillas y delantal) con una tarta de nueces enorme para que la compartiera con sus compañeros, y desde entonces, solo en una ocasión consiguió hablar por teléfono con ella; aunque recibía puntualmente sus cartas semanales. La abuela dedicaba las mañanas de domingo a escribirle. El lunes le entregaba la carta a un vecino para que la llevara a correos junto a las suyas y a Andrea le llegaban al colegio mayor jueves tras jueves, sin fallar. Si acaso, alguna vez habían llegado el miércoles anterior, o el viernes siguiente, pero siempre por causa de los festivos del calendario. No pocas veces venían acompañadas de algún paquete; siempre eran libros que Sara, la abu Lala, elegía con toda la intención de colaborar en la educación de su nieta, con algún billete en la última página. “No se te ocurra coger el dinero hasta que lo termines de leer. ¿Me lo prometes?”, solía poner sobre su rúbrica en la primera hoja. Andrea siempre obedeció, por mucho que le hiciese “falta” el dinero; era muchas cosas, menos desleal. Y siempre se alegró de haber leído hasta el final.
![libros y censura 005[1] libros y censura 005[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/libros-y-censura-0051_thumb1.jpg?w=639&h=500)
Ella, en cambio, le habría escrito en diez o doce ocasiones durante los cinco años de carrera, normalmente para pedirle dinero; era una manirrota. Ni siquiera le mandaba unas letras para anunciarle su llegada; también era una descastada. El amor de su abu era un valor seguro, tal vez por eso siempre la dejaba para el final, aunque se lamentaba de su dejadez un millón de veces al día; como un millón de veces, entre cafés y apuntes de historia, recordaba cuánto la quería. Tenía ciento noventa y ocho cartas llenas de sabios consejos, mimos y besos, muchos besos. Y flores, la abuela siempre doblaba sus cartas sobre una flor, bien de temporada, que la hubiese encontrado en el bosque o cultivada por ella misma. La última había sido toda una sorpresa para Andrea, porque nunca imaginó que los polvitos naranjas que se echaban al arroz fuesen el delicado tesoro de tan bella flor.
![creciente 005[1] creciente 005[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/creciente-0051_thumb1.jpg?w=641&h=500)
Le gustaba contarlas en los momentos bajos, cuando se sentía falta de afecto, y releer esta o aquella, al azar, hasta que se sentía mejor. Eran mensajes extensos, tres o cuatro páginas escritas sin prisa, con esmero y buena letra, con entrega; que demostraban cómo cada domingo, después de dar de comer a sus animales al amanecer, nada había más importante para la abu Lala que escribir a su niña. Andrea, cada jueves, a la vuelta de la universidad, recogía la carta de recepción y, nada más almorzar, se encerraba en su cuarto para disfrutar de los textos más hermosos y tiernos que había leído. A menudo, las cartas de la abu Lala conseguían barnizar su mirada. Todas hablaban de amor: de la amistad, del respeto, de lo gratificante de vivir con sencillez, de la importancia de trabajar con alegría… Todas cartas de amor. Las guardaba con celo, porque algún día tendría tiempo y las encuadernaría como se merecían, y cuando sus hijos le pidieran consejo se las daría a leer. “Cartas de amor de la abu Lala”, sería el título.
![más sobre educación 004[1] más sobre educación 004[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/mssobreeducacin0041_thumb1.jpg?w=641&h=500)
Desde que Sara enviudara, hacía ya tres lustros, vivía sola en la única vivienda que había conocido, prácticamente engullida por el bosque, sin más compañía que algunos animales de granja, entre ellos tres gatos y su vieja y querida perra Sofi. Sus hijos habían conseguido al fin que instalara un teléfono, pero lo cierto es que casi nunca contestaba; decía, con su característica sorna, que el murmullo de los árboles y el canto de los pájaros no le permitían oír el rin-rin.
Nadie se lo había comunicado, ni siquiera el calendario (del cual carecía), pero no le hacía falta, sabía, por el olor de la mañana, por el tímido ocre de las hojas y por el color y el tamaño de las motitas de cielo que se colaban entre las copas de los árboles, que su niña llegaría de un día para otro. “Bruja abu”, le decía Andrea cuando encontraba su camita limpia y perfumada de espliego y el pastel de nueces aún caliente sobre la vieja mesa. El pastel de nueces de la abu Lala era con diferencia el bocado más delicioso que había probado en su vida.
—¡Hmmm…! ¡Hmmm…! Tú debes ser la diosa de la gastronomía —le dijo la última vez que probó su tarta—, te lo digo yo, que de esto de dioses entiendo un rato; aparte de ser una vieja bruja, entrañable, tierna, sabia… —y se la comía a besos con el primer bocado todavía en el paladar.
—Anda Miniña —le decía Miniña, nunca le gustó su nombre—, que vas a terminar tarumba de tanto estudiar; como si el bosque no contará todo lo que debemos saber…
—No lo dudo, Abu, pero yo no podría vivir sin hombres —Le gustaba provocarla.
—Calla, calla, no escandalices a esta pobre anciana. Además, yo vivo con un hombre –Y se llevaba la mano al corazón.
![domingo 6 de noviembre 019[1] domingo 6 de noviembre 019[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/domingo-6-de-noviembre-0191_thumb1.jpg?w=638&h=500)
—¡Vieja loca! ¿Cómo puñetas se puede vivir en un lugar así? —despotricaba Andrea dando saltos sobre su asiento a causa de lo abrupto del estrecho sendero—. ¡Joder! —exclamó, después de que la rama de un árbol agrediera vilmente el rojo de su flamante Toyota, cuyas letras mensuales terminaba pagando siempre Sara— ¡¿Es que nadie pasa por este maldito camino?!
Llovía a jarros. Entre la espesura de la vegetación y lo cerrado del cielo apenas distinguía el morro del coche, a pesar de ser aún las cinco de la tarde.
—¡Me cago en todo lo que he estudiado! —Un viejo tronco había provocado un estruendo metálico en el suelo exterior del coche que le hizo temer lo peor—. Miró el móvil, como siempre, no había cobertura. Se le erizó el vello de solo pensar que se quedará allí tirada.
![sábado 22 016[2] sábado 22 016[2]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/sbado220162_thumb1.jpg?w=639&h=500)
Le extrañó no encontrarla en el umbral, y más aún que la luz de la cocina estuviese apagada teniendo en cuenta la escasa claridad del día. La puerta estaba entreabierta.
—¡Abu! ¡Abu Lala, ya estoy aquí! ¡Sofi!
Nada, no obtuvo más respuesta que los ensordecedores golpes de la fuerte lluvia contra el tejado.
Sacó su impermeable del maletero y se dispuso a buscar por los alrededores. No tuvo que caminar mucho. Bajo el viejo nogal…
Yacía bocabajo, semienterrada entre maleza y agua roja, con una mano agarrada a la desvencijada cesta de las nueces y la otra abierta como el ala de una paloma muerta. Su blanco moño lo habían deshecho las horas de lluvia, y en él, enredadas como víboras, pululaba un enjambre de lombrices. La vieja Sofi gemía inmóvil a su lado.
—¡Salid de ahí, cabronas! Dejad dormir a mi abu… Dejad dor… mir a mi abu Lala —Y la tormenta, preñada de rayos y truenos, se aferró a su garganta.
Y todo por un puñado de nueces.
![sábado, 30 de octubre 036[1] sábado, 30 de octubre 036[1]](http://mercedespinto.files.wordpress.com/2011/11/sbado30deoctubre0361_thumb2.jpg?w=646&h=500)
Ha sido un honor participar con todos vosotros en este concurso, y un placer conoceros, me llevo un gratísimo recuerdo de estos encuentros mensuales. Espero que nos sigamos leyendo.
Nos vemos después de Reyes, espero.
Un abrazo enorme para cada uno de vosotros.
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Etiquetas: El amor, Relatos
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